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Prólogo del libro
El fantasmita de las gafas verdes
“Y los sueños
que se sueñan son sueños nunca soñados”.
Lewis Carrol
Las letras
españolas y, en notable extensión, las latinoamericanas, no han
producido literatura infantil. No asoma el niño en El Quijote, ni en
Calderón de la Barca, menos aún en La Celestina. Algún pequeño atisbo en
la picaresca, poco infantil desde luego, como el Lazarillo de Tormes.
Menos en la Mística –acaso lo más alto de las letras hispanas- ya que ni
San Juan de la Cruz, ni Santa Teresa, ni los Luises…
En las letras
hispanoamericanas que pudiéramos llamar clásicas, tampoco nos
encontramos con la dulce sorpresa del personaje niño. Acaso Rafael
Pombo, en Colombia, nos crea esa linda figuración de Simón el Bobito,
pero únicamente en verso. Y Don Tomasito, el único escritor que no
necesita apellido, nos regala con esa bella cosa que es En la diestra de
Dios Padre que, escenificada por Enrique Buenaventura y traducida a casi
todos los idiomas, ha dado la vuelta al mundo triunfalmente…
La literatura
francesa, no muy rica tampoco, ha creado sin embargo, figuras geniales
como las de Perrault. Y modernamente, ese niño triste, dulce y
malaventurado, Poil de Carotte de Jules Renard, que lanza la frase
desolada: “No todos tienen la suerte de ser huérfanos”. Y, con mejor
fortuna y menor calidad, El Principito, de Saint-Exupery…
Las letras
nórdicas en cambio… En Inglaterra, desde el más grande de todos –de
Inglaterra y del mundo-: Shakespeare, en el Sueño de una noche de
verano, crea al alado Puck “que escucha cantar la alondra en la mañana”.
Y crea el amor niño, “el amor que se muere de amor”, en Romeo y Julieta,
que miden el tiempo por el canto del ruiseñor y la alondra… Inglaterra
que crea la obra suprema de la infantilidad humana, cuando por la
imaginación casi divina de Lewis Carrol (Charles Lutwige Dogson) nos da
la fantasía suma de Alicia en el País de las Maravillas. Y, para no
alargar más, ese prodigio sin nombre: Sir James Matthew Barrie, que crea
la figura infantil más prodigiosa de todos los tiempos: Peter Pan. Del
cual una vez en Génova, Miguel Ángel Asturias dijo: si me preguntaran
qué obra literaria me habría gustado escribir –de tener capacidad para
ello-, Don Quijote o Peter Pan, yo habría respondido sin vacilar un
segundo: ¡PETER PAN!
¿Y qué decir de
los países escandinavos? Hans Christian Andersen es, sin discusión
posible, la más alta figura universal de la literatura infantil. ÉL
dice así:
“Entre el
Báltico y el Mar del Norte, hay un antiguo nido de cisnes llamado
Dinamarca; en él han nacido numerosos cisnes cuyos nombres no debieran
olvidarse”. De él se ha dicho después: “Él fue el más famoso de los
cisnes nacidos en este nido danés, y hoy, a 150 años después de su
nacimiento podríamos decir, con sus propias palabras, dichas sobre el
vuelo del cisne: “Fulguró por los espacios, fulguró en todos los países
de la tierra”.
Entre sus
cuentos, casi todos geniales, para mi gusto –y para el de la mayoría de
lectores y críticos- sobresale Le vilain petit canard, “EL patito
feo que Andersen amaba tanto”. Este “patito feo” es una de las pocas
obras maestras indiscutibles que ha producido la literatura universal:
es un tratado de sociología, de política, un antecesor fecundo de la
revolución social. Y más que eso, que pudo predicarlo Marx, es uno de
los poemas supremos que haya producido la imaginación humana.
***
Entre nosotros,
hasta que llegara Hernán Rodríguez Castelo, que ha elegido el mejor de
los caminos en su vasta obra de relatista, de poeta, de crítico. Entre
nosotros, digo, poco, casi nada se ha hecho dentro del verde y luminoso
campo de la literatura infantil. El humor negro, la despiadada crítica
social –justas y buenas casi siempre- habían venido repletando nuestras
posibilidades de creación y narrativa.
Pablo Palacio, a
pesar de su acerbitud, nos ha dejado, por entre sus relatos, tan
perfectos aunque parvos, atisbos impresionantes de su poder de
infantilidad: “Entró mi tía, salió mi tía”. Y en DÉBORA, párrafos
enteros, líneas completas de ácido humorismo, que a la distancia del
tiempo y del espacio, lo emparentan con Filisberto Hernández y, mirando
a lo supremo, con Marcel Proust, el de A l'ombre des jeunes filles en
fleurs…
Entre nosotros,
insisto, poco hemos tenido en este maravilloso terreno de lo infantil.
Eugenia Viteri, bellas y dulces cosas en todos sus libros. Augusto Mario
Ayora, Ana María Iza, Marco Antonio Rodríguez... Muchos de los de
ahora. Y, allá lejos, en tiempo y en distancia también, un cuentecito
casi genial, “Los Reyes no han venido”, de Carlos Manuel Espinoza,
publicado en Vida nueva, la mejor revista de literatura y arte que se ha
hecho en el país, allá, en “el último rincón del mundo”. Y allí también
esa inefable BANCA se Ángel F. Rojas, que debiera ser declarado texto
oficial de bien pensar y bien decir en todas las escuelas.
***
Hernán Rodríguez
Castelo irrumpe, con su conocida entrega y su irrefrenable pasión,
saltando por entre el ensayo –el “microensayo”–, el teatro, la narración
histórica, la crítica musical y plástica, en el terreno no cultivado,
olvidado, abandonado o no emprendido, de la literatura infantil.
Hacerla,
teorizarla, criticarla. Es un didacta de la literatura infantil. No para
formular esquemas, como los retóricos lo hacían y lo hacen, en torno a
cualquier rama del hacer literario: poesía, teatro, novela, cuento… No.
Él no dice “el cuento infantil debe ser de tal extensión o de tal
contenido”, ni menos aún: “los personajes de la literatura deben ser
siempre fantásticos, siempre mágicos, siempre niños”. O cosas así. ÉL no
trata de sostener que los escritores de literatura infantil, en el caso
preciso de Lewis Carrol, el de “Alicia”, es “un precursor del
surrealismo, de las geometrías dimensionales y de la teoría de la
relatividad…” No. Rodríguez Castelo quiere que la literatura infantil
sea para los niños… y también para los hombres. Y por eso admira –
¿quién no?- a Charles Dickens. Y coloca en la suma inaccesible –¿quién
no?- al cisne danés Hans Christian Andersen. El inglés que ha hecho
llorar y reír a los niños y a los hombres con la Canción de Navidad. Y
el danés que ha hecho reír –y a veces llorar también, pero bajito- con
Le vilain petit Canard y Le nouveau costume de l’Empereur…
***
Hernán Rodríguez
Castelo ha realizado ya dos pequeñas obras maestras del relato infantil:
CAPERUCITO AZUL, situada en un pequeño pueblo español, Comillas, en su
época de larga permanencia en España. Pequeñita novela. Cuento largo.
Zumo exprimido de ternura. Fantasía infantil. Su explicación final, su
razón de ser es esta: “Porque todos necesitamos de cuentos para no
morirnos de pena”.
***
La otra es esta
que está ya en la antesala de la editorial que habrá de publicarla y en
mis manos, para gozarla y decir mi gozo en estas palabras que estoy
escribiendo. Se llama: LA HISTORIA DEL FANTASMITA DE LAS GAFAS VERDES.
Huele a campo y
está iluminada con el sol de la “mitad del mundo”. Aquicito no más: en
Angamarca, cerca de Alangasí, a la sombra del Ilaló, el cerrito que
muchas gentes creen que es la tapa de las pailas del infierno, porque
en su torno, a pocas cuadras de distancia entre ellas, surten fuentes de
agua termal con las que forman albercas para baños, las mejores del
país. Y es allí, en las escarpaduras del Ilaló –sin respetar la
majestuosa cruz que lo corona- donde se esconde durante el día y aparece
por las noches saltarían, angélico y diabólico, EL FANTASMITA DE LAS
GAFAS VERDES, la última obra de Hernán Rodríguez Castelo que, calentita
del horno, como el pan de casa, ha puesto en mis manos el autor, antes
de entregarla a las prensas de la editorial.
“Todos los
hombres van por el mundo con su muerte al lado”. El “cuco del Ilaló”, el
fantasmita de las gafas verdes, trae en la voz de Rodríguez Castelo una
lección de “optimismo triste”: “¿Se puede estar triste y alegre a la
vez? ¿Se puede estar muy triste y muy alegre a la vez? Bueno, pues a
veces sí”.
Y es que
“fantasmeando” o viviendo, la vida es así. Amor y vida, amor y muerte.
Y por encima el sol. Y por encima la luna. Y al borde del camino, las
flores y los niños… Y allá lejos –a veces no tan lejos- el crimen y la
guerra. Y allá lejos, –a veces no tan lejos- el amor de la madre, el
amor de la novia, el amor de los hijos…
El fantasmita de
las gafas verdes, el cuco del Ilaló, lloró cuando encontró vacía la casa
del angelito. De allí se había ido la vida. Y la vida se va, con sol y
con luna, con tempestad o con flores. Con maldad y con bondad.
La vida se va,
la muerte nos acompaña. Pero queda, y allí está la esperanza, la promesa
de resurrección. Rodríguez está acompañado por la iluminación de la
esperanza. Y eso, la esperanza, es lo más infantil que puede haber.
Benjamín Carrión
ÍNDICE
-
De las
maneras de fantasmear del fantasmita……
-
De como el
fantasmita aprendió su primera palabra humana………..
-
Primera
lista de palabras humanas que aprendió el fantasmita de las gafas
verdes…..
-
De como el
fantasmita fue llamado “cuco” y aprendió el verbo “amar”………..
-
De como el
fantasmita tuvo que vérselas con un fantasma que robaba borregos…….
-
De como el
fantasmita se encontró con la muerte el día de Viernes Santo………
-
Cómo terminó
el Viernes Santo del curioso fantasmita………………
-
De lo que
descubrió el fantasmita la noche más misteriosa del año……….
-
De como el
fantasmita buscó inútilmente a la sirena y acabó encontrando a otro
personaje……………
-
De una cosa
tremenda que el hombre y el niño enseñaron, sin ellos saberlo, al
fantasmita…..
-
De como el
fantasmita descubrió un testamento………
-
De como
vivió el fantasmita la noche de vísperas de San Juan con el señor
del testamento……..
-
De como el
fantasmita asistió a un partido de fútbol…………
-
De todo lo
que pensó el fantasmita cuando halló vacía la casa del angelito………
-
De como
acabó –o principió- la historia del fantasmita……….
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