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La historia de Nicolás y

su arbolito
Había una vez una
ciudad en la que ya no se podía respirar. El cielo, que antes había sido
azul y claro, ahora estaba gris, siempre cubierto de una neblina sucia.
Los grandes tosían y los pequeños enfermaban del pecho.
Entonces el Alcalde de
esa ciudad resolvió que había que sembrar árboles, muchos árboles,
porque los árboles purifican el aire.
Y el Alcalde y los
señores del Municipio iban por una parte y por otra sembrando árboles.
El Alcalde y los
señores del Municipio llegaron a sembrar árboles en el barrio donde
vivía el pequeño Nicolás.. Y todas las gentes se pusieron en fila para
recibir su arbolito.
El Alcalde y los
señores del Municipio entregaron todos los arbolitos. Menos uno. Este
parecía seco. Con las hojas amarillentas y caídas daba lástima.
Entonces los señores
dijeron:
-Este no sirve. A la
basura.
Pero entonces vieron
que el pequeño niño miraba con pena al pobre arbolito, y le dijeron:
-¿Lo quieres? Si lo
quieres, llévatelo, y hasta lo puedes sembrar.
También le dijeron:
-A lo mejor lo
revives...
Y se reían.
El pequeño Nicolás
cogió su arbolito y se fue a la carrera.
-Mamá: quiero sembrar
este arbolito -le dijo a su mamá-, ¿Me ayudas?
Y, como su mamá era una
buena mamá, dejó lo que estaba haciendo y se fue a sembrar el arbolito
con su pequeño.
Y, después de
sembrarlo, el pequeño Nicolás regó a su arbolito con su diminuta
regadera. Tuvo que hacer dos viajes para que el arbolito, que parecía
muy sediento, se quedase satisfecho.
Esa noche el pequeño
Nicolás fue a ver a su arbolito. Y se puso triste: seguía con las hojas
caídas y estaba como enfermo. Corrió adonde su mamá:
-Mi arbolito está
enfermo... Se va a morir -le dijo a su mamá.
-No -le animó su mamá-:
así mismo es apenas se los siembra. Ya verás como después se pone bien.
-Pero va a tener mucho
frío -le dijo el pequeño.
-No -le tranquilizó su
mamá-: los arbolitos saben defenderse del frío.
Nicolás cuidaba a su
arbolito todos los días. Le sobraba un poco de comida y se la llevaba y
le regaba todas las tardes: dos regaderitas y, si el arbolito, seguía
con sed, hasta tres. Porque era un verano muy fuerte y no llovía. Y le
contaba cosas. Todos los días, cuando regresaba de la escuela, iba a ver
a su arbolito y le contaba cómo le había ido, a qué había jugado, qué
les habían dado de colación (y le daba un poco de colación que le había
sobrado) y qué había aprendido. Y le decía:
-Tú eres mi mejor
amigo. Pero eso solo lo sabemos tú y yo... Y, bueno, un poco mi mamá. Y
nadie sabe que los dos conversamos.
Cuando había viento, el
arbolito le respondía moviendo sus hojas.
Y el arbolito de
Nicolás pronto se puso bien recto y comenzó a crecer y a echar unas
hermosas hojas verdes.
-Me vas a pasar -le
decía Nicolás, al verlo crecer así.
El Alcalde y los
señores del Municipio venían a ver cómo iban los árboles que se habían
sembrado en ese barrio. Y ponían caras largas: los arbolitos estaban
mal. Muchos se habían secado ya; otros no crecían y estaban como
enfermos.
Los señores del
Municipio meneaban sus cabezas y decían:
-Esto fue un fracaso.
No hay ni un árbol que está bien.
-Debe ser este verano
-decían-. Con estos soles y sin una gota de agua. Ya son tres meses que
no llueve.
-Pero nosotros sí les
hemos regado a los arbolitos que sembramos -dijo un señor.
-Nosotros les hemos
regado y puesto abono -dijeron otros.
-Entonces qué pasó
-preguntó el Alcalde, con cara triste.
Y nadie pudo
contestarle.
-¿Y no se ha salvado ni
un solo arbolito? -preguntó el Alcalde.
-Mi arbolito está lindo
-dijo el pequeño Nicolás.
-Y tú, ¿cómo te llamas?
-preguntó el Alcalde.
-Me llamo Nicolás -dijo
el pequeño Nicolás.
-Así que el arbolito
del pequeño Nicolás sí está lindo -dijo el Alcalde-. Vamos a verlo.
Y todos los señores del
Municipio y las gentes del barrio fueron a la casa del niño.
La mamá y el papá de
Nicolás se asustaron un poco al ver llegar a tanta gente. ¡Y el Alcalde
en persona! La mamá se puso nerviosa: no se había arreglado como para
recibir a tan importante visita.
-Vienen a ver a mi
arbolito -dijo Nicolás.
-Pase, señor Alcalde
-dijeron el papá y la mamá de Nicolás-: el arbolito está acá atrás, en
nuestra pequeña huerta.
Y allí estaba el
arbolito. Bello, grande, con muchas hojas verdes.
-¿Es el mismo que te
dimos? -preguntaron los señores del Municipio.
-Sí, ese es mi arbolito
-dijo el niño.
Entonces uno de los
señores se acercó al Alcalde y le dijo al oído:
-Le dimos el arbolito
porque parecía muerto: creo que estaba seco.
-¿Y cómo han hecho para
que esté tan lindo el arbolito? -preguntó el Alcalde a los papás de
Nicolás.
-No sabemos -dijo el
papá-: el que lo cuida es Nicolás.
-A ver tú, Nicolás,
¿cómo has hecho para que tu arbolito esté tan lindo y haya crecido
tanto? -le preguntó al pequeño el Alcalde.
-Es mi amigo -dijo
Nicolás.
-Le sobra comida todos
los días y la lleva a su arbolito -explicó la mamá.
-¿Y él come? -preguntó
sonreído el Alcalde.
-Mi arbolito come de la
tierra. Yo le entierro un poco la comida -le explicó Nicolás.
-¡Ah, qué bueno! -dijo
el Alcalde, sin saber qué más decir.
Y ya se despedía,
cuando la mamá le llamó aparte y le dijo, sin que le oyera Nicolás:
-Y otra cosa, señor
Alcalde: todos los días conversa con el arbolito... Y a las noches va a
despedirse y le acaricia.
El Alcalde se quedó
pensando. Y tomó una decisión.
Al día siguiente los
periódicos decían que el Alcalde estaba enloqueciendo. Había dado la
orden de que todos los que sembraban
árboles conversaran con
ellos y les fueran a dar las buenas noches.
Sembrar un arbolito es
hacer más puro el aire
y un poco mejor el
mundo.
Sembrar y cuidar un
arbolito
es tener un
amigo.
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