Las series de Catasse

Alangasí, 7 de agosto de 2003

Carlos Catasse se ha movido entre la figuración y el abstracto con las libertades que da un oficio segurísimo, y los momentos de mayor plenitud en su carrera se han dado en uno u otro de esos territorios básicos del arte.

Un abstracto encaprichado en su juego de formas y colores, rico de tensiones formales, logró su realización más penetrante en su interpretación del mundo en la serie El Quijote, que fue la respuesta del artista a todo ese cúmulo de viejas inquietudes represadas por siglos que se desbordaron cuando se conmemoró el medio milenio de la llegada de Colón a tierras del Nuevo Mundo.

Rompió la marcha una pieza de gran formato que fragmentaba en planos cortos de verdes ricamente trabajados y reconstruía con ellos el motivo del andante caballero y ponía esa versión postcubista del famoso cabalgante de camino hacia una Mancha sugerida en el ángulo inferior derecho por tierra y cielo que eran dos breves y eficaces manchas.

Siguieron a esa original interpretación contemporánea de lo quijotesco como airosa salida hacia la aventura obras de un abstracto tenso de formas que descomponían y recomponían los motivos, intencionadas de color -que lo mismo estallaba en cálidos que se asordinaba en líricos juegos de grises y blancos-, y pródigas en sugestiones de sentido que tentaba calas en la España del Siglo de Oro bullente de místicos y heterodoxos, pícaros e inquisidores, guerreros y cortesanas, procesiones de sangre y Autos de Fe.

La figuración alcanzó dos momentos culminantes con la figura humana. En el primero seres solitarios o grupos fueron presentados en un clima casi sacro, con estilización que los aproximaba al vitralismo gótico y un difuminado que desviaba la inteligencia más allá de detalles o anécdota a sentidos altos y hondos de esas soledades o esas relaciones. Así dos figuras que parecen encontrarse en un abrazo -la una  de espaldas al espectador, acoge a la otra-. Intemporales, liberadas de cualquier dependencia prosaica, confinaban con el símbolo y el signo: símbolo y signo de esos abrazos en que ha cuajado lo mejor de la emoción humana, desde el de la bienvenida que dio el padre de la parábola al hijo pródigo.

La otra serie de figuras fue muy distinta. De ese enrarecido clima intemporal Catasse se vuelve a seres de la calle y la noche: prostitutas, travestis, toda suerte de personajes equívocos. Y los revivió con un realismo apenas estilizado; más bien, sutilmente ironizado. Tres de estos noctámbulos, de rostros duros y ambiguas galas, merecieron al artista chileno ya largamente enraizado en el Ecuador el premio quiteño de pintura más importante, el del Salón Mariano Aguilera, en 1978.

Después son destacables -en medio de una producción variada, sostenida, copiosa- algunas otras series que le han permitido a su creador sondear las posibilidades de los motivos y enriquecer el tema central con ricas variaciones compositivas, de formas y cromáticas..

La serie “Arboles de la vida”  ha asumido el inagotable motivo del árbol y le ha permitido al artista dar vida -la libre y mágica vida del arte- a sus propios árboles. Austeros de composición, estos cuadros organizan en torno a un sencillo tronco obscuro, follaje plástico hecho de formas libremente geometrizadas con ejercicio cromático que extrema juegos de contrastes y vecindades.

Y volvió a la mujer. En larga serie. A lo femenino, que para Catase es más interior que los detalles del rostro. De allí sus figuras con rostros apenas sugeridos por una divisoria de zonas cromáticas, que no son tal o cual mujer, sino la mujer vista como ejemplar ideal de nobleza, altivez, belleza y gracia. Hubo, sin embargo, rostros femeinos que le requirieron dar vida propia a los ojos y a la boca. Y esas féminas nos recordaron que Catasse ha brillado también en esa pintura de género en la que los artistas prueban su oficio completo, desde el dibujo hasta el color: el retrato. Catasse ha pintado retratos memorables.

De ese cierto hieratismo compositivo de árboles y mujeres, el inquieto creador salió en busca de nuevas  libertades compositivas, a la vez que indagaba en canteras de las que pudiese extraer nuevos elementos formales que enriqueciesen los sentidos de su abstracto. Así nació su serie de Precolombinos.

