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Introducción al prólogo del libro Lírica Ecuatoriana del siglo XX

La suma de nuestra lírica del siglo que feneció. Este es el asunto. Asunto con alta carga de pasión, porque nada cifró tan hondamente la pasión como la palabra lírica. Mirada larga a las avenidas de un pasado que en buen tramo caminamos junto a esos grandes cifradores, y el anterior lo vivimos de cálidas noticias, lecturas y memorizaciones escolares y ese repetir poemas que, como toda poesía auténtica, tenían algo de fórmula sagrada: “Hay tardes en las que uno desearía...”, “El viejo campanario / toca para el rosario...”, “Hoy cumpliré veinte años, amargura sin nombre...”

           

            ¡Torres de Dios! ¡Poetas!

            ¡Pararrayos celestes,      

            que resistís las duras tempestades,

            como crestas escuetas

            como picos agrestes

            rompeolas de las eternidades!,

escribió Rubén al romper el siglo -en París, en 1903-. Y cumbres son poemas y poetas, altas torres, graves crestas silenciosas y plenas de sonido, hieráticas y festivas de juegos fascinantes, luminosas y traspasadas de livideces y enigmas.

            Son las palabras de la tribu. No palabras sueltas, sino un coro: detrás de muchas de las voces de este libro -que es un libro de voces- cabe escuchar las de un escuadrón que, hermanado, irrumpía en el tiempo provisto de rico bagaje de voces antiguas y equipado con buen instrumental para decir la novedad de lo propio.

            Toda antología tiene algo de galería de piezas memorables y hasta, si el antólogo se acartonó de frialdades y solemnidades, de mausoleo ilustre. Lo que dijo -con la nerviosa intensidad de la expresión lírica- Bruno Sáenz en su poema “Un poeta, en una antología”:

             Un nombre descarnado,

            igual al hueso limpio, a la piedra porosa;

            las fechas -dos-, abajo, entre paréntesis:

            algo muy parecido a una esquela mortuoria,

            a lápida esculpida

            en la inmortalidad de un trozo de papel,

            a un epitafio escrito

            sobre la nada, sobre casi nada.

            ¡Voltea, ya, el sudario, la hoja amarillenta!

             Valga el aviso. Aquí no estará el hueso limpio, sino haces de nervios y girones de carne palpitante; espíritu reacio a dejarse sepultar, así fuese con la promesa de marmóreo monumento funerario. De allí que en los casos más altos -más altas las torres, más agrestes los picos- estas páginas -luminosas, no amarillentas- incitarán a seguimientos y lecturas o nuevas o renovadas.

            Y como, en su hora, estos poetas y poemas memorables, imprescindibles para dibujar el horizonte de la palabra ecuatoriana en el siglo XX, fueron parte de una historia viva, bullente, siempre en agónico tránsito -a la vanguardia de tantos otros tránsitos- es lo que tratará de mostrar sumariamente este prólogo.
 

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