l
La
convocatoria
-Les
he convocado a todos... -dijo el hombre.
-¿Qué
es convocado? -preguntó un sapo pequeñín, que nunca se quedaba sin
preguntar lo que no entendía.
-“Convocar”
es llamar a muchos. Eso quiere decir “con”: en compañía, juntos. Les
he llamado a todos ustedes para escribir juntos el Libro del Ilaló.
-¿Y
qué es el “Libro del Ilaló” ? -preguntó el pequeño sapo preguntón.
Y
muchos de los invitados le
hicieron coro:
-Sí..
Sí, ¿qué es? ¿Qué es eso?
-Bueno,
verán -dijo el hombre-: el libro es este en el que estoy escribiendo. ¿Lo
ven? Muy lindo: con sus tapas grises con vetas verdes y rojas, y su lomo
rojo.
-Sí,
muy lindo -dijo, sin dejar de beber, un colibrí, que siempre se estaba
fijando en la belleza de las cosas. Hasta cuando comía
y bebía: siempre lo hacía en copas muy hermosas.
-Pero
hay algo más -añadió el hombre-: este es un libro hecho a mano, hoja por
hoja. Papel hecho de plantas.
-¿Se
prodrá hacer papel de plantas? -preguntó, escéptico, un sapo gruñón al
que nada de los humanos le merecía confianza. Y preguntó desde unos
arbustos que rodean el claro donde se alza la cruz. No quería acercarse más.
-Sí:
se hace papel de hojas, de cortezas y de muchas plantas: cabuyo, abacá,
eucalipto.
-¿Y
de qué son las hojas de este libro? -dijo una vocesita de entre la hierba,
pensando, talvez, que si era una planta sabrosa podría hasta comerse una
que otra.
-¿Quién
habló? -interrogó el hombre, buscando de dónde había salido esa voz, que
era muy musical.
-Soy
yo, el grillo -dijo el grillo, al que no se le veía muy bien porque era del
color de las hierbas.
-Bueno,
eso vamos a tener que preguntárselo a la señora que lo hizo -dijo el
hombre.
-¿Tú
no lo hiciste? -preguntó el mismo preguntón.
-No.
Yo solo escribo -dijo el hombre.
-Bueno,
¿vamos a comenzar o a seguir con estas charlas? -rezongó un viejo sapo que
parecía tener prisa-, A ver, ¿para qué nos has convocado?
-Antes
de ello creo que todos los asistentes deberían presentarse -dijo el hombre.
2
La presentación
-Soy
el sapo más antiguo del Ilaló -empezó el sapo, que parecía tener prisa-:
tatarabuelo de muchos sapos... Bueno, no muchos. Los que quedan... porque la
vida de los sapos se ha vuelto muy difícil.
-Pero
son aún bastantes -dijo el hombre-, aunque nunca los veo. Cierto día subí
acá muy tarde. Llegué cuando ya empezaba a obscurecer. Y en la cruz me
recibió un concierto de sapos.
-Sí.
Lo recuerdo -dijo el viejo sapo, que era el que guardaba las memorias de
toda la sapería.
-Yo
soy la lagartija que está al mando de toda nuestra comunidad, aunque no
mando nada porque nosotras somos muy independientes y cada una tiene su
pequeño mundo -así comenzó la lagartija.
-Antes
de que siga usted -interumpió el hombre-, quiero hacerle una pregunta.
-Y
yo a usted, mi querido señor, otra. A ver, la suya.
-Subía
un día y por la parte esa de los altos eucaliptos, antes de llegar a la
cuchilla, en el tramo aquel pelado, hallé a una de ustedes. Quieta.
Completamente negra, pero en postura como de detenerse a escuchar algo. ¿Qué
pasó? ¿Quién era?
-Era
una vieja reina -dijo la lagartija-, y estaba así porque le cayó un rayo.
-¡Ah,
los rayos de los Chillos! -exclamó el hombre-. En mi casa de Alangasí...
allá abajo... ¿Lo ven? Cayó un rayo sobre mi viejo ciprés, sobre uno de
sus dos troncos, y lo partió ... como un hacha de luz. Y otro rayó creo
que me cayó a mí... Me salvó otro de mis viejos árboles: un aguacate
enorme y bondadoso. Y ahora, a ver su pregunta.
-Hace
ya bastantes lunas, cierta tarde, usted y yo nos encontramos, nos quedamos
viendo y comenzamos algo como lo que ustedes llaman “amistad”. Usted subía
con una jovencita. Y le dijo que iba a escribir un cuento, y que se iba a
llamar “Señorita Lagartija”. ¿Qué fue del cuento? ¿Yo era la Señorita
Lagartija?
