|
Prólogo
a la primera edición ecuatoriana completa del Quijote
La
comunidad hispánica está de fiesta. Pero no solo ella: cuantos en el mundo
aman el libro se sienten convidados a esa fiesta.
Es
un cumpleaños. De un libro. Un libro cumple cuatrocientos años -no habría
pastel que pudiese con tantas velas-. Claro que es un libro singular y por
ello se recuerda tan vivamente el día en que salió a correr mundo.
Era
un día de enero de 1605 cuando acababa
de componerse en una de las
cuatroimprentas
que en esos comienzos del XVII había en Madrid, la de Juan de la Cuesta, en
la calle de Atocha -a la que ese libro daría fama por siglos1- y
se ponía a la venta -como se lee en la portada de la edición príncipe- en
casa de Francisco de Robles, librero del Rey Nuestro Señor, a doscientos
noventa y dos maravedíes y medio, El
ingenioso / Hidalgo don Quixote de la Mancha / compuesto por don Miguel de
Cervantes / Saavedra.
La
mejor manera de celebrar a un libro de entretenemiento es la más simple:
leerlo. Leerlo todo, porque no hacerlo entraña mutilamiento o menosprecio
de algunas de sus partes. Y para leerlo, como acotaría sesudo Pero Grullo,
debe tenérselo a la mano. En los estantes de las librerías, que es, desde
que se inventaron los libreros, la única manera de tenerlo a la mano. He
aquí por que la noticia de que se preparaba la primera edición ecuatoriana
completa del Quijote ha sido acogida con emoción por la Academia
Ecuatoriana de la Lengua, que me ha confiado decir ese júbilo en unas páginas
prologales, acaso por haber yo proclamado tantas veces mi pasión
quijotesca.
En
esto del leer, así como hay variedad de lectores, las hay de lecturas. Y
pocos libros en la historia del mundo habrán dado pie a tantas y tan varias
lecturas como este de las andanzas del caballero manchego.
A
leérselo comenzó pronto y con disfrute.Cierta sabrosa anécdota ha
recogido testimonio de lo uno y lo otro. Fue una lectura enla cárcel misma
donde el libro se iba escribiendo. En su celda Cervantes leía capítulos a
sus compañeros de infortunio y, siendo tal la algarabía, el carcelero mandó
allá un guardián a que la terminase; pero el enviado no regresó y el
alboroto seguía; mandó, pues, a otro y él tampoco volvió ni el bullicio
menguó. Y, cabreado, mandó un tercer emisario y un cuarto, y ninguno volvía
ni se lograba nada. Hasta que él mismo descubrió el secreto de aquello que
parecía cosa de encantamiento: el escritor encarcelado por ciertas malas
cuentas de cuando era recaudador de trigo para la Armada que se llemaría
invencible -antes,. claro, de ser vencida-, leía capítulos del libro de
romance que en esos largos y forzados ocios escribía y su audiencia
celebraba la lectura con carcajadas.
Hízose
lectura tan general y divertida el Quijote quea medio año de su salida
a las calles madrileñas ya una mojiganga vallisoletana era
encabezada por un don Quijote al que seguía un Sancho Panza -como lo refirió
Pinheiro da Veiga en una pintoresca obra llamada Fastiginia-.
Solo se saca a una comparsa lo que resulta para la mayoría reconocible y
como cosa de humor. Y año a año se repetirían mascaradas semejantes.
Y
las lecturas comenzaron por ser las de una novela. Lo que se buscaba y
disfrutaba en ellas era entretenimiento. Nicolás Antonio, el gran bibliógrafo,
destacaba del autor del Ingenioso
hidalgo que “en el tiempo que floreció, y después hasta casi nuestra
edad, hubo uno que otro que lo igualase en elevación y amenidad; mas que le
aventajase, ninguno”. Los libros que por amenidad se leían eran las famosísimas
novelas de caballerías, con el Amadís de Gaula a la cabeza; pero el Quijote,
seguía Antonio, “agradó tanto,que obscureció todas las bellezas de las
antiguas invenciones de esta clase”.
Clave
de ese disfrute, más que las aventuras mismas, que no lo son en realidad
-el Quijote no es una novela de aventuras-, es lo paródico de esas
aventuras. Es decir, el humor. Y es tanto y tan rico y de tan vario
procedimiento ese humor que hay para la risa de cuanto lector llegue a esas
páginas, por poca inteligencia lectora que posea -sabido es que el disfrute
del humor es juego de inteligencia-. Walter Scott disfrutaba la ironía; esa
“ironía seria del autor del Quijote -decía- es una ejemplar modalidad de
su genio a que pocos se han acercado, pero que nadie ha podido alcanzar ni
con mucho”.
