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¡Ahora digital!

El gran libro del desnudo ecuatoriano

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Quito y Cádiz,    Mejía y las dos constituciones

Charla en el Congreso por el Bicentenario

de la Constitución de Quito, 14 de febrero 2012

 

Galería fotográfica

Análisis de la obra a cargo del Gral. Paco Moncayo Gallegos

Una voz para ayer y hoy Rodrigo Villacís Molina

Mejía ayer y hoy, Patricio Quevedo Terán.

 

De venta en

En Mr.Books (desde el 17 de marzo 2012) en Quito y Guayaquil.

Academia Nacional de Historia: Av. Seis de Diciembre No. 21-218 y Calle Vicente Ramón Roca

Librería Rayuela: Germán Alemán E12-62 y Juan Ramírez


In memoriam por Carlos Fuentes


El conocimiento fue siempre la pasión de Jorge Salvador Lara


 

La segunda edición, hállela en la Librería de la Casa de la Cultura, desde el 21 de marzo 2011.

A propósito del libro Manuela

Manuela en la Casa

Colección Bicentenario

 

De venta en la librería de la CCE y con el autor

 

Video y

Galería de fotos

 

Comentarios:

 Manuelita,nuevamente, por Rodrigo Villacís Molina

Simón Espinosa Cordero
Entrevista con Juana Neira en Radio Visión

Entrevista en Diario El Universo

La Manuela Sáenz de Hernán Rodríguez Castelo en un libro. Diario El Comercio

El libro 107 de Rodríguez Castelo

'No hay en la América Latina del siglo XIX mujer de la grandeza de Manuela Sáenz'

 


Dos nuevos libros

Análisis de las obras clásicas de la literatura infantil y juvenil

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro manual que da herramientas al maestro y maestra o promotor de lecturas que le permitan llegar al conocimiento y valoración e inteligencia de los textos destinados  a los niños, para generar las destrezas de análisis y crítica de esos textos.

Los cuentos más bellos del mundo

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro en el que se hace el análisis de cinco cuentos para niños que pertenecen al patrimonio de la humanidad: Cenicienta o el zapatito de cristal, de Charles Perrault (1628-1703); Hansel y Gretel, de Jacob y Wilhelm Grimm (1785-1863/1786-1859); Bella y bestia, de Jeanne Marie Leprince de Beaumont (1711-1780); La Sirenita, de Hans Christian Andersen (1805-1875); y, El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde (1854-1900).

 

 

MEJÍA, voz grande en las Cortes de Cádiz

Corresponde agradecer al autor del libro Mejía, voz grande en las cortes de Cádiz, por el privilegio que me concede, al solicitarme presentar su importante obra ante este prestigioso auditorio, como un homenaje al bicentenario de la expedición de la “Constitución de Quito,” hito  fundamental en el frustrado proceso revolucionario quiteño escenificado entre los años 1809 y 1813.

Juan Cordero Iñiguez, Director de la Academia Nacional de Historia, en su escrito introductorio, destaca la contribución del autor  a la cultura ecuatoriana, “… a través de diversos medios, pero sobre todo de la publicación de libros, valiosos por su rigurosidad científica, su depurado estilo y por su número, pues con este llega a ciento doce obras, algo excepcional y digno de exaltarse.”

Y es que un nuevo libro de Hernán Rodríguez Castelo genera siempre grandes expectativas que, en mi caso, fueron ampliamente satisfechas. Destaca en la obra la exactitud  en el relato, el manejo impecable del lenguaje, dominio pleno de la materia, profundidad en el análisis  y maestría en la disposición de los contenidos. Algo propio de quien es reconocido como uno de los más destacados intelectuales ecuatorianos: lingüista, crítico del arte, periodista de opinión, historiador, maestro, estudioso del cine, autor de literatura infantil, asesor de gobiernos y organismos internacionales, docto investigador de nuestro pasado cultural y político, miembro de las Academias Nacionales de Historia y de la Lengua. Un personaje calificado con justicia como un “intelectual total.”

En su caso, es perfectamente aplicable lo que atribuye a Mejía: “Él, por su parte, frente a tanto ligero, fatuo e improvisado, destaca el vivir de quien dedica <muchas horas al duro y enojoso afán de libros que enseñan cosas útiles y graves>”

Por esto, considero un acierto la publicación de esta obra como un  significativo aporte al primer ciclo de celebraciones bicentenarias que iniciaron con la recordación del 10 de agosto de 1809, en las que tanto empeño puso la Alcaldía de Quito; como cien años antes lo hizo el gobierno del general Eloy Alfaro. Esperemos que el nuevo ciclo con que el país celebrará los doscientos años de las gestas del 9 de octubre de 1820 y  24 de mayo de 1822, alcance la trascendencia y solemnidad que a las primeras  se les ha negado, no sé si por irreflexivos caprichos ideológicos, ignorancia o  regionalismo.

