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PRIMERA INTRODUCCION: NO MUY SERIA, PERO GRAVE

Situación harto embarazosa la de dos caballeros que en una distinguida reunión social charlaban sin percatarse de que una dama se les había acercado, y uno le decía al otro, poniendo cara de sátiro consumado ‑cosa en que la dama, por venirse por las espaldas, no pudo reparar‑: "Sí, por supuesto: un polvo sin mineta es insípido". Y he aquí que la señora aquella tercia como si también con ella fuera la cosa: "Así que hay polvos con sabor… yo creí que solo se habían hecho lápices con sabor… pero, bueno, y eso de "mineta" ¿qué es?"

No menos desabrido ‑para ella, porque para los caballeros estas cosas tienen su sabor. ¡Vaya si lo tienen!‑ el caso de la ecuatoriana que, exasperada por la falta de transporte motorizado en el Buenos Aires metropolitano, preguntaba a un agente de tránsito: "Oiga, y aquí ¿por dónde se puede coger un ómnibus?" Y el uniformado le respondió cachondo: "Como no sea por el tubo de escape. . "

En los días de colegio nos llegó un profesor español. Un curita joven, alto y hermosote, que aún campa por estos mundos de Dios ‑en Guayaquil, por más señas‑, aunque muy poco joven ya, y bastante menos hermosote. Y le pusieron a dar geografía. Y nos explicaba ‑ ¡a nosotros!‑ que el Ecuador exporta banano y cacao y café. . Y un chusco pidió la palabra al chapetón y le acotó muy serio: "También exportamos cueros". "¿Cueros?" "Sí, cuerazos". Y el bueno del profesor nos hizo añadir en nuestro cuaderno de apuntes que el Ecuador exportaba también cueros… y cuerazos. Y, claro, las caras de satisfacción de la audiencia, ni que se hubiera tratado de zapateros o ganaderos.

Y en el otro acto académico, el orador poco avisado entonaba exaltado canto, no a la paz ‑que era el asunto recto‑, sino a la paloma (la de la paz, claro), a la que en brioso ditirambo apostrofaba: "Paloma clara y noble, paloma sin mancha, pero paloma frágil, a la que debemos protegerte más que a la vida misma". Y el orador no sabía por qué la galería amenazaba convenirse abajo de sofocos, exclamaciones afirmativas y risas.

Y, como de casos y sucedidos ya está bien, y es muy posible que el lector ponga otros de sus cosechas ‑de las añejas a las recientes‑, dos últimos.

Fue un misionero rural español que vino de Centroamérica a nuestro país, todo encendido en el celo de la predicación penitencial y muy hecho al habla centroamericana. Y, al terminar unas misiones en nuestra sierra, dijo: "Ahora sí, quiero que todos vosotros salgáis de estos días santos, arrechos".  Y, al notar vacilación en las buenas gentes, que abrían ojos como aguacates: "Sí, bien arrechos!" Y allí sí que, sin que valiesen compungimientos, se armó la gorda.

Lo otro fue en Santiago de Chile, en los días del último Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Asistíamos los distinguidos académicos y las distinguidísimas esposas de los que las habían llevado, a un almuerzo en el Club Hípico. Y las caras mitades de los académicos españoles se partían de risa al leer en el programa del Club que aquella semana "la polla se había vestido con mantón de Manila.   " Y se suponía que quienes habían vestido así a la "polla" eran precisamente aquellas recatadas y discretas damas hispanas, con su presencia.

Polvo, mineta, coger ‑ en el sentido en que divirtió tanto al del tránsito bonaerense‑, cuero y cuerazo ‑también en el sentido que tanto satisfizo a la audiencia colegial aquella‑, paloma ‑en el sentido que provocó tumultos‑, arrecho en el sentido que armó la gorda al final de la misión rural‑ y polla no figuran en Diccionario de la Real Academia, y, hasta el momento, solo esa acepción de "arrecho" ha sido ya admitida y estará en la vigésima edición del Diccionario. (Por lo cual, sí el lector tiene necesidad de aclarar alguna de estas voces o acepciones, puede comenzar ya a usar este 'Léxico sexual" que tiene entre manos).

Y si estas voces o acepciones no figuran en el Diccionario de la Academia, estas mismas u otras semejantes faltan en muchos otros diccionarios, aun en los más amplios, modernos y que se ofrecen como más completos. (Ni qué decir tiene que en vocabularios un tanto antiguos todo este campo léxico se tiene como tabú. Por dar un ejemplo ecuatoriano, "Riqueza de la lengua castellana" y provincialismos ecuatorianos" de Alejandro Mateus ignora todas esas palabras y otras tan viejas en el Ecuador ‑la obra es de 1933‑ como "chucha", "tírar” etc. Apenas si hallamos en toda la obra el eufemismo hispano del " poner cuernos").

Y, sin embargo, todas estas son palabras que, no solo en el Ecuador, se escuchan con frecuencia. Y, claro, hay muchas personas que necesitan saber su sentido exacto. El extranjero que no ha logrado aún llegar hasta estos recovecos de la lengua donde todos parecen esconder las cosas, y que no quiere ser el hazmerreír ni el pato en ninguna boda; el profesor sin acceso a ciertos círculos idiomáticos a los que llegan ‑o de los que proceden­ tantos alumnos que parecen complacerse en usar ciertas palabras o en hacer ciertas preguntas; el sacerdote y el canonista el juez y el abogado que dan con voces así en el curso de confesiones procesos o audiencias y tienen que entenderlas y valorarlas; las mujeres, sistemáticamente marginadas de las hablas masculinas, pero que, de pronto, escuchan estas voces en circunstancias de lo más imprevisibles, embarazosas y sugestivas, y con la curiosidad que padece el sexo débil el traductor que, si no entiende estas palabras ‑cada vez más usadas en la literatura latinoamericana‑, mal podrá traducirlas; y el hombre culto que siente incomodidad al verse marginado de la inteligencia amplía y lo más completa posible de su propia lengua. Extranjero y profesor y sacerdote y canonista y juez y abogado y mujeres y traductores y lectores lingüistas, intelectuales, ¿a dónde podrán acudir para satisfacer sus más que justificadas curiosidades frente a un campo lexical que es en Latinoamérica cada vez más rico y más de uso diario, con sus más y sus menos, en todos los niveles del habla?

No es de extrañar, pues, que, desde hace ya muchos años, se echen de menos en la hispanidad inventarios y estudios del léxico que hasta ayer no más ‑Cela‑ llamábamos "secreto".

Conversando de tal necesidad con amigos académicos en los días del Coloquio con que México celebró el centenario de su Academia, me comprometí a hacer el trabajo para el área ecuatoriana. Un primer listado de palabras, fruto ya de varias decenas de encuestas, llevó al año siguiente al VII Congreso de Academias de Santiago de Chile (noviembre 1976), aunque no como ponencia, y lo sometí al examen de colegas de varias academias hispanoamericanas, quienes marcaron lo usado en sus respectivos países.  Y daba gloria ver a gente tan seria, de por sí tan extraña a mucho de este léxico, tan empeñosa en el quehacer. Una distinguida gramática dio razón, sin que, por supuesto, tuviese que darla ninguna, de su interés por aproximarse a esta esfera de la lengua española. Tenía, dijo, sobrinos jóvenes, con quienes le interesaba no perder comunicación.

Y están dichas ya las principales razones que me han movido a hacer esta obra. Espero que el primero que se tranquilice sea mí editor al que no hay modo de sacarle de la cabeza que publicar un libro como este puede llevarnos a él y a mí a la cárcel y al opúsculo a un infiernillo...


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