Ya
en pleno romanticismo,. Lord Byron hallaba al Quijote
“la más triste de todas las historias, y es más triste porque causa
risa”.
Entonces,
así como hay maneras de leer el Quijote,
hay las de reírse con él. Y he de confesar que mi disfrute del humor
cervantino está estrechísimamente ligado al sabor de su español y es para
mí un enigma cuanto gocen de ese humor quienes lo leen en traducciones a
veces hechas por traductores tan concienzudos como carentes de humor.
Pero
acaso no hay lector del Quijote que
no haya sentido que detrás de ese humor y esas andanzas y locuras -o en él
y ellas- había algo más. Goethe escribía a Schiller: “He hallado en las
novelas de Cervantes un verdadero tesoro de deleites y enseñanzas”.
Lectores así nunca separaron los deleites de las enseñanzas, el humor del
sentido hondo. Y cabe hallar eso en Schelling, que hacía el máximo elogio
que un alemán de su tiempo pudiese hacer de una novela: “No será
demasiado afirmar que hasta ahora hay solo dos novelas, y son el Quijote
de Cervantes, y el Wilhelm
Meister de Goethe”. Wilhelm
Meister era la novela de la formación del héroe en la escuela de
cuanto para esa maduración pudiese ofrecerle
el tiempo. ¿De qué era el Quijote?
Para
desentrañar lo que el Quijote encierra de lección de vida o de filosofía
-que no es sino otra manera de decir lo mismo- se han escrito libros como,
por recordar los dos contemporáneos más notables, la Guía
del lector del Quijote de Salvador de Madariaga y El
pensamiento de Cervantes de Américo Castro .
Ese
sentido hondo del Quijote es el de una novela. Porque nunca ha de perderse de vista
que el Quijote es una novela. Y
ha de leérselo como novela. No
como obra esotérica cifrada -hay gente desaforada que la ha leído así,
como un don Antonio María Rivero, autor de un extravagante Memorias maravillosas de Cervantes-, pero sí como obra cargada de
sentidos, “que apenas tiene acción perdida sino ejemplar, o abierta o satírica,
o figuradamente”, que alertaba Faría y Souza.
La
novela moderna comienza con el Quijote.
Y su nueva condición radica en que ha dejado atrás, definitivamente, la
epopeya y la crónica fabulosa, y se ha instalado en la cotidianidad y en la
narratividad autónoma y libre. Pero algo más: en la totalidad. La épica
se confinaba en los límites de lo heroico, de esa “acción ilustre”,
como la caracterizaba Aristóteles, y sus figuras eran prototipos de
heroicidad alta y ejemplar. Y la crónica se ceñía a historias
mitificadas. La novela moderna se sumerge en una sociedad y sus héroes -a
menudo, anti-héroes- serán humanos que viven en esa sociedad, inmersos en
el pensar y sentir, en problemas y aspiraciones y hasta en banalidades y
minucias de su tiempo. De allí arrancará cualquier sentido hondo o alto
que la novela podrá tener. El Quijote es la primera novela en que esto ocurre. Pero lo propio de
las mayores novelas -comenzando por el Quijote-
será que, enraizadas en su espacio y tiempo social, cobrarán
universalidad. El modo más alto como ello pudiera acontecer está ilustrado
precisamente por el Quijote.,
que, sin salir de esas tierras manchegas ni desprenderse de los personajes
de esa tierra -de los más humildes a los más encopetados, de gañanes a
duques y duquesas, pasando por curas, bachilleres, barberos, venteros y dueñas
y oficiales de la Inquisición-, presenta al hombre en su radical condición
de viandante hacia altos proyectos o exaltados ideales por entre espejismos,
frustraciones, quebrantos y entuertos, breves goces y largas privaciones y
cuanto más hay en novela con tanta carga de humanidad y vida.
Hay
un libro que constituye la mejor guía hacia los más altos y hondos
sentidos del Quijote. Ese libro es el Quijote.
Esto no es ingeniosidad ni paradoja. Es cosa que ocurre con las mayores
novelas, debido a esos rasgos caracterizadores del género , cumplidos
en ellas a plenitud, que son autonomía y totalidad.
