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Presentaciones del libro Olmedo, el hombre y el escritor de Hernán Rodríguez Castelo

Rodolfo Pérez Pimentel, Hernán Rodríguez Castelo y Rodolfo Rodríguez Castelo. El autor, Rodolfo Pérez Pimentel y Rodolfo Rodríguez Castelo

 

Arq. Melvin Hoyos Galarza, Historiador y Director de Cultura y Promocion del Municipio de Guayaquil y el autor. Hernán Rodríguez Castelo con la obra presentada.

Olmedo: !prensa libre¡ Por Patricio Quevedo Terán

Fotos: Inf. Izq.: Firma de autógrafos

Discurso en la presentación de mi

“Olmedo, el hombre y el escritor”

Hernán Rodríguez Castelo

Guayaquil, 8 de octubre de 2009

Hará cosa de poco menos de un mes, conversaba con una persona que, sin ser académica, hace por la Academia Nacional de Historia lo que no alcanzamos a hacer muchos académicos. El asunto eran las relaciones de Olmedo con Bolívar, puesto de actualidad por algunos escritos y hechos sucedidos en Guayaquil, la tierra patria del gran poeta y hombre público. Le hice un cuadro de esas relaciones amplio, complejo, persiguiéndolas en el tiempo. “Pero, ¿todo eso es verdad?”, me dijo, admirada. “Sí, le respondí. Verdad documentada en textos del tiempo y sobre todo en la larga correspondencia sostenida por Olmedo y Bolívar por años”. “Pero esto no se lo conoce…” Y entonces le hablé de que tenía listo un “Olmedo” en que se iluminaba este asunto y todos los muchos interesantes, fascinantes, en que Olmedo fue actor o, al menos, testigo privilegiado. Y nació este libro. A la Academia Nacional de Historia le entusiasmó publicarlo y más cuando pareció posible que se llegase a presentarlo en la ciudad del prócer, en la mayor de sus fechas cívicas, la que exaltó al poeta al papel decisivo de estadista del movimiento, el 9 de octubre. Y aquí estamos.

 BOLÍVAR Y OLMEDO

 Acaso no haya en la historia latinoamericana del XIX, al menos para quienes atacamos la historia por la ladera de la historia de la literatura, tema más fascinante que la relación entre Bolívar y Olmedo.

            Los comienzos de esa relación se le escapan al historiador. ¿Cuándo escuchó Olmedo por primera vez hablar de Bolívar? ¿Cuándo Bolívar tuvo sus primeras noticias del ilustre literato que, después de un brillante período limeño, florecía, discreto, a las orillas del manso y caudaloso Guayas? Ello es que cuando esas relaciones son ya territorio al que puede acceder con su instrumental y equipos el historiador Bolívar respeta y admira a Olmedo y Olmedo respeta y admira a Bolívar.

            Rebozan esos sentimientos desde el encabezamiento las cartas que se  dirigen el uno al otro, y los vivos deseos que tienen de encontrarse por fin personalmente son sinceros y vivos.

            Pero esa relación no era simplemente la de dos ilustrados y hombres de letras, que habría sido una relación fácil y sin mayor complejidad: coincidían notablemente en cultura y gustos. Aquella era la relación de dos conductores de pueblos. El uno, conductor de la lucha de tres naciones por su independencia; el otro, conductor de una ciudad declarada independiente hacia un futuro de independencia para toda la provincia del imperio español de que había formado parte. Y en esa conducción las visiones y los intereses de uno y otro llegaron a un punto conflictivo. Para la poderosa y certera visión geopolítica de Bolívar Guayaquil era parte de Colombia -esa Colombia grande que el Libertador construía en los campos de batalla-; para Olmedo, su ciudad, independiente desde la gesta del 9 de octubre de 1820, pequeña y todo, debía decidir sin presión alguna su futuro.

            Hubo un choque de intereses. Y no es cosa de abordarlo en esta breve confesión del autor. En el libro se penetra en él, más bien desde la perspectiva de Olmedo.