-Esas
son dos preguntas -se rió el hombre.
-También
usted hizo dos -le recordó la lagartija- y respondí a las dos.
-Así
es. Bueno: respondo. Sí, usted es la Señorita Lagartija. Y la otra
respuesta... ¿Qué pasó con el cuento? No se ha terminado... Prometo
terminarlo. Pero usted va a tener que ayudarme. ¿Sí? Y ahora sigamos con
las presentaciones.
Pero
entonces apareció el aguilucho volando raudo por el cielo azul. Se detuvo
brevemente con sus dos alas temblando por el fuerte viento, y clavó su
pupila en el grupo reunido al pie de la cruz.
-Eres
muy lindo -le dijo el hombre-: con tu espalda café tostado y tu pecho
blanco. Te pareces al más lindo de mis gatos.
-No
sé si ese sea un elogio -rezongó allá en lo alto el rapaz-; pero, si lo
es, gracias.
-Lo
es -dijo el hombre-. Eres muy lindo. ¡Y cómo vuelas! Y, como te he visto
volando por el Ilaló algunas tardes, puedes participar en esta reunión.
-¿Quienes
están reunidos y para qué? -preguntó al aguilucho.
-Son
los habitantes de esta pequeña montaña. Sobre todo de su parte alta.
-Pero
yo no soy habitante del Ilaló -dijo el aguilucho-. Mi casa es todo esto: de
un solo vuelo estoy sobre el Pasochoa y sigo hasta el Cotopaxi. Y me paso
para el Sincholagua. Y de un giro tuerzo para la parte del Antisana. Me
gusta volar y volar.
-Ya
lo sé -dijo el hombre-. ¡Y qué rápido y bello vuelas! Sin mover una
pluma.
-Es
que por acá arriba hay unas hermosas corrientes de viento y desde pequeño
las conozco todas.
-Pero
te gusta darte tus vueltas por sobre el Ilaló.
-Sí...
cuando no hay hombres ruidosos. Esos que vienen dando gritos. Con esas cajas
negras que suenan horriblemente. Cuando estás tú me doy mis vueltas. Tú
eres, como nosotros, los animales, silencioso.
-No
hace falta que bajes. Desde allá arriba puedes participar en la reunión.
-¿Y
de qué se trata? -preguntó, curioso, el aguilucho.
-Eso
lo vas a saber pronto. Por el momento estamos en las presentaciones. Y tú
ya estás más que presentado.
-Yo
soy la mariposa -se presentó entonces una inquieta y bella criatura, que no
se estaba quieta nunca.
-Volvoreta..
-dijo para sí el hombre.
-¿Qué?
-dijo con un chillidito la mariposa.
-Volvoreta
... -así se te dice en una lengua muy dulce que hablan en España, al
norte. Un escritor escribió de una prima tuya “Volvoreta de aliñas
douradas”. Pero sigue.
-Yo
no subo mucho hasta la cruz, ni mis hermanas y primas, por estos vientos.
Están bien para el águila y el curiquingue. A nosotras nos doblan las
alas... Ahora mismo, he esperado que se calme un poco el viento, y he
llegado en representación de mis muchas hermanas y primas.
-Bienvenida
-le acogió el hombre-; y si te acercas acá, te cubriremos de este viento
tremendo.
-Conmigo
hay un problema -dijo la araña-, y es que somos familias y familias, todas
con rasgos particulares...
-Pero
tú conoces a todas las familias de arañas del Ilaló, ¿no es así?
-Así
es -dijo la araña.
-Bueno.
Eso basta. Y, cuando tengas que intervenir, puedes hacer consultas a tus
hermanas...
-Mejor,
primas...
-Sí,
primas, de otras familias.
-Bueno
-dijo el hombre-, ahora que ya parece que todos se han presentado,
podemos...
Y
entonces un sapo joven e inquieto hizo sonar sus cascabeles de plata y el
hombre, al volverse, vio al nuevo personaje.
-Sí,
falto yo -dijo-; soy el grillo.
Y
de un salto se puso ante el hombre, en el centro de la reunión.
Era
bello: el cuerpo con unas caprichosas franjas ocres y cafeces, y las largas
patas de color tierra.
-Perdón,
no le había visto -dijo el hombre.
-Es
que estoy con mi vestido de verano -explicó el grillo-. Ha sido un verano
largo y seco... Y toda mi familia se ha vestido con estos trajes de color de
tierra seca. No nos gusta mucho ser vistos. Es peligroso.