Y
esto nos vuelve otra vez a la lectura. Para calar en una gran novela no es
lo mejor dar vueltas a su
alrededor. Análisis, comentarios, críticas, glosas y cosas así son
asedios desde fuera, rodeos a las altas murallas del castillo. Las claves
están dentro y solo la lectura puede hallarlas.
Abrimos,
pues, el Quijote, y damos enseguida, en el capítulo II, con el ideal
caballeresco del hidalgo:
la
falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los
agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que
enmendar
y
abusos que mejorar y deudas que satisfacer
Por
ello y para ello se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, embrazó
su adarga, tomó su lanza y salió alcampo manchego.
Unpersonaje
le pregunta el porqué de su extravío, y el caballero reponde:
La
profesiónde mi ejercicio noconsiente ni permite que yo ande de otra manera.
El buen paso, el regalo y el reposo allá se inventó para los blandos
cortesanos; mas el trabajo, la inquietud y las armas solo se inventaron e
hicieron para aquellos que el mundo llama caballeros andantes, de lo cuales
yo, aunque indigno, soy el menor de todos
(Cap.
XIII)
Ama
el caballero su profesióncaballeresca. No es simple medio para esos fines
que había dicho: es un modo de asumir la existencia. Con tensión vital,
con altas exigencias.
Pero
ese alto modo de existencia se ejercita fuera de la realidad. Enel capítulo
XXV Sancho, el representante del buen sentido, el hombre bien asentado sobre
la tierra. increpa a su amo claramente y con vehemencia al ver como insiste
en llamar “yelmo de Mambrino” a su bacía de barbero. Pero en vano.
Tiene el caballero cumplida explicación para ese parecer distinto al ser:
¿Que
es posible que en cuanto ha que andas conmigo no has echado de
ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecen quimeras,
necedades y desatinos, y que son todas hechas al revés?
Y
el choque entre la prosaica -y hasta grotesca- realidad yel mundo ideal
urdido por el caballero para realizar su ideal caballeresco nunca es más
hiriente que en el caso de su dama ,de la que don Quijote dirá nada menos
que esto, tan exaltado y bello: “Ella pelea en mí, y vence en mí, yo
vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser”
(Cap. XXX).
¡Ta,
ta! -dijo Sancho- ¿Que la hija de Lorenzo Corchuelo es la señora Dulcinea
del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo? (XXV)
Y
lo que podría haber sido el primer paso del desengaño que volvería al
caballero al prosaísmo gris de la realidad no lo es. Todo el contraste,
todo el desquiciamiento entre el ideal y las realidades humanas tensa el
pasaje, hasta rematar el capírtulo de modo realmente doloroso, bajo la capa
del humorismo cervantino.
Don
Quijote no es el simple orate, a quien debería guardarse sin más:
Pues
otra cosa hay en ello -dijo el cura- que fuera de las simplicidades que este
buen caballero dice tocantes a su locura, si le tratan de otras cosas,
discurre con bonísimas razones y muestra tener un entendimiento claro y
apacible en todo; de manera que como no te toquen en sus caballerías no
habrá nadie que le juzgue sino de buenentendimiento (XXX)
Muchos
mundanos lo han dicho de hombres de algún exaltado ideal o místico o
social o político. Pero la grandeza de esos extrraños especímenes de lo
humano estaba, precisamente, en lo que al buen sentido parecía anormalidad,
desmesura, demencia. No en cuanto mostraban tener “un entendimiento claro
y apacible”.
Pero
corto se quedaba el bueno del cura -que debió ser de misa y olla-, porque
el entendimiento de don Quijote era harto más que apacible: era intenso,
apasionado. ¡Cuánta y qué noble pasión en el discurso de las armas y
las letras! (XXXVII y XXXVIII). Es la que hay en los párrafos con que
increpa a quienes desprecian o zahieren su ideal caballeresco:
Venid
acá gente soez y mal nacida: ¿saltear de caminos llamáis al dar libertad
a los encadenados, soltar los presos, acorrer a los miserables, alzar los caídos,
remediar los
menesterosos? ¡Ah gente infame, digna por vuestro bajo y vil entendimiento
que el cielo no os comunique el valor que se encierra en la caballería
andante, ni os dé a entender el pecado e ignorancia en que estáis en no
reverenciar la sombra,
cuánto más la asistencia de cualquir caballero andante! Venid acá,
ladrones en
cuadrilla, que no cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia
de la Santa Hermandad; decidme: ¿Quién fué el ignorante que firmó
mandamiento de prisión
contra un tal caballero como yo soy ... (XLV)
Y
hacia el final de la primera parte hallamos que a Sancho “le faltaba bien
poco para tener la misma enfermedad de su amo” (XLVI). Pero él, tanto o más
perdido que su amo en cuanto a lo esencial, guarda su sentido común
respecto de las circunstancias triviales de la vida.