            Hecho al margen de cualquier discusión es que un paso dado por Bolívar resintió a Olmedo y él, tras dirigirle una carta de noble altivez y especial grandeza, se embarcó con otros notables guayaquileños y fue a unirse en la Puná con San Martín, con quien se iría a Lima.

            Por solo esa carta, por cuanto hay que leer en ella, ya valdría la pena introducirse en las páginas del libro que esta noche entregamos a Guayaquil.

            Hay un dejo de amargura, y no solamente por algo que hubiese hecho o dejado de hacer Bolívar. Hacia sus propios coterráneos apunta aquello de dolida ironía:

 

¡Vaya que ha sido hermoso el premio de tantos desvelos porque fuese este pueblo tan feliz como el primero, y más libre que ninguno!

 

            Pero la carta es a Bolívar, y tras confiarle, con amargo sentimiento, que una aclamación popular le sería menos grata que ese destierro al que voluntariamente se condenaba, elevando su amargura a regiones de filosofía de la historia, le dice algo que, más allá de su propio caso, se proyectaba sobre el destino del Libertador:

 

Ud. sabe por  la historia de todos los siglos, cuál ha sido la suerte de los hombres de bien en las revoluciones

           

Pero la relación entre Olmedo y Bolívar no termina, ni culmina allí. El Perú, que ha acogido a su antiguo catedrático y celebrado autor de loas para el teatro con el afecto y admiración de antaño, y hasta le ha hecho diputado, siente, enredado en banderías y caudillos insignificantes, que por allí nunca llegará a ser libre, y vuelve los ojos al único guerrero que podía manejar esa enorme empresa de las últimas jornadas de la guerra de la independencia americana, el libertador de pueblos, Bolívar. ¿Y quién mejor para ir a pedírselo que el poeta a quien el general tanto admiraba? Así que Olmedo sube hasta Quito, a rogar a Bolívar, en nombre del Perú, que se haga cargo de la campaña del sur. ¡Y qué discurso el que hace Olmedo a Bolívar! Solo entre dos hombres de esa talla intelectual y literaria pudo haberse dado. Y la respuesta del Libertador no se quedó atrás. Aquel fue un duelo poético y retórico en que los únicos espectadores fueron los dos propios actores.

            Y rotos los diques y superados los escollos comienza una relación ejemplar que, como es sabido y, aunque sabido, el libro se alarga a su sabor en ello, floreció en uno de los cinco o seis poemas cumbres del siglo XIX en América, que fue, precisamente, un canto a Bolívar. Pero que, como ya lo insinuó penetrantemente el gran historiador guayaquileño Elías Muñoz Vicuña, y el libro ahonda en ello, fue mucho más que el solo canto a un héroe y sus victorias. Otro tramo del libro que debe su fascinación a lo que esos dos grandes de la historia del nuevo mundo, el uno como héroe cantado y el otro como cantor de ese héroe, pero a la vez como críticos literarios y brillantes en sus planteos de poética los dos, escribieron en sus cartas.

            Apenas publicado el Canto a Bolívar, en Guayaquil, en una imprenta al parecer un tanto rudimentaria, Olmedo se apresura a enviar el primer ejemplar a Bolívar. El libro que nos ha congregado trae el final, en versión facsimilar, esa edición príncipe del Canto -de la que en nuestro país no parece haber más que uno o dos ejemplares.

 

OLMEDO, EL REVOLUCIONARIO

           

Olmedo en la Revolución de Octubre y Olmedo en la Revolución de Marzo de 1845, ¡qué otros dos asuntos suculentos para una biografía del prócer!

            Ni en la Revolución de Octubre ni en la de Marzo Olmedo dirige la acción subversiva. A los revolucionarios de 1820, que le habían pedido que se pusiese a su cabeza les respondió: “Cuenten Uds. conmigo para todo, menos para jefe de la Revolución. Esta parte debe ser necesariamente desempeñada por un jefe militar y de mucho arrojo”. Y cuando guayaquileños de acción, impacientes y coléricos, fraguaban la revolución que acabaría con la tiranía de Flores, Olmedo cumplía en Babahoyo, con ejemplar sentido moral, unas funciones que muchos, comenzando por sus cuñados, los Icaza Silva, consideraban desdorosas para el gran poeta, pero él las requería para apuntalar su casi siempre maltrecha economía: colector de sales.