-Me
gusta -dijo el hombre-, aunque más me gusta el vestido verde.
Se
quedó pensando un rato y dijo mirando al grillo:
-Inválido
desde siempre
deambula por el campo
con sus muletas verdes
Desde las cinco
el chorro de la estrella
llena el pequeño cántaro del grillo.
Trabajador, con las antenas hace
cada día su pesca
en los ríos del aire.
Por la noche, misántropo,
cuelga en su casa de hierbas
la lucesita de su canto.
¡Hoja enrrollada y viva,
la música del mundo
conserva dentro escrita!
-Eso
es muy hermoso -dijo el grillo, que se había puesto un poco menos café.
Era su manera de ruborizarse-. ¿Es suyo?
-No
-dijo el hombre-.Lo escribió un gran poeta.
-¿Qué
es poeta? -preguntó el inquieto sapo joven.
-Un
humano que puede decir de una forma muy bella, casi mágica, lo más bello y
profundo del mundo.
-¿Tú
eres poeta? -preguntó al hombre el inquieto sapo joven.
-Bueno,
creo que cuando digo lo que ustedes me dicen o cuando digo lo que ustedes
son.
-Y
ese señor poeta, ¿no habrá dicho algo de nosotras? -dijo la mariposa, que
se había puesto un poco celosa del grillo.
Y
puso al hombre en apuros.
Lo
sacó del compromiso un nuevo personaje, que se acercó al grupo saltando de
rama en rama, bastante curioso
de
lo que estaba pasando. Era todo él negro, con solo el pico y las largas
patas naranjas, y unos ojos muy redondos, amarillos.
-Y
ustedes, ¿qué hacen? -preguntó de un chillido.
-Estamos
convocados -se apresuró a explicar el inquieto sapo joven,
-¿Tú
vives por el Ilaló? -interrogó el hombre al negro zanquilargo. Porque, si
es así, estás también convocado.
-¿Qué
es “convocado”? -preguntó el señor de negro, curioso.
-Somos
los que hemos sido llamados para reunirnos.
-¿Para
hacer qué? -chilló el de negro.
-El
hombre nos ha dicho que vamos a escribir el libro del Ilaló -dijeron varias
voces.
-¿Y
eso cómo se hace? -dijo el de negro acercándose algo más de un vuelo
rasante.
-Eso
ya les voy a explicar -dijo el hombre, y añadió:- y como veo que usted
frecuenta esta cumbre, está convocado.
Y
así fue como el nuevo personaje fue invitado a completar el grupo de
convocados.
-Y
ahora estábamos terminando las presentaciones. Así que puede usted
presentarse -invitó el hombre al inquieto recién llegado.
-A
mí me gusta mucho esta cumbre -dijo el de negro-, y por ello me subo a
estar saltando de rama en rama por esos arbustos que la rodean. Pero mis
primos prefieren la parte baja del valle. Les fascinan los grandes árboles
de aguacate, llenos de frutos redonditos y negros...
-Me
consta -dijo el hombre-: del gran aguacate de mi huerta caen los aguacatitos
regros, a medio comer... Yo los pongo a madurar y, ya maduros, me como la
otra mitad. Esa mitad que tus primos se devoran en el árbol es el pago por
bajarme los frutos de esas ramas altísimas.
Se
quedó el hombre recordando, y dijo:
-Y
yo sé algo más de ustedes... Había uno grande que venía a las tardes a
darme un concierto. Silbaba bellísimo. con un silbido largo... Pero, ¡qué
manera de comerse las manzanas y duraznos de mi huerto! Sin dejarlos ni
madurar del todo. Un día me molesté, me agaché, tomé una piedra y se la
lancé al voraz cantor. El dio un chillido de resentimiento y nunca más
volvió, ni a comerse mis frutas ni a darme el concierto de la tarde. ¡Cómo
me arrepentí de haberle lanzado esa piedra! Aunque no era para golpearle,
sino para asustarle un poco. Si tú sabes quién era ese maravilloso cantor,
te ruego que le pidas que perdone mi torpeza. ¡Somos tan torpes alguna
veces lo humanos!
-Pero,
bueno -terminó el hombre-: con esto creo que estás más que presentado.
3
Las historias
-Y
ahora sí les voy a decir de qué se trata -dijo el hombre.
-Ya
era horita -dijo el inquieto sapo joven, y no dijo más porque el sapo más
antiguo del Ilaló alzó una ceja y le dirigió una mirada de esas que no
auguran nada bueno.
-Se
trata de que cada uno de ustedes cuente una historia del Ilaló.