Entre los actos importantes del amplio programa del bicentenario, la Alcaldía inauguró dos  imponentes  monumentos de Espejo, uno en privilegiada ubicación en Madrid y otro en la recuperada Avenida 24 de Mayo. Junto a éste se erigió el de Mejía, aunque quedó irrealizado el proyecto de colocar su réplica en Cádiz. Cuando concluí mis funciones al frente de la Municipalidad quiteña, fui invitado por el Ayuntamiento de esa ciudad, para participar en el  lanzamiento de una amplia y ambiciosa programación con la que se viene celebrando  en España el bicentenario de la Constitución de 1812. Presenté, en esa ocasión, una conferencia titulada: Quito y Cádiz. Las Ciudades y el Bicentenario. Es importante  destacar el amplio conocimiento del pueblo gaditano sobre la figura de Mejía y  la reverencia con la que se honra su memoria. No podía ser de forma diferente, si se conoce en España,  mejor que en nuestro país el papel trascendental que desempeñó el tribuno quiteño en la expedición de la célebre Constitución liberal.

Al respecto cabe destacar el siguiente testimonio recogido en el libro: “Molina (Se refiere al depuesto Presidente de la Real audiencia) se defiende culpando a Mejía de ser autor de las dos constituciones, la de Cádiz y la de Quito. Sostiene que <ambas salieron  tan conformadas en designios, métodos y expresión que deben reputarse de un solo y mismo sueño democrático>… Y vio en la contigüidad de fechas una nueva razón poderosa para afirmarlo: <Lo más notable es que la de Quito se firmó y publicó el 15 de febrero de 1812 y la de Cádiz el 18 de marzo de aquel mismo año, prodigio de uniformidad digno ciertamente del diputado cuyo espíritu se bilocaba>.

La primera parte de la obra se refiere especialmente a la vida académica de Mejía y a su producción intelectual. Los otros temas se citan brevemente, para poner los hechos en contexto y en la medida que sirven para explicar el éxito clamoroso de las participaciones de Mejía en las Cortes. Destaca, por lo novedoso, el estudio crítico del libro rescatado por Jorge Núñez de la Biblioteca Nacional de Madrid, del que dice: “… nos abre insospechados espacios hacia los años mozos del brillante profesor y ya inquieto intelectual ilustrado.” Se refiere a <Travesuras Poéticas: Primer ensayo de D. José Mexia del Valle y Lequerica>, con poesías escritas entre  1799 y 1800, de las que deseo resaltar, por el contenido político y la actualidad del mensaje, la Loa que compuso en homenaje del Barón de Carondelet, designado nuevo Presidente de la Audiencia.

Dice Discordia: “Siendo hija yo de envidia y egoísmo,/De la avaricia cana digna nieta,/esposa del furor, de Estragos madre/ de la Ambición perpetua compañera/ madrastra declarada de Talento. A lo que responde Zelo: “Vos, Quito, de tus hijos dispersados/ Reúne sin envidia una Asamblea/ Do juntos los Talentos y las Luces, La Rectitud y Caridad sincera/ Reciban con aplausos de alegría/ La Unión y Patriotismo, que ya apriesa/ Vendrán sabiendo que Discordia torpe/ Precipitada se hunde en sus cavernas.”

En el contenido de esta oda, encuentra el autor una “Era estupenda utopía de nueva sociedad, en que cabe sentir ecos de ideal propuesto por Espejo en el discurso de la Sociedad Patriótica donde pedía a las autoridades y socios futuros que incluyesen en la <esfera> de sus conocimientos las ciencias y las artes, la agricultura y el comercio, la economía y la política”

Como en toda organización humana existía en Quito una alta tensión entre los espíritus conservadores y reaccionarios, enfrentados a los ilustrados liberales. Mejía estuvo en el foco de la confrontación. Pero no fue solamente él. En esta alejada Colonia vivieron  personajes de elevada estatura moral e intelectual. No es sorprendente, por lo tanto la referencia a Juan Larrea registrada por Humboldt, en su diario: “el hombre más sabio, más amable que hemos encontrado en América, excelente poeta, químico, literato”. Como no es casual tampoco la reacción de los profesores de la Universidad de Quito, ante la arremetida retrógrada de los padres dominicos: “¿Quién puede dudar lo que ha ganado esta facultad desde Santo Tomás al siglo presente? ¿Por qué pues se escandalizan los Padres que en estas materias se niegue la autoridad del Angélico Doctor, que ni creía que hubiese antípodas en el mundo… El Estado, y el público se interesan mucho en poseer buenos matemáticos y físicos, esto no se aprende con la filosofía de Santo Tomás”