            Pero a una y otra revolución Olmedo aportó algo que las consolidó, les dio sentido y las justificó ante el mundo americano: la palabra.

            En los meses anteriores al surgimiento del nazismo -que ofrecen inquietantes semejanzas con lo que actualmente vivimos- se asiste en una Alemania frustrada por la derrota y humillada por el Tratado de Versalles a una febril búsqueda de las palabras que diesen sentido a lo que pretendían para devolver su grandeza al pueblo alemán diferentes movimientos. Iversen le decía a Hellwig, el campesino rojo, a propósito de lo que se estaba llamando la Revolución Nacional de los campesinos, que había que llegar “al despliegue total de nuestra substancia”. “Esas son palabras”, le responde Hellwig. E Iversen lo admite, pero insiste: “Seguramente son palabras: es preciso que les demos un sentido”. Y eran numerosos los  alemanes que buscaban el sentido profundo del proyecto que proponían. Pero quien acabaría arrastrando a toda la nación a la más ruinosa aventura era, no un hombre de palabras profundas, sino un charlatán: Hitler, el charlatán, der Schwätzer.

            Olmedo, hombre que manejaba la palabra como nadie en su tiempo, escritor que abominaba de verborreas y acosos propagandísticos, dio a esas dos revoluciones esas palabras con sentido que las iluminarían hacia dentro y las justificarían hacia fuera. Si ustedes toman el libro que nos ha reunido esta noche, y lo voltean hallan en la contratapa una muestra de esa palabra que Olmedo dio a esas revoluciones, en este caso a la de Marzo:

 

Si por más tiempo se continúan tolerando tan graves males, se irán haciendo más profundas las raíces del poder absoluto, más fuertes los medios que vaya preparando para sostenerse, más especiosas  las artes de la seducción que pondrá en obra y más dificultosa y sangrienta la empresa de nuestra libertad.

 

            ¡Cómo parecen estas palabras de la “Proclama de la Revolución del 6 de marzo” escritas aquí y ahora! Y en cualquier patria donde se esté construyendo un poder absoluto como el que Flores quiso amarrar con una Constitución hecha a su gusto y para sus fines y a la que el pueblo ecuatoriano bautizó de “Carta de Esclavitud”.

            ¡Y este es el personaje a quien los manuales literarios al uso pintan como el engolado autor neoclásico del Canto a Bolívar!

 

 

 

EL LEGISLADOR Y ESTADISTA ECUATORIANO

 

No quiero caer yo también el torbellino de propaganda que nos abruma. Pero insisto; ¡Cuánto hay para penetrar en el libro, cuantas sorpresas le aguardan al lector en él, cuántas iluminaciones hasta en los recovecos que más se han escondido a historiadores o críticos pudibundos o respetuosos!

Mi política al hacer historia o crítica literaria, y más cuando la empresa ha ido por territorios comunes a esos dos empeños, ha sido tratar de dar con la verdad, descarnarla de obesidades, desnudarla de galas y adornos. Hasta hallar, en cuando me fuese posible a la distancia de su real existencia, al hombre. Cuando ese hombre tiene la rica y compleja grandeza de un Mejía, de un Miguel Antonio Rodríguez, de un Rocafuerte, de un Solano, de un Benigno Malo, de un Pedro Moncayo, de un Francisco Xavier Aguirre Abad, o de Manuela Sáenz -por nombrar solo a personajes que vivieron al mismo tiempo que Olmedo y tuvieron variadas relaciones con el prócer guayaquileño-, la empresa del historiador y crítico ha sido rica, compleja y grande.

            Si se tratase de una novela, yo aquí me ufanaría de haber creado un personaje como este José Joaquín Olmedo. Pero esto no fue novela, sino historia. Y allí estaba el hombre Olmedo esperándome para sucesivos encuentros, a cual, más incitante, más iluminador, más emocionante.

            No he dicho una última palabra, y estaría en deuda con mi héroe si no la digo. Cuando el país entra en su vida republicana, o cuando, la recupera -como ocurrió después del 6 de marzo de 1845- Olmedo es la figura acatada en las convenciones y asambleas nacionales, varias de las cuales preside. Siempre sobrio, siempre recto, siempre firme y fuerte. ¡Cómo reconoce en el discurso de clausura la modestia de los logros de una Convención que presidió!

 

No creemos haber dado una Carta menos imperfecta que la anterior, pero sí procurado seguir los principios adoptados generalmente en el inspirado sistema de representación; hemos considerado la exigencia de nuestras necesidades, nuestro carácter y costumbres, la naturaleza y escasez de nuestra población, el atraso de nuestras artes, la lenta difusión de los conocimientos que son tan necesarios a los pueblos como el pan; y no hemos aspirado a construir un edificio con formas desproporcionadas, sino al contrario, una República circunscrita en sus límites naturales, pero con los posibles elementos para ir creciendo progresivamente en ilustración, en amor al trabajo, padre de la abundancia, y en todas las artes hijas de clima y de la paz.

 

            ¡Que lectura este discurso de clausura de la Convención de Ambato para un país anegado de demagogia! ¡Y como se debería haber hecho de textos así lectura obligatoria para quienes en Montecristi urdieron ese enorme mamotreto, tan demagógico y declamatorio, como lleno de trampas ideológicas y de atajos para que sus mentalizadores pudieran avanzar “constitucionalmente” hacia el estado total!

           

RESTA EL POETA

 

Y, claro, resta el poeta. Pero no solo el poeta: el gran prosista. Fue Aurelio Espinosa Pólit, a quien la patria debe, entre otros eminentes servicios, la gran edición de las obras completas de Olmedo, el primero que llamó la atención hacia esta faceta del escritor que fue Olmedo. Y a sus cartas: todo un tomo de la Biblioteca Ecuatoriana Mínima dedicó a la correspondencia del prócer. Solo hacía falta leerla críticamente, y es lo que he hecho en el libro.

            ¿Qué siente el lector contemporáneo, sobre todo si es un joven, nacido al pie de la televisión -que es el actual “focus” de los hogares- y que no lee sino lo que halla en sus navegaciones por la red, ante un poema como el Canto a Bolívar? Escuché a un notable escritor, guayaquileño, de los de la generación de los treinta, sentar, sin más, que Olmedo era “un mal poeta”. Otros no lo dicen, pero a lo mejor no están lejos de tal apreciación.

            Este libro invita a cualquier lector de hoy a volver a estos poemas. Propone la empresa de situarse en el tiempo de Olmedo para esa lectura. Y yo prometo a cualquier lector que tal incursión le deparará grandes emociones, fascinantes hallazgos. Hasta en la poesía filosófica de Olmedo, la de sus admirables y personalísimas traducciones de las Epístolas de Pope.

            En fin, he dicho lo que en mi libro he pretendido, y un poco las grandes emociones que hacerlo me ha deparado. Tiene la palabra ahora el lector. El de Guayaquil, la ciudad de Olmedo; el de América; el del mundo. Porque en todo el mundo hay estudiosos para quienes Olmedo cuenta; para quienes es pieza capital para sus horizontes de historia y de literatura.

            Presentar la obra el 9 de octubre -o en su vigilia, que es casi lo mismo- tenía para mí un especialísimo sentido, y me prometía profundas emociones. Esas las he vivido. Todos cuantos me han acompañado en este bautizo de mi nueva criatura, la que inicia el segundo centenar de mis obras, han contribuido a hacer más vivas esas emociones. Comenzando, claro está, por mi ya antiguo y siempre entrañable y generoso amigo, el erudito y perspicaz historiador guayaquileño Rodolfo Pérez Pimentel, que ha oficiado de padrino en el bautizo. No es la primera vez que un libro nos hace compadres. Espero que no sea la última. Gracias, a él, a todos, las más rendidas gracias.


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