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El Principito: el sentido de la vida
de Carlos Freile
Este libro del historiador y maestro universitario Carlos Freile es un
empeño de penetración iluminada y cordial en una obra que a sus sesenta
y nueve años de publicada sigue seduciendo a lectores niños y a adultos
que, como el destinatario del libro, León Werth, fueron niños y seguían
siéndolo.
Es una lectura de las muchas que, como reconoce Freile,
pueden hacerse de la obra.
Modestamente propone: "En el presente libro no se pretende
realizar un estudio en profundidad sobre esas variadas formas de
acercarse al conocido cuento, sino proponer, con sencillez, una
interpretación basada en la obra conjunta de Saint-Exupéry". Pero
realiza un estudio en profundidad, apoyándose en ese utilísimo
instrumento hermenéutico que es el conjunto de la obra de un autor.
Y con esa honestidad que preside los trabajos
historiográficos del autor pone en la cancha las reglas de juego: "Estas
reflexiones se enmarcan dentro de una definida concepción del ser
humano: la valoración de la persona, de sus relaciones profundas y del
diálogo". Señala en el texto del hermoso libro caminos para los humanos,
"cuya meta en la vida es alcanzar la felicidad o la plenitud de su ser".
Otra muestra de honestidad. Da la palabra a un aparente
adversario: "Michel Quesnel rechaza de plano la lectura escogida en el
presente análisis, considera una reducción insidiosa el afirmar que se
refiere "a los grandes temas de la amistad, del tener y del ser, de lo
durable y lo efímero, de la comprensión de la cosas". "Acaso en el curso
de la interpretación pueda sentirse algo como "reducción insidiosa" -a
lo religioso-, pero en cuanto a las vertientes mismas del trabajo
hermenéutico, como apunta con razón Freile, "las dos vertientes no se
oponen". Lo último que pretendería el exegeta ecuatoriano es "escatimar
la fantasía, olvidar que el Principito no es un viejo precoz, un pequeño
pedante pródigo en sentencias, sino el testimonio sin arrugas del
espíritu infantil, un puro cristal de estupor". Desde ese espíritu
infantil que traspasa El Principito Feile denunciará las
aberraciones de un mundo que ha perdido esa pureza, aunque él sí, por
algún exceso de celo, parezca alguna vez "pródigo en sentencias".
Para el piloto condenado a muerte si no reparaba su avión
esa reparación era urgente. Pero para el Principito el tener el cordero
que ha pedido al aviador era importante. Freile reflexiona sobre lo que
va de lo urgente a lo importante, y se apoya en un texto de Ciudadela
(el libro de reflexiones y meditaciones de Saint-Exupéry):
"Siempre he sabido distinguir lo importante de lo urgente". Qué sea para
el ser humano lo importante abre enormes espacios al pensar y buscar.
Por alguno de ellos se interna nuestro autor: "Lo importante no estriba
en crecer, sino en la persona misma".
Y, sin salir de este pasaje inicial de la historia,
reflexiona sobre el dar y el recibir. Porque el Principito quería un
cordero y el aviador acaba por dárselo. Y otra vez acude a Ciudadela:
"El valor del don depende de aquel a quien se lo entrega". Pero, con
razón, Freile completa la trascendencia del don por quien lo da.
Al conocer por qué el aviador está en el desierto exclama el
Pincipito: "¡Tú también has bajado del cielo!", y el comentario de
nuestro autor desvela, a la vez, riqueza de lo que alcanza a ver en el
texto, subjetivismo y hasta gratuidad:
Y el narrador descubre esa luz oculta en el misterio
de su presencia: el Principito viene de otro planeta. La verdadera
amistad (después también saldrá la referencia al auténtico amor) es algo
tan raro como un don llegado de un astro lejano. Se ha acusado a
Saint-Exupéry de excesivo pesimismo frente a ciertas realidades del ser
humano, pero escribió su cuento en plena Segunda Guerra Mundial, cuando
todavía parecían invencibles esos monstruosos estados policiales como el
nacionalsocialista y el soviético, represores tenaces de cualquier
resquicio a través del cual lograra filtrarse una persona libre para
encontrar la relación interpersonal profunda
(Pg. 34).
Después, a propósito de la condición que el aviador pone al
Principito para darle la cuerda que necesita ("si te portas bien"),
rechaza cualquier condicionalidad impuesta al amor y el don: "La
condición es un forma tramposa de mercantilismo del amor o de la
amistad, es un intento cobarde de comprar la respuesta apetecida,
respuesta sujeta al juego de la oferta y la demanda, al contrario de la
simple y pura dádiva".
Hay algunos autores que, se ve, nutren el pensamiento del
hermeneuta. Como Mounier y su personalismo. Y hay otros hacia los
cuales no esconde su antipatía. (¡Qué pena que entre estos esté
Descartes!). Pero, al margen de direcciones marcadas de análisis de lo
humano, cabe rescatar lo esencial. Que implica -en esta y en cualquier
lectura del Principito- rechazo de la apariencia, de la
epidermis. Y, sea cual sea el sentido de la vida que se halle en el
hermoso libro de Saint-Exupéry, lo fundamental de esta lectura es la
búsqueda, en el hermoso texto, de ese sentido.
El lector del incitante libro de Carlos Freile avanza de
expectativa en expectativa. ¿Cómo va a leer lo de las puestas del sol
que consolaban de sus tristezas al Principito en su diminuto planeta?
La reflexión del autor tiene dos caras, una puramente humana
-es decir secularizada- y otra traspasada de lo religioso. La que no
trasciende lo humano: "Desde cuando hay constancia escrita de las
acideces de la existencia humana se ha encontrado un remedio contra la
melancolía y la tristeza en la belleza y en su creación en el arte" (con
cita de Van der Meer de Walcheren: "Todo arte es el canto de una
privación"). La trascendente (con cierto componente mítico): "Por otro
lado, las puestas de sol traen a la mente la idea del fin de un
ciclo y el comienzo de otro, casi siempre de la terminación de un tiempo
doloroso unida a la certeza de un mejoramiento futuro". Y, al aludir a
la esperanza, se trae, significativamente, este par de versos del poeta
religioso ecuatoriano José María Egas: "Todos los calvarios de Semana
Santa / tienen su Domingo de Resurrección"·
En la parte de los planetas interpretación y comentarios se
ofrecen menos originales. Aquellos pasajes son, en sí mismos, una suerte
de parábolas de mensaje directo.
El habitante del quinto planeta, el Farolero, le merece al
Principito reflexión especial: "El trabajo de este hombre tiene sentido.
Cuando enciende el farol pareciera que hace nacer una estrella o una
flor más". Y el comentarista apostilla: "Saint-Exupéry siempre consideró
crucial para toda persona la búsqueda del sentido de la vida y de
una dirección hacia un fin distinto de ella misma".
Freile cree ver en este "el capítulo central del libro",
porque "saca a colación el tema más importante, el del sentido de la
vida". Pero, curiosamente, minimiza -y yo diría que hasta manipula
un tanto- un elemento del pasaje: cuando el Principito le pregunta al
Farolero "¿Por qué apagaste el farol?", él le responde: "Es la
consigna". (Y añadirá: "No tienes que entender nada. La consigna es la
consigna"). Para nuestro comentarista "la consigna obliga a
buscar un sentido a la propia vida y no encerrarse en un mundo de
espejos donde todo confluye en el propio yo".
Ya extrañaba que en esta búsqueda del sentido de la vida por
las páginas del Principito, iluminadas por otros textos de su autor, no
se hubiese acudido a libro en el que Saint-Exupéry hizo el más alto
encomio del hombre: Tierra de hombres. Escribiría en Ciudadela:
"El hombre es quien lleva en sí algo más grande que él mismo". Y Freile
hace justicia al gran libro testimonial del piloto escritor (que, de
paso, no es una novela, como se dice a veces y Freile lo repite) con
esta cita:
Para Saint-Exupéry la primera obligación del ser humano es ser fiel a su
propia naturaleza, apartándose con vigor de todo lo que lo disminuya o
animalice. Es el temple de su amigo Henri Guillaumet cuando tuvo un
accidente en los Andes, con un esfuerzo inusitado logró vencer los
riscos y la nieve, caminó seis días y al llegar donde sus amigos
exclamó: Lo que yo he hecho no lo habría hecho ningún animal.
Para nuestro comentarista, la clave del sentido de la vida
está en el amor. Y hay en El Principito un pasaje que está
centrado en el amor: el del zorro. Es meditación honda y bella sobre el
amor, desde los primeros pasos para atarlo hasta su vinculación con el
rito y los efectos últimos de cargar de nuevo sentido a las cosas, aun
en ausencia del amado. El Zorro ha reprochado al Principito que no haya
vuelto a la misma hora, en último término porque "los ritos son
necesarios, hacen que un día se diferencie de los otros y una hora de
las otras". Y nuestro autor busca ahondar en el rito. En el propio
Saint-Exupéry ("Los ritos son en el tiempo lo que la morada es en el
espacio" -Ciudadela-), en algún autor contemporáneo (Sábato, para
quien "La secularización ha "pulverizado los ritos milenarios"”) y en su
propia concepción del amor como clave de bóveda del sentido de la vida
("El amor da sentido al rito, el rito fortalece el amor pues pone al
corazón en situación para el amor, lo prepara y esa preparación es
fortalecimiento del amor").
El final de El Principito tiene, en ese clima triste
que precede a las despedidas, hondos mensajes con dejo de testamento:
-No se ve lo que es importante...
-Seguramente...
-Es como la flor. Si amas a una flor que se encuentra en una estrella,
es agradable mirar el cielo por la noche. Todas las estrellas están
florecidas
El hermeneuta se detiene en el pasaje y medita sobre lo que
siente como receta contra el dolor de las ausencias: "En la naturaleza
humana misma está el impedir la perpetuación del dolor permanente,
obstáculo al fluir de la vida".
Esta lectura de El Principito es un ejercicio del
método de la "prelección", como lo practicó Aurelio Espinosa Pólit con
la Eneida de Virgilio. Así de penetrante, así de comprometido
cordialmente con las ideas y sentimientos que el autor plasmó en su
obra. Así de razonado, pero, a la vez, así de subjetivo y de apasionado
para buscar en el texto confirmación a líneas maestras de
interpretación.
Alangasí, 12 de noviembre de 2011
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