Llega Catasse a lo precolombino más de tres décadas después de que aquello hubiera comprometido a los artistas mayores de su generación -y de otras-. Y muestra que la cantera seguía riquísima de motivos y formas. Sus formas evocaron entonces viejas formas ilustres, cargadas de valores sígnicos -las culturas amerindias fueron eminentemente sígnicas- . Y el color se cargó de valores que remitían a esas nobles culturas antiguas, que florecieron en cerámica y textiles. Como esquema compositivo ocurrió el tótem. Pero todo eso fue solo punto de partida para juegos abstractos de renovada belleza y  sentidos nutridos por savias que llegaban de muy adentro de la tierra y de muy atrás de la historia. El color, adentrándose por esas vetas hondas y misteriosas, floreció en los líricos azules de “Precolombino cerúleo”. Y los ritmos compositivos se agitaron con el aletear de mágicas aves precolombinas.

Desde allí se buscó aperturas hacia juegos simbólicos más abiertos e iluminados -esa búsqueda de iluminaciones se tradujo en haces de luz que atraviesan las telas traspasando de blanco los conjuntos cromáticos-. Fue la serie Símbolos del Hombre.

Y quedaba siempre el paisajista. Ningún motivo como el paisaje para experimentar con luz y color. Vino Catasse -que entonces se llamaba Carlos Tapia Sepúlveda- de su Chile natal al Ecuador y le sedujo la luminosa luz ecuatorial -la de la mitad del mundo, donde en el meridiano no hay sombra-, que parece transfigurar los colores y hacer de los verdes esmeraldas; de los rojos, fuego, y de los blancos, focos de luz. Logró visiones  de los verdes andinos que desbordaron estupendamente el motivo para ser intensos y sabios estudios en verde. Y para los azules se refugió en sus marinas, hechas en parte de nostalgias de su Chile natal, en parte de fascinación por las cálidas playas y luminosos mares ecuatoriales de su nueva patria.

Y así avanzan las series de Catasse. Como ejercicio de oficio -ese oficio que caracterizó siempre a los grandes maestros pintores- y como búsqueda de nuevas posibilidades expresivas y estéticas. Expresión y belleza no por encima ni por fuera del oficio -como es ahora moda de ciertos ineptos conceptuales e instalacionistas- sino en el oficio, animando el oficio y floreciendo en el oficio. Hemos visto así surgir -en su producción última, y lo hemos registrado ya- paisajes serranos en que los verdes han sido, más que prados y montes verdecidos, juegos intensos, casi alucinantes de verdes -el puro color-, con solo otros breves toques cromáticos que más que evocar cielos o arcillas han llegado a intensificar el efecto de los verdes. Y para el ejercicio de la pintura pura y segura en sus libertades han servido hasta motivos al parecer  humildes como floreros.

Alguien dijo -en el primer Romanticismo-“Solo la naturaleza es bella” , y estos paisajes catassianos han calado ejemplarmente en esa suma de toda belleza. ¿Que eso es decorativo y está en una dirección abandonada ya por el arte postmoderno desde que optó por lo cuestionador, mientras más hiriente y ofensivo, mejor? Importa distinguir obra que se hace para decorar -es decir, para responder a ciertas necesidades del consumo- y obras que se hacen para calar en motivos de suyo hermosos o hasta para jugar con ellos -el arte tiene mucho de juego-, y sus efectos, algunos de ellos, al menos, resultan decorativos, con poderes para hermosear ambientes. ¿Quién puede negar validez como arte a estos empeños, que se cumplen bajo el signo de lo desinteresado, lúdico y estético?

Y eso es Catasse. Un Catasse. Porque el de otras series arremete -también lo hemos visto- con las más arduas propuestas sígnicas y ha movilizado su abstracto a la caza de sentidos -desde la memorable Serie del Quijote hasta la de los Precolombinos y la de Símbolos del Hombre-. Y hay series que insisten en ese motivo elemental e inevitable del arte de occidente que ha sido la figura humana y el rostro como sede de lo más expresivo de esa figura. Acaso quedaron atrás los equívocos travestis y las damas de la noche con sus desoladas galas carnavalescas. Pero figura y rostro siguen vigentes, objeto de hábil ejercicio y acaso a la espera de nuevas series de aliento. Porque Catasse no para en ese diálogo con la pintura vivo, apasionado, lúcido y, en ciertas horas, dramático que ha sido y sigue siendo su existencia.