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Historia
de Dorado y
Sebastián

Dorado
en la pecera de Sebastián
Dorado
era un pez gordo, bien gordo.
Por
eso, cuando lo quisieron meter en la pecera de Sebastián, no entró.
Así
que lo soltaron en el río.
Dorado
reunió a los peces del río y les contó que por gordo no pudieron meterle
en una pecera.
Entonces
todos los peces resolvieron engordar.Y comían y comían, y se pasaban
descansando panza arriba. Y engordaron y engordaron.
Y
los dueños de peceras decían:
“Muy
gordos. ¡Qué van a entrar en la pecera! Que sigan en el río”.
Pero
unos pescadores dijeron:
“Muy
gordos para las peceras, pero buenos para ser fritos y comidos”.
Y
se pusieron a pescar a los peces gordos.
Dorado
se libró por un pelo de que lo pescaran.
Y,
muy asustado, se puso a dieta, y nada que nada.
Cuando
ya estuvo flaco se puso a nadar muy cerquita de la orilla, para que le
vieran. Y, él que estaba tan ágil, hacía acrobacias y piruetas.
“Miren,
¡qué pez tan lindo! ¡Y qué curvas las que da!” -dijo el papá de
Sebastián señalando a Dorado.
“¿Quieres
ese pescadito para tu pecera?” -preguntó la mamá a Sebastián.
Y
Sebastián dijo: “Sí, sí, quero”
Y
Dorado está muy ufano en la pecera de Sebastián. A salvo de cualquier
peligro y disfrutando de la buena vida.
2
Dorado
vuelve al río
Dorado
parecía contento en la pecera de Sebastián: recibía buena comida y
bastante. (Sebastián, cada que podía, le daba más). Y solo nadaba
alrededor de una piedra que parecía un castillo. Tan descansada vida le hacía
engordar.
Pero
un día comenzó a sentir nostalgia de su río. Allí nadaba río abajo y río
arriba, y hacía excursiones por entre plantas submarinas. Y estaban su
amigotes, con los que podía conversar y pegarse sus largas nadadas... Claro
que había peligros, pero en el río se vivía alertas y escapar del peligro
era emocionante.
Así
que Dorado le dijo a Sebastián:
“Estoy
muy agradecido de como me tratas... Ya ves lo gordo que estoy. Pero siento
nostalgia del río... Allí puedo darme largas nadadas y nadar por sitios
extraños, con plantas que casi no dejan pasar la luz del sol. Y tengo
amigos con los que hacemos excursiones... Por eso quería pedirte que me
llevarás al río”
Sebastián
sintió pena de tener que separarse de Dorado. Pero, como veía que Dorado
estaba triste, le dijo: “Bueno”.
Y
ahora, ¿cómo decirles a su mamá y a su papá que quería llevar a Dorado
al río? Porque Sebastián solo sabía decir muy pocas palabras, y ninguna
de esas servía. (Sabía decir “Goool”, “Coca Coya”, “Papi Nan”,
“Jim Botón”, que era el nombre del perro negro de Papi Nan).
Lo
primero que hizo fue sentarse frente a su pecera. Y no se movía de allí.
“¿Qué
le pasará al Sebastián que se pasa todo el día sentado frente a su
pecera?” -le preguntaba la mamá al papá, preocupada.
“Pues
no sé” -respondía el papá. “Se le ocurren una ideas tan raras. A ver
si logras que te diga algo”.
Así
que la mamá fue a ver si podía hablar con Sebastián.
“¿Qué
te pasa, Sebastián? ¿Quieres algo?” -le preguntó la mamá.
Sebastián
señaló a Dorado, que estaba pegado al vidrio de la pecera con cara triste.
“Sí,
es Dorado... es tuyo... ¿Le pasa algo?” -preguntó la mamá.
Y
Sebastián no sabía cómo decir “río”.
Entonces
le sopló Dorado:
“Río...
río”.
Pero,
¡qué difícil decir la “r”!
Al
fin, después de hacer caras y muecas y sacar la trompita, Sebastián pudo
decir algo parecido a “río”. Volvió a señalar a Dorado y le dijo a su
mamá:
“Mamá...
yío”
Y
añadió una palabra que sí sabía:
“Vamo”.
Y
entonces la mamá entendió: Sebastián quería llevar a Dorado al río. Y
le pegó un grito al papá:
“Papá:
¿Sabes lo que quiere el Sebastián? Quiere llevar a Dorado al río”
Así
que fueron al río los cuatro: papá y mamá, Sebastián y Dorado.
Y
junto al río Sebastián señalaba a Dorado y al río. Y papá y mamá
acabaron de entender: Sebastián quería que Dorado volviese al río.
Pero
Dorado había engordado mucho y no podía salir de la pecera. Inútil que
mamá y papá hicieran esfuerzos. “Está gordo.. No puede salir” -decían.
Y,
de pronto, sin que ellos se dieran cuenta, ¡paf!, un palazo. Y la pecera se
partió.
Sebastián,
con el palo en la mano, se reía y decía:
“Tun”.
Dorado
cayó de cabeza al río. Se zambulló, se diouna vuelta y volvió para sacar
la cabeza del agua.
Sebastián
le hizo con la mano un gesto de despedida y le dijo:
“Chao,
chao, chao”.
Y
Dorado se fue nadando feliz.
FIN
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