 Termina el ciclo quiteño de Mejía. Dice el autor: Sale Mejía de su ciudad… rechazado de muchas maneras y al parecer vencido. Pero Quito – sus grandes hombres comenzando por Espejo; sus bibliotecas, su clima de cultura y su universidad, < hasta en el útil pero penoso exercicio de argüir y defender> le había preparado para grandes cosas…”  Así, de manera milimétrica plantea  relación  del personaje con su entorno. “Yo y mi circunstancia” de Ortega y Gasset; la teoría del desafío y respuesta de Toynbee, la tesis posibilista de Vidal de la Blanche, cuando analizan las relaciones de la Geografía, la Historia y la Política…

 Es evidente la influencia del paisaje quiteño en las conductas de sus habitantes: el verdor de sus valles y montañas, las altas murallas de los andes, el aislamiento geográfico, constituyen incentivos para que espíritus inquietos busquen en la meditación y la lectura, caminos de libertad  y formas de ampliar sus espacios culturales. ¿Cómo entender si no el testimonio del mismo Molina, a quien nos hemos referido?: “La experiencia tiene acreditada que las ideas características de la Provincia de Quito son, desde su cuna, propensas a la revolución e independencia. Este es el espíritu que ha animado a los padres, esta la leche que ha alimentado a sus hijos…” 

Así es Quito. José Gabriel Navarro, en su importante obra “Contribuciones a la Historia del Arte en el Ecuador” dice: “Nuestro  trabajo, más que cualquier otro similar en América, reviste grandes proporciones porque Quito fue el centro de arte americano durante al menos tres siglos… tuvo personalidad artística propia y adquirió una riqueza de arte incomparable, digna de estudio de artistas e historiadores y digna también de que ella figure en capítulo aparte en la Historia de arte universal.”

Según Federico González Suárez, el Seminario de San Luis, fundado en 1592 fue el único colegio que existió en la colonia, a tal punto que estudiaban  en él jóvenes procedentes de Panamá y Popayán. A inicios de siglo XVIII, Quito contaba con aproximadamente treinta mil habitantes y con dos establecimientos de educación superior: Las  universidades de San Gregorio Magno  y de Santo Tomás de Aquino, por esta razón el joven sabio colombiano Caldas la calificó como un monstruo de dos cabezas; sin considerar la universidad, “San Fulgencio” de los padres agustinos, que había funcionado aproximadamente por dos siglos.

Reconoce Ekkart Keeding: “El patrimonio libresco de los jesuitas es rico en extremo, comparable al del Colegio de Nobles de Madrid, y en lo concerniente a la cultura moderna superior al de la biblioteca de la Universidad de Salamanca… la reforma  de los estudios universitarios conducida por el obispo de Quito Pérez y Calama… prueba la difusión de las doctrinas europeas en los medios culturales de la ciudad…”  tal reforma incidió notablemente en la formación de los futuros jefes de la revolución de 1809 – 1812 y, por supuesto en Mejía Lequerica. 

A Mejía le correspondió vivir una aguda crisis económica, de la que nos informa Robson Brines Tyreer, en su Historia Demográfica y Económica de la Audiencia de Quito. La penosa situación de la otrora próspera Quito, que “… había sido una de las regiones más opulenta y laboriosas del imperio colonial…  las ciudades de la Audiencia, y su población estaban ahora cayendo en ruinas. La elite estaba reducida a la pobreza, y tenían que embargar sus haciendas para cancelar deudas. Incluso se verían en la necesidad de vender sus joyas, la platería y hasta las reliquias familiares acumuladas en tiempos de mayor prosperidad.”

El  autor  nos dice de los vínculos de nuestro personaje con la familia Espejo, de cuyo espíritu revolucionario existen muchas pruebas documentales. En Juicio a Juan Pablo - el hermano cura-, el promotor Fiscal eclesiástico, afirma: “Los designios que confidencialmente  descubrió, tenían él y su difunto hermano Eugenio Espejo Médico de Profesión, eran sublevarse contra el Vasallaje debido a V.M. en estos dominios; establecer en ellos un gobierno popular, o democrático… Iban sugiriendo sordamente ambos hermanos tan perniciosas ideas con el depravado fin de ganar cómplices para una conspiración cuyo objeto era el trastorno del estado y la ruina de la Religión.”

En 1797, Jerónimo Pizana, defensor del Presidente Muñoz de Guzmán, en acción iniciada por Manuela Espejo afirma: “La causa de su hermano fue juzgada con todas las formalidades y requisitos prevenidos en derecho y que hacían necesario por la gravedad e importancia de una materia de Estado o asuntos de rebelión contra la soberanía y la quietud de estos dominios… porque con lograr un trastorno político, habría conseguido igualar su suerte con la de Marat.”

“Todo lo cercano que Mejía había estado de la casa del precursor - dice el autor -, se desprende del hecho de que, en junio de 1798, desposa a doña Manuela, hermana de Espejo.” Cabe añadir que fue padrino de la boda Juan de Dios Morales, destacada figura de la Revolución quiteña.

