“Correcciones de defectos de lenguaje”[1]

Idioma y estilo 1752

Solano, Cevallos, Riofrío: estamos ante la tercera figura de los estudios sobre nuestra lengua en el XIX.

En la escuela se dice que hay que evitar los defectos del lenguaje, pero no se enseñan cuáles sean y cómo han de evitarse. De otro lado, aunque el escritor es el especialista en el conocimiento y manejo de la lengua, es de todos “la obligación de hablar correctamente, bajo la pena de ser menospreciados como incultos”.

Hasta aquí lo visto de los grandes criterios de que Riofrío hace preceder su “Correcciones de defectos de lenguaje”. Y si se duda de lo vigentes que tales criterios están, recuérdese la última interpelación: por no hablar correctamente, ¿no menospreciaron como inculto todos los ecuatorianos de mediana cultura a aquel interpelador, al que tuvimos que soportarlo por televisión?

Así que había en tiempo de Riofrío un vacío en el Perú, y él escribió su manual para llenarlo. Cuba, Chile, Colombia y Ecuador tenían ya ese tan necesario libro. El ecuatoriano era el “Breve catálogo de errores” de Cevallos, al que ya hemos dedicado un artículo. “En el Perú -escribe Riofrío- no he visto más que los artículos que, con el título de “Filología”, se publicaron en los primeros números de “El Correo del Perú”, por el literato que escribe bajo el seudónimo de Juan de Arona”.

Al tiempo de terminar su manual e imprimirlo, Riofrío era profesor de instrucción media. Sin embargo, lo destinó “para el uso de las escuelas primarias del Perú”. Aquello no lo hizo por capricho. Dio, más bien, razón de por qué lo hacía. Y las suyas son razones que aun dan para pensar:

Pero un manual de este género estaría mejor colocado en las escuelas primarias: 1° porque en la infancia es donde se deben sembrar las semillas de la buena dicción; 2° porque dejando allí a los niños con los vicios adquiridos, estos se radican y después se hace más difícil extirparlos; 3° porque siendo la instrucción primaria la única obligatoria, según las novísimas leyes de esta República, habrá un gran número de adolescentes que pasarán de las escuelas a los oficios y labores con que han de ganar el sustento, y sería de lamentar que no salieran provistos de un lenguaje menos defectuoso que el del común de los menestrales y artesanos; y 4° porque para pasar a instrucción media, deben hallarse en estado de que no se malgaste en desarraigar defectos, el tiempo que es necesario emplear en la ampliación y perfeccionamiento del estudio de Gramática Castellana.

Confieso que cuando un texto escrito hace más de cien años, con la única aspiración de mejorar el estado de cosas de entonces, suena tan acomodado a la circunstancia actual, siento cierto malestar. Sobre todo si ese texto es tan sensato y acertado, y en materia tan digna de tenerse en cuenta, como el de Riofrío. Porque ello parece entrañar una penosa inmovilidad de cien años: la presencia real junto a nosotros de algo que, en virtud de venerable antigüedad, debía tener la condición de pasado, que es la de presencia evocada, espiritual. Deduzcan de esto las consecuencias quienes gobiernan hoy la educación ecuatoriana. El papel del historiador termina aquí.

 

Hacia una lexicografía americana

Riofrío fue en muchas cosas un visionario. En educación, en política. En lingüística resulta un adelantado de la lexicografía americana.

Dice que para componer su manual ha atendido a diarios y otras publicaciones, a conversaciones familiares, a noticias dadas por amigos instruidos, a artículos especializados -lo de Arona- y a consultas de alumnos, y concluye: “Estos estudios me han demostrado que, haciendo la comparación de capital á capital, en el Perú hay menos defectos lexicográficos que en otras secciones de Sudamérica”.

La preocupación del lojano apuntaba a los que pudiéramos decir -con fórmula desconocida entonces- el establecimiento de una norma culta americana.

Eso por un lado, pero por otro, al señalamiento de la peculiaridad idiomática de cada región lingüística del continente.

A Dámaso Alonso le escuché en un excelente programa de televisión mexicano notar los nombres con que a lo largo de América se llama al bolígrafo o esferográfico o puntabola. Eso lo hizo, hace cien años, Riofrío:

Lo que desde Chile hasta el departamento de Piura en el Perú, se llama palta; desde la provincia de Loja en el Ecuador, hasta la de Popayán en Colombia, se llama aguacate; desde los confines de esta provincia hasta el Atlántico, se llama cura.

Frente a todas estas variantes dialectales, la postura de Riofrío era clara: “no hemos hecho nada por dar unidad a tan extraños dialectos”. La solución le parecía algo que había propuesto don Manuel Nicolás Corpancho: “que se propendiera a la organización de cuerpos literarios en todas las repúblicas hispano-americanas, para que, aliándose entre sí, se comunicaran oficialmente sus ideas, se canjearan sus producciones y se procurara dar cierta unidad y armonía a nuestra naciente literatura”.

Era la idea que terminaría por cuajar en las Academias de la Lengua hispanoamericanas. De hecho para entonces Colombia tenía ya la suya, la primera; el Ecuador iba a tener, a poco, la segunda, y México, casi enseguida, la tercera.

[1] Artículo publicado en Expreso, 30/06/1980, P. 6

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