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Copyright © 2008 Hernán Rodríguez Castelo

 

 

 

 

A la Izq. Simón Espinosa Cordero, Guido Díaz Navarrete, Director Ejecutivo del Fonsal y el autor.

 

Mensajes cifrados de una revolución

Por Hernán Rodríguez Castelo 

Discurso en la presentación del libro

Lírica de la Revolución quiteña de 1809-1812,

Palacio del Bicentenario, 9 diciembre 2009 

Yo era un gran lector de novelas policíacas. Compartí esa pasión con Eduardo Kingman. El mejor obsequio que podíamos hacernos el uno al otro, era un nuevo policial bueno; si excelente, mejor.

         Ahora casi no leo novela policíaca. Y es porque ando inmerso en investigaciones históricas. El ejercicio de la detectio, que fundara genialmente Edgar Allan Poe, y afirmaran Gaboriau con su El caso Lerouge (1866) y Wilkie Collins con sus magíficas El diamante luna y La dama vestida de blanco, y consagrara definitivamente Sir Arthur Conan Doyle , sacando a escena a Sherlok Holmes, tiene notable parentesco con el del historiador que persigue ciertas pistas para dar con autores, cómplices y encubridores, o, al menos, inspiradores y beneficiarios, de hechos pasados, a veces tan extraños y perturbadores como los que urdieron esos grandes novelistas.

         Seguramente por eso es tan fascinante leer libros de historia en que la investigación y ese ir descubriendo y persiguiendo indicios participa del suspenso y el dramatismo de la mejor novela policíaca.

         Puesto sobre las huellas de una de estas cacerías en que el quehacer historiográfico así emprendido consiste, el historiador es el primer seducido por sus hallazgos que, como las pistas hacia un tesoro escondido, le van hundiendo en profundidades no por  obscuras, a veces sombrías, menos luminosas.

         Y es, queridas amigas y amigos, lo que me ha acontecido con el hallazgo que esta noche se ofrece a ustedes en este magnífico escenario, en una de esas bellas y cuidadas ediciones del FONSAL y con el inteligente y generoso padrinazgo de Simón Espinosa.

         El caso, tan incitantemente cifrado como el de El escarabajo de oro de Poe, puede decirse, en substancia, así: los poemas que bullían en la Quito de esos trepidantes días que corrieron desde el 10 de agosto de 1809 hasta 1813,.cuando se recibió en Quito la Constitución hecha por las Cortes de Cádiz, nos dijeron acerca de esos apasionantes sucesos cosas que nunca dijeron ni cronistas ni historiadores. Había que leerlos dando con todo lo que en esos versos, al parecer sencillos y casi festivos, se había cifrado.

         ¿Se hizo antes alguna vez esa lectura? Ya Juan León Mera, a quien debemos el habernos guardado y transmitido la inmensa mayor parte de estos poemas, sugirió la posibilidad de deambular por sus vericuetos de este modo. Juzgó que, aunque menos valiosos como lírica, eran “no despreciables por el lado histórico”. Pero él mismo no dio más que algún tímido paso para internarse por ese gran programa de lectura policíaca.

         A los dos siglos de que esos poemas se escribiesen y seguramente declamasen por salones y plazas y rincones de calles apenas alumbradas por algún humeante candil me he topado con ese camino, en el clima férvido de la celebración bicentenaria de la revolución en que esos poemas fermentaron o leudaron.. Y aquí está un primer informe de lo hallado. Que eso es este libro.

         Declamaba un poema realista:

¿Qué es el pueblo soberano?

Es un sueño, una quimera

Es una porción ratera

De gente sin Dios y Rey.

         En la ponencia que presenté en el Congreso Extraordinario de Academias de Historia de Iberoamérica, reunido en Quito para honrar la gesta quiteña de agosto, que buscaba esclarecer lo que su título anunciaba: “Aporte teórico de de la Revolución de Quito de 1809 a la independencia de América”, esta fue una de las tres grandes manifestaciones de ese aporte en que me detuve. Y es que nunca se dijo con fórmula tan lapidaria la última razón y el más  decisivo alcance de la transformación política que se puso en marcha el 10 de agosto de 1809.

         Cuando los quiteños Ante y Aguirre visitaron, ese 10 de agosto, muy de madrugada, al Conde Ruiz de Castilla, Presidente de la Audiencia, y le sacaron de la cama, en nombre de una Junta Soberana -nombre nunca antes oído por el anciano burócrata español- le comunicaron que los habitantes de Quito habían “establecido una Junta Soberana en esta ciudad de San Francisco de Quito, a nombre de la cual y por órdenes de su Serena Alteza el presidente y los vocales”, tenían “el honor de informar a Usted Su Excelencia y anunciarle que las funciones de los miembros del antiguo gobierno han cesado”.

