|
LITERATURA ECUATORIANA
Capítulo I
Literatura precolombina
No todo lo que es literatura ecuatoriana comienza con la llegada del
español y el inicio del proceso del mestizaje, complejo y de ricas
resonancias culturales. Hubo sin duda una literatura anterior a todo
aquello. Era impensable que pueblos que tanto desarrollo tuvieron en lo
económico, social, militar, político y cultural hubiesen carecido de
literatura.
De lo que esas gentes que poblaron los territorios que
serían más tarde la Audiencia de Quito y hoy, aunque tremendamente
disminuidos, son la República del Ecuador carecieron fue de escritura.
Y, al ser la escritura la manera de fijar y trasmitir fielmente las
manifestaciones literarias, esa literatura difícilmente rebasó ciertas
fronteras de espacio y tiempo.
Pero sí las rebasó, porque tuvo maneras de fijarse y
trasmitirse. Los pueblos sin escritura compensan esa carencia con
recursos especiales. Son los de la tradición oral, que también tienen
sus maneras de dar a ciertos textos especialmente valiosos o importantes
la fijeza que les asegure su permanencia en el tiempo y el rebasamiento
de los ámbitos espaciales en que fueron dichos.
Uno es la música. Un texto convertido en canción asegura su
fijeza y trasmisión y puede perdurar, sin alteraciones, largamente.
Otros son recursos estrictamente literarios: el ritmo y el
metro; ciertas imágenes en las que no se puede tocar nada sin
deshacerlas. O los núcleos narrativos y enlaces de una narración.
El cofre en que esos pueblos van depositando lo mejor de sus
sabidurías es el folclor. Ellos lo guardan allí, cifrando esas
sabidurías en cantos y música, pinturas y diseños, esculturas y
cerámicas, narraciones y poemas, adivinanzas y fórmulas sapienciales,
juegos y objetos en que dejaron impresa su marca.
Y el hombre moderno de culturas escritas ha urdido maneras
de sacar esos tesoros. Es decir, de descifrar aquello en esas
creaciones populares cifrado. Esa es la ciencia y arte del folclor.
Indagaciones folclóricas son las que han podido entregarnos
elementos para rehacer la literatura de esos antiguos antepasados
nuestros.
Sería un error anticientífico exigir de esas recuperaciones
el rigor de un códice escrito –que pudiera contrastarse con otros
códices hasta llegar a la versión definitiva, que se suele llamar
“canónica”, de ese texto.
Para penetrar por estos caminos en ese mundo tenemos que
despojarnos de nuestra mentalidad de cultura escrita, y, peor, si
positivista, y sus requerimientos.
LA LENGUA DE LA LITERATURA ABORIGEN
La lengua en que se hizo esta literatura es el quichua. A lenguas
anteriores a la imposición del quichua por la conquista incásica se hace
mucho más problemático acceder porque generalmente son lenguas muertas,
de las que, por falta de escritura, no quedó documentación alguna. El
quichua, no; el quichua es lengua viva en numerosas comunidades de
Bolivia, Perú y Ecuador. Y en quichua han podido recuperarse textos de
muy probable antigüedad.
Juan León Mera, que fue el primer estudioso que recogió
cantares populares –donde cabe hallar literatura anterior al mestizaje-,
abrió su Ojeada –una de las primeras dos obras de historia y
crítica de la literatura ecuatoriana- por unas “Indagaciones sobre la
poesía quichua” y atendió, en primer lugar, a la lengua en que esa
poesía se hizo. Hizo hermoso encomio de esa lengua:
La lengua
quichua es una de las más expresivas, armoniosas y dulces de las
conocidas en América; se adapta a maravilla a la expresión de todas las
pasiones, y a veces su concisión y nervio es intraducible a otros
idiomas. Merced a sus buenas cualidades, no hay objeto material o
abstracto que no anime con vivísimos colores e imágenes hermosas
La lengua ofrece cauces y posibilidades expresivas y artísticas a una
literatura, a la vez que le marca límites. Acertado, pues, el criterio
de Mera de llamar la atención hacia la lengua, como primer paso para
tentar apreciaciones de una literatura ecuatoriana quichua.
Quito careció de cronistas como los que hicieron los
primeros inventarios de las cosas del Perú y no tuvo un historiador
temprano de tanta pasión por sus antepasados como el inca Garcilaso de
la Vega, autor de Comentarios reales. Y la obra de fray Marcos
de Niza, que llegó a Quito en la comitiva de Sebastián de Benalcázar y
que, según el padre Juan de Velasco -que lo leyó-, escribió no poco de
las antigüedades quiteñas, no ha podido encontrarse. Había que llegar
al propio Juan de Velasco, nuestro protohistoriador, ya en pleno siglo
XVIII, para poder trazarnos un cuadro de la vida cultural del Reino de
Quito, en la que florecieron manifestaciones literarias.
LAS FIESTAS Y LA LITERATURA PRIMITIVA
Hechos centrales de esa vida cultural de que fue elemento importante la
literatura son las fiestas, fiestas que, al menos las más solemnes, aún
perviven en pueblos y comunidades de nuestra serranía.
El historiador jesuita recorre mes a mes esas fiestas que él
pudo registrar a poco más de siglo y medio de la conquista y a más de
dos siglos y medio de estos comienzos del siglo XXI:
diciembre, el Raymi, fiesta solemnísima de baile, precedida por
ayuno;
enero,
Uchuy-pucuy, o fiesta de los primero cogollos del maíz;
febrero,
Hatum-pucuy, o crecimiento del maíz;
marzo,
Paucar-huatay, fiesta de primavera o florecer, una de las cuatro
principales, con renovación anual del fuego sacro, sacrificios y
banquetes y bailes
Y así los otros meses, hasta el Capac–Raymi, baile
general concluida la siembra del maíz.
Como se verá, el ciclo festivo correspondía al ciclo
agrícola, el que, a su vez, dependía del ciclo solar. De allí su
supervivencia en pueblos aún agrícolas, a los que los períodos solares
marcan los tiempos de siembra y cosecha, que son los de esperanza y de
realización de esa esperanza.
En estas fiestas agrícolas, dijo el cronista mayor de las
antigüedades quiteñas, lo más eran música y danzas, estas con sus
coreografías elementales y evoluciones procesionales. Pero había en
algunas fiestas cantos y esto nos pone ante una primitiva manifestación
literaria. Del Aymuray, fiesta de mayo, se dice que el acarreo
del maíz a las trojes se hacía “acompañado de músicas y cantos en forma
de procesión solemne”. De la Ayarmaca -o celebración de los
difuntos- recogió Velasco algo para el buceador en esta
literatura aun más significativo: “la hacían una vez al año, con fiesta
lúgubre de músicas funestas y tristes cantos. En ellos relataban las
proezas y hazañas de los respectivos difuntos de cada tribu o familia”.
Y añadió algo aun más incitante, aunque solo lo dio como probable: “es
probable que este mismo mes se representasen las tragedias de que hacen
mención los escritores, como alusivas a los hechos de sus antepasados”.
En otra parte de su Historia escribió Velasco algo de
la mayor importancia para una reconstrucción de la literatura india
quiteña: “Despojada su religión de la multitud de fábulas que no tienen
probabilidad ni arguyen particular ingenio, se reducía todo a la
adoración del Sol y de la Luna” Comenté así ese texto del
protohistoriador: “Lo que subyace debajo de este texto es que se habría
producido en el pueblo quiteño un empobrecimiento en región tan fecunda
para la literatura primitiva como son teogonías y cosmogonías –capítulo
importante de la épica primitiva quichua y aymara es cosmogónico-. Y
también en esta parte, las supervivencias –aquí la pobreza y falta de
originalidad de las supervivencias- parecen haber dado la razón a
Velasco”
LOS CAUCES O GENEROS
Basados en estas noticias trasmitidas por nuestro primer historiador
–espíritu sorprendentemente atento a todas las supervivencias de
historia y vida de los pueblos del Reino de Quito- y en indagaciones
históricas y folclóricas posteriores –no solo ecuatorianas: también
bolivianas y peruanas-, podemos aventurar un panorama de esa literatura.
Sus cauces fueron cuatro:
Épica
Lírica coral
Individual
Teatro
Prosa sapiencial
Narrativa
Y esto en dos ámbitos: lo religioso o sacro y lo profano.
Atendiendo pues, a esto, así podría organizarse la gran
matriz de la literatura de precolombina:
Cuadro de ariel, p 23
Importa tener presente que se trata de una matriz
estructural, teórica, y en el caso ecuatoriano no todas esas casillas se
han llenado con obras recuperadas, y en casos, ni siquiera con noticias
válidas de obras.
En cuanto a la matriz misma, en las casillas de la lírica se
han puesto nombres. Y ello es porque en el área andina se conocen las
producciones correspondientes.
En la lírica individual religiosa, tenemos el huacaylli,
poema de invocación, adoración, exaltación de espíritu religioso.
Plegarias sacerdotales. Estrofas asonantes o consonantes de cuatro a
cinco versos endecasílabos u octosílabos.