Estas circunstancias, incluida la ilegitimidad de su nacimiento, templan su carácter, aportan a su formación política y justifican sus afanes de superación. Cuando se le niega, por dicha razón, su bachillerato en Cánones, continúa el relato: “Mejía, con altivez, y echando por delante sus credenciales universitarias de maestro de Artes, Bachiller en medicina, Doctor en Sagrada Teología y profesor público que fue de latinidad y de Retórica y Catedrático de Filosofía en la Real Universidad del Angélico Dr. Sto. Tomás de Aquino, reclamó al Rector. Pues sé muy bien que son cosas diferentes la legitimidad y la nobleza, y que hay mucha distancia de un hijo natural de buenos padres a los bastardos, sacrílegos, etc., y aún a los mismos partos legítimos de gente ruin.”  

No falta en el libro la referencia a la formación de Mejía como botánico.   El  6 de junio de 1803 Francisco José de Caldas, miembro de la Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, que se encontraba en Quito preparando una expedición científica a la Amazonía,  le escribe  a José Celestino Mutis, sobre la situación de Mejía: “Por otra parte –dice-, sus émulos, pues a ninguno que tenga mérito le faltan, han dispuesto de tal modo las cosas, que lo han privado de la cátedra que poseía, lo han arruinado y reducido a la miseria, alegando que ha hecho perder el tiempo a los jóvenes enseñándoles a conocer la col, el apio, el orégano, etc., y olvidando el ergo, el ente de razón y las categoría”

Esa es la rica formación filosófica, teológica, jurídica y, en general, científica que explica el lucimiento de su participación en las Cortes que – refiere en el libro- llevó a Rico y Amat a asegurar: “Exceptuando Arguelles, nadie aventajaba al diputado americano en la universalidad de conocimientos; pues aparentaba no serle extraña ninguna de las infinitas materias que se ventilaron en aquellas Cortes. Si se trataba de disciplina eclesiástica, parecía un casuista; si de leyes civiles, un jurisconsulto; si de milicia, un general; si de política, un embajador; si de hacienda, un economista; si de epidemias, un médico.”

Viaja el ilustre quiteño a España, invitado por su amigo Juan José Matheu. La crítica situación política de la Metrópoli es descrita con la precisión de un cirujano: “Napoleón atrajo al par de fantoches regios a Bayona, en la frontera, y consiguió que renunciaran a todos sus derechos al trono. Se refiere a Carlos IV <ya achacoso y senil> y a Fernando <que a sus veinte años, era un mozalbete tan engreído  y jactancioso como débil.>”

El viaje implica breves estadías en Guayaquil y Lima, de las que se registra cortos, pero sabrosos relatos. Llega a Madrid cuando la ciudad se defiende del ataque de las tropas napoleónicas. Escribe a Manuela: “Voy a contarte  muy de prisa las aventuras que he corrido, pues por lo extenso sería cosa de nunca acabar. A últimos de noviembre de 1808, supimos que los franceses habían derrotado a las tropas  que teníamos en Somosierra y se habían apoderado de ese paso  preciso para Madrid. Esta villa conoció al instante que no tardaría en dejarse ver el enemigo, y en efecto, el 1º de diciembre ya estaban sobre ella cincuenta mil hombres de tropa escogida, mandados por el mismo Emperador en persona. Sin embargo el pueblo quiso resistir, y con mucho valor y patriotismo, aunque con poco orden y sin preparativos, se puso todo el mundo sobre las armas para defender las puertas y las tapias que llaman murallas, malísimamente fortificadas. Entonces empuñé el fusil y fui a ocupar mi puesto en una puerta, la cual no desamparé de día ni de noche hasta que se rindió la villa por capitulación, que fue el 4 de septiembre”.

Tras la derrota, debe salir de Madrid disfrazado de carbonero. Luego de largas marchas a pie, soportando toda suerte de incomodidades y contratiempos, llega a Sevilla donde – dice en su misiva-   “… estoy alistado voluntariamente, como también el conde de Puñonrostro. Si perecemos en algún combate tendrás tu el envidiable  honor de que a tu esposo haya cabido una muerte gloriosa; y  si salgo con vida y honra, como lo espero de Dios, tendrás en tu compañía un hombre que habrá mostrado no estar por demás en el mundo”. No fue por una muerte heroica en combate, sino por sus batallas cívicas parlamentarias que Mejía demostró, a plenitud, no estar por demás en el mundo.

Continúa la historia: “El 17 de julio la misma Junta de Cadiz, imponiéndose a la Regencia, convoca, en nombre de la nación, a elegir “unos hombres a quienes fía el sublime encargo de salvar de toda la opresión extraña o intestina, formándose una constitución política que, demarcando sabiamente los límites de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, le asegure los derechos de su independencia y libertad.” Las propias Cortes, que se instalaron en la casa consistorial de la isla de León, completaron la representación del Virreinato de Santa Fe, designando Diputado suplente a Mejía.

