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Mensajes
cifrados de una revolución
Por Hernán
Rodríguez Castelo
Discurso en la
presentación del libro
Lírica de la
Revolución quiteña de 1809-1812,
Palacio del
Bicentenario, 9 diciembre 2009
Yo era un gran lector de
novelas policíacas. Compartí esa pasión con Eduardo Kingman. El mejor
obsequio que podíamos hacernos el uno al otro, era un nuevo policial
bueno; si excelente, mejor.
Ahora casi no leo
novela policíaca. Y es porque ando inmerso en investigaciones
históricas. El ejercicio de la detectio, que fundara genialmente
Edgar Allan Poe, y afirmaran Gaboriau con su El caso Lerouge
(1866) y Wilkie Collins con sus magíficas El diamante luna y
La dama vestida de blanco, y consagrara definitivamente Sir Arthur
Conan Doyle , sacando a escena a Sherlok Holmes, tiene notable
parentesco con el del historiador que persigue ciertas pistas para dar
con autores, cómplices y encubridores, o, al menos, inspiradores y
beneficiarios, de hechos pasados, a veces tan extraños y perturbadores
como los que urdieron esos grandes novelistas.
Seguramente por eso
es tan fascinante leer libros de historia en que la investigación y ese
ir descubriendo y persiguiendo indicios participa del suspenso y el
dramatismo de la mejor novela policíaca.
Puesto sobre las
huellas de una de estas cacerías en que el quehacer historiográfico así
emprendido consiste, el historiador es el primer seducido por sus
hallazgos que, como las pistas hacia un tesoro escondido, le van
hundiendo en profundidades no por obscuras, a veces sombrías, menos
luminosas.
Y es, queridas amigas
y amigos, lo que me ha acontecido con el hallazgo que esta noche se
ofrece a ustedes en este magnífico escenario, en una de esas bellas y
cuidadas ediciones del FONSAL y con el inteligente y generoso padrinazgo
de Simón Espinosa.
El caso, tan
incitantemente cifrado como el de El escarabajo de oro de Poe,
puede decirse, en substancia, así: los poemas que bullían en la Quito de
esos trepidantes días que corrieron desde el 10 de agosto de 1809 hasta
1813,.cuando se recibió en Quito la Constitución hecha por las Cortes de
Cádiz, nos dijeron acerca de esos apasionantes sucesos cosas que nunca
dijeron ni cronistas ni historiadores. Había que leerlos dando con todo
lo que en esos versos, al parecer sencillos y casi festivos, se había
cifrado.
¿Se hizo antes alguna
vez esa lectura? Ya Juan León Mera, a quien debemos el habernos guardado
y transmitido la inmensa mayor parte de estos poemas, sugirió la
posibilidad de deambular por sus vericuetos de este modo. Juzgó que,
aunque menos valiosos como lírica, eran “no despreciables por el lado
histórico”. Pero él mismo no dio más que algún tímido paso para
internarse por ese gran programa de lectura policíaca.
A los dos siglos de
que esos poemas se escribiesen y seguramente declamasen por salones y
plazas y rincones de calles apenas alumbradas por algún humeante candil
me he topado con ese camino, en el clima férvido de la celebración
bicentenaria de la revolución en que esos poemas fermentaron o
leudaron.. Y aquí está un primer informe de lo hallado. Que eso es este
libro.
Declamaba un poema
realista:
¿Qué es el pueblo soberano?
Es un sueño, una quimera
Es una porción ratera
De gente sin Dios y Rey.
En
la ponencia que presenté en el Congreso Extraordinario de Academias de
Historia de Iberoamérica, reunido en Quito para honrar la gesta quiteña
de agosto, que buscaba esclarecer lo que su título anunciaba: “Aporte
teórico de de la Revolución de Quito de 1809 a la independencia de
América”, esta fue una de las tres grandes manifestaciones de ese aporte
en que me detuve. Y es que nunca se dijo con fórmula tan lapidaria la
última razón y el más decisivo alcance de la transformación política
que se puso en marcha el 10 de agosto de 1809.
Cuando los quiteños
Ante y Aguirre visitaron, ese 10 de agosto, muy de madrugada, al Conde
Ruiz de Castilla, Presidente de la Audiencia, y le sacaron de la cama,
en nombre de una Junta Soberana -nombre nunca antes oído por el anciano
burócrata español- le comunicaron que los habitantes de Quito habían
“establecido una Junta Soberana en esta ciudad de San Francisco de
Quito, a nombre de la cual y por órdenes de su Serena Alteza el
presidente y los vocales”, tenían “el honor de informar a Usted Su
Excelencia y anunciarle que las funciones de los miembros del antiguo
gobierno han cesado”.
Junta Soberana, un
pueblo que cesaba a las autoridades enviadas por la Corona como
representantes de su autoridad… cosas tan insólitas, ¿por qué? Por
aquello que el versificador realista conocía como sostenido por los
insurgentes y que él consideraba “un sueño, una quimera”: “el pueblo
soberano”. La soberanía radicaba en el pueblo. Para el realista que
escandía esos indignados octosílabos tal proclamación era propia de
gente sin Rey. Y llevaba razón: las proclamas de fidelidad al monarca en
oprobioso cautiverio de Napoleón a él no lo engañaban. Pero era también
propia de gente sin Dios. La soberanía del Rey era para ese realista
cosa de Dios, y tanto lo era que negar tal soberanía era, sin más, negar
a Dios.
Resulta especialmente
notable que brillantes teólogos quiteños, como el gran intelectual y
orador famoso, Miguel Antonio Rodríguez, dejasen a Dios fuera de estas
cuestiones de poder político. Había en Quito una corriente viva y lúcida
de pensamiento ilustrado.
La lectura de estos
poemas irá desvelando ante el lector, en acusaciones de lado y lado,
debilidades de los revolucionarios - acaso deslumbrados por el poder del
que de pronto se sentían dueños y demasiado afectos a plumas de colores
y otros signos de ese poderío-, ceguera y acechanzas de los realistas, y
protagonismos heroicos…
Un poema denuncia a
los revolucionarios más odiados, y en el primer ovillejo lo hace con los
tres ministros de la Junta:
¿Quién ha causado los males?
Morales.
¿Quién los cubre con su toga?
Quiroga.
¿Quién perpetuarlos desea?
Larrea.
Es menester que así sea
Para lograr ser mandones
Estos desnudos ladrones
Morales, Quiroga y Rea.
No nos dice el poema nada
nuevo, porque la acusación de que esos “mandones” hayan sido ladrones,
ante un tribunal probo no se sostiene.
Pero un segundo
ovillejo reduce la acusación a dos nombres:
¿Quién angustias os destina?
Salinas.
¿Quién quiere que seáis bobos?
Villalobos.
Ya se aumentarán los robos
En aquesta infeliz Quito,
pues protegen el delito
Salinas y Villalobos.
Cualquier mediano
conocedor de los sucesos de agosto sabe quién fue el coronel Juan
Salinas, a quien se debió que la guarnición de Quito plegase al nuevo
orden de cosas y que después mandó y organizó la Falange, que fue el
ejército de la Revolución. Pero ¿y Villalobos? ¿Quién fue? ¿Qué hizo?
El poema nos exige
seguir esa pista: la revolución estaba sostenida por dos personajes. El
uno, sabemos, tenía el poder militar, sin el cual la revolución no se
habría impuesto. Y, en este ovillejo dedicado al poder, ¿qué papel tenía
el nombrado Villalobos? El poema le achaca el poder de embobar a las
gentes de Quito.
Un historiador
temprano de los sucesos quiteños de agosto nos ayuda en la detectio.
Leemos en su obra Recuerdos de los sucesos principales de la
Revolución de Quito desde 1809 hasta 1814: “El Doctor Juan de Dios
Morales fundaba haber cesado las autoridades españolas por la abdicación
del Rey y estado de la Península. Don Mariano Villalobos ocurría a los
derechos imprescriptibles de la naturaleza”. Exacta , pues, la
apreciación del ovillejo realista, con la añadidura de los poderes de
expositor de ese quiteño ilustre. Se nos descubre que él fue el ideólogo
más radical y hondo de esa revolución.
No menos incitante el
tercer ovillejo de esta acusación realista:
¿Quién mis desdichas fraguó?
Tudó.
¿Quién aumenta mis pesares?
Cañizares.
¿Y quién mi ruina desea?
Larrea.
Y porque así se desea,
Querría verlas ahorcadas
A estas tres tristes peladas
Tudó, Cañizares, Rea.
De Manuela Cañizares todos los historiadores hablan, de lo poco
que a ciencia cierta se sabe y de lo que su imaginación patriótica
inventa. ¿Pero la señora Tudó? ¿La Larrea? He aquí nuevas incitaciones
para el historiador detective. Creo haber dado con la dama nombrada por
el apellido Larrea, el más importante de la revolución. Que resultaría
ser la propia esposa de Juan Pío Montufar, el primer presidente del
nuevo gobierno; es decir, la mujer fuerte detrás del hombre vacilante…
¿Y qué sabemos de doña Josefa Tudó?
¿No resultan
fascinantes, queridos amigos y amigas, estas persecuciones por los
laberintos de una historia de hace doscientos años, de la cual nos
sentimos justamente herederos ufanos?
