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Jorge Chalco en
un libro
por Hernán Rodríguez Castelo
Marco Alvarado, artista que ganó un
premio compartido en alguna otra edición de la Bienal de Cuenca, ha
dicho de la última edición de esta Bienal que "visualiza y avala la
inercia con que asumimos las tendencias dominantes de la globalización
cultural a través del llamado arte contemporáneo" (El Universo,
Guayaquil, 13 XI 2011). Y el distinguido escritor cuencano Eliécer
Cárdenas ha reclamado, en nombre de víctimas de esa alienación, por algo
que ha calificado de "pictorofobia" ("El Comercio", Quito, 13 XI 2011).
Es decir, ese marginar, casi por completo, la pintura, que, pese a
novelerías, más que globalizantes, alienantes, goza de salud y de
vitalidad en el mundo del arte, y en el Ecuador sigue siendo el renglón
en que se producen las obras más importantes y las muestras
imprescindibles: piénsese por citar tres nombres de lo que hemos tenido
en Quito, en las grandes exposiciones últimas de Viteri, Tábara y
Voroshilov Basante. (Un inocente paréntesis: estas últimas Bienales de
Cuenca, ¿han sido imprescindibles?)
En este contexto
artístico Cuenca recibe un libro sobre la trayectoria, maneras y las
obras mismas de, al menos parte, de una vasta y dispersa producción de
uno de sus hijos, que fue profundamente cuencano -en los varios sentidos
que en casos así cobra la palabra y metáfora profundidad- y,
desde esa profundidad y por ella, fue universal: Jorge Chalco.
No es lo común y, más
bien, cobra algún dejo heterodoxo, el que sea el autor de un libro quien
lo presente. Porque se aspira, con algún peso de razones, a que en esas
primeras palabras que sobre un libro se dicen se hallen ya primeras
apreciaciones críticas, aunque, por supuesto, dichas con la cortesía que
la ceremonia prescribe. Suele acontecer, con todo, que el libro sea más
bien deficiente y el presentador, crítico; es decir uno de esos seres
cada vez más raros en nuestro complaciente mundo que no pueden dejar de
ver junto a lo bueno lo menos bueno y, por más que traten de destacar
aquello de modo que casi no se sienta lo otro, acaban por pintar cuadros
de luces y sombras. Me sucedió alguna vez que un buen amigo había
publicado una novela y me pidió que hiciese eso que, con pintoresca
metáfora, llamamos el "lanzamiento". Leíla y le adelanté al novelista
algo de lo que sobre ella diría, y él declinó el pedido. "Preparo -me
dijo- el bautizo de mi hijo; no su asesinato".
Jorge Chalco, quien,
sin que éxitos y fama hayan alterado esa noble condición, es sencillo y
bueno, casi ingenuo frente a sofisticaciones sociales, no ha sentido
conflicto alguno en pedirme que abandone la campesina paz de mi retiro
del Valle elos Chillos, al pie del viejo Ilaló, y venga a Cuenca a
presentar su libro.
Pero resulta que el
libro que, desde el simple anuncio de su título "Jorge Chalco", es, por
su sustancia vital y su espléndida carga icónica, suyo, es, en lo que
hace a la palabra, mío. Y, en casos como este, el ejercicio de organizar
y formular en un texto una existencia que ha avanzado de iluminación en
iluminación, de hondura en hondura, sin acudir nunca a la palabra, y de
hacer palabras esas iluminaciones y ahondamientos que violaron en sus
altos vuelos y sentidos con tanto de mágico, de mistérico, de polisémico
los cauces presididos por racionalidad y estructura del lenguaje, es
empresa que hace de todo aquello algo también propio del autor.
En un libro sobre un
artista visual que como este entrega abundante cosecha de sus
creaciones, las lecturas más certeras parten de los cuadros, buscan, de
darse inquietudes o curiosidades sobre ellos, la palabra del crítico en
procura de inteligencias y apreciaciones, y tornan a los cuadros para
verlos a nueva luz, si es que el trabajo crítico fue iluminador.
Y si ese lector ávido
de penetrar en el mundo del artista por la puerta de sus cuadros siente
que el texto, lejos de penetrar e iluminar, se quedó en palabrería,
lugares comunes -lo que se puede decir de cualquier obra, porque para
todas vale lo mismo, es decir, poco o nada-, pedantes formulaciones que
más obscurecen que aclaran -esas que tantos mediocres trabajos
conceptuales han puesto de moda-, ha asumido el papel de crítico del
crítico o, mejor, de crítico que no alcanzó a ser crítico.
Esa tarea, que resulta
la decisiva en el empeño a que un libro como este invita, incita,
tienta, no compete al crítico; pertenece ya a ese lector que hace
crítica del crítico.
Así que el crítico se
siente dispensado de ella, y cumple con el generoso pedido del artista
diciendo a cuantos lectores se aprestan a entrar a formar parte del
circuito lector, apreciador, gustador y entendedor: aquí está el libro.
Y decir "aquí está el
libro" es decir "aquí está Chalco": en sus etapas creativas, en sus
pasos hacia insospechados horizontes y en sus perplejidades de creador
que creía firmemente, entrañablemente, en sus poderes de chamán y
profeta, y por eso nunca tomó a la ligera su tarea ni se instaló
feniciamente en maneras acogidas calurosamente por marchantes
perspicaces y públicos fáciles.
Al pedido de que
hiciera un libro sobre Jorge Chalco respondí sin la menor vacilación ni
dilación. Recordé instantáneamente y acaso obscuramente que en todas mis
visitas a Cuenca reservaba un generoso espacio de tiempo para visitar el
taller del artista. Y veíamos y analizábamos la obra última. Porque
Chalco siempre tenía obra última. De solo ayer, de hoy, con un pie
puesto hacia el mañana. Y se me vino también cuantas veces había escrito
ya sobre Chalco: monografías, como la que le dedique en la revista
"Diners", y comentarios de sus exposiciones, de una a modo de
retrospectiva hecha en Cuenca, hace ya muchos años -que presenté-, y de
sus muestras quiteñas y aun de obras suyas que pude ver en salones de
Quito, Guayaquil y Cuenca. Hacer el libro sería el laborioso, pero, al
propio tiempo, apasionante, esfuerzo de revisar todo aquello y
ordenarlo, de revivir un rica trayectoria sumiendo los fragmentos en
unidad.
Procurando arrancar de
muy atrás sigo al joven que había decidido ya ser artista en su primer
viaje a Quito. ¿Qué hizo allí? ¿Por dónde se movió? Había una razón para
estas preguntas: él, por edad, pertenecía a ese privilegiado grupito de
la generación irrumpente que, sobreponiéndose a pobrezas rayanas en
miseria -tenían que trabajar sus dibujos con tinta de zapatos...-,
dibujaban incansablemente piezas espléndidas y lo hacían con rara
conciencia de la importancia de lo que estaban creando: Román, Unda,
Iza, Jácome... Estuvieron muy cerca de mí. ¡Cuántas noches me buscaban
en la redacción de "El Tiempo", allí junto al Arco de la Reina y esa "24
de Mayo" que era su campo de escaramuzas de toda laya, para mostrarme
sus dibujos, que yo ayudaba a vendérselos a los compañeros del
periódico! ¿Anduvo con ellos el joven cuencano? ¿Estrecharon relaciones
en la Escuela de Bellas Artes?
Si mi tarea hubiera
sido biográfica, habría seguramente husmeado más por esos vericuetos del
pasado. Para una empresa crítica lo decisivo -y sugestivo- fue hallarlo
pintando. En diálogo -visual, pictórico- con algunos de esos artistas de
tanta personalidad ya. Y lo más importante: el joven artista cuencano, a
juzgar por lo que pintaba y dibujaba, había captado certeramente qué era
lo válido de lo que se comenzaba a hacer en Quito. En el libro señalo
las huellas halladas del feísmo de Jácome y de Villafuerte, y, aun más
visibles, de Napoleón Paredes. Pero, a la vez, algo muy personal y muy
característico, desde esos tempranos comienzos, del joven artista: su
fascinación por el color; esos fondos profundos y alucinantes, por esa
como luz filtrada.
Pero él era cuencano.
Su condición de cuencano era como un núcleo del que partía todo y en el
que se reabsorbía todo. Y ese todo acababa por ser su arte. He titulado
la parte siguiente "El reclamo de la tierra y las raíces". Y atiendo a
sus "barrancos" y sus "espantapájaros", que partían del entorno
paisajístico y usos locales, pero surgían de estratos humanos "más
profundos y ricos que cuanto en esas imágenes podía sentirse". Según
confidencia recogida por Jorge Dávila en su ensayo sobre el artista:
"Hice reminiscencia de mi niñez y adolescencia, los lugares donde viví y
todo lo ocurrido entonces, ya fuera en el mundo exterior o en mi más
profundo yo: el mundo maravilloso de los espantapájaros, las fiestas
populares, los globos, los castillos, las vacas locas, las bandas de
pueblo, las procesiones, los miedos de niño con sus "cucos", el perfume
intenso y mareante de los floripondios, las ferias con sus adivinos, sus
curanderos y mentirosos".
Yo en el libro renuncio
a fijar el tiempo de estos reclamos obscuros. Porque "es el tiempo de lo
que venía haciendo, el tiempo de lo que se quiere hacer, el tiempo de la
circunstancia y el tiempo de lo sin tiempo". Pero hay años. Hacia 1978
pinta sus primeros "barrancos". La respuesta a las incitaciones visuales
de su pintoresca y bella ciudad. Pero sin dejarlos aparece el motivo
que lo sacude más visceralmente -por todo lo que en aquella confidencia
nos revelara-: el espantapájaros.
Este motivo iba a tener
larga duración y conocería espléndidas metamorfosis visuales conforme
avanzase el artista en su iluminado camino. De lo casi ingenuo a lo
hierático, de lo realista a lo más fantasioso, de lo descriptivo a lo
maravilloso. "Vibraciones internas", ya en 1983, con su carga de
alusiones mágicas, es básicamente un espantapájaros. El espantapájaros
fue el paso de lo horizontal de los barrancos a todas las
verticalidades, aun las que enlazan simas profundas y obscuras con altas
y claras luminosidades.
Pero el alegre vivir de
las gentes del pueblo -de su pueblo- lo vuelve a la horizontalidad de
cenefas ricas de personajes y ceremonias. Pero llega a esa aparente
epidermis de vida suburbana y rural con rico botín de magia y tienta en
los globos fugas a lo alto. A propósito de "Noche de globos" me he
referido a "esos estallidos de fuego-luz-color ... con que la fiesta
popular decía su deslumbramiento por el fuego, herida lúdica y mágica en
la obscuridad de la noche".
"Pero Chalco -he
resumido- era demasiado artista como para quedarse en maneras de
costumbrismo, por ricas que fuesen". Y, tras el artista, el crítico se
abre a extraños horizontes.
Hacemos un alto para
echar la mirada hacia el largo camino que nos espera, el que el libro
irá recorriendo de jornada en jornada, procurando en cada estación
ahondar en tan rico territorio. De "Origen" se dirá: "dominado por un
rosa, difícil, hondo, tenía en cenefa al pie un semillero de formas,
dominadas por el huevo genesíaco. Era el testimonio de haber buscado
desde el origen, para crear cósmicamente".
Y se tentaba esta
síntesis: "El camino se dibujaba entre eso y las composiciones sólidas
de la plenitud, hechas de formas decididas en su valor representativo o
simbólico, tensas entre hieratismo y abigarramiento".
Y se da la ruptura. Las
brutales condiciones económicas que sumen en la miseria a grandes
mayorías obligan a los habitantes de la región en que vive el artista a
dejar su tierra, su casa, a los suyos, para lanzarse a la aventura de
lograr una vida mejor. Lo cual era dar un salto al vacío de lo incierto
e improbable.
Tan dolorosa quiebra en
el vivir de esos marginados marca para el artista una hora de ruptura. A
la vez que ahonda hasta el desgarramiento sus elaboraciones formales,
se aventura, él también, hacia extrañas migraciones. Sigue a los
migrantes que han salido hacia lo incierto con su carga de riqueza
ancestral a cuestas. Documenta visualmente sus empecinadas y casi ilusas
esperanzas e ilusiones. Se abisma en sus desolaciones. Y su arte se sume
en desazón, en desasosegantes perplejidades. "Era -resume el crítico
abismado ante el fenómeno- una agónica búsqueda de símbolos de
visualidad tan rica plásticamente como hermética semánticamente, en
conjuntos acaso excesivamente fastuosos para calar en algo tan desolador
como la migración". |