La
confrontación del mundo ideal de las caballerías con el real, de lo que
cuentan las obras de imaginación con los sucedidos de las historias
verderas, alcanza un clímax en las largas discusiones del caballero con el
canónigo,que se admira de que “la amarga y ociosa lectura de los libros
de caballerías” le hayan vuelto el juicio de modo que haya llegado a
tenerlos por verdades. Defiéndese don Quijote con exaltado discurso en que
su fantasía borra límites entre caballerías e historias fabulosas o
heroicas, y nos permite a asomarnos a su mundo de apasionadas
lecturas que hacía cosa vivida. Como para rematar así:
Yvuestra
merced créame,y como otra vez le he dicho, lea estos libros, y verá cómo
le destierran la melancolía que tuviere, y le mejoran la condición, si
acaso la tiene mala.D emí sé decir que después que soy caballero andante
soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido,
blando, paciente
sufridor de trabajos,
de prisiones, de encantos; y aunque ha tan poco que me vi encerrado
en una jaula como loco, pienso, por el valor de mi brazo, favoreciéndome el
cielo, yno me siendo contraria la fortuna, en pocos días verme rey de algún
reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y liberalidad que mi pecho
encierra...
(L)
Y,
claro, el primero en beneficiarse de tan liberal munificencia sería Sancho,
a quien daría el condado que ha mucho le tenía ofrecido. Y Sancho, dándolo
por hecho, confiaba en poder regirle.
Hacia
el fin, Sancho llega a la Mancha “convertido”.A Juana Panza, su mujer,
le comenta:
Solo
te sabré decir, así de paso, que no hay cosa más gustosa en el mundo que
ser un hombre honrado, escudero de un caballero andante buscador de
aventuras.Bien es verdad que las más que se hallan no salen tan a gusto
como el hombre querría, porque de ciento las noventa y nueve suelen salir
aviesas y torcidas. Sélo yo de expiriencia
, porque de algunas he salido manteado, y de otras molido; pero con todo eso
es linda cosa esperarlos sucesos atravesando montes, escudriñando selvas,
pisando peñas, visitando castillos, alojando en ventassin pagar ofrecido
sea el diablo el maravedí (LII)
La
despedida del caballero la había hecho el mismo Sancho antes,en pasaje tan
doloroso cuanto cómico,en forma de treno, “arrojándose sobre el cuerpo
de su señor haciendo sobre él el más doloroso y risueño llanto del
mundo, creyendo que estaba muerto”, del bastonazo que le propinara el de
las andas:
¡Oh
flor de la caballería, que con solo un garrotazo acabaste la carrera de tus
tan bien gastados años! ¡Oh honra de tu linaje,honor y gloria de la
Mancha, y aun de todo el mundo, el cual, faltando tú en él, quedará lleno
de malhechores, sin temor de ser castigados de sus malas fechorías! ¡Oh
liberal sobre todos los Alejandros, pues por solo ocho meses de servicio me
tenías dada la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea! ¡Oh humilde conlos
soberbios y arrogante con los humildes, acometedor de peligros, sufridor de
afrentas, enamorado sin causa, imitador de los buenos, azote de los malos,
enemigo de los ruines, en fin, caballero andante, que es todo lo que decir
se puede! (LII)
“Humile
con los soberbios y arrogante con los humildes”: no es errata. Así en el
texto cervantino. Es el humor por el divertido trastrueque de palabras y
conceptos, en elcorazón de texto de nostálgica belleza.
Y
ese es el último capítulo del Quijote
que en ese enero de 1605 había aparecidopara solaz de tantos y tantos
españolos y pronto de otros europeos y americanosy de todo el mundo. Poco
antes Cervantes había puesto en labios de Sancho esto dirigido a su
maltrecho señor:
...
y volvanos a mi aldea,en compañía destos señores que su bien desean, y
allí daremos orden de hacer otra salida que nos sea de más provecho y
fama.