Y, como ustedes sin
duda van a leer el libro, solo una última mención. No puedo acabar sin
llamar la atención hacia el poema más impresionante, más desolador y
trágico de los leídos en el libro: Cántico lúgubre en que se
lamenta el estado de desolación de la ciudad de Quito en el día jueves 2
de agosto de 1810, a la una de media de la tarde. El autor del poema
anónimo –a quien creo haber identificado- halla para su dolor e
indignación, para su cólera impotente, un cauce alto, de antiguo
enraizamiento para los católicos –y casi todos lo eran en el Quito del
tiempo- estremecido de resonancia sacras: textos de la Biblia en que los
profetas se lamentan por la opresión y martirio de su pueblo a manos de
tiranos impíos. Son trenos de Jeremías, clamores de Job, lamentos del
salmista los que introducen cada trágica pintura, cada grito de dolor,
cada denuncia de la sevicia de los asesinos y cada llanto por los caídos
ese mediodía y tarde. Al lector contemporáneo ese latín de la Vulgata
seguramente no le dice nada, pero aquellos eran tiempos en que la
predicación tan frecuente y escuchada comenzaba por aquellos textos. Por
ello he mantenido esos latines, aunque dando en nota al pie su
traducción.
Y otra vez, el poema
nos introduce en escenas que ningún cronista se atrevió a narrar o,
simplemente, no conoció. El poeta, por su oficio y por el lugar que
ocupaba en el Quito del tiempo conoció todo aquello, o como testigo
presencial o por una primera mano privilegiada. Nunca en América
periodista o cronista o historiador alguno habrá acumulado tanto horror,
tanta sed de sangre, tanta sevicia en los materiales que debía convertir
en noticia, en denuncia, en grito indignado.
Y ello nos deja ante
una lectura final de esos poemas.
Fueron periodismo del
tiempo. De un tiempo en que no había periódicos ni radios ni televisión.
Y fueron periodismo de soberbia libertad. De lado y lado, del insurgente
y del realista; del quiteño y del hispano. Cada poeta dijo lo que
entendía y sentía de esos inusitados sucesos. Nadie, que sepamos,
censuró esos poemas. Se decían para ilustrar la cara que a los autores
convenía o la que ellos sentían verdadera. Volvemos a esos poemas en
vísperas de que en esta Quito, heredera de ese alto peso de libertad de
expresión, se busque aprobar una ley mordaza de la prensa y crear un
Consejo que es en su versión a lo socialismo siglo XXI un tribunal de la
Inquisición. Porque allá se va. Todo lo otro es, muy al estilo de estos
innovadores, fronda de artículos y de fórmulas al parecer muy aceptables
para encubrir los decisivos y perversos cometidos. Y hasta con el
sofisma del gran jefe de estos aprendices de inquisidores de que la
prensa es poder y por ello hay que limitar su libertad. Cuando cualquier
aprendiz de lógica pudiera hacerle este sencillo distingo; es poder,
distingo: per se niego; per accidens (por accidente), acepto. Porque la
prensa de por sí no es poder. Se convierte en poder cuando responde a la
libertad que es su ambiente vital y cumple su papel y los ciudadanos
acogen su mensaje. Por supuesto, también en un clima de libertad.
El 25 de junio de
1811, el quiteño José Mejía Lequerica, colega de universidad de los
revolucionarios de agosto, pronunció en las Cortes de Cádiz un discurso
que era arrebatado alegato a favor de la libertad de imprenta. “En
efecto -dijo- si no fuese permitido hablar libremente, aun los merecidos
elogios pasarían por serviles lisonjas, y no había más mordaz invectiva
que un misterioso silencio”. ¿A esto quiere llevarnos el gobierno?
Y en la sesión del 11
de enero de 1813 Mejía comenzó un discurso que se extendería a lo largo
de tres días de sesiones de las Cortes, hasta el 13. Fue demoledor
contra el que, con sombrío eufemismo, se llamaba el Santo Oficio; es
decir, la Inquisición. “Pues, Señor -reclamaba- no se nos diga que la
inquisición es tan suave ahora, como rigurosa en otro tiempo”. La
democracia no se compadecía con ninguna forma de Inquisición, ni en lo
religioso -¡Y lo dijo en la España de ese tiempo!-. Invoco a los
mártires de la Revolución de Agosto y al gran Mejía para que su
espíritu, vivo a través de su palabra, a la que estos poemas nos han
acercado esta noche, nos urja a no ceder a dictadura alguna ese campo en
que la libertad es garantía de todas las otras libertades que esos
grandes quiteños conquistaron para la patria.
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