La certera peripecia de Hernán Illescas

Mérito del artista cuencano Hernán Illescas es haber ido superando etapas con una muy personal dialéctica, que ha mostrado se certera. Conjuga la negación con la afirmación. O al revés. Porque estos son procesos sin ordenamientos de precedencia.

Ha negado lo no válido, lo cual de por sí implicaba aceptar o retener lo otro.

Y sobre eso retenido se trabajaba para construir lo nuevo, que no era absolutamente nuevo -con relación a la obra del artista-. A menudo lo completamente nuevo no es sino dislocación, ruptura desraizada, síntoma de desorientación. Quedan fuera los casos de una suerte de iluminación que, de pronto, muestran caminos al que estaba perdido.

Ilustran esta relación de lo nuevo y lo viejo en la trayectoria de Illescas obras como las de la serie “Orígenes”. Lo negado es un folclorismo fácil, casi decorativo; lo recuperado, eso que encierra el folclor. La cara oculta, obscura del folclor. Donde se agazapan magia y extrañezas. Significantes de viejos y sabios sentidos acuñados por los pueblos.

Ya desde su temprana hora indigenista trató el artista cuencano de romper la epidermis del simple realismo y ahondar hasta dar con lo ancestral que a esas manifestaciones de lo indio subyacía. Su “Vulva amazónica”, por ejemplo, a finales de los noventa, calaba más allá del indigenismo plano por un despliegue técnico rayano en manierismo -entramado de pequeñísimas figuras- y una cromática que derivaba a lo monócromo.

Que había algo de  válido en esa realización manierista abigarrada pero que no calaba suficientemente en lo profundo lo mostraron piezas como “Reflexión” (Salón de Julio 2000) o “Los dolientes” (del mismo año), paneles en esta segunda obra con más preciosismo formal que peso conceptual.

Y en obras del 2001 -como “Simbología del emigrante” (Salón Luis A. Martínez 2001)- seguía sintiéndose la tensión entre lo que la realización manierista de los elementos tenía de artesanal y el concepto que haciendo pie en esa realización formal calase más profundo. “Exasperante, exasperar, exasperación” dejaba ver a flor de piel ese sondeo de posibilidades expresivas de un mundo que latía impaciente por hallar sus formas.

Y aparecieron las señales del camino hacia esos estratos más hondos: fue el símbolo. Y el símbolo que emergía de los estratos más hondos y obscuros del existente humano: el sueño. “Simbología de los sueños” se tituló una importante muestra. Sueño y símbolo habían abierto las puertas a un mundo poblado por extrañas criaturas, rico de sentidos.

Había en ese camino a lo hondo, que es obscuro, una tentación de claridad: lo religioso -lo religioso, entiéndase, convencional, institucionalizado; no lo visceral y agónico-. Y se cedió a la nueva seducción un tanto -acaso a modo de sondeos-. Y fue la “Simbología de los ángeles”, recuperación de lo religioso bizantino, en que del símbolo onírico se había salido a la alegoría.

Había que buscar nuevas abras hacia lo obscuro. Y eso fue lo esotérico. Por allí se superaba lo obvio de una simbología católica codificada. Entonces, al servicio de mensajes esotéricos puso Illescas su brillante oficio, y sus telas se cargaron, una vez más, de sentidos profundos. Y composición, dibujo, color fueron significantes de un mundo, en una etapa más de una trayectoria tan inquieta como certera.

Alangasí,  septiembre de 2006