Le
rondaba, se ve, al padre de esas dos estupendas criaturas novelescas la
tercera salida. Pero, acaso porque no sintiese conánimos para emprenderla,
cerró su Ingenioso hidalgo con epitafio que se habría hallado en cierta caja
de plomo , en unas ruinas. Era un soneto que el segundoterceto cerraba así:
el
que hizo callar los Belianises,
aquel
que en Rocinante errando anduvo
yace
debajo desta losa fría.
Pero
elandante caballero volvió a salir en 1616, en una segunda parte “cortada
del mismo artífice y del mesmo paño que la primera”, que dijo en el
“Prólogo al lector” Cervantes. Y venía al caso la advertencia, porque
meses atrás, en 1614, había salido un Segundo
tomo del Ingenioso Hidalgo Don
Quixote de la Mancha, que contiene su tercera salida: y es la quinta parte
de sus auenturas, bajo el nombre supuesto de Alonso Fernández de
Avellaneda
. Don Miguel, más seguro que nunca de su genio de escritor, y ya con lúcida
conciencia de lo que había creado en su novela -cuya fama había dado la
vuelta al mundo, hasta el emperador de la China, como lo cuenta el propio
Cervantes al Conde de Lemos en la dedicatoria de la segunda parte del Quijote-, hace esta segunda parte de su gran novela y promete
cerrarla ya definitivamente; es decir con la muerte del caballero.
Dos
capítulos finales habrá para olear y sacramentar
al hidalgo ya muerto a su alta condición de Don Quijote de la Mancha
y vuelto a la doméstica de Alonso Quijano. Pero antes estará el pasaje
final de novela que más me ha emocionado nunca, que más veces me habré
repetido en tantas horas de
vuelta:
Abre
los ojos, deseada patria,y mira que vuelve a ti Sancho Panza
tu hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe
también a tu hijo Don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos,
viene vencedor de sí mismo; que, según él me ha dicho, es el mayor
vencimiento que desearse puede
(II,
LXXII)
Ya
no habrá en esta segunda parte noveletas intercaladas
-como la del Curioso impretinente o la del Cautivo, de la primera-
porque tendrían sabor de sacrilegio. Con seguir al noble caballero y al
iluso ambicioso de su escudero -aunque tan
fiel a su señor- y penetrar por resquicios cada vez más agudos en
la hondura de su proyecto de vida y la elevación de sus altas virtudes
caballerescas habrá más que de
sobra para apasionar al lector para el que la primera parte fuera noviciado
en esta nueva suerte de caballerías.
Así
que, ¡en marcha! Como a don Quijote, que nos saque otra vez a la vida de la
andante caballería el oír la historia ya famosa de sus aventuras y la
insinuación de Sancho y los relinchos de Rocinante, “los cuales relinchos
tomó Don Quijote por felicísimo agüero, y determinó de hacer otra
salida”.
Y
ahora las salidas de don Quijote se hacen en libro ecuatoriano. En esa que
ya hemos saludado como la primera edición completa de la gran novela.
Acompañar al andante caballero en sus famosas aventuras será leerlas.
Penetrar en su mundo y tiempo -necesario por eso del enraizamiento que hemos
dicho- será leerlas en la lengua en que Cervantes las escribió.Ello para
muchos lectores de hoy resulta empresa casi insuperable. ¡Del español del
siglo de oro a un español que, por término medio, debe andar por las dos
mil palabras! Para salvar la gigantesca brecha, esta edición ha anotado
cuanta palabra pudiera ser de difícil o nula inteligencia para el lector
formado al pie de la televisión. Bien se aclara que para el lector
informado o para el buen lector muchas
de esas anotaciones resultarán nimias.
El, que no las necesita, no tendrá por que salir de la sabrosa lectura a la
glosa. El asunto es leer el Quijote. Apoyándose en las notas para entender
-o acaso solo para disfrutar mejor- su riquísimo español, o de corrido, de
risa en risa. Pero leerlo. Estoy convencido de que también en los tiempos
que vivimos leer el Quijote puede
resultar una experiencia apasionante. Reto y camino para ella, esta primera
edición completa de la novela, que hemos de agradecer, en primer lugar, a
Franklin Cepeda Astudillo, y, junto a él, a todo el equipo que otorga a
Riobamba el honrosísimo título de la
tierra ecuatoriana donde El ingenioso
hidalgo don Quijote de la Mancha volvió a nacer a los cuatrocientos años
de su primer alumbramiento.
Alangasí,
en el Valle de los Chillos, 4 de octubre de 2004
|