En la lírica religiosa coral tenemos el huaylli y el
wawaki. El huaylli es canto de reverencia al soberano, al
estilo de los “Himnos de Atahualpa”.
El wawaki podía ser religioso o profano; en cualquier caso era
canto de amor que solemnizaba ceremonias y ritos colectivos. El
religioso cantaba a Wiracocha (el Dios Sol) y a la Pacha Mama (la Tierra
nutricia).
En la lírica profana individual es donde hallamos el mayor
número de nombres.
El arawi (que acabaría refugiándose en la tristeza
del yaraví) era la poesía lírica por excelencia: expresión
intensa de sentimientos. Y el urpi no es sino una de las formas
del arawi: el arawi erótico, teñido de nostalgia. Tomó su nombre
de “urpi”, la paloma, que era la metáfora preferida para la mujer
amada. El aymoray , también poema amoroso, se diferenciaba del
urpi porque era más alegre y de ritmo más ágil.
Y del huayno –que sobrevive en Bolivia y el Perú como
tonada que se canta y baila- ha destacado un estudioso: “Su presteza
danzarina, su requiebro de jolgorio, su cadencia aparentemente lenta y
que admite y exige el redoble acelerado de los requiebros (que equivalen
al zapateado del baile en sí)”, añadiendo que tomaba motivos de la vida
cotidiana.
El jaili, la forma más frecuente de lírica profana
coral, era canto de carácter dialogal, en tono de himno, que solemnizaba
ocasiones de euforia y regocijo, tanto rurales –cosechas-, como sociales
–retorno de guerreros victoriosos, entrada de monarcas o jefes-. Eran
composiciones de seis a ocho sílabas por verso, de factura suelta,
asonantados, en grupos estróficos pautados por la exclamación “¡jaili!”,
casi siempre dicha por el coro.
LA LÍRICA
El mayor número de piezas llegadas de algún modo hasta nosotros está en
la lírica.
La primera pieza conservada de esa lírica es una elegía, que
Mera dijo estaba atribuida al cacique de Alangasí. Es una elegía o
canto de dolor a la muerte de Atahualpa, lo cual sugiere el tiempo en
que fue compuesta. Este es el poema:
ATAHUALPA HUAÑUI
Rucu
cuscungu
Jatum
pacaipi
Huañui
huacaihuan
Huacacurcami;
Urpi
huahuapas
Janac
yurapi
Llaqui
llaquilla
Huacacurcami.
Puyu
puyula
uiracuchami,
curita
nishpa
Jundarircami.
Inca
yayata
Japicuchishpa,
Siripayashpa
Huañuchircami.
Puma
shunguhuan
Atuc
maquihuan,
Llamata
shina
Tucuchircami.
Runduc
urmashpa,
Illapantashpa,
Inti
yaicushpa,
Tutayarcami.
Amauta
cuna
Mancharicushpa
Causac
runahuan
Pamparircami.
Imashinata
Mana
llaquisha
Ñuca
llactapi
Shucta
ricushpa.-
Turi
cunalla
Tandanacuchun,
Yahuar
pampapi
Huacanacushun,
Inca
yayalla,
Yanac
pachapi
Ñuca
llaquilla
Ricungui
yari.
Caita
yuyashpa
Mana
huañuni,
Shungu
llugshishpa
Causaricuni
Dos de nuestros mayores poetas románticos, que dominaban el
quichua, tradujeron el poema. Luis Cordero lo tradujo así:
En un
corpulento guabo
un viejo
cárabo está
con el
lloro de los muertos
llorando
en la soledad;
y la
tierna tortolilla,
en otro
árbol más allá,
lamentando tristemente
le
acompaña en su pesar.
“Como
nieblas vi los blancos
en
muchedumbre llegar,
y oro más
oro queriendo
se
aumentaban más y más.
Al
venerado padre inca
cogiéronlo, y ya rendido
le dieron
muerte fatal.
¡Corazón
de león cruel,
manos de
lobo voraz,
como a
indefenso cordero,
le
acabasteis sin piedad!
Reventaba
el trueno entonces,
granizo
caía asaz,
y el sol
entrando en ocaso,
reinaba
la oscuridad.
Al mirar
los sacerdotes
tan
espantosa maldad,
con los
hombres que aún vivían
se
enterraron de pesar.
¿Y por
qué no he de sentir?
¿Y por
qué no he de llorar
si
solamente extranjeros
en mi
tierra habitan ya?
¡Ay!
Venid, hermanos míos,
juntemos
nuestro pesar,
y en ese
llano de sangre
lloremos
nuestra orfandad,
y vos,
inca, padre mío,
que el
alto mundo habitáis,
estas
lágrimas de duelo
no
olvidéis allá jamás.
¡Ay! No
muero recordando
tan
funesta adversidad
¡Y vivo
cuando desgarra
mi
corazón el pesar!
Mera no se sintió satisfecho por esta traducción. Dijo de
su autor que “no obstante su conocimiento del quichua y su práctica de
la poesía española, se ha visto en la precisión de sacrificar gran parte
de la naturalidad, sencillez y sabor indígena de la elegía”
Y le faltó decir que esa traducción se quedó muy lejos del original en
cuanto a ritmo –marcado, tristemente monótono- y sonido –cosa casi
inevitable en traducciones de poesía-. Y él intentó también traducir el
poema al español. Su versión fue así:
En el
grande huabo
el cárabo
viejo
con
llanto de sangre
lamentando está;
y arriba
en otro árbol
la
tórtola tierna,
con pesar
intenso
sus
gemidos da.
Como
niebla espesa
vinieron
los blancos,
y de oro
sedientos
llenáronse aquí.
Al padre
Inca luego
duros
apresaron,
tendiéronle en tierra,
le
hicieron morir.
Con
fieras entrañas,
con
garras de lobo,
¡Ay! le
destrozaron
como a un
recental!
Granizo
caía,
el rayo
brillaba
y, oculto
el sol, era
todo
oscuridad.
Los
sabios temblando
de pavor,
como otros
varones
se hicieron
vivos
sepultar.
¡Cómo no
abrumado
he de
estar de pena,
viendo
que mi patria
de un
extraño es ya!
Juntémonos todos,
hermanos,
y vamos
la tierra
sangrienta
de llanto
a regar.
Desde el
alto cielo,
¡Oh Inca,
padre amado!
Nuestra
amarga pena
dígnate
mirar.
Viendo
tantos males,
¿No me he
de morir?
Corazón
no tengo,
¿y aun
puedo vivir?
Los poemas quichuas que recogió Juan León Mera en su obra
Cantares del pueblo ecuatoriano son solo eso: poemas en quichua. No
poemas de antigüedad prehispánica. Son dos antropólogos del siglo XX
quienes se empeñaron en calar en supervivencias de poesía anterior a la
conquista. A partir de ese registro trabajamos un cuadro de esa lírica.
Las piezas líricas recogidas son arawis, urpis,
jaillis y wawabis.
Jaillis
Entre los jaillis que, como se ha dicho ya, eran cantos en forma
dialogada, jubilosos o exaltados con que se solemnizaban ciertas
ocasiones, han sobrevivido en nuestra región interandina, limpios,
incontaminado casi: son los jahuay, cantos de regocijo en la
siega.
En la provincia de Chimborazo, los esposos Costales han
recogido jahuays como este:
Jahuay pacopamba
Paqui
Jahuay, jahuay, jahuay…
Uyayla huambrito,
uyayla caricu,
jahuay, jahuay, jahuay…
Coro
Jahuay, jahuay, jahuay…
Paqui
Ay! huaccha llamari,
Ay! cacupani laca,
Ay! huambritolla mari,
Ay! cacupani laca,
Coro
Jahuay, jahuay, jahuay…
Paqui
Ay! taitico lapes,
mana charinichu,
Ay! mamita lapes,
Mana charinichu.
Coro
Jahuay, jahuay, jahuay…
Paqui
Ay! huacchito lami,
Ay! cacupani laca,
Ay! huacchito lami,
cacupani lla.
Coro
Jahuay, jahuay, jahuay…
Paqui
Ay! panishita lapes,
Ay! mana charinichu,
Ay! huaqusito lapes
Ay! mana charinichu
Coro
Jahuay, jahuay, jahuay…
Paqui
Pitac chari, huambra,
Ay! mana ruragrini
Ay! mayta chari causay,
Ay! taita ruragrini.
Coro
Jahuay, jahuay, jahuay…
Paqui
Ay! ñuca aicha huahua,
Ay! huiñaricun mari,
Ay! ñuca aicha huahua,
Ay! tucuricun mari.
Coro
Jahuay, jahuay, jahuay
Paqui
Ay! shuc hurmi lata,
Ay! mashcayman yuyani,
Ay! shuc huaynita lata,
Ay! ricuyman yuyani.
Coro
Jahuay, jahuay, jahuay
En una traducción literal, que únicamente pretende dar el
significado de esas rítmicas estrofas de peculiar sonido –debido en
buena parte a un sistema vocálico que solo tenía tres vocales: a,
i, u- esto cantaba el “paqui” o solista, jefe del coro
comunitario:
Solista
Jahuay, jahuay, jahuay…
Escucha, muchachito,
escucha, hombrecito,
jahuay, jahuay, jahuay…
Coro
Jahuay, jahuay, jahuay…
Solista
Ay! Soy huerfanito,
Ay! Sin remedio
Ay! Soy un guambrito
Ay! sin remedio.
Coro
Jahuay, jahuay, jahuay…
Solista
Ay! mi taitico,
ya no lo tengo.
Ay! mi mamita
Ya no la tengo.
Coro
Jahuay, jahuay, jahuay…
Solista
Ay! huerfanito
Ay! sin remedio
Ay! huerfanito
Ay! sin remedio.
Coro
Jahuay, jahuay, jahuay…
Solista
Ay! mi hermanita
Ay! no la tengo
Ay! mi hermanito
Ay! yo no tengo.
Coro
Jahuay, Jahuay, jahuay…
Solista
Y talvez una guambra.
Ay! no lo voy a hacer.
Ay! Mientras tenga vida
Ay! Voy a hacer de padre.
Coro
Jahuay, jahuay, jahuay
Solista
Ay! mi carne guagua
Ay! está creciendo
Ay! mi carne guagua
Ay! se está acabando.
Coro
Jahuay, jahuay, jahuay…
Solista
Ay! siquiera una mujer
Ay! pienso buscar
Ay! siquiera una mujer
Ay! pienso mirar.
Coro
Jahuay, jahuay, jahuay.
Otro jahuay recogimos en el ya citado libro de
“Clásicos Ariel”, y, de los dos, y otros que pudieran aún recogerse,
escribimos que “constituyen, acaso, las únicas muestras de poesía coral
y dialogada, rural y comunitaria, vivas en el actual territorio
ecuatoriano”. Noticia de cantos así dio un cronista, a mediados del
siglo XVII:
Tienen
sus cantares alegres acomodados para cuando aran, los cuales cantan
todos a una entonando uno y siguiéndolo los demás; y llevan su compás
tan puntual, que el golpe que dan en la tierra con las tacllas no
discrepa un punto del compás de su canto; y así como en este van todos a
una, lo van también en levantar las tacllas y herir con ellas a
la tierra; que cierto es de gran gusto verlos arar a su usanza, como yo
los he visto hartas veces, porque sus cantares son agradables y suelen
oírse a más de media legua de distancia
Jiménez de la Espada, uno de los mayores estudiosos de las antigüedades
americanas escribió: “En algunas comarcas quiteñas usan todavía los
indios campesinos de estos cantares agrícolas”, y transcribió uno que
había escuchado a segadores:
Ñuca
urpisi tulli
hahuay, hahuay
Maipi
charitian
Hahuay,
hahuay
Mana
ricurcani
Hahuay,
hahuay
Xuiguna
huacan
Hahuay,
hahuay
(Mi
tierna tortolita
hahuay,
hahuay
Adónde
estará
Hahuay,
hahuay
Pues yo
no la veo
Hahuay,
hahuay
Y mi
corazón llora
Hahuay,
hahuay)
Estos poemas corales se ofrecen en su versión española,
rudimentarios. Y hasta en quichua pueden parecerlo. Pero deben ser
situados en su circunstancia. En plena fatiga de la siega, el corifeo
dice sus versos de ritmo marcado y emociones sencillas pero intensas, y
el coro entona el “jahuay” que suena a grito guerrero, a respuesta
litánica. Es sin duda una lírica primitiva. Pero no desprovista de
belleza. Lo primitivo tiene su propia belleza.
Arawis
El arawi era canto lírico personal, intimista. La sociedad inca
fue colectivista y socializante; apenas dejaba lugar para efusiones del
individuo. Por eso los arawis de amor fueron una poesía de evasión, y
por eso fueron también generalmente tristes. Y el arawi acabó por
refugiarse en la música. Fue el yaraví, nuestra música de más
honda raíz indígena, a la que el gran musicólogo ecuatoriano Segundo
Luis Moreno ha caracterizado como canción elegíaca de movimiento
larghetto, pentafónico menor
De estos yaravíes, Jiménez de la Espada presentó al
IV Congreso de Americanistas, reunido en Madrid en 1881, dieciocho como
“yaravíes quiteños”,
y, bastantes años más tarde, tentaron un estudio los musicólogos Raoul y
Marguerite D´Harcourt en su La musique des Incas et ses survivances,
duramente acotado por el maestro Segundo Luis Moreno en La música
de los Incas.
Pero todos estos trabajos apenas rozan lo literario, que es lo que
interesa a una historia de la literatura.
En la colección reunida por los esposos Costales, que
manejamos con ellos, cuando preparábamos la parte de “Literatura
precolombina” de nuestra Historia general y crítica de la literatura
ecuatoriana
dimos con piezas que nos permitían remontarnos al pasado primitivo
del arawi. Tales arawis podían clasificarse así:
arawis de la naturaleza
arawis de asunto familiar
arawis amorosos
arawis plañideros o de dolor, que
incluían cantos de plañideras
Los arawis de la naturaleza tienes tienen acordes tan
nuevos, intactos y hermosos que, a la vez primitivos y grandes, ofrecen
garantías de autenticidad y antigüedad.
Como este, dedicado a una venada, en quichua, “taruga”:
TARUGA
Gachu
zapa taruga,
yurac
chupa taruga
yana
ñahui taruga
suman
huambra taruga.
Cutzi,
cutzi puridora
huayra
shina calpadora
puyu
shina iluspidora.
Mayman
ringui taruga
ura
quingrita catishpa?
Ashcucuna
catigricpi
hatum
urcuta muyungui
ama
gussupi urmangui
zapalla
taruguitalla.
Urcumanta
mana llugshi
allcucunami caninga
changacunata chugrishpa.
Tucuy
pullata mashcani
canta
tarisha nishpa
canca
calpashpa ringui
Osogoche
ñanta catishpa
VENADA
De grande
cuernos, venada;
de rabo
blanco, venada;
con ojos
negros, venada;
hermosa
niña, venada.
Corre,
corre, infatigable,
como el
viento saltadora,
como
niebla fugitiva.
¿Para
dónde vas, venada,
resbalando cuesta abajo?
Si te
persiguen los perros
rodearás
la alta montaña,
sin caer
en el pantano,
solitaria
venadita.
El páramo
no abandones,
que los
perros no te muerdan
lastimándote las patas.
Te he
buscado todo el día
para
tratar de encontrarte,
pero tú
te vas corriendo
por los
trillos de Osogoche.
Poesía simple y directa, eficaz y hermosa.
El diseño métrico de los versos es, básicamente, así:
-ó-o
/ ó-o / o-ó-o
Es decir, heptasílabos con tres sílabas tónicas (las
marcadas con negrita y tilde), sin sinalefas dentro de los versos ni
encabalgamientos entre versos. Versos autónomos de cadencia idéntica y
ritmo rápido, para una imagen auditiva de la carrera de la venada.
Aquello que dice el quinto verso: “Cutzi, cutzi, puridora” (“Corre,
corre, infatigable”). Porque la carrera de la venada dicta el ritmo
general del poema limpio, sostenido, incansable, hasta que la venos por
última vez en los trillos de Osogoche.
La tónica emotiva es de afecto y casi ternura hacia la
hermosa hembra fugitiva. Que se intensifica al dirigirse el poeta a la
venada, y llegar al verso henchido de emoción del “zapalla taruguitalla”
(“Solitaria venadita”), de sonido tan dulce (en especial en la
pronunciación indígena chimboracense del /ll/).
Todo el poema está traspasado por contacto con la
naturaleza. Hasta en los términos de las dos únicas comparaciones, que
son viento y niebla. Y es un canto de amor y ternura a una criatura de
esa naturaleza que sentimos en soledad y anchos horizontes. Esos
sentimientos eran por completo ajeno a los colonizadores hispanos, para
quienes una venada no era sino objeto de cacería. El poema es documento
palpitante de otra sensibilidad, expresada en su pureza primitiva.
En los arawis de tema familiar el clima es de
sensibilidad afectuosa –tan propio de toda esta poesía indígena-, pero
se añade otra nota: la picardía. Lamentablemente estos poemas, por su
mayor manejo popular y su forma más fácil, se han preservado menos del
contagio del español y apenas se los puede hallar primitivos.
En los arawis de amor ha logrado la poesía quichua
algunos de sus momentos de mayor intensidad lírica. Y los urpis
no son sino una modalidad de esta poesía tensa de emoción: en ellos la
tórtola (urpi) se convierte en símbolo de la mujer amada. Como en
“Urpicola huacan”:
URPICOLA HUACAN
Janacpi urpicola huacanmi
chimbapi urpi huacami
canca, mana ricuringui…
Punllamari tutayarca,
punllamari tutayarca,
Ñahuillami amsayarca
Canca mana ricuringui.
Canmanta janac sachapi,
tucuy punllami chapani
tucuy punllami chapani
canca, mana ricuringui
TORTOLITA QUE LLORA
La tortolita llora en lo alto,
en el cerro del frente llora la
tórtola
y tú no apareces.
En pleno día anocheció
en pleno día anocheció,
la pupila se obscureció
la pupila se obscureció
y tú no pareces…
A ti, en lo alto del monte
te espío todo el tía,
te espío todo el día
y tú no apareces.
Poema simple, corto e intenso. Tres estrofas que rematan en
el mismo verso, a modo de estribillo “canca, mana ricuringui” (“Y tú no
apareces”), que resume la emoción del poeta en espera de la amada
inalcanzable. Para contraponer la ilusión por el encuentro con la amada
con el dolor ante la imposibilidad de esa unión se acude a la oposición
del pleno día con su anochecer violento, acudiendo a una expresión
fuerte y original que la poesía quichua aplicó también a otros momentos
dolorosos, como la muerte de Atahualpa y hundimiento del imperio. El
esquema rítmico es libre y como anhelante y las repeticiones -a más de
estribillo, tres- nos hacen vivir el apasionado y férvido esperar.
No menos impresionante por esa conjunción de primitivismo y
sabiduría formal es este otro arawi situado en las fronteras
entre lo amoroso y lo doliente.
ALAU!
Alau!... ¡ma tucuni!,
ñuca zapallami taririni.
Jatum urcuman llugshini,
siripambata mashcashpa
cuyashcata cuyangapac.
Alau!...¡ma tucuni!
cuyaypes tian mari,
cuyay tucurigpica,
ñucallatag huilashami.
Alau! … ¡ma tucuni!
ñuca zapallami taririni
Alau! ¡ma tucuni!
mayjan punllami huañusha
Alau!
Alau! Qué me sucede
que me hallo solitario.
Salgo para el gran cerro
en busca de Siripamba
para querer lo querido.
Alau! … Qué me sucede.
Cuando se ama, se vive.
Cuando el amor muera,
yo trasmitiré el mensaje.
Alau! Qué me sucede
que me hallo solitario.
Alau! Qué me sucede.
Algún día moriremos.
Como he escrito en estudio anterior, es una poesía de ritmo
severo que deriva como connaturalmente a reflexión filosófica. Desde el
dolor por la soledad amorosa, se llega hasta el anuncio de la muerte
irremediable. La situación límite de soledad ha llevado al poeta a la
más aguda vivencia existencial, la del ser-para-la muerte
heideggeriano. El paso de amor a muerte –el puente- es ese “cuando se
ama se vive”, el verso que relaciona obscuramente amor con vida. “Cuya”
es la raíz de amor; “tian” lo es de vida.
Están presentes, eficaces, fuertes, las grandes categoría de
la poesía quichua primitiva: repetición de versos; indecisión de
contornos circunstanciales que deja expedito el camino a la emoción;
seguridad y libertad rítmica; fuerza por la solidez compositiva de la
lengua.
En una inmensa mayoría los arawis recuperados de la
tradición oral del pueblo quichua son tristes. Pero hay arawis
que eran propiamente cantos de dolor. Así los lamentos de las
plañideras, esa institución de tantos pueblos de la antigüedad de
mujeres que, como profesionales del llanto, acudían a los funerales para
lamentarse por la partida del difunto. Lo hacían en los casos que más
interesan a la literatura con poemas salmodiados o “plañideras”.
Los esposos Costales recogieron una “plañidera” que por
varios rasgos nos pone ante estratos más antiguos de esta práctica:
PLAÑIDERA YUMBA
Cunanca, jichuspa rihuangui,
cunanca, ima punchapi ricusha.
huañuy punchapi cutin tuparishun,
causaccunata supaycuna micunga,
paycunapes chasnallata huañunga
allicama.
Cunanca ima punlla chari shamungai,
ima chishi tuparishun.
Zapalla saquirini,
tucuy runacuna,
piñashpa causanga.
PLAÑIDERA YUMBA
Ahora que me has abandonado,
ahora en qué día te veré.
En el día de la muerte nos
volveremos a encontrar.
A los que vivan los devorará el
brujo
El también morirá de ese modo.
Y ahora en qué día acertarás a
venir,
en qué tarde nos volveremos a
encontrar.
Me quedo solitaria,
todos los hombres
a disgusto seguirán viviendo.
Discurso de lógica extraña esta “plañidera”: del dolor por
la partida del ser querido y el deseo de volver a verlo, se pasa a la
expresión de esperanza escatológica –el reencuentro será el día de la
muerte- y a la sombría alusión mágica y mítica al brujo. De allí se
salta, en aparente contradicción con el verso que remitía a la esperanza
para el día final, a los dos bellísimos versos de pregunta –cucanca
ima punlla chari shamungai / ima chishi tuparishun (Y ahora en que
día acertarás a venir, en qué tarde nos volveremos a encontrar)-. Y se
torna a la soledad del comienzo. Y se extiende el disgusto por una vida
que está marcada por estos abandonos, a todos los hombres.
Poesía que nos hunde en otra sensibilidad y nos enfrenta a
una cosmovisión muy distinta de la nuestra. En ella nada sentimos como
ejercicio retórico o figura literaria, y todo resulta sustantivo,
intensa y directamente vivido y sentido.
Otros wawakis solemnizaban ritos y ceremonias, bien
sacras, bien profanas. De sacro y de profano tiene este, plegaria
exaltada al Padre Sol y a los montes –dioses menores- y estallido
jubiloso por la cosecha, don del Inti:
Chullay
Inti apu yaya,
apuchic tucuy rurac.
Chimburazu,
Carihuayrazu,
Igualata,
Cubillin,
Collanes,
Condorazu:
Sumac astaycuna,
ñuca runata,
ñuca rigracunaman,
sinchiyachi,
cay punllapi
cayta tucuchingapac.
Tucuylla ayllucuna,
hurata, janacta,
singunacushpa,
asishun cushilla.
Chaycachic, tucuylla
Caparishunchic…!
SOLISTA
Gran Padre Sol,
que lo has hecho todo.
Chimborazo,
Carihuayrazo,
Igualata,
Cubillín,
Collanes,
Condorazo.
¡Oh grandes príncipes!
A mí, hombre,
a mis brazos,
fortalecedlos
en este día
para acabar esta faena.
Todos los parientes
bailen revueltos,
rían alegres.
Y luego a una
todos gritemos.
Invocación jubilosa al Padre Sol, el Inti bienhechor, y a
las montañas que envuelven el horizonte de esa comunidad del Chimborazo,
dioses tutelares. Los nombres de esos montes se convierten en versos de
la plegaria exaltada, y después se dedican versos a la faena cuya
culminación se quiere animar con el canto y a la fiesta y griterío con
que se celebrará el acopio de los frutos, don del Taita Inti.
Estos wawakis de exaltación festiva o invocación
jubilosa animaban alegres marchas procesionales. Un corifeo entonaba (o
gritaba) versos de cinco sílabas, y el coro le respondía con gritos
acompasados.
Esta versión quichua de origen seguramente antiquísimo
recuerda extrañamente el ditirambo primitivo griego, y aún puede
escuchárselo en nuestras fiestas indígenas. El corifeo delante y el
coro detrás avanzan por esos caminos, rumbo a la plaza, tejiendo y
destejiendo larga trenza de danzantes. El corifeo a veces improvisa sus
versos con alusiones a la circunstancia, o con invocaciones católicas
–fruto del mestizaje religioso-. Así en las festividades de San Pedro,
uno de esos versos es
Por san Pedrito
Y el coro le responde:
Ju ya yay
Queda el ritmo y la forma elemental de la procesión festiva;
nada del espíritu panteísta y de comunión con los montes, que confería
grandeza primitiva a la poesía de los pueblos quichuas de nuestra
serranía.
EL TEATRO
Ningún texto dramático hay en la literatura ecuatoriana que pueda
tenerse con alguna probabilidad por precolombino. Sin embargo,
antropólogos y folclorólogos han creído hallar vestigios de
manifestaciones escénicas. Tal es el caso del primer compilador de
nuestros estudios folclóricos Paulo de Carvalho Neto, y el de los más
acuciosos investigadores del folclor y la antropología cultural de
nuestro indigenado, los esposos Piedad y Alfredo Costales Samaniego.
Paulo de Carvalho ha atendido al tema lo mismo en su Diccionario del
folklore ecuatoriano
que en su artículo “El teatro folklórico ecuatoriano”.
Un texto de Diego Rodríguez de Urbán acerca de las fiestas
del príncipe Carlos, celebradas en Quito en 1635, recogido por Pablo
Herrera en 1851, nos pinta una representación hecha al estilo de las de
tiempos anteriores a la conquista española y nos pistas para reconstruir
otros hechos de parecida naturaleza de que se pueden rastrear
supervivencias.
Para celebrar ese fasto se hizo un simulacro escénico masivo
de “La conquista de Huainacapac y el castigo de los rebeldes en Quijos”.
“Entraron en la plaza –cuenta Rodríguez de Urbán- los
ejércitos de la última Reina de Quito y del Inca. Los de la primera
estaban compuestos de compañías de las ocho naciones llamadas
quillaisingas, jíbros, cojanes, litas,
quijos, gungas, niguas y mangais. Todos
componían un número de más de cuatro mil hombres armados con las armas
propias de los indios, a saber: hondas, flechas, porras, hachuelas,
chuquis, macanas, etc.. El Inca traía consigo cuarenta mujeres con sus
orejeras, llautos y patenas de plata y brazaletes. Al fin traían un
carro en el que estaba un monte espeso artificiosamente compuesto con
mucha caza de todos animales, y en seguida otro caro donde se
representaba el castigo que se dio a los caciques Pende y Jamande que se
sublevaron en la provincia de los Quijos. Ambos ejércitos marcharon con
sus bagajes de chicha, ají, coca, etc., que venían en una multitud de
llamas. Los jefes o capitanes estaban con los rostros embijados y
ostentando un lujo extraordinario. Las camisatas del ejército eran de
lana y oro, y los sombreros o morriones adornados de vistosas y
brillantes plumas. En la plaza representaron el combate al son de sus
instrumentos bélicos y la algazara con tanta realidad que representaban
fielmente los que se acostumbraban dar en tiempo de los Incas. Terminó
la escena con la muerte de la reina de Cochasquí y el remedo del modo
con que los Incas cantaban la victoria”
La pintura de aquella jornada es fresca y viva, y la
intención del cronista de remitirnos a tiempos del Incario queda
patente: “… representaban fielmente los que se acostumbraban dar en
tiempo de los Incas”. Con este relato coinciden otros, de cronistas que
asistieron a funciones semejantes o tuvieron noticia de que ellas fueron
costumbre del Incario.
Y de otras representaciones teatrales, el padre Juan de
Velasco, al reseñar en el libro II de su Historia Antigua meses y
fiestas del reinado de Huaynacapac, refiere del Capac-Raymi: “Se
celebraba concluida la siembra del maíz, como fiesta última o de cabo de
año. En ella representaban sus comedias muy instructivas y morales,
compuestas por las personas más sabias de la real familia para la
instrucción del pueblo. Concluidas las comedias, comenzaban diversas
especies de juegos…”
Ni cabe duda de que aquellas acciones de que da noticia
Modesto Chávez Franco en sus Crónicas del Guayaquil Antiguo
debieron haber sido prolongaciones de los juegos escénicos aborígenes,
pues nada semejante hallamos en la Península. Esto es lo que recogió
Chávez Franco: “Desde los años 1550 los cuidadviejeños hacían su teatro
GRIEGO al aire libre, en la plaza de la Matriz primera, después de Santo
Domingo, en donde las más veces bajo la dirección personal de sus
propios corregidores y de los jefes militares se daban ejercicios o
simulacros de ataques y defensas de la plaza entre indios y
conquistadores, entre moros y cristianos.
Las noticias ecuatorianas de un teatro anterior a la
conquista española, salvo aquella del P. Velasco de las “comedias muy
instructivas y morales”, nos dejan más ante pantomimas masivas y juegos
comunitarios, que ante libretos elaborados y representados por cuadros
de actores, al tenor de lo que era el teatro occidental del tiempo -aun
los “autos sacramentales”.
De tales pantomimas y juegos apenas podemos esperar que
hayan quedado huellas literarias. Y, sin embargo, sabemos que uno de
los cauces por los que corrió la literatura quichua fue el teatro, en su
doble vertiente -como toda la literatura quichua- de religioso o sacro y
profano. El profano, Jesús Lara –lo hemos dicho ya- ha distinguido el
wanka y el aranway: “El primero era de carácter
eminentemente histórico y se encargaba de rememorar la vida y hazañas de
los monarcas y de los grandes adalides del imperio. En este punto es
preciso poner de relieve que el protagonista debía ser un personaje que
en la vida real había dejado de existir. No se permitía, por ley o por
costumbre, llevar a escena hechos de personajes que aún vivían. El
género aranway disponía de una temática más amplia, pues podía
abordar cualesquiera episodios relacionados con la vida ordinaria”
Jesús Lara y todos los estudiosos del teatro indio
precolombino reconstruyen la vida teatral del Incario a base de los
cronistas. Martín Morúa nos ha hablado de una épica dialogada y coral:
Sarmiento de Gamboa, de una especie de drama histórico en tiempos de
Pachacutec Inga Yupangui, cuando el soberano mostró las momias de los
Incas sus antecesores, y se representaron escenas de la vida de cada uno
de ellos.
Pero todo eso cuenta para nosotros como relación histórica,
no como teatro.
En ese pasado, el teatro apenas ha podido verse como por
resquicios, y las noticias de los cronistas apenas si han sugerido
pistas para rescatar algo de lo en ellas referido. Tal es el caso del
mismo Lara y otros quichuistas que por años han buscado una pieza sobre
la muerte de Atahualpa, de la que la historia les había hablado
repetidas veces. Pero parece que todos han fracasado en la empresa.
Hasta Lara, que, al decir de experto tan seguro en la materia y tan
ponderado como era Guillermo Ugarte Chamorro, se había ilusionado
demasiado a la ligera con cierto hallazgo y lo había dado, sin más, por
la tan nombrada y buscada obra.
En un escenario así de neblinoso sonó fascinante el anuncio
hecho por Ricardo Descalzi en su Historia crítica del Teatro
Ecuatoriano de haber dado con una pieza de teatro indio
precolombino, de la que aseveró nada menos que ésto: “Venía
escenificándose desde tiempos inmemoriales”.
El estudioso bautizó esa pieza como “El Diun Diun”, y completó el
anuncio transcribiendo en el primer tomo de esa Historia la pieza en
quichua y su traducción al español.
Pudo haber sido asunto que movilizase en su seguimiento a
sabuesos apasionados por ese teatro primitivo para husmear antigüedad,
autenticidad y originalidad de la pieza. Pudieron haber comenzado
interminables discusiones, como las que rodearon al “Ollantay”, obra
probablemente de teatro precolombino peruano.
Pero antes de que aconteciese nada de ello, toda la
maquinaria se vino al suelo cuando el profesor Manuel del Pino, a quien
Descalzi citaba como el recopilador en quichua de la obra y su traductor
al español, declaró a un diario quiteño que él era el autor de esa
pequeña pieza teatral, y algo aun más grave: que él mismo, y a pedido de
Descalzi tradujo la obra al español
En dos entregas de mi columna “Microensayo” de ese mismo
diario discutí el lamentable asunto, rechazando, como era natural,
autenticidad y antigüedad de aquello que se había querido hacer pasar
por pieza de teatro indio ecuatoriano precolombino –o, al menos de
secular antigüedad-.
Anoté que otra cosa podía ser la leyenda: parece ser, en efecto, que el
profesor del Pino recogió una leyenda de la región para convertirla en
pequeña obra de teatro destinada a cierto acto escolar en Achupallas.
Pocas semanas después viajó a Achupallas el eminente antropólogo Alfredo
Costales y, tras prolijas averiguaciones, llegó a la misma conclusión:
había habido en aquel rincón de nuestros Andes la leyenda; nunca hubo
teatro.
Así que obras de teatro precolombino ecuatoriano no hay
ninguna, y más allá de las noticias de representaciones teatrales
trasmitidas por los cronistas solo nos queda un camino por el que
podamos tentar calas en ese teatro anterior a la conquista: el folclor.
Juegos pantomímicos, masivos y comunitarios, cargados de
recordación histórica y de sentido ritual, y hasta mágico se han
mantenido casi sin variaciones merced al respeto que les merecen a las
comunidades indígenas esas funciones como afirmaciones de identidad,
memoriales de su historia y hasta formas de transmisión de viejos ritos
o cultos.
Al recurrir cada año ciertas fechas festivas -algunas
acomodadas sincréticamente al calendario litúrgico católico: Navidad,
Corpus Christi, San Pedro- las comunidades reproducen paso por paso,
juego por juego, rito por rito esas antiquísimas ceremonias, con mucho
de escénico: de teatro primitivo, cuando lo esencial del teatro aún eran
coro y danzas. Importa ver esos hechos en profundidad. Entonces es muy
posible que detrás de los ángeles de las procesiones festivas veamos
manifestaciones primitivas del demonio y otros elementos demonológicos.
Hay que violar las rígidas censuras de la ortodoxia católica para llegar
al inconsciente colectivo de esos pueblos que se cifró como teatro para
sobrevivir.
EL “AUTO” DE LA INGA PALLA
En este campo de las supervivencias folclóricas de hechos teatrales
primitivos la investigación más seria que se haya hecho en nuestro país
se la debemos a los ya más de una vez citados esposos Costales,
y versa sobre una de las más importantes supervivencias, la fiesta de la
Inga Palla, Curipaccha o Guaminga –que con esos tres nombres se la
conoce-, que se celebra el 29 de junio (fiesta católica de San Pedro:
caso típico de ese sincretismo que hemos denunciado), en Licán,
provincia de Chimborazo.
El “auto” conmemora el matrimonio que contrajo el emperador
Huayna-Capac con la princesa Cacha-Duchicela, como remate a su empresa
de conquista del Reino de Quito.
Los personajes son el Inca, con sus arengas; Palla;
Guamingas: cuatro personas que cumplen papel de ujieres y avisan la
llegada de la pareja real; y, por fin, el Ángel o Loa. (“Ángel”,
etimológicamente, es “mensajero”, “enviado”).
El escenario es múltiple: la plaza de Licán, el atrio de la
iglesia y los caminos comunitarios, de Macají a Picán.
En la acción se pueden distinguir hasta cuatro pasos:
1: El anuncio que hacen los guamingas a toda la
comarca, del desposorio del Inca con la Palla.
2: Entrada al pueblo y danza.
3: Loa y arengas del ángel y del Inca.
4: Fiesta de la Inga Palla.
Casi complemento de la Inga Palla, y propiamente la fiesta
de la Inga Palla, es la celebración que se hace en la tercera semana de
octubre de cada año, por la Pura y Limpia Concepción y Santa Lucía (más
sincretismo), en la parroquia Tisaleo de la provincia de Tungurahua.
Aquí los personajes son dos capitanes, uno del pueblo de
Tisaleo y otro del barrio de Santa Lucía, a los que se llama
“micuhuanos”; el alférez; el paje, la Palla; el Inca; la infantería, y
el Ángel o Loa.
Son escenario, otra vez, la plaza y el campo. El campo es
en este caso el pucará que se alza sobre Santa Lucía.
Las escenas o pasos se suceden así:
1: Entrada en la plaza, con las arengas;
2: Danzas rituales;
3: Lucha por la posesión del pucará entre el capitán del
pueblo y el del barrio. La lucha se declara al tiempo de comenzar el
ascenso y se alterna con la búsqueda de un “tesoro”. Ese tesoro, y
centro de la fiesta, junto con la Palla, es una vasija de chicha
“Yamur”, enterrada el año anterior en algún lugar de la cumbre del
pucará.
La celebración de la Inga Palla conoce una variante: el Inga
Palla o Sarao de Quisapincha.
El pueblo de Quisapincha, provincia de Tungurahua, por el 4
de octubre, o en Corpus Christi o en la octava de Corpus, recibe, muy
temprano, la visita del “huasayo” o maestro de ceremonias, que llega
precediendo a la Palla, con su comitiva de cosa de treinta inga pallas o
saraos y otros treinta “yumbos”.
También en esta celebración, el centro es la búsqueda del
yamur, escondido esta vez en la plaza.
Pero la búsqueda deriva en escena sacrificial: los yumbos
acuestan a la Palla en el sitio donde creer que está el yamur. La
rodean en círculos concéntricos y, círculo tras círculo, le van
arrojando sus lanzas. El último yumbo simula que mata a la reina con la
última lanzada, y la lanza llega a la chicha sagrada. De entre las
lanzas, que la han cubierto, se alza la Palla, resucitada.
La acción, multicolor por los atuendos con plumas y cintas
de colores de los yumbos, está cortada por loas, retos y arengas.
Otras manifestaciones que, según Carvalho-Neto, podrían
considerarse “teatro” en sentido lato son “Los Aricuchos”, “Los
Caporales”, “Los Corazas”, “La Mama Negra”, “Sanjuanes” y “Vaca loca”.
De estas supervivencias folclóricas que pueden ayudarnos a
hacernos una idea de cómo pudieron haber sido estas “acciones” teatrales
precolombinas, la Biblioteca de Autores Ecuatorianos de “Clásicos Ariel”
publicó, en su primer volumen de los dedicados al teatro (volumen 17)
las “Arengas con que los Embajadores del Tihuantinsuyo (Cuzco y Quito)
concurren a Licán, a felicitar al Emperador Huayna-Capac por su
matrimonio con la Princesa Paccha de Puruha, hija del último Shiuri,
Cacha Duchicela…”, trabajo del deán Juan Félix Proaño.
Lo que confiere especial importancia a estas “Arengas”, amén de su
relación directísima con la fiesta de la Inga Palla, que, como lo hemos
dicho ya, consideramos la supervivencia teatral precolombina más
importante, es la personalidad científica de su autor. Juan Félix
Proaño (1850-1938) fue uno de los estudiosos más serios de la historia y
el folclor ecuatorianos. Por lo que a nuestra materia hace, ya en 1923
escribió un serio artículo titulado “Folklore de Licán. La fiesta de la
Inga Palla”, y ahondaría más en el tema en 1930 en “Folk-loore de los
indígenas de Licán”.
Convencido, pues, de la importancia que la fiesta de la Inga-Palla tenía
como supervivencia histórica, el deán se empeñó en revivirla en su
primitivo esplendor. Ello fue en 1923, y para tan solemne ocasión
redactó sus “Arengas”. Cabe preguntarse: ¿El deán de Riobamba recogió
de la tradición oral esas proclamas, a las que solo dio forma? De haber
procedido así, al recogerlas, ¿tuvo el cuidado de establecer, al menos
aproximadamente, su autenticidad y antigüedad? No sabemos que estas
preguntas hayan tenido respuesta. De todos modos, caló siempre tan
hondo en nuestro folclor Proaño, y lo respetó tanto, que sus “Proclamas”
nos merecieron especial atención cuando andábamos a caza de pistas para
rehacer la imagen de nuestro teatro indio precolombino.
EL CUENTO
Aunque algo tardíamente folcloristas y antropólogos han recogido relatos
que nos dan pistas para conocer otro cauce de la literatura precolombina
ecuatoriana, el narrativo, que se realizó en mitos, leyendas y cuentos.
Los esposos Costales han recogido mitos, leyendas y cuentos
entre los salasacas. En su Los Salasacas hallamos, en registro
salasaca y versión española, los cuentos “El hombre ocioso que se
convirtió en lobo”, “El matrimonio del ratón con la viuda salasaca” y
“El alcalde pobre”
Pero en estos relatos, así como las leyendas que recogieron
en el volumen Tungurahua,
el interés folclórico es muy superior al que pudieran tener para quien
se interesase por penetrar en formas literarias primitivas: la forma
literaria pertenece generalmente a los investigadores.
Diferente fue el caso de cuatro cuentos recogidos por los
mismos investigadores como muestras del cuento quichua primitivo:
“Juanchu ururungu” (“Juan osito”), “Rimay, rimay apu Cóndor” (“Habla,
habla, gran señor Cóndor”), “Pucushca huarmi” (“La soltera”) y “Yana
misi” (“Gato negro”).
Juanchu ururungues
la historia de un oso que robó a una mujer indígena y se la llevó a su
cueva para cohabitar con ella. De esa unión nació una extraña criatura:
de la cintura para arriba, oso; de la cintura para abajo, hombre. Juan
osito.
Un día Juan osito le preguntó a su madre por qué era así, y
ella le respondió:
-Ay huahua! Ñuca llactamanta, yaya ururungu shuhuarca,
ñucahuan puñurcapish, chaymanta can chasna cangui.
(-Ay, hijo! Desde mi tierra, tu padre, el oso, me robó. Y
durmió conmigo muchas veces. Por esta razón eres así).
El osito tuvo mucha pena y vergüenza. Y, aprovechando que
el padre se metió a la montaña, huyó con su madre.
Sigue la persecución, el alcance que les da el padre oso y
el enfrentamiento padre-hijo. Juanchu mata al padre.
Ciérrase aquí una primera parte.
Llegan madre e hijo a una propiedad rural. La mujer
cohabita con el propietario. Este la maltrata. El osito lo golpea. La
madre y su conviviente traman la muerte del osito. Y se suceden varias
acechanzas, de todas las cuales sale victorioso Juanchu.
Una de las celadas fue mandarle a buscar medicinas a una
laguna donde habitaban enorme cantidad de demonios.
Entonces ocurre un nuevo personaje: las tortolillas. Cuando
el osito se aproximaba a la laguna, cantaban:
“Cuando le toca la muerte al hombre, él mismo a ella se
aproxima”.
Las tortolillas enseñaron al osito cómo salir indemne del
peligro.
Entonces la madre, viendo que nada les daba resultado, pidió
a su hijo que la despiojara. Mientras lo hacía, el osito se durmió.
Aprovechóse de ello la madre y le arrancó ocho pelos de la cabeza. Y lo
mandó a una nueva trampa. Esta vez Juanchu murió. Lo mata un toro.
Pero las tortolillas tomaron los pelos que la madre había
arrancado de la cabeza del osito, y este resucitó.
Volvió a la casa y mató a la madre y a su amante.
Estas, a breves rasgos, las principales funciones del
cuento. Ante ellas nos preguntamos: ¿Un solo cuento? ¿Fusión de dos?
¿De tres? (Y hasta por posibles contaminaciones: eso de que la madre y
el osito fueron a dar en donde un propietario o hacendado –que es
propiamente lo que el informante había dicho-. Contaminaciones que, con
todo, no bastan para debilitar la autenticidad de relato con tantos
rasgos de pritivismo).
Que yo sepa, no hay aún estudios estructuralistas americanos
al estilo de los que hiciera del cuento folclórico ruso Propp,
que nos ayuden a resolverlo. De todos modos, podemos hablar de dos
núcleos claramente primitivos, que pueden hallarse solos o como partes
de otros relatos quichuas conservados en la tradición oral.
El segundo, y el más socorrido en el cuento primitivo de
comunidades de todo el mundo, es la serie de amenazas urdidas contra el
héroe y cómo las va venciendo a todas.
En la opción entre victoria o muerte final, “Juanchu
uturungu” escoge la muerte. Pero allí se bifurca otra vez el camino de
relatos primitivos –o mitos: los mitos son también relatos y muy vecinos
a estos-: muerte definitiva o resurrección. Y nuestro cuento se va por
la segunda. Y a la resurrección sigue el castigo de los culpables de su
muerte.
El primer núcleo es más simple, más extraño y poderoso.
Casi un mito zoomórfico. Y con perturbadoras resonancias de psicología
profunda: una realización simbólica del complejo de Edipo: el hijo mata
al padre para huir con madre.
Obscuros complejos edipianos atan los dos núcleos del
cuento: a la muerte del padre, siguen los celos del hijo por la madre y
el afán de la madre de librarse del hijo para poder vivir su vida
sexual.
En el cuento, no solo las funciones narrativas son
simbólicas. Como en los cuentos de hadas y otros relatos primitivos
cada elemento clave es un símbolo. Lo mismo los ocho pelos que la madre
arranca de la cabeza de osito que el toro que lo mata. Y las
tortolillas, que, como sabemos por la lírica, son en la literatura
quichua símbolo del amor.
El cuento es una secuencia de elementos extraños a nuestra
sensibilidad y vecinos a los relatos de tradición oral, que nos deja
ante una cosmovisión mítico-mágica.
En lo formal, sus rasgos fundamentales son simplicidad
compositiva: como lo ha señalado Propp, sucesión de funciones de acuerdo
a modelos arquetípicos; violentas y audaces elipsis; avance directo sin
detenerse en explicaciones circunstanciales o psicológicas; simplicidad
de los enlaces compositivos -el “chay” que bien pudiera traducirse por
el “entonces”, el enlace tan usado en los cuentos de hadas y otros
relatos primitivos (“chay”, “chaypishi”, “chaycati”, etc.).
Admirable –y solo explicable por una tradición oral que
arrancaba de muy lejos- dar con un cuento de tanta riqueza de elementos
primitivos de tan hondo valor simbólico en un agricultor analfabeto de
una de nuestras apartadas comunidades andinas.
Otro cuento que nos abre resquicios hacia la narrativa
quichua anterior a la conquista y nos deja ante motivos y símbolos
dominantes en ese cuento primitivo es “Pucushca huarmi” (La soltera).
En un monte pastaba sus rebaños la soltera. Sus padres
habían resuelto no darla en matrimonio sino a un wiracucha (señor,
hombre importante). Entretanto pastoreaba, hilando su huso, seguida de
su perrito blanco.
Un día apareció un cóndor con figura de wiracucha.
“Su presencia desató un gran amor en ella. Y más cuando le
dijo: Cásate conmigo”.
Por tratarse de un wiracucha, los padres consintieron de
buen grado en el enlace.
Un día el cóndor le dijo: “Espúlgame”, y, mientras la
muchacha lo hacía, él se agachaba y se agachaba, hasta que ella quedó
sobre él. Entonces el cóndor abrió las alas y se fue llevándola. A una
lejana piedra se la llevó.
El perrito fue con la ingrata nueva a los padres de la
muchacha, y al siguiente día los condujo hasta la quebrada desde donde
se la había llevado el cóndor. Pero la búsqueda fue inútil.
Un buen día el cóndor bajó a la joven a un arroyo, para que
le lavara la ropa. Allí la confió al cuidado de unas curiquingas. Las
curiquingas la dejaron sola. Entonces apareció un sapito negro.
Sabedor de las cuitas de la lavandera, la reemplazó. Mientras, ella se
iba a la casa de sus padres.
El cóndor, furioso por haber sido burlado, arrojó contra el
suelo al sapito. “Por eso este sapito, desde entonces, camina
arrastrándose”.
La muchacha vivió escondida del cóndor un mes, pero al cabo
de ese tiempo salió. El cóndor la sorprendió y la devoró. Dejó de ella
un poquito de sangre.
Los padres recogieron la sangre y la pusieron en un pondo
nuevo.
“No llegando la guagua, solían llamarla”. Un día ella les
respondió: “Aquisito, en el pondo”.
“Entonces dicen que existió un hombre solitario para amarla.
El padre y la madre advirtieron al pretendiente que si
quería casarse con su hija debía comprometerse a no pegarle, porque era
solo de sangre; sin hueso. Si le pegaba, moriría.
El lo ofreció, pero acabó pegándole muy fuertemente en la
cabeza.
Entonces la cabeza salió rodando muy lejos.
Otra vez un clima y mundo extraño. Y esos motivos obsesivos
de la relación sexual entre animal macho y hembra humana, raptada con
engaño o violencia, y la muerte y resurrección a partir de un resto del
héroe asesinado.
Y, formalmente, funciones simples, enlaces compositivos
simples.
Y la secuencia y enlace de los motivos sin sujeción alguna a
los rigores lógicos que aportaría la mentalidad europea renacentista;
sin la menor explicación psicológica o narrativa. Con una soberbia
libertad y brío imaginativo. Y con lugares de fresca poesía amorosa:
“Su presencia desató un gran amor en ella”; “Dicen que existió un hombre
solitario para amarla”.
DEL MITO AL CUENTO
Según Propp, el cuento nace en las sociedades primitivas cuando deja de
existir el mito: pierde el mito su función religiosa y adquiere otra,
artística; de sacro se torna profano. Con esta explicación del paso de
mito a cuento coincidió el holandés Jan de Vries: el mito es grave y
sagrado, es el verbo del culto; el cuento es narración que pretende
entretener sin exigir respuesta de fe. Utiliza elementos míticos, pero
con sentido recreativo. Es el caso de los dos cuentos quichuas vistos.
En cuanto a relatos míticos de nuestros pueblos indígenas,
lo que se han recogido son materiales, motivos; no realizaciones
narrativas primitivas. En lo religioso y sacro, la aculturación
impuesta por la evangelización católica parece haber borrado o, al
menos, sepultado hondamente lo mítico de la cosmovisión indígena.
LEYENDAS
Múltiples indicios nos autorizan a pensar que nuestra literatura
precolombina fue rica en leyendas. Y muchos estudiosos han recogido
leyendas vernáculas. Pero lo hicieron sin atender a su posible
antigüedad prehispánica, y por ello si la menor preocupación por las
formas literarias originales. Fue el caso de José Peralta,
J. Gabriel Pino y Roca
y Reinaldo Murgueytio.
Con un mayor sentido de investigación folclórica y respeto
en la trasmisión de lo hallado, nos dieron leyendas Piedad y Alfredo
Costales, Darío Guevara
y Juan Iñiguez Vintimilla.
Las más sugestivas de esas leyendas las pusimos al alcance
del público en el volumen 14 de la “Biblioteca de Autores Ecuatorianos”
de “Clásicos Ariel”: “Palla y el tesoro de los Llanganatis”, “Los
Quitocuchos”, “El hombre y el diablo” y “El cóndor de galope kaka”,
recogidas por los esposos Costales; “Posorja”, “Huhua-chumpi y
Nina-Chumpi, trasmitidas por Pino y Roca; “Muscuy”, “Samka-Cancha”,
“Huainaru Yuyayuc” y “Llanganati”, en versión de Murgueytio, y “El
chuzsalongo”, recogida por Iñiguez Vintimilla.
LA FABULA
Hay indicios de que los pueblos quichuas plasmaron enseñanzas en
fábulas. Su familiaridad con los animales y el modo como connatural con
que los hacían participar en historias de humanos dejaban expedito el
camino hacia la fábula, que, como es sabido, es un cuentecito de
animales con finalidad didáctica.
Dos fábulas recogidas por los esposos Costales en
comunidades libres de contaminación cultural nos pueden dar idea de la
realización la fábula en esta literatura:
El liclic
tonto
El liclic le preguntó al quilico:
-¿Por qué tienes el pecho rojo?
-Yo, rompiéndole el pecho,
comprando un gran ají colorado, me friego el pecho… el pecho se
enrojece.
Compró el liclic un ají, se abrió
el pecho y se lo restregó por algún tiempo. Llegó el ají al corazón, y
cayó muerto.
El pobre pájaro tonto
Otro pobre liclic preguntó al
solitario:
-¿Cómo es que tienes la cola
blanca?
-Tomando un palo, se lo aguza y se
lo fija en tierra. Sentándose una y otra vez con la cola, esta blanquea
sin más ni más.
El, para blanquearse la cola, tomó
un palo, lo aguzó suficientemente, lo fijó en tierra y se lo hincó
repetidas veces. Y el tonto cayó muerto.
En las literaturas primitivas de muchos pueblos hay fábulas
que buscan explicar ciertas peculiaridades de algunos animales. Es el
caso de estas dos. Carecen de moraleja, pero la lección moral está
clara: son dos casos de vanidad que lleva al vanidoso a la muerte. Y
son casos de vanidad en que se busca algo que la naturaleza no ha dado
al vanidoso. Las dos lecciones son crueles.
HISTORIAS Y CRÓNICAS
La narración histórica tuvo lugar importante en los pueblos de Incario.
El Inca Garcilaso en sus Comentarios reales nos dejó estupenda
noticia de ello. Refirió que para las cosas de cantidad, así fuesen
batallas, tenían los “ñudos” o “quipus”. Con ellos dejaban constancia
de cuántas embajadas había recibido el Inca. “Pero lo que contenía la
embajada, ni las palabras del razonamiento, ni otro suceso historial no
podían decirlo por los ñudos, porque consiste en oración, ordenada de
viva voz o por escrito, la cual no se puede referir por ñudos, porque el
ñudo dice el número, mas no la palabra”. Pero esos pueblos carecieron
de escritura. Y, como todos los pueblos sin escritura, recurrieron a la
tradición oral “Las cuales pláticas -sigue Garcilaso- tomaban los indios
quipucamayos de memoria, en suma, en breves palabras, y las
encomendaban a la memoria, y por tradición las enseñaban a los sucesores
de padres a hijos y descendientes, principal y particularmente en los
pueblos o provincias donde habían pasado y allí se conservaban más que
en otra parte, porque los naturales se preciaban de ellas”. Estupenda
la caracterización hecha por el cronista de la importancia, sentido y
trasmisión de la tradición oral.
Esto no era literatura. Pero con esos mismos materiales y
con parecidos fines se hizo literatura histórica. El testimonio de
Garcilaso resulta fascinante: “También usaban de otro remedio para que
sus hazañas, y las embajadas que traían al Inca, y las respuestas que el
Inca daba se conservasen en la memoria de las gentes, y es que los
amautas, que eran filósofos y sabios, tenían cuidado de ponerlas en
prosa, en cuentos historiales breves como fábulas, para que por sus
edades los contasen a los niños y a los mozos y a la gente rústica del
campo, para que pasando de mano en mano y de edad en edad, se
conservasen en la memoria de todos”. Esta era la vulgarización
histórica para la gente menuda. Y también se trabajaba en otro nivel:
“También ponían las historias en modo fabuloso”. Y no solo era la
narrativa: también la lírica. “Asimismo los haravicus, que eran
los poetas, componían versos breves y compendiosos, en los cuales
encerraban la historia, o la embajada, o la respuesta del rey”.
Pero Garcilaso sabe que sin escritura esa literatura estaba
condenada a perderse, por más que recuerde un último arbitrio que
buscase dar alguna duración a esas producciones: “Empero como la
experiencia lo muestra todos eran remedios perecederos, porque las
letras son las que perpetúan los hechos, mas como aquellos Incas no las
alcanzaron, valiéndose de lo que pudieron inventar, eligieron
historiadores y contadores, que llamaron quipucamayu, que es el
que tiene cargo de los ñudos, para que `por ellos y por los hilos, y por
los colores de los hilos, y con el favor de los cuentos y de la poesía,
escribiesen y retuviesen la tradición de sus hechos” (En el libro VI,
capítulo 9).
Este fue, con sus más y sus menos, según las regiones y los
tiempos, el cuadro de la narración histórica en el Tahuantinsuyo.
Que la tradición de “historiadores y contadores” llegó hasta
los primeros días de la conquista en nuestra tierra consta por el P.
Juan de Velasco. “Conocí –refiere en la Historia natural- a don
Jacinto Collahuazo, Indiano cacique de la jurisdicción de Ibarra, en la
edad de 80 años, de grandes juicios y singulares talentos. Había
escrito, cuando mozo, una bellísima obra, intitulada Las Guerras Civiles
del Inca Atahualpa, con su hermano Atoco, llamado comúnmente Huáscar
Inca. Fue delatado por ella al Corregidor de aquella provincia, el
cual, por un indiscreto y arrebatado celo, no solo quemó aquella obra y
todos los papeles del cacique, sino que lo tuvo algún tiempo en la
cárcel pública, para el escarmiento de que los Indianos no se atreviesen
a tratar esas materias. Después de viejo, reprodujo lo sustancial de su
obra, a petición de un religioso Dominicano su confesor, de cuya letra
la he leído, admirando la cultura y erudición de aquel Cacique”.
La incineración de la obra, referida por nuestro
protohistoriador, nos habla elocuentemente del horror que tuvieron los
españoles, en los primeros días de la conquista, a historiadores e
historias aborígenes. Tenían la oscura, la instintiva certeza de que
con historia mal podrían mantener sojuzgados a pueblos que habían sido
tan grandes como el Reino de Quito o el Incario. Ese horror, sin duda,
nos ha privado de historias, crónicas, épica –lo mismo oficial que
clandestina-, teatro histórico y muchas formas literarias religiosas -el
Incario fue una suerte de teocracia-. Sospecho que de esas fuentes se
nutrieron algunos de los más perspicaces primeros cronistas españoles de
las cosas de estos pueblos. Allí habría que rastrear vestigios de esas
fuentes. Pero la literatura histórica de esos pueblos había sido cruel
y eficazmente segada.
PROSA SAPIENCIAL
Otro capítulo importante de la literatura quichua ecuatoriana de alguna
antigüedad y autenticidad es la que pudiéramos llamar literatura
sapiencial: refranes, sentencias, proverbios, abusiones, conjuros.
Muchas recopilaciones se han hecho del refranero
ecuatoriano, desde la primera y mayor, la de Juan León Mera en su
Cantares del pueblo ecuatoriano. Pero apenas tenemos registros que
hayan tratado de calar en lo más antiguo y auténtico de la prosa
sapiencial quichua -para la cual eso de “refranero” resulta paupérrimo.
Los esposos Costales, a quienes, también en esta parte,
debemos la más seria recopilación, han escrito en los párrafos
introductorios de sus “Dichos indígenas”: “Hace muchos años, estas
expresiones debieron ser comunes, frecuentes, diarias, sucesivas y
numerosas. Cuando nosotros iniciamos las investigaciones de campo,
recopilando de paso estas sentencias y sabidurías hace diecisiete años,
el Quichua era ya un revoltijo idiomático y había perdido gran parte de
su valor estructural y técnico”.
De todos modos, pensamos que sus trabajos nos permiten esbozar lo que
pudo haber sido esta manera de literatura sapiencial en tiempos
precolombinos.
En esta clase de literatura cabe estimar los grandes valores
de las frases lapidarias: su concisión verbal, su solidez constructiva,
su alcance universal y su hondura de atisbo, todo ello fraguado en
fórmula de especial poder para incitar y perdurar.
Por lo que respecta a concisión y solidez, el quichua se nos
ofrece como lengua especialmente dotada para la expresión lapidaria y
sentenciosa.
Donde el quichua dice “Cushipish shaycurín”, el español se
ve obligado a traducirlo en cinco palabras: “También la alegría se
cansa”.
Y, con esa brevedad y densidad idiomática estructural, esas
fórmulas a menudo son ventanas que nos permiten asomarnos a una
cosmovisión.
Cosmovisión religiosa y mágica:
Inti yayapes, huañun, causan, tutayan, achigyan
(También el padre sol nace, muere, tiene su noche y su
claridad)
Ayacunata caray hatun punlla chayagpi, paycunapes yaricayta
(Cuando llegue el gran día,
da de comer a los muertos: ellos también conocen el hambre)
Animista:
Rumicunapes paypag shunguta charin
(También las piedras tienen corazón)
Agrario y de amor a la tierra:
Alli reja purichun, sinchi rigrahuan charina
(Para que la reja abra bien el surco, es necesario sujetarla
con brazo fuerte)
De profunda sabiduría humana:
Mana tucuy manay caparichin, anchacuna upalla huañun
(No todo dolor se conoce por el grito; los más intensos
mueren en silencio)
De respeto a los dones de la vida:
Tandapa micuy, muchashca quipa
(Come tu pan después de besarlo)
Fuertemente ética:
Churi, yayacuna, rimagpi, camigpi, cumuri
(Hijo, cuando tus padres te aconsejen, calla, escucha y
agáchate)
Dolorosa:
Saqui yuyag pitirichun, causayca mana tigranchu
(Deja que la vejez termine; recuerda que la vida no retorna)
Pero no cerrada a la esperanza:
Saqui cunan tutayachun; cayami inti tigrana
(Deja que venga la noche; mañana el sol será más radiante)
Hondas de filosofía, estas sentencias han guardado secular y
apasionada emoción:
Cambag llactapi tucuri, caru lactacunapi shungu ungun
(Procura morir en tu tierra; en la lejana enferma el
corazón)
Y nos explican muchas cosas de nuestros indios, herederos,
por obscuros caminos, de esta sabiduría y humanidad:
Shungu urmagpi, asuahuan shayachi
(Si tu corazón decae, levántalo con chicha).
|