Leonardo
Tejada
Comentario
de Juan Carlos Morales Mejía
Galería
de fotos de las presentaciones en Quito y Latacunga
Fragmento
“Nació
en la capital de Cotopaxi,
hijo de un célebre ebanista diseñador de muebles”, escribió, de puño
y letra, Leonardo Tejada en unas páginas de recuento de su vida que me
entregó, no recuerdo bien con qué ocasión y he conservado como precioso
documento.
Su padre fue don Virgilio, afamado trabajador de la talla artística
y otras destrezas del oficio, que trasmitió a sus hijos y también a
Leonardo, que, ya pintor famoso, haría con su hermano Miguel Angel obras
de ebanistería y talla en los retablos de la iglesia de la Concepción de
El Tocuyo, Estado de Lara, en Venezuela, y tallarían rosetones de madera
para cubrir el cielo raso del recinto legislativo, por entonces huésped
del Palacio de Carondelet.
“Tejada pertenece a
una familia de artistas tallistas de la madera” escribió, con no
disimulado dejo de ufanía, nuestro artista líneas abajo en ese texto
autobiográfico.
Sigue el precioso documento con
la infancia, y nos da todo lo que se ha podido conocer de esos años a los
que tan parcamente se refirió siempre el artista. Volviendo la mirada a
esas tierras altas donde la historia personal confina con la fábula y el
cuento, ha escrito: “Desde pequeño gustaba habilitar prismas en función
de algo - hacer juguetes en diversos materiales - de preferencia la
madera. Gustaba pintar en las paredes y en todo lugar que me atraía para
expresar mi inquietud, mi vocación de artista”. Y de allí saltó al título
“La formación académica”.
EN
LA VIEJA ESCUELA DE BELLAS ARTES
Leonardo Tejada Zambrano nació en 1908, y en 1923 comenzó su
formación académica en la vieja Escuela de Bellas Artes, en Quito. Llegó
muy joven, iniciado en el oficio de la talla y dado ya a la pasión de
pintar.
Ocupaba la Escuela un edificio que, a pesar de sus gruesas paredes,
tenía aire de invernadero, en el idílico paisaje
del parque de La Alameda, a la vera de liliputiense lago. Y hasta
rincón tan tranquilo, en la urbe para entonces pequeña -más allá de la
avenida Colón, sus principales avenidas longitudinales, la 10 de Agosto y
la 6 de Diciembre se convertían en empedrados caminos con aire de
rurales, y por el sur lo urbano terminaba poco más allá de Chimbacalle-
y recoleta llegaba la resaca de sordas inquietudes sociales.
Porque aquellos primeros años quiteños del joven aprendiz de
artista latacungueño eran tiempo de crisis económica especialmente aguda
y fermentar de malestar de las grandes mayorías depauperadas.
En 1922 la peste de la “escoba de bruja” se abatió sobre las
plantaciones de cacao, el principal producto de exportación, y una economía
precaria se agravó drásticamente. El déficit fiscal alcanzó los 9,5
millones y la deuda interna pasó de los 10 millones. El mayor acreedor
era un banco cuyo poder crecía paralelo al deterioro de la economía
nacional: el Banco Comercial y Agrícola de Guayaquil, de Francisco Urbina
Jado. Y ese banco es el que propició la devaluación de la moneda, que de
dos sucres por dólar pasó a cinco por dólar.
Todo se encareció, el hambre se hizo sentir y los trabajadores
clamaron por un aumento salarial. Para hacerse escuchar de patronos y
empresarios insensibles o encogidos debieron acudir a huelgas. En
Guayaquil fue primero la sociedad “Ferroviarios de Durán”, pero
pronto se pasó a un paro generalizado. Se fueron a la huelga la Federación
Regional de Trabajadores, la Confederación Obrera del Guayas, la Asociación
Gremial del Astillero, la Unión de Estibadores, la Unión Nacional de
Empleados y trabajadores de gran parte de todos los servicios y de fábricas
y talleres.
Guayaquil se paralizó y la oligarquía, derrotada por primera vez
de modo tan contundente, exigió del gobierno medidas drásticas. Estas
iban a llegar hasta la represión más sangrienta de la historia
republicana. El 15 de noviembre de ese dramático 1922 los batallones Marañón
y Cazadores de los Ríos -los acantonados en el Puerto- cercaron a una
gran cantidad de manifestantes que se dirigían a la cárcel a recibir a
sus dirigentes liberados, les cerraron
las calles de escape y los fueron empujando hacia el malecón. Y
mataron a una gran cantidad. El número quedó en el misterio, pero los cálculos
más conservadores estimaron en un millar los masacrados. La gente
guayaquileña honró a esos mártires de los derechos del trabajador
arrojando cruces a la ría. Las
cruces sobre el agua se titularía la novela que Joaquín Gallegos
Lara dedicaría al trágico suceso.
Hechos tan dolorosos -que quedaban en la impunidad-; la crisis económica,
que enardecía a las masas; el fraude electoral -que llevó al poder en
1924 a otro liberal, Gonzalo Córdova- y los manejos cada vez más
inescrupulosos del omnipotente
Banco Comercial y Agrícola, que emitía moneda sin respaldo, agravando la
inflación y consiguiente miseria del proletariado, exigían que alguien
diese un alto a situación que tendía a agravarse, con peligro de llegar
a estallidos populares incontrolables.
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