         Junta Soberana, un pueblo que cesaba a las autoridades enviadas por la Corona como representantes de su autoridad… cosas tan insólitas, ¿por qué? Por aquello que el versificador realista conocía como sostenido por los insurgentes y que él consideraba “un sueño, una quimera”: “el pueblo soberano”. La soberanía radicaba en el pueblo. Para el realista que escandía esos  indignados octosílabos tal proclamación era propia de gente sin Rey. Y llevaba razón: las proclamas de fidelidad al monarca en oprobioso cautiverio de Napoleón a él no lo engañaban. Pero era también propia de gente sin Dios. La soberanía del Rey era para ese realista cosa de Dios, y tanto lo era que negar tal soberanía era, sin más, negar a Dios.

         Resulta especialmente notable que brillantes teólogos quiteños, como el gran intelectual y orador famoso, Miguel Antonio Rodríguez, dejasen a Dios  fuera de estas cuestiones de poder político. Había en Quito una corriente viva y lúcida de pensamiento ilustrado.

         La lectura de estos poemas irá desvelando ante el lector, en acusaciones de lado y lado, debilidades de los revolucionarios - acaso deslumbrados por el poder del que de pronto se sentían dueños y demasiado afectos a plumas de colores y otros signos de ese poderío-, ceguera y acechanzas de los realistas, y protagonismos heroicos…

         Un poema denuncia a los revolucionarios más odiados, y en el primer ovillejo lo hace con los tres ministros de la Junta:

¿Quién ha causado los males?

Morales.

¿Quién los cubre con su toga?

Quiroga.

¿Quién perpetuarlos desea?

Larrea.

Es menester que así sea

Para lograr ser mandones

Estos desnudos ladrones

Morales, Quiroga y Rea.

No nos dice el poema nada nuevo, porque la acusación de que esos “mandones” hayan sido ladrones, ante un tribunal probo no se sostiene.

         Pero un segundo ovillejo reduce la acusación a dos nombres:

¿Quién angustias os destina?

Salinas.

¿Quién quiere que seáis bobos?

Villalobos.

Ya se aumentarán los robos

En aquesta infeliz Quito,

pues protegen el delito

Salinas y Villalobos.

         Cualquier mediano conocedor de los sucesos de agosto sabe quién fue el coronel Juan Salinas, a quien se debió que la guarnición de Quito plegase al nuevo orden de cosas y que después mandó y organizó la Falange, que fue el ejército de la Revolución. Pero ¿y Villalobos? ¿Quién fue? ¿Qué hizo?

         El poema nos exige seguir esa pista: la revolución estaba sostenida por dos personajes. El uno, sabemos, tenía el poder militar, sin el cual la revolución no se habría impuesto. Y, en este ovillejo dedicado al poder, ¿qué papel tenía el nombrado Villalobos? El poema le achaca el poder de embobar a las gentes de Quito.

         Un historiador temprano de los sucesos quiteños de agosto nos ayuda en la detectio. Leemos en su obra Recuerdos de los sucesos principales de la Revolución de Quito desde 1809 hasta 1814: “El Doctor Juan de Dios Morales fundaba haber cesado las autoridades españolas por la abdicación del Rey y estado de la Península. Don Mariano Villalobos ocurría a los derechos imprescriptibles de la naturaleza”. Exacta , pues, la apreciación del ovillejo realista, con la añadidura de los poderes de expositor de ese quiteño ilustre. Se nos descubre que él fue el ideólogo más radical y hondo de esa revolución.

         No menos incitante el tercer ovillejo de esta acusación realista:

¿Quién mis desdichas fraguó?

Tudó.

¿Quién aumenta mis pesares?

Cañizares.

¿Y quién mi ruina desea?

Larrea.

Y porque así se desea,

Querría verlas ahorcadas

A estas tres tristes peladas

Tudó, Cañizares, Rea.

                  De Manuela Cañizares todos los historiadores hablan, de lo poco que a ciencia cierta se sabe y de lo que su imaginación patriótica inventa. ¿Pero la señora Tudó? ¿La Larrea? He aquí nuevas incitaciones para el historiador detective. Creo haber dado con la dama nombrada por el apellido Larrea, el más importante de la revolución. Que resultaría ser la propia esposa de Juan Pío Montufar, el primer presidente del nuevo gobierno; es decir, la mujer fuerte detrás del hombre vacilante… ¿Y qué sabemos de doña Josefa Tudó?

