|
Palabras en la
presentación
de mi edición
crítica del
BREVE CATÁLOGO
DE ERRORES
de Pedro Fermín
Cevallos
por Hernán
Rodríguez Castelo
Salón de la Ciudad,
Ambato, 26 XI 2009.
Este
libro debía presentarse -lanzarse, como suele decirse con metáfora entre
audaz y dudosa- en Ambato.
El 29 de junio de
2007, el mismo día en que se cumplían 200 años de su nacimiento,
presenté en Ibarra, la tierra natal del gran hombre, mi Pedro Moncayo
.En Cuenca, el 2008, al cerrarse el año del bicentenario del prócer,
–nacido en marzo del 2007- fue mi Benigno Malo el libro que se
entregó a la ciudad y a la patria. Y en Guayaquil también por el año
bicentenario, que se cumplió el 17 de abril de 2008, “lancé”, antes de
que terminase el año, mi Francisco Xavier Aguirre Abad. Y, casi
ayer, por el 9 de octubre, entregué a Guayaquil mi Olmedo.
Una idea preside estos libros
y su presentación en las ciudades de esos grandes ecuatorianos:
necesitamos héroes. Héroes grandes y auténticos. Héroes no de alguna
dudosa acción militar o de un transitorio efervescente liderazgo
político -tantas veces fatuo, desorientado y hasta nefasto, como el que
padecemos-. Héroes de vidas y obras sólidas, certeras, fecundas, ricas
de altas pasiones, y con cosecha abundante de luces, incitaciones y
orientaciones para las generaciones futuras.
Y Ambato tiene esos
héroes. Son dos los más recordados y celebrados en su vida y obra:
Montalvo y Mera. Pero hay otro gran ambateño -sin salir del siglo XIX-
cuya memoria importa mantener viva, como motivo de justo orgullo para
los hijos de esta hermosa y rica tierra patria. Y es Pedro Fermín
Cevallos.
El libro que esta
noche, tan generosa y certeramente apadrinado por este gran ambateño de
los tiempos que vivimos que es Rodrigo Villacís Molina, ve la luz en
Ambato, antes que en otra ciudad alguna, no nació a incitación de un
inminente bicentenario: Cevallos vio la luz en Ambato el 7 de julio de
1812 (lo cual, digámoslo de paso, da tiempo a su ciudad natal a
prepararse para celebrar a lo grande tan fausto bicentenario).
Este Cevallos, tan
amplio y riguroso, como esa gran figura exigía, nació al calor de una
idea propuesta en una sesión de la Academia >Ecuatoriana de la Lengua
por su director, el eminente lexicógrafo Carlos Joaquín Córdova, y
acogida calurosamente por todos los académicos concurrentes: hacer una
“Biblioteca de Lingüística Ecuatoriana”. Yo me ofrecí a trabajar el
primer volumen de esa gran Biblioteca, que debía dedicarse al primer
lingüista ecuatoriano, autor de las primeras recolecciones de léxico del
español hablado en el Ecuador y primer maestro del uso de idioma, que
desnudaba equivocaciones en el español ecuatoriano de esos días, tan
necesitado de orientaciones de esa laya.
Y como, además,
Cevallos fue el primer Director de la Academia Ecuatoriana, instalada en
Quito el 4 de mayo de 1875 –la segunda de América, solo después de la
Colombiana- y por largos años respondió con certera visión y celo
ejemplar a tan importante encargo, hasta 1890, mi libro sería el
homenaje de la Academia Ecuatoriana a su primer Director. Era deuda,
dije, que estaba pendiente y la Academia debía saldar con la debida
largueza.
“Con la debida
largueza”… yo ya no tengo miedo a escribir largo -si es que alguna vez
lo tuve-. “Hablando de cosas grandes es necesario hablar con grandeza”,
sentó Mejía en las Cortes de Cádiz, antes de pronunciar uno de sus
discursos apasionados y apasionantes que, en el caso de la Inquisición,
se extendió por tres días. Y Claudel pone en boca del anunciador de
Le Soulier de Satin (El Zapato de Raso) esta advertencia: “Lo
más bello es lo que no comprenderéis; lo más interesante, lo más
largo…”. Y la obra fue un magistral auto contemporáneo, obra de teatro
de 400 páginas.
Lo más interesante de
este estudio preliminar de 213 páginas no es mío: es de Cevallos. De mi
parte es una invitación a leer a Cevallos. Al biógrafo, en diálogo con
él a propósito de esas grandes figuras de la patria que son Juan de
Velasco, Juan Bautista Aguirre, Antonio Alcedo, Pedro Vicente Maldonado,
y, a más de esas biografías aparecida en la prensa, en El Iris,
en 1861, y recogidas en libro en 1912, y ahora poco menos de imposible
de hallar, esas otras que pintó y penetró al correr de su historia, tan
admirables como la de Bolívar y la de Rocafuerte.
Pero hubo una
biografía para Cevallos especialmente entrañable: de la Juan León Mera,
con quien le unieron desde sus juventudes tan distintas, pero nutridas
por los mismos aires de la tierra patria, cálidos lazos de afecto, nunca
enfriados, por más que el liberal Cevallos nunca hubiese participado de
los fervores conservadores de don Juan León.
¡Que hermosa
evocación del autor de Cumandá, desde esa primera aparición del “joven
pálido y moreno de semblante, ojos rasgados, anchas cejas, delgado,
enclenque, y tan alto de cuerpo que, sin duda por esto, lo llevaba
ligeramente encorvado y la cabeza inclinada para adelante”!
Cevallos recordaba
así a Mera; Mera, en la más vida evocación de su amigo: tras cumplir, a
desgano y en lo mínimo, con sus estudios, “pasados estos, como pasan las
pesadillas, volaba al pueblo natal a entregarse a sus anchas, durante
las vacaciones y en compañía de otros mozos alegres, a los bailes de
Candil, los paseos báquicos por las huertas que sombrean el Ambato, y,
en fin, a una existencia del todo libre de ocupación provechosa. El amor
y el deleite eran sus únicas divinidades; jamás pensaba en lo futuro; su
juicio dormía; su inteligencia trabajaba sólo dentro de los límites del
mundo material; su alma embriagada por el humo de la voluptuosidad, no
podía elevarse ni dos dedos da la superficie de la tierra…”
Y este joven
divertido y sensual, alegre y fiestero, que “jamás pensaba en lo
futuro”, iba a mirar larga y hondamente al pasado y a cumplir para su
país una de las más trascendentales tareas. Fue, en palabras de Carlyle
en Los Héroes, la voz que articuló el pasado.
Nunca fue más
admirable en esa alta empresa -lo muestra largamente el libro- que
cuando convirtió en palabra; es decir, le dio el sentido y la coherencia
sintáctica del lenguaje, ese pasado próximo, de los dolores de parto de
una joven república desde esa noble raíz del 10 de agosto de 1809,
regada en sangre de sus mártires el 2 de agosto del año diez, y
defendida hasta el último aliento heroico en las campañas que terminaron
con la derrota de 1812, hasta un ayer cuyos actores estaban aún vivos.
Recogieron noticias
del tiempo que los ecuatorianos esperaban impacientes cada nuevo tomo
del Resumen de la historia del Ecuador, con tanta mayor
impaciencia cuanta eran las vecindades de lo el historiador narraba.
Me ufanaré esta noche
en que, cuando la gran historia de Cevallos, al igual que la del Padre
Juan de Velasco y la de González Suárez, solo podían hallarse en ricas y
esclusivas bibliotecas, y no llegaban a ser propiedad sino de sabios y
rico bibliófilos, puse al alcance del pueblo, de estudiantes,
profesionales, amas de casa, soldados de hasta las más remotas
guarniciones militares, a esos tres grandes historiadores de la patria,
en los tomitos de la Biblioteca de Autores Ecuatorianos de “Clásicos
Ariel”. Fueron cinco los tomos dedicados a Cevallos y, aunque su tiraje
era inmensamente mayor a los que se estilaban en el país, diez y doce y
quince mil ejemplares, frente a doscientos, trescientos, a lo sumo mil,
la obra se agotaba y debía reimprimirse.
No hay mejor homenaje
para los escritores que propagar sus obras. Ello significa ponerlos a
dialogar con cientos, con miles, de esos compatriotas a los que
quisieron iluminar, guiar y ello, con el más fino cometido, que es
interesar y divertir. Desde que comenzaron a aparecer los tomos de la
historia de Cevallos, voces llegadas de todos los rincones de la patria,
y aun de fuera –como la del exigente y sabio Rufino José Cuervo-
ponderaban todo lo sabrosa que les había sido la lectura de esa
historia. Como lo han sido siempre las mayores historias de la
humanidad, desde la de Herodoto. Y ahora, ¿por qué nuestros jóvenes no
leen a Cevallos? Cuando niño, mi madre me leía esa historia. Acaso a
ello debo estar esta noche en la tierra patria de Pedro Fermín Cevallos,
ante tan selecto concurso de ambateños, para entregar a la ciudad del
historiador el libro con que la Academia Ecuatoriana de la Lengua ha
querido rendirle homenaje y saldar vieja deuda, con quien tan sabia y
abnegadamente condujo sus primeros pasos. |