1978: Un nuevo libro para los niños de América

“El Fantasmita de las Gafas Verdes”

De Hernán Rodríguez Castelo

Por Piedad Larrea Borja

Diario El Tiempo de Quito

14 de mayo de 1978

Pag. 3

He aquí un nuevo libro –magnífico, sugestivo, delicioso- de la llamada literatura infantil, pero que necesita de una sutil valoración de todas sus calidades como “El Principito” para mi preferencia uno de los mejores libros contemporáneos que conozco- requiere también una madurez estética y literaria para poder aquilatarlos debidamente.

Considero “El Fantasmita de las Gafas Verdes”, en su ingrávida y fácil belleza, un libro de los niños para comprenderlo. Y este concepto no entraña subestimación alguna: ni de los niños ni de la literatura infantil. Es, simplemente, que los sutiles hijos de su textura son diversos de los acostumbrados en lo general de los libros dedicados a los niños. Así la escena de «las dos cabezas”, una de las más finas y mejor logradas de la obra que conjugaban el verbo amar entre las sombras campesinas, con el sabroso dejo indio y que en una quebrada de Angamarca encuentra en su «fantasmear» el protagonista, al no ser plenamente comprendida -como de hecho no puede serlo por los pequeños lectores- perderá su encanto de sugestión y su profunda trascendencia humana.

Así también la medular poesía -tuétano y médula de esta obra- el significado cristiano de la muerte tan hermosamente extraída de la ceremonia y contextos del Viernes Santo, que el Fantasmita, asombrado, presencia en su primera, su única correría por la ciudad, custodiada por sus torres y su gran arcángel.

En el extenso comentario -musicales variaciones sobre el Santo, en su interpretación tan honda y renovada, tan insuflada de contenido ritual y cristiano está la esencia misma de esta obra tan profunda y sabia. Y envuelta en tan simples ropajes, que quieren ubicarse en las líneas infantiles.  Aquí, en este tema y en la interpretación paulatina, sistemática, tan diáfana y fin a la vez, de una lógica pero extraordinaria coordinación de las palabras, las palabritas, que el Fantasmita aprende en sus inquietudes correrías entre los humanos.

Toda la trascendencia del vocablo; toda la significación -que la semántica del verbo en su contenido filosófico se exponen oídos asombrados del Fantasmita, que va aprendiendo cómo y por qué los humanos dicen y se repiten: amo, amas, amar, amor: y con el duro aparecer de castigo, castigar; muerte, murió. Esta horrible obsesión tiene una fuerza de Leitmotiv espeluznante a lo largo de toda obra desde una larga caja negra que se custodiaba en la iglesia pueblerina.

Con el simple y bien traído truco significar de mudo dicho a la usanza de nuestra habla tradicional y coloquial, inmundo que habla aldena, rural más que vulgar, con una frescura y una gracia y extraordinarias.

Todo el libro está salpicado de diálogos rápidos reales, bien estudiados y simples, entre los cuales, sin embargo, el lingüista y escritor escritor de veta culta que hay en Rodríguez Castelo no podido evitar que se le filtren términos como gafas -ya desde el título- o lentes, por anteojos -anteojos todavía sin la iotización popular ecuatoriana: antiojos- o formas de construcción y léxico también tales como aquella: » Si no hay vampiros, sólo hay en las películas».  Inclusive, para ubicar prosa de tersura semejante en el campo de la modernidad, se pueden encontrar algunas -pocas «malas palabras», que resuenan bastante forzadas en este campo tan sugestivo del habla infantil.

En cuanto a la anécdota misma, todo el libro está bien construido, conserva una perfecta unidad. Lleno de episodios de una clara poesía, como la de la sirena en el río de Angamarca. De una ternura tan estremecida como el de la niñita -El «angelito » que atraía con fuerza inexplicable el Fantasma- criatura inefable y tierna que enseñas al corazoncito fantasmal -sin declamaciones fúnebres, sino lo fúnebre , menos lo macabro- toda la inmensidad que se esconde tras la palabra-tema: muerte. Hasta en la puerilidad del episodio » del robo de los borregos «, hay una gracia alada, fresca, de la cual está impregnado todo el libro.

Bienvenido a la literatura ecuatoriana » El Fantasmita De Las Gafas Verdes «, un valioso lo que es más: un bello libro, para niños o viejos.