         ¿No resultan fascinantes, queridos amigos y amigas, estas persecuciones por los laberintos de una historia de hace doscientos años, de la cual nos sentimos justamente herederos ufanos?

         Y, como ustedes sin duda van a leer el libro, solo una última mención. No puedo acabar sin llamar la atención hacia el poema más impresionante, más desolador y trágico de los leídos en el libro: Cántico lúgubre en que se lamenta el estado de desolación de la ciudad de Quito en el día jueves 2 de agosto de 1810, a la una de media de la tarde. El autor del poema anónimo –a quien creo haber identificado- halla para su dolor e indignación, para su cólera impotente, un cauce alto, de antiguo enraizamiento para los católicos –y casi todos lo eran en el Quito del tiempo- estremecido de resonancia sacras: textos de la Biblia en que los profetas se lamentan por la opresión y martirio de su pueblo a manos de tiranos impíos. Son trenos de Jeremías, clamores de Job, lamentos del salmista los que introducen cada trágica pintura, cada grito de dolor, cada denuncia de la sevicia de los asesinos y cada llanto por los caídos ese mediodía y tarde. Al lector contemporáneo ese latín de la Vulgata seguramente no le dice nada, pero aquellos eran tiempos en que la predicación tan frecuente y escuchada comenzaba por aquellos textos. Por ello he mantenido esos latines, aunque dando en nota al pie su traducción.

         Y otra vez, el poema nos introduce en escenas que ningún cronista se atrevió a narrar o, simplemente, no conoció. El poeta, por su oficio y por el lugar que ocupaba en el Quito del tiempo conoció todo aquello, o como testigo presencial o por una primera mano privilegiada. Nunca en América periodista o cronista o historiador alguno habrá acumulado tanto horror, tanta sed de sangre, tanta sevicia en los materiales que debía convertir en noticia, en denuncia, en grito indignado.

         Y ello nos deja ante una lectura final de esos poemas.

         Fueron periodismo del tiempo. De un tiempo en que no había periódicos ni radios ni televisión. Y fueron periodismo de soberbia libertad. De lado y lado, del insurgente y del realista; del quiteño y del hispano. Cada poeta dijo lo que entendía y sentía de esos inusitados sucesos. Nadie, que sepamos, censuró esos poemas. Se decían para ilustrar la cara que a los autores convenía o la que ellos sentían verdadera. Volvemos a esos poemas en vísperas de que en esta Quito, heredera de ese alto peso de libertad de expresión, se busque aprobar una ley mordaza de la prensa y crear un Consejo que es en su versión a lo socialismo siglo XXI un tribunal de la Inquisición. Porque allá se va. Todo lo otro es, muy al estilo de estos innovadores, fronda de artículos y de fórmulas al parecer muy aceptables para encubrir los decisivos y perversos cometidos. Y hasta con el sofisma del gran jefe de estos aprendices de inquisidores de que la prensa es poder y por ello hay que limitar su libertad. Cuando cualquier aprendiz de lógica pudiera hacerle este sencillo distingo; es poder, distingo: per se niego; per accidens (por accidente), acepto. Porque la prensa de por sí no es poder. Se convierte en poder cuando responde a la libertad que es su ambiente vital y cumple su papel y los ciudadanos acogen su mensaje. Por supuesto, también en un clima de libertad.

         El 25 de junio de 1811, el quiteño José Mejía Lequerica, colega de universidad de los revolucionarios de agosto, pronunció en las Cortes de Cádiz un discurso que era arrebatado alegato a favor de la libertad de imprenta. “En efecto -dijo- si no fuese permitido hablar libremente, aun los merecidos elogios pasarían por serviles lisonjas, y no había más mordaz invectiva que un misterioso silencio”. ¿A esto quiere llevarnos el gobierno?

         Y en la sesión del 11 de enero de 1813 Mejía comenzó un discurso que se extendería a lo largo de tres días de sesiones de las Cortes, hasta el 13. Fue demoledor contra el que, con sombrío eufemismo, se llamaba el Santo Oficio; es decir, la Inquisición. “Pues, Señor -reclamaba- no se nos diga que la inquisición es tan suave ahora, como rigurosa en otro tiempo”. La democracia no se compadecía con ninguna forma de Inquisición, ni en lo religioso  -¡Y lo dijo en la España de ese tiempo!-. Invoco a los mártires de la Revolución de Agosto y al gran Mejía para que su espíritu, vivo a través de su palabra, a la que estos poemas nos han acercado esta noche, nos urja a no ceder a dictadura alguna ese campo en que la libertad es garantía de todas las otras libertades que esos grandes quiteños conquistaron para la patria.

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