Cevallos y el español de su tiempo 1[1

Idioma y estilo 1747

En la segunda mitad de la década de los cincuenta; es decir, por 1856 o 1857, llegó a Quito el “Diccionario de galicismos” de Baralt. Tal libro fue decisivo para Pedro Fermín Cevallos: se alistó decididamente en la causa de la pureza del castellano, sobre todo frente al francés que era en ese entonces la lengua extranjera con mayor poder de expansión y dominio. Publicó, como lo hemos recordado ya, su “Breve catálogo de errores en orden a la lengua y lenguaje castellanos” en 1862, y pronto lo amplió con un “Breve catálogo de galicismos”, que era tan gordo como la parte dedicada a “Errores de pronunciación o de pura intención”.

Cuando Cevallos Irrumpió, con el celo del converso, en defensa de la pureza de la lengua, los otros grandes escritores del tiempo vieron ese fervor como cosa un tanto quijotesca. Riofrío se mostró bastante escéptico -más tarde él arremetería con una empresa semejante a la de Cevallos-; Espinosa tomó partido por la causa -al fin, como buen conservador-, pero sin mayor entusiasmo -era un escritor muy libre y rico; un hablista-; Zaldumbide miró la cosa con algo de condescendencia; y Montalvo -que hacía profesión de rebelde-, rechazó todo aquello que olía a “purismo”, e hizo gala de toda suerte de libertades idiomáticas.

Pero aquello no podía durar mucho. Montalvo se encerró en Ambato con los grandes clásicos de la lengua, y salió transformado; en muchos achaques de lengua, más celoso que el propio Cevallos; Zaldumbide se dio a leer a Quevedo; Cevallos propugnaba la admiración y estudio amoroso de Cervantes, Comenzó un tiempo de fervor, inteligente y apasionado que culminaría en la fundación de la Academia Ecuatoriana y, por supuesto, en el período más brillante de la prosa ecuatoriana. Mucho de todo ello se debió a Cevallos: ciertas charlas suyas pesaron decisivamente en la nueva actitud de Montalvo.

En cuanto a la empresa misma de Cevallos, repasar su “Breve catálogo de errores” nos muestra, en el español de su tiempo, lo que podía corregirse, y de hecho no ha llegado hasta nosotros, frente a lo que se sigue usando ahora, con gran vitalidad a veces, sea que se lo haya aceptado ya en los medios académicos, sea que no.

 

Voces que se quedaron

Así estas voces que Cevallos reprochó como no castizas, y no han llegado hasta nosotros:

Achucutarse por abatirse, humillarse

Ajecacharón (dar un) por dar un repelón

A la songa por disimuladamente, con prudencia, como quien dice o hace otra cosa

Alepantado por boquiabierto

Amachinarse por amancebarse

(Respecto de esta palabra, que procede del quichua, en las miles de encuestas hechas para mi “Léxico sexual ecuatoriano y latinoamericano” nunca apareció)

Cachar por chancearse, ridiculizar

(En cambio, cachar apareció con relativa frecuencia en esas encuestas, en el sentido de copular)

Carpanta por hambre, caninez

Charra por herpes, sarna y otra erupción cutánea

Chirrión por látigo

Docilitar por docilizar

(Estimo que no se usa ni uno ni otro)

Entusarse “Se emplea esta voz, dice Cevallos, para manifestar que se tiene pena, viva aflicción, causada por la ausencia, el desdén o la infidelidad de la persona que se ama”.

Estantino por ano, orificio

Feferes por trebejos

Galiquiento por galicoso

Golloriento “Para unos, dice Cevallos, ansioso; para otros, audaz, irrespetuoso”.

Injonear por importunar, incomodar, jorobar

Jurguilla por inquieto, travieso

Leguaje “No necesitamos, dice Cevallos en esta entrada, de este neologismo para hacer la cuenta de lo que gana un diputado por su viaje al lugar en que se reúne un Congreso”.

Lluro En esta palabra que ha sobrevivido, Cevallos pone estas otras, de idéntico sentido, que se quedaron en el camino: cipo, ñaruso, tuso

Ñuño o ñuñu por ama de leche, nodriza, nutriz

Oyanza por estrena. Dice de ella Cevallos “Voz muy antigua entre nosotros; pero de las intrusas”.

Palangana con el uso de “es un palangana” por “es un embustero, un informal”

Paltana por obsequio convencional que se da o recibe en las permutas

[1] Sin fecha de publicación

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