Y,
como después de estas palabras se hiciera un gran silencio, el hombre creyó
necesario explicar un poco:
-Una
historia... algo que le ha pasado a uno de ustedes o de su familia, algo que
hayan escuchado en sus reuniones familiares, algo que se haya trasmitido
entre ustedes desde tiempos antiguos.
Y
ahora sí como que la cosa quedó clara. Se lo vio en los movimientos
afirmativos que hacían unos de los convocados y en como brillaban los ojos
de otros.
-A
ver, ¿quién comienza? -invitó el hombre.
4
La historia de la mariposa:
La princesa de las mariposas
-Nosotras
solo sabemos historias de amor -dijo la mariposa y se ruborizó un poco.
-¡Qué
bueno! -saltó el sapo joven e inquieto, que estaba en plena edad romántica.
Y no siguió porque el viejo sapo más antiguo del Ilaló le dirigió otra
de sus graves miradas.
-Pues
estupendo -dijo el hombre, y todos los del grupo se acomodaron para escuchar
una historia de amor.
La
mariposa, toda ella luciente de coquetería, comenzó.
-Hace
muchos, muchos años, vivía en las faldas del Ilaló una joven muy hermosa.
Morena, de ojos rasgados, negros como esas pequeñas piedras que se hallan
por el ilaló...
-Obsidianas
-precisó el hombre.
-Tan
bella como esa muchachita con la que te encontraste cuando subías para acá
-le dijo la mariposa, maliciosa, al hombre, a
quien le tocó ahora el turno de sonrojarse un poco.
-Esta
joven era tan bella que nosotras, las mariposas, la llamábamos princesa. Y,
como le gustaba que nos acercáramos y nos acariciaba y nos cantaba unas
canciones muy dulces, le decíamos la princesa de las mariposas.
En
Alangasí, frente al Ilaló, vivía un joven muy guapo. Y gran corredor de
carreras. Y él, un día que iba con un mensaje desde las tierras de las
gentes de Alangasí a las del Quinche, vio a la princesa de las mariposas y
se enamoró.
Pero
ella había dicho que solo le correspondería a quien le regalase un espejo
de esa piedra negra brillante. De obsidiana. Porque la princesa era un poco
vanidosa y le gustaba contemplarse aunque fuera en el agua de la acequia que
corría por delante de su casa y en el patio se remansaba en una cochita.
El
joven se fue para el lado del Antisana a buscar un gran trozo de obsidiana
como para tallar el espejo. Y lo trajo. Y comenzó a darle forma y a
pulirla... pero la piedra se le rompía como cristal. El no tenía la técnica
y los instrumentos que tenían gentes del norte. Y tampoco era rico como
para comprar un espejo de obsidiana.
Fracasó
muchas veces en hacer el espejo, y, cuando estaba ya desesperado, un anciano
sabio que vivía por el Ilaló le dijo:
-Ya
sé que estás desesperado por hacer un espejo de obsidiana. Y sé para qué
lo quieres.
-¿Usted
puede ayudarme a hacerlo?
-No.
Eso es muy pero muy difícil. Pero puedo ayudarte de otra manera: va a haber
una carrera de los mejores chasquis. Por la fiesta del Inti, el Taita que
nos da vida. Y el premio es un espejo de obsidiana. Cada cacique o señor de
tierras enviará un chasqui a la parte alta, allá donde están los templos.
La carrera será desde los montes
del Sol, allá donde pasa la línea en la que no hay sombra, hasta el templo
del Yavirac.
-Pero
en Alangasí hay otro chasqui, que es el más veloz, y será el que irá a
correr.
El
sabio anciano meneó la cabeza y no dijo más.
Y
entonces una de mis antiguas abuelitas, a la que el joven de Alangasí le
parecía el compañero ideal para la princesa de las mariposas, se le acercó
cuando dormía y le dijo: pide que te pongan en segundo lugar, para ir a
correr si el principal no puede. Basta con eso.
Y
así lo hizo el joven. Quedó en segundo lugar por si el chasqui mayor de
Alangasí no podía ir a la carrera.
Cuando
llegó el día de la carrera, algo raro pasó con el chasqui mayor de
Alangasí. Decía que no podía ver bien, que tenía en los ojos uno como
polvillo dorado.
Así
que el joven chasqui tuvo que ocupar su lugar a la salida, allá en los
montes del Sol.
Se
dio la partida, y él se disparó a correr con la mayor velocidad que pudo.
Cuando el sol pegaba muy fuerte tomaba un sorbo de una pequeña calabaza que
llevaba colgada del cuello. Era una bebida que le había preparado el
anciano sