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In memoriam
Carlos Joaquín
Córdova
Esta mañana, mientras cuidaba en la huerta a uno de mis limoneros, ha
estado conmigo el recuerdo de Carlos Joaquín Córdova.
¿Cuándo comenzó nuestra amistad? El primer recuerdo que se
me ha venido fue de cuando aún vivía yo en Angamarca, lo cual me lleva a
algo más de treinta años atrás. Habíamos almorzado en la acogedora casa
campesina que yo habitaba. Siempre hablando de libros.(Conversando sobre
Le Carré, cuyas historias de espías a los dos nos fascinaban, me habló
de El topo. A poco de aquello me la obsequió) Y, después del
almuerzo, fuimos al río, donde yo le mostraba los sitios de la historia
del fantasmita de las gafas verdes. Carlos Joaquín era superintendente
de compañías y le hice ver que delas elegantes instalaciones de la sede
social de la Superintendencia desfogaban las aguas servidas al río."En
ese río -le converso- mi hijo pequeño nadaba. En un hermoso vado. Y la
gente lava su ropa, y desaguan sus chochos". Pienso que compartió mi
indignación.
Después los recuerdos son libros. Los que Carlos Joaquín
trabajaba incansablemente y me los hacía llegar. Escritos a máquina.
Aún no llegaban a prestarnos su invalorable ayuda las computadoras.
Algunos de esos libros, como su Un millar de anglicismos
se han publicado; otros esperan aún ver la luz del libro impreso,
como su magnífico Catálogo de la bibliografía ecuatoriana del Ecuador,
que en el original mecanografiado que me entregó lleva la fecha 1974.
Y ese utilísimo trabajo, meticuloso como todos los de Carlos
Joaquín, lleva, también mecanografiado, prólogo mío. No recuerdo cuándo
me lo pidió y cuándo se lo entregué. Pero allí está, como testimonio de
nuestra temprana relación que estrechaba especialmente nuestro amor a la
lengua.
Yo era ya miembro de la Academia Ecuatoriana, y me extrañaba
-por decirlo con palabra débil- que Carlos Joaquín Córdova no lo fuese.
Yo presenté su candidatura en términos que la imponían como obra de
estricta justicia, ya urgente. La Academia Ecuatoriana requería el
aporte de un lexicógrafo de la talla de Carlos Joaquín Córdova. En 1976
la Academia otorga a Un millar de anglicismos el premio
instituido para conmemorar el centenario de su fundación. Pero su
ingreso como miembro correspondiente aún debió esperar hasta los
primeros ochentas.
De correspondiente electo pasó muy pronto a correspondiente
y, hombre de libros y de orden, como era, se hizo cargo de la biblioteca
de la Academia. Persona con tantos méritos y con tanta voluntad de
trabajar en cosas de la lengua, muy pronto ingresó como Miembro de
Número. En 1989. Ocupó la silla que había dejado vacante -por la extraña
desaparición del avión en que viajaba- otro ilustre cuencano, el Dr.
Agustín Cueva Tamariz. Dijo el discurso de recepción monseñor Alberto
Luna Tobar.
Carlos Joaquín Córdova era hombre de ejemplar probidad, en
quien se aliaban admirablemente espíritu justiciero y generosidad. En
esta mañana junto a mis árboles pienso que lo que más estrechó nuestra
relación fue la mutua estima, que él extremó para conmigo por su
generosidad. Me dedicó Un Millar de Anglicismos, el 6 de febrero
de 1992, así: "Con mi renovado aprecio y amistad, dedico este mi libro a
Hernán Rodríguez Castelo, cifra grande y exponente notable de las letras
y la cultura hispanoamericana". Su última muestra de generosidad
quedaría entre él y yo, sin más testimonio que la palabra. Le había yo
dedicado mi libro sobre Pedro Fermín Cevallos, como homenaje al mayor
continuador de la tarea lexicográfica iniciada en nuestra patria por ese
gran ambateño. Estaba seguro de que nadie apreciaría como él el enorme
trabajo que había significado seguir a través de las seis ediciones que
se hicieron en su vida la evolución del Breve catálogo de errores,
que, a su modo, era un seguir la marcha del español en el Ecuador por
más de medio siglo. Carlos Joaquín me llamó a los pocos días por
teléfono. Me dijo algo que por venir de él me pareció el más alto elogio
de mi empeño: "Es el mejor trabajo de lexicografía que se ha hecho en el
Ecuador".
Ese libro mío debía mucho a Carlos Joaquín Córdova. Director
ya de la Academia desde 1998, a él se debían los más ambiciosos y
brillantes proyectos asumidos por la corporación. Uno era una
"Biblioteca de Lingüística Ecuatoriana". Cuando lo propuso en una
sesión, yo lo apoyé calurosamente, y, como para dar impulso al proyecto,
me hice cargo del tomo primero, que estaría dedicado a nuestro primer
director y pionero en esas tareas propias de la Academia, dichas en su
lema como "fija, limpia y da esplendor", que fue Pedro Fermín Cevallos.
Reclamé en una sesión de la Academia y volveré a hacerlo que
la Academia Ecuatoriana publique el Catálogo de la bibliografía
ecuatoriana del Ecuador. Acaso haya que completarlo con títulos
últimos. Será tarea ímproba, como las que le fascinaban a ese
apasionado, infatigable trabajador. Por mostrar la magnitud de esa
rebusca bibliográfica, recuerdo la parte que dedicaba a mi aporte a esa
bibliografía. No estaban allí solo los pocos libros que para ese
entonces había publicado: estaba un registro completo de mis artículos
de la columna periódica "Idioma y estilo". "No constan en este
Catálogo -se ha escrito en nota- todos y cada uno de los artículos
de "Lenguaje y Estilo", sino sólo aquellos que esencialmente tienen
relación con la materia lingüística propiamente dicha". Pero, así y
todo, son, desde agosto de 1966 a diciembre de 1972 591 títulos. Ni yo
había tenido tiempo y paciencia para emprender en ese listado, le dije
a Carlos Joaquín, al tiempo que se lo agradecía.
A Carlos Joaquín Córdova se le ha hecho justicia, y ello me
ha complacido enormemente. Su monumental El habla del Ecuador.
Diccionario de Ecuatorianismos lo publicó en 1995 la Universidad del
Azuay. Y en 2008 lo reeditó la Casa de la Cultura Ecuatoriana -reeditó
es un decir: Carlos Joaquín aprovechaba cada nueva edición de una obra
suya para incrementarla: de las 6.130 entradas de los dos tomos de la
edición cuencana, había pasado a los casi 10.000 de los tres de la
edición quiteña-. Todo el Ecuador saludó la aparición de esa obra como
algo de enorme importancia para el español del Ecuador.
Poco tiempo antes de la dolorosa noticia pregunté a
Christian, el hijo de Carlos Joaquín, por su padre. Me dio a entender
que estaba como cansado de vivir. Lo escuché con tristeza como un
anuncio del fin. Y lo entendí: para ese infatigable obrero de las
palabras de la patria, no poder seguir construyendo su gran obra era,
sin más, haber cumplido la tarea. Al caer de la tarde, cuando el segador
ha atado todas sus gavillas, descansa.
Alangasí, 29 de diciembre de 2011 |