Después se advierte el relato sobre la trascendente participación del diputado quiteño en las Cortes,  su ejercicio periodístico en publicaciones como “La Abeja” y “La Triple Alianza” y la forma como se conoció de su prematura muerte: “En sesión del 29 de octubre, según actas, quedaron enteradas las Cortes por un oficio de D. José de Peñaranda y D. Juan Manuel de Arejula, albaceas del Sr. D. José Mejía y Lequerica, Diputado suplente a estas Cortes por el Nuevo Reino de Granada, de haber fallecido a las ocho de la noche del 27 de los corrientes”.

El 28 sus restos fueron sepultados en el Cementerio de la Iglesia de San José Extramuros. El epitafio escrito por su amigo, el Diputado guayaquileño, José Joaquín de Olmedo, con el que cierra Hernán Rodríguez su obra, dice: “A Dios glorificador. Aquí espera la resurrección de la carne, el polvo de D. José Mejía, Diputado a Cortes por Santa Fe de Bogotá. Poseyó todos los talentos. Amó y cultivó todas las ciencias; pero, sobre todos, amó a su Patria y defendió los derechos del pueblo español con la firmeza de la virtud, con las armas del ingenio y de la elocuencia y con toda la libertad de un representante del pueblo. Nació en Quito, murió en Cádiz en octubre de 1.813. Sus paisanos y amigos escriben llorando estas letras a la posterioridad”.

Don Marcelino Méndez Pelayo al respecto expresa: “Desde sus primeros discursos Mejía arrebató a todos los diputados americanos la palma de la elocuencia y si su prematura muerte  no hubiese agotado tantas esperanzas sería hoy venerado como una de las glorias de nuestra tribuna, puesto que a ninguno de nuestros diputados reformistas cedía en brillantez de ingenio y rica cultura y a todos aventajaba en estrategia parlamentaria, que parecía adivinar por instinto en aquel congreso de legisladores incipientes.” 

De ese modo, en apenas ochenta páginas, Hernán Rodríguez Castelo, presenta la información necesaria para introducirnos a la segunda parte, a mi juicio la esencial de la obra, en la que realiza, con la maestría que le es peculiar,  un análisis crítico de los discursos de Mejía, al que reconoce como “un retórico de sólida formación. Y de formación personalísima, lograda  más por sus lecturas y elaboraciones, cuando maestro, que por enseñanzas recibidas en las aulas. Sabemos –dice- que se familiarizó con obras como Rhetorica de don Gregorio Mayans i Sicar. Don Francisco Pasqual i Miralles, comenta en escrito fechado en Valencia, el 29 de octubre de 1755: “Siendo el lenguaje de los hombres el efecto más sensible de la racionalidad, con razón se debe apreciar su buen uso… Tal es la rhetórica, arte nobilísima, que debe su origen a la prudencia, su aumento a los griegos más sabios, Sócrates, Platón y Aristóteles; su esplendor, a los latinos más elocuentes, Cicerón y Quintiliano; y ahora su mayor extensión en preceptos y ejemplos, a don Gregorio Mayans i Siscar, a quien por esta causa debemos los aficionados a la elocuencia muchas gracias… en honor del lenguaje español y en beneficio de las buenas costumbres, que provechosamente promueve, con una especie de enseñanza animada de la filosofía y política cristiana…”

Viene entonces el análisis de los discursos más importantes de Mejía. Los introduce y  pone en contexto, los comenta y, gracias a la maestría del relato,  permite al lector vivir el agitado ambiente de las afamadas Cortes, sin dejar de recordarnos la validez actual de sus mensajes, en el momento oportuno.

De esta manera, facilita ese “diálogo sin fin entre el presente y el pasado”, como ha calificado Carr a la historia y satisface la visión de González Suárez, que “La historia ha de ser una enseñanza severa de moral, presentada a las generaciones venideras en los acontecimientos de las generaciones pasadas. El criterio del historiador ha de ser recto, inspirado en la sana moral, ilustrado con las luces de una filosofía elevada, y justa…”

Podría  referirme a discursos tan importantes como el de la supresión de la  Inquisición, al futuro de las Cortes,  la paridad de representación para América o la validez de los actos de los reyes en cautiverio; pero  prefiero concentrar nuestra atención a pocos temas por su  actualidad o por necesidad de reivindicar su validez histórica.

Cuando hace dos y más años, debatí  en la Asamblea Nacional,  el proyecto de Ley de Comunicación, procurando dar fuerza a mis argumentos,  leí segmentos de los dos discursos con que  inicia la segunda parte  del libro: La Voz Grande en las Cortes. Me refiero a las intervenciones sobre la libertad de imprenta y al debate provocado cuando la Regencia consulta, si en virtud del Reglamento el Poder Ejecutivo, podía tomar providencia contra los autores de papeles sediciosos, sin las formalidades de la previa censura, ni la intervención del Poder Judicial.

Del primero de los discursos citados, leí entonces: “Si la esclavitud no es más que la dependencia  del arbitrio de otro, y si la libertad no sufre más yugo que el de la ley, defender la acostumbrada censura previa  de los libros que han de imprimirse, es constituirse en abogado de la esclavitud de la imprenta… Que los que de buena fe se contentan con la abolición de la censura en unas materias y convienen en su continuación  en otras, se contentan con ser libres a medias y consienten en ser todavía medio esclavos.”

“Sujetar a un autor a que no imprima sus libros sin que los censuren primero… es y será siempre sujetar  las ideas y los deseos , las fatigas y la propiedad, el honor y la vida de los desdichados autores al terriblemente voluntarioso capricho de los censores, es decir, al irresistible capricho de unos hombres que, teniendo ya por sí mismos todas las pasiones , todas las fragilidades, toda la ignorancia de cualquier hombre, están además subyugados por todos los errores, todos los intereses y todos los resentimientos, están armados con todo el poderío, toda la impunidad de las autoridades que les confían la vara de hierro… que la sacudirán  en pro y a placer de ellas mismas.”

Y, sobre la consulta de la Regencia: “… ¿No es ya para los españoles una ley y de las más precisas y trascendentales, la de libertad de imprenta? ¿Y quién no ve que ésta iría por tierra si antes de censurarse un papel y practicarse las demás salvaguardias  de éste tan santo como de los tiranos detestado derecho, procediese el Gobierno a la prisión de un autor? ¿Podría éste esperar una censura imparcial, un dictamen franco, después de que la terrible mano del Poder Ejecutivo de la Monarquía hubiese tapado la boca y comprimido el aliento de tres literatos sin jurisdicción, que se llaman censores?”

¿Pero habrá escritor notoriamente subversivo? ¿Y quién calificará esa notoriedad? Serán los Ministros que, creyéndose identificados con el Gobierno y a los que le administran con el Estado, se encandecen y  claman: ¡alarma. Al sedicioso; Al traidor!  luego que leen el más leve reparo sobre sus acciones o de la del último de sus porteros? …  En efecto, si no fuese permitido hablar libremente, aún los merecidos elogios pasarían por serviles lisonjas, y no habría más invectiva que un misterioso silencio.

¿Qué habrá quedado en la conciencia de mis compañeros y compañeras asambleístas del bloque oficialista, de las frases de Mejía con que cerré  mi intervención?: ¡Si queréis ser libres, Diputados, con una libertad de imprenta verdadera, útil, durable y no expuesta a mayores abusos, abolid, en toda materia y sin restricción alguna, toda censura… porque estoy persuadido que si dais este paso con majestad, corréis agigantadamente al templo de la inmortalidad, templo que la providencia ha levantado sobre las eternas bases de la verdad, la libertad y la felicidad general del hombre!

Otro asunto importante, digno de ser destacado, ahora, cuando desde el poder se denuncian supuestas conjuras, es esta participación del Tribuno quiteño: ¡Qué poco sabe de conjuraciones quien tal recela! Minas secretas son las que hacen volar los reinos; y cualquier amenaza o proyecto que se encienda a la vista de todos, no será nunca sino un fuego fatuo que se disipará por sí mismo, consumido del aire… : y entonces, ¿Qué más podrían apetecer los malvados que ver al gobierno olvidarse de sus verdaderas atenciones y gastar sus desvelos y tiempo  en correr tras tan ridículos como fogosos fantasmas?

Sobre el tema de  la independencia de la Función Judicial, valida entonces, cuando se diseñaba una monarquía parlamentaria y mucho más ahora, cuando se ha puesto en riesgo a las instituciones republicanas. Dice el autor que fue de “Los discursos en que el diputado quiteño se extendió un poco más, luciendo en ellos sus poderes de intelectual, orador y artista…  El ideal de Mejía, se resume aquí en tres términos: libertad, seguridad y justicia. La justicia como garantía de libertad y seguridad.” Todo lo cual ahora se cuestiona.

Dice Mejía: “Congratúlome, señor, con V.M. al ver que los representantes del respetable pueblo español se llenan de entusiasmo y peroran con tanta elocuencia cuando se habla de los desordenes que el despotismo ha introducido en la administración de justicia… si no han de triunfar por fin la libertad y seguridad de los españoles bajo la égida de la justicia ¿Para qué tantos y tan ímprobos sacrificios?…”

“Cuando al grande le aguarda la misma pena que al chico, pocos serán injustos; pero si se ha de rescatar el castigo con el dinero; entonces las leyes, frágil hechura de una tímida y venal parcialidad, se parecerán a las telas de araña, en que sólo se enredan los insectillos débiles y que rompen sin resistencia los más nocivos animales… (De ser así) cada ejecución será una alarma pública, cada absolución una sentina de sospechas, y cada día que dure una causa, un hormiguero de quejas, odios y peligrosas inquietudes” No es necesario insistir en el tratamiento de este tema, porque las similitudes con lo que vive el país en estos días son evidentes.

Otro aspecto de enorme importancia en estas celebraciones bicentenarias, es la defensa que hace el insigne orador de su ciudad natal y que consta en las dos partes de la obra: Ya en las primeras semanas –queda señalado- el diputado quiteño había demostrado su disposición de abogar por la causa de su vilipendiada y martirizada ciudad, aprovechándose de cuanto resquicio se ofreciese.

En el discurso pronunciado el  29 de diciembre de 1810, sobre la nulidad de los actos de los Reyes de España en cautiverio, dice: “¡Cuán lamentable es su estado! Actos hostiles y sangrientísimos; escenas tan trágicas e irreparables, como las del 2 de mayo en Madrid; ejecuciones horribles en personajes que no ha mucho eran sus ídolos; guerras civiles de pueblo a pueblo, llamándolos unos esclavos a sus hermanos, detestándolos  los otros como traidores a sus propios padres e invocando todos el augusto nombre de Fernando VII para derramar sin motivo ni objeto la escasa y preciosa sangre española… en cuyos torrentes habíamos pensado ahogar la perfidia y altanería francesa.”

En esa ocasión, como parte de su defensa, con sabiduría, Mejía puso en labios de los quiteños la siguiente justificación: “Momentáneamente nos separamos, no del gremio de la Nación española, no de la veneración a la madre Patria, sino de los provisionales Gobiernos que la dirigen con tan varia y arriesgada suerte…”

“En sesión del 12 de octubre de 1811- sigue el relato - el Ministerio de Gracia y Justicia presenta ante las Cortes un informe acerca del <estado de América> y allí se denunciaba a Quito como rebelde…”  Mejía reclama: V.M  ha visto que se la llama todavía rebelde, acaso por falta de noticias; pero sabe V.M: porque lo he hecho presente en sesión secreta, que aquella provincia a reconocido a V.M…”

El autor continúa: “Pero el caso quiteño no quedó allí. El 1 de noviembre se leyó, de orden del Consejo de Regencia, un escrito del Encargado interino del Ministro de Gracia y Justicia, que era réplica, con nombre y apellido, a Mejía. Y el nuevo papel era toda una crónica de los sucesos quiteños de los agostos…”

El relato del Ministro, que el autor califica con razón de “intencionada simplificación”, expresa: “Algunos sediciosos sorprendieron a la tropa del cuartel; arrestaron luego y pusieron en calabozos a las autoridades, las desterraron después y crearon una Junta Suprema, que con título de Alteza y Excelencia para su presidente y Vocales, nombró Secretarios de Despacho, y entre  ellos el de Negocios Extranjeros, estableció un Senado, inventó una nueva Orden llamada de San Lorenzo…” 

Esos acontecimientos fueron vistos de otra manera por el gobernador de Guayaquil, quien, refiriéndose al de Quito expresaba: “Pueblo traidor y detestable que ha puesto el negro borrón de la insurgencia en aquel pequeño punto de la amable, fértil  y envidiable América… todos debéis estar conformes y aspirar con la oportunidad debida a la desolación y acabamiento de aquel Pueblo infame, infractor de la Religión de vuestros Padres y traidor a la obediencia del más legítimo y amable de los soberanos…”

O por el Virrey del Perú: “… con otros absurdos que acreditan el desconcierto de las Cabezas de los Autores de este inaudito desorden y prueban su espíritu revolucionario, que merece ser castigado para precaver las malas consecuencias que pudiera atraer tan pésimo ejemplo en estos remotos Dominios”

O del de Santa Fe: “… ¿No han quebrantado los vínculos del orden público deponiendo a las autoridades habilitadas por el mismo soberano? ¿No han atropellado y usurpado las Regias preeminencias de su Majestad sin ser llamados por título ninguno a tomar su real nombre y atribuirse sus Reales prerrogativas? Llenaos fieles y generosos habitantes de estos Dominios de Vuestra mayor irritación…”

Pero la crónica oficial  prosiguió aún más tendenciosa y mentirosamente simplificada: “El 2 de Agosto de 1810, unos facciosos sorprendieron la guardia del cuartel, se apoderaron de las armas, y reunidos con los presos que habían en él y con los soldados de la antigua guarnición que habían sacado del presidio, asesinaron a cuantos encontraron… Los soldados de Lima que, unidos  con los de la guardia del Presidente, acudieron al cuartel, se vengaron terriblemente al ver asesinados a dos de sus oficiales y muchos de sus compañeros y cometieron grandes excesos, pereciendo más de cien personas…”

Contradice esta versión, la del Libertador, en su declaración de “Guerra a Muerte”: “No hablemos de los tres siglos de ilegítima usurpación en que el gobierno español derramó el oprobio y la calamidad sobre los numerosos pueblos de la pacífica América. En los muros sangrientos de Quito fue donde España, la primera, despedazó los derechos de la naturaleza y de las naciones. Desde aquel momento de 1810 las muertes de Quiroga, Salinas y tantos otros, nos armaron con la espada de las represalias para vengar aquellas sobre todos los españoles. El lazo de las gentes estaba cortado por ellos; y por ese sólo primer atentado, la culpa de los crímenes y las desgracias deben recaer sobre los primeros infractores.”

Mejía termina su alegato: “En conclusión, si el benemérito Ministro tiene motivos de sospechar de la Junta de Quito, yo los tengo, Señor, de confiar. Ambos estamos hablando con la debida libertad y con igual deseo del bien; ambos referimos hechos ocurridos a 3 mil leguas de distancia; y por lo mismo, según las noticias que tenemos respectivamente… No hay más diferencia sino que yo hablo de personas que conozco personalmente… sin embargo, no pido a V.M más que lo que en cualquier caso común exigiría la prudencia, esto es, que suspenda su soberano  juicio hasta que el tiempo acabe de aclarar las cosas…” ¿Qué otra actitud correspondía en esas circunstancias? . El resultado es el deseado. Las Cortes no expiden una resolución condenando los hechos de “los agostos”

Dos meses después de estos debates en Cádiz, el 31 de diciembre de 1811, Quito declaró su independencia de España y el 15 de febrero del año siguiente aprobó una Constitución política, el “Pacto Solemne de Sociedad y Unión de las Provincias que forman el Estado de Quito.” En este documento se recoge el pensamiento de la ilustración quiteña, tanto así que el autor señala: “Sabemos que el proyecto que los diputados quiteños discutieron fue el de Miguel Antonio Rodríguez antecesor de Mejía en la cátedra de filosofía…”

Finalmente, y este tema es en estos días muy importante, se dedica en el libro el debido espacio al análisis de las dos Constituciones. Rodríguez Castelo señala algunas similitudes en los dos textos. Dice: “…Salvadas las distancias impuestas por el régimen monárquico y la vasta extensión del reino, había en las dos Constituciones mucho de un mismo espíritu liberal… El poder judicial, que la constitución de Cádiz, sin hablar de un <poder> trata en el título V: “<De los tribunales y de la Administración de justicia en lo Civil y Criminal, comenzando por aplicar las leyes en las causas civiles y criminales pertenece exclusivamente a los tribunales (Art. 242) Ni las Cortes ni el Rey podrán ejercer en ningún caso las funciones judiciales (Art. 243)… Las coincidencias eran más de principios fundamentales y nuevo espíritu que de la letra. El espíritu de la Constitución española lo es  de la quiteña. La soberanía reside esencialmente en la Nación y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales (Art. 3) Y la quiteña comenzaba por fundar estos mismos cimientos: Quito se iba a dar “una nueva forma de gobierno…”

En efecto, nuestra primera Constitución  pone al pueblo como protagonista de la creación del nuevo Estado y su ordenamiento jurídico: “El pueblo soberano del Estado de Quito, en uso de los imprescriptibles derechos que Dios mismo como autor de la naturaleza ha concedido a los hombres para conservar su libertad, y proveer cuanto sea conveniente a la seguridad, y prosperidad de todos y cada uno en particular… en consecuencia de haber reasumido los pueblos la soberanía que originariamente residía en ellos; persuadido a que el fin de toda asociación política es la conservación de los sagrados derechos del hombre por medio del establecimiento de una autoridad política que lo dirija y gobierne”, es el que expide, a través de sus representantes, la primigenia Constitución

En virtud de lo señalado dispone que “la forma de gobierno del Estado de Quito será siempre popular representativa”; reconoce por su Monarca al Sr. Dn. Fernando Séptimo, “siempre que pueda reinar, sin perjuicio de esta Constitución”; establece la división de poderes: “debiendo ser siempre separados y distintos el Ejecutivo, Legislativo y Judicial.” En fin, los elementos fundamentales de una organización republicana que hoy se han violentado.

Llegamos así al término de este apasionante recorrido, cuando, en la última parte, Una voz para ayer y para hoy, el autor coloca el mensaje de Mejía en presente, como aconsejó el inmortal Miguel de Cervantes, en su obra cimera, “Don Quijote”, al definir la historia como “madre de la verdad, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente y advertencia de lo por venir.” Con la altivez y claridad que le caracteriza, Hernán Rodríguez Castelo invoca al personaje: “Señor don José Mejía Lequerica: ahora los poderes son, no menos tiránicos, más sutiles. Y llevan a los periodistas y diputados incómodos como Ud. fue a formas de autocensura por el miedo. Ud. jamás se habría autocensurado porque Ud. nunca tuvo miedo. Señor don José Mejía Lequerica, volvemos a escuchar su voz alta y altiva en las Cortes: <Donde no hay libertad, no hay hombres.>”

Gracias

 


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