El siglo
XVIII de la literatura quiteña:
del esplendor
a la maduración
Conferencia
dictada en el Congreso Iberoamérica del siglo XXI.
El Congreso “Iberoamérica en el siglo XXI” quiere, con
miras a esa proyección hacia el futuro, profundizar en el
conocimiento de los orígenes y desarrollo de la realidad iberoamericana.
Planteo
justo porque lo que funda la identidad de un pueblo son sus raíces y el
desarrollo; es decir, la historia común distinta de otras historias por más
que discurran en toda suerte de contigüidades.
Apoyado
en décadas de investigaciones -que han cuajado en el volumen
Literatura en la Audiencia de Quito. Siglo XVII y los dos de Literatura
en la Audiencia de Quito. Siglo XVIII- quiero contribuir a este gran
empeño de reflexión americana con el caso de Quito en el XVIII, siglo
decisivo de su vivir colonial.
Las
raíces de nuestros pueblos iberoamericanos son indígenas. Los pueblos aborígenes,
herederos directos de culturas centenarias, aunque oprimidos por un sistema
impuesto por el conquistador, no fueron aislados y exterminados hasta quedar
reducidos a minúsculas y humillantes reservaciones -como aconteció en
Estados Unidos de Norteamérica-, y se produjo, desde los primeros días del
trágico choque de culturas, un proceso de mestizaje que iba a dar la base
de la identidad de los nuevos pueblos de la América Latina.
A
lo largo de los tres siglos de vivir colonial se produce un proceso, acaso
lento, pero incontenible, de ascenso de dos grupos humanos que van cobrando
conciencia de ser los dueños de estos países y los actores más
importantes de su construcción: criollos y mestizos. La madurez de esa
conciencia marcará la hora de la independencia de nuestras jóvenes
naciones. Y es en el siglo XVIII cuando esa conciencia llega a madurez y se
traduce en lucha por captar espacios de poder en lo político, lo económico
y lo cultural.
Parece,
pues, importante asistir a tan significativo proceso en uno de nuestros países,
el que fuera en los tiempos anteriores a la invasión hispana Reino de
Quito, y en la colonia, Audiencia de Quito. Buena parte del interés e
importancia que esta visión pueda revestir se deriva del hecho de que un
proceso semejante se cumplió, con sugestivas variaciones locales, en casi
todos nuestros países.
Esta
visión del XVIII quiteño -tan somera como el corto tiempo que en reuniones
como la presente se destina a cada tema- se centrará en lo literario.
Propuse -cuando mi ingreso en la Academia Nacional de Historia del Ecuador-
que la literatura era la iluminación profunda de la historia. Conforme he
avanzado en el estudio de la literatura del período colonial se me ha
impuesto más y más lo exacto de esa concepción: en la literatura -que yo
tomo en un sentido muy amplio: cuanto se aparta del lenguaje usado en pura
función comunicativa-
ha quedado plasmado con la mayor inmediatez lo que las gentes de esos
tiempos -que a veces tan obscuros se nos hacen- pensaron y sintieron, soñaron
y temieron, admiraron o rechazaron. Solo es cuestión de saber leer. Y si
algo nos pone a los hombres de la segunda mitad del siglo XX en niveles
superiores de inteligencia de lo histórico es un nuevo instrumental para
leer, al que han aportado por igual Marx y Freud, Saussure y toda la lingüística,
la hermenéutica y la comprensión de los géneros literarios (que transformó
radicalmente nuestras lecturas de viejos textos religiosos), el análisis
textual y la semiótica.
“Desde
sus principios -escribió de Quito Bernardo Recio, uno de los autores
de la literatura quiteña del XVIII- se fue elevando a tal grandeza, que
hablando de ella Garcilaso de la Vega dice que tendría seguramente la
primacía entre las ciudades de América, si Lima no fuese la primera. Fue
en realidad mucho en tiempos pasados, y lució entre todas” .
Lo fundado del encomio queda patente a quien recorre el Quito colonial con
un fastuoso templo, riquísimo de altares tallados, pinturas e imaginería
de la Escuela Quiteña, cada una o dos cuadras.
Y
las Noticias secretas -escritas,
con probabilidad, a mediados del XVIII- ponderaban de toda la provincia hispánica
de Quito: “No hay provincia en todo el Perú donde se trabaje más. Ya en
el gran número de haciendas, ya en las manufacturas o en el tráfico” .
Y
otro de los grandes libros del XVIII, el Diccionario
de Alcedo -que escribía a miles de leguas de esa Quito en que vio la
luz- evocaba así la provincia: “Cría infinito ganado de todas clases, y
de sus lanas fabrican en muchos obrajes gran cantidad de ropas de la tierra,
como pañetas, bayetas y jergas, de que antes se abastecían todas las
provincias del Perú, y hacían un considerable comercio, como de los
texidos y lienzos de algodón tan finos y primorosos que pueden competir con
los mejores de Inglaterra” .
Y
la riqueza tenía otros polos y
recursos. Montúfar y Fraso en su Relación presentaba a
Guayaquil como “el mayor astillero (de naos), que hay en las Indias”, añadía
los puertos de Manta, Punta de Santa Elena y la Puná, y a esas
tierras litorales las hallaba riquísimas en cacao, pesca, maderas finas,
alodón, tabaco y frutas .
Y
en la región oriental estaban.zonas como Macas, con sus ocho pueblos y
seiscientas almas, rica en caña, algodón y tabaco.
Pero
en el siglo XVIII toda esta euforia se va sumiendo en abatimiento y la
antigua riqueza llega a encallar en bajíos hasta de miseria. Eso hace de
este siglo quiteño un tiempo a la vez grande y trágico. La gloria alcanza
su cumbre cuando termina la encaprichada obra de la iglesia de La Compañía,
con el labrado de plateresca orfebrería en piedra de su fachada, y la
decadencia se ensaña en el último tercio del siglo. Ascenso y caída tendrán
una crónica de extraña inmediatez, más impresionante por su falta de
intención y hasta de conciencia refleja, en la literatura.
¿Qué
fue lo que transformó toda esa riqueza en miseria?
Herida
de muerte la industria por la política borbónica que privilegiaba la
peninsular y abandonadas las minas, todavía se esquilmaba el poco
circulante con desmedidas exacciones. El 5 de diciembre de 1737 el
corregidor y justicia mayor comunicaba al Cabildo Real Cédula por la que se
exigía a estas tierras americanas dos millones de pesos para la refacción
del palacio real de Madrid. Dos años más tarde las actas cabildales
recogen que aún no se había podido reunir la parte quiteña “por lo
aniquilada que se halla esta provincia y las sumas estrecheces que las
vecinas padecen” .
Y Guayaquil sufría, a más de incursiones piráticas, desvastadores
incendios. Hasta 1731, Morán de Butrón registró en el Compendio
histórico de la Provincia de Guayaquil -abusivamente atribuido a
Dionisio de Alsedo- nueve grandes incendios .
Otra
causa fue la disminución de esa sacrificada y sufrida mano de obra agrícola
que fueron los indios. Recio lo dijo en
una elegíaca pintura de la decadencia en que sentía que se iba sumiendo
Quito: “Los indios se van extenuando”.
Y
los empeños hechos para conjurar la decadencia -como los de Alsedo, que
trató de nutrir una famélica hacienda- fueron vanos. Y las instancias ante
la corte para convertir a Guayaquil en el gran astillero de los mares del
sur se estrellaba contra la muralla de una burocracia torpe o
malintencionada.
Hubo,
en medio de ese declinar, un renglón de riqueza que creció hasta
duplicarse al final del siglo: las exportaciones de cacao. Pero esa riqueza
apenas pesaría en la vida de la Audiencia, como no fuera por un sordo y
creciente desplazar el poder económico de los terratenientes serranos a un
nuevo grupo, el de los agroexportadores costeños.
Sobre
este cañamazo -infraestructura la llamó Marx- de lo económico se dibuja
una sociedad fuertemente estratificada. Abajo, el indio, casi esclavizado
por instituciones acaso bienintencionadas pero de hecho opresoras y
excluyentes. Arriba, los grandes propietarios, con pujos de grandeza.
Y
allí, de esa clase aristocrática se desgaja un gran bloque, con novedad
que se afirma en el siglo: el criollaje. El criollo es hijo de español o
española, sí, pero también de americana o americano. Y, frente a esa
dualidad, opta decididamente por lo americano. Cobra conciencia de ser
en América el verdadero dueño del poder -cultural, social, político
y económico-. Signo del desplazamiento del poder hacia los criollos es su
presencia en la presidencia de la Audiencia. En 1715 la ocupa el primer
criollo, el chileno Santiago Larraín; en 1736 lo hace Araujo y Río,
criollo deLima; y en 1745, el primer criollo quiteño, Fernando Félix Sánchez
de Orellana, latacungueño. Sintomáticamente, Sánchez de Orellana compra
el cargo.
En
el medio, masa cada vez mayor y más pujante, los mestizos. Este es el siglo
en que, entre tantas otras instituciones sociales que edifican lo que hoy
somos, irrumpe el mestizo. No es azar que el mayor escritor quiteño del último
tercio del siglo sea un mestizo, el doctor Espejo, hijo de indio y de
blanca. Y la mayor parte de los autores de la literatura quiteña del XVIII
o son criollos o son mestizos.
Dentro
de esta sociedad fuertemente estratificada lo eclesiástico tiene su propio
lugar y peso, que, al ser un mundo de fuerte religiosidad -al menos formal-,
resulta enorme. La Iglesia -que es una, sin que nadie le discuta ese
privilegio- maneja los medios de formación y comunicación del tiempo. Y,
en el período jesuítico, ese manejo es monopólico .
Quito no necesitó la vigilancia de tenebrosos inquisidores. Le bastó
manejar esos medios de adoctrinamientoi y persuación eficazmente. Y uno de
esos medios era la literatura, considerada como empleo superior del
lenguaje, ejercicio normado y animado por la Retórica, más que empresa de
imaginación creadora y otras libertades y vuelos. Entonces, nada raro que
el género más cultivado y más briosa y brillantemente cultivado haya sido
la oratoria sagrada. Y lo fastuosos de los templos que todas las Ordenes
levantan en Quito ya desde el XVI, pero más el XVII y el XVIII, a cual más
amplio y rico, se explica por ese verdadero centro que era, elevado, casi
bajo el crucero, en plena nave principal, y ornamentado aun más
preciosamente que un cáliz, el púlpito. Aquellos grandes sermones, sin
importar sus fines evangélicos y sus
medios retóricos, son piezas claves de la literatura quiteña del XVIII, e
igorarlos o minimizarlos por vaya uno a saber qué motivaciones ideológicas
solo arguye miopía histórica y hasta simple torpeza crítica.
Apenas
hace falta ponderar que dentro de la Iglesia el grupo más poderoso fueron
los jesuitas ¡Qué alto elogio hicieron de su organización y su austeridad
y pobreza personal dentro de su riqueza institucional empleada en toda
suerte de obras apostólicas, benéficas y de impulso al desarrollo las Noticias
secretas, tan poco sospechosas de clericalismo! Este grupo poderoso
llega a ser el verdadero poder dentro de un debilitado poder oficial. Y
maneja con especial dominio los medios de adoctrinamiento y publicidad.
Perfecciona formas de trasmitir el mensaje y de mover a su aceptación
ferviente, y convierte sus más altos centros de formación en fraguas de
ortodoxia y taller de habilidades para imponerla. Cabía suponer que
jesuitas serían los más y mayores autores de una literatura así
concebida. Y lo son. Pero de un modo peculiar, desviado por dos impulsos o
fuerzas que ni los jesuitas quiteños de XVIII pudieron dominar. El uno,
interno o subterráneo, nacido de la naturaleza misma del proceso literario,
puede resumirse como libertad. ¡Qué soberbia libertad la de Morán de Butrón
cuando convierte en una obra maestra de la prosa barroca americana la que la
Orden pretendía una simple biografía devota de Mariana de Jesús! Fue tal
ese alarde de literatura que se creyó necesario hacer otra versión del
libro, que trasmitiese el mensaje de modo más simple y eficaz, menos
distractivo y nada sibarítico. Esa grotesca réplica existe como monumento
-monumento al revés- a la libertad de la creación literaria y monumento
-monumento al derecho- de los excesos del poder celoso de sus fines, medios
e instrumentos. ¡Y qué libertad espléndida la del mayor lírico del
siglo, el último gran poeta del barroco hispánico, Juan Bautista Aguirre!
|