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EL TIEMPO , QUITO, 22/08/70 – MINI-ENSAYO
Acerca de un poeta comprometido y sus poemas
Hernán Rodríguez Castelo
“Ya no se puede hablar de amor
sin pensar en el tiempo inmenso de la siembra
en las semillas preñadas de esperanzas
pariendo flores nuevas sobre el continente
y después
redescubrir la vida en las espigas maduradas
y saber que hay una cosecha de trigo
a la espera de ser pan”.
Esto era lo fundamental: que Manoel de Andrade sí es un poeta.
Había abierto sus “Poemas para la Libertad” casi al azar y había
sentido este viento nuevo agitar el tiempo y las espigas.
Antes de que Manoel llegase a Quito había venido a través de
los teletipos la noticia con sabor de alerta: “Lima, 1º (AP). – Manoel
de Andrade Rita, brasileño, fue expulsado del Perú por realizar
actividades “que constituyen un manifiesto peligro para la tranquilidad
pública y seguridad del Estado”
Las comillas mostraban que la A.P. lo ponía aquello a cargo del
gobierno peruano. Y el cable terminaba: “No se revelaron las acusaciones
contra Andrade Rita”.
Pues bien, las acusaciones contra Manoel de Andrade se resumen
en una: hace versos.
POETA MAYOR
Para 1968 Manoel de Andrade era ya poeta. Había triunfado en el
I Concurso de Poesía Moderna en su estado de Paraná. Incluido en “Poesía
viva”, importantes editoriales se interesaban por su obra. La prensa
hablaba de “poeta mayor” y antologías recogían sus versos (como la de la
Revista Civilização Brasileira). Tenía veintiocho años y, dejados atrás
sus oscuros años de Rio Negrinho, Estado de Santa Catharina, triunfaba
lo mismo en asunto dinero que en cenáculos literarios.
Y de pronto se hartó de aquello, o aquello le pareció vacío.
“Cantar lo que sucede es la mejor manera de identificarse con
el tiempo en que se vive”, pensó, y echando a vagar la mirada en torno
vio la miseria de los grupos marginados, la protesta de la juventud, los
secuestros para procurar la libertad revolucionaria, la muerte de
Guevara en Bolivia, las ansias como de parto de toda América, la
insurgencia de un clero nuevo que se proclamaba como Iglesia de los
pobres.
Todo hombre que no sea ciego ni duro ha visto un día todo esto
y ha tomado su resolución. Manoel de Andrade resolvió cantar la hora y
las ansias de América. He ahí por qué me era dado conversar con él
aquella noche en el pisito de otro poeta, que le había recibido como a
hermano.
NO CARTEL. SI AFICHES.
Conozco muchos hacedores de poemas que encallaron, algunos
definitivamente, en el cartel. De allí que este sea mi primer cuidado.
Leo a Manoel de Andrade un poema cartelista y pongo a prueba su criterio
artístico.
“Eso es una cosa discursiva”, me dice, fruncido desde la amplia frente
hasta el mostacho que le cuelga a los dos lados de la boca. “Eso no
tiene dimensión poética”.
Y explana lo que para él sea aquella “dimensión poética”: “
El poeta no puede dejar de poner corazón y belleza”. “Debe haber
violencia y ternura también. Su odio es un gesto de amor hacia el
pueblo”.
Parece llegada la hora de proponerle el asunto decisivo:
“¿Cual le parece que es la diferencia entre la prosa y la
palabra poética?
“El poder de síntesis” ---responde tras fruncirse un
instante, y según su costumbre, me explica: “Poder de síntesis... hacer
de cada verso un universo. Y tener cuidado de acabar. En todo poema mío
hay un epílogo. El epílogo es muy importante”.
“YO SOY UN JUGLAR”
Charlamos aún de otros asuntos. Repasamos su peripecia. Apenas
“convertido” a la poesía de protesta debió abandonar el Brasil porque
se sentía perseguido. Fue a Bolivia. Dio allí recitales de su poesía en
plazas públicas, en minas. Vivió el sobresalto. Llegaba, entregaba sus
cantos y salía. Poniendo tierra por medio entre su fugitiva visita y
guardianes del orden que iban a buscarlo. Su “Saludo al Che Guevara” era
fijado como afiche en número de tres mil. Acabo en el Perú. Al Perú
llevaba su primera publicación: “Poemas para la libertad”, editada en
los talleres gráficos de la Universidad Mayor de San Andrés, de La Paz.
En el Perú unas semanas de ocultamiento. Cantaba en un café. Cierto día
los universitarios peruanos le pidieron sus grandes cantos
revolucionarios. Y cuando fue llevado ante el Intendente, sobre la mesa
había miles de ejemplares de esos cantos mimeografiados. Fue puesto en
nuestra frontera. Por un azar caprichoso una maleta de poemas escapó de
todas las vigilancias y de todas las aduanas, y hoy podemos leer sus
“Poemas para la libertad” en Quito.
“El poeta, dice Andrade como resumiendo su trayectoria de
poeta comprometido, debe ir al mundo, captar su esencia y darla en
canto”.
“Hay que concebir al poeta como un tipo altivo, valiente”.
“Yo soy un juglar”.
“Yo no busco fama. Quiero identificarme con el dolor del
hombre latinoamericano”.
“Si se dice poeta revolucionario debe ser consecuente con lo
que hace”.
“Hay que hacer un arte que camine. Que cante el continente
por donde pasa”.
Y allí están sus versos, de claro corte whitmaniano:
“canto a la multitud que entra y sale por los portones de
las fábricas
a los que ven nacer el día en el asfalto de las carreteras
a los lavadores de autos y a los que venden loterías
canto a los recogedores de basura y a los serenos
a las largas filas de personas que esperan colectivos en
las plazas...”
Doy la bienvenida a Manoel de Andrade al Ecuador. En
nuestro país que yo sepa, desde donde se me alcanza la memoria, a nadie
se ha perseguido por hacer poesía auténtica. Una única ocasión,
recuerdo, alguien amenazó a un pintor --- a Benedetti, concretamente --
con hacerlo “poner en la frontera”. Pero quien le amenazó así fue otro
pintor. Un pintor comunista. Y el crimen que se reprochaba a Benedetti
era haber hablado mal de nuestra lamentable Casa de la Cultura. Yo
le dije a Benedetti que no
fizesse caso de fanfarronadas semelhantes. Que neste país da Escola
Quitenha o artista recebia carta de naturalização. Que Manoel de Andrade
faça poesia em nossa cidade e que nos dê a conhecer. E nos dê o
testemunho de poeta honestamente comprometido com as angústias da
América. Fazer uma reflexão sobre o sentido da arte nesta hora difícil
do mundo, sempre resultará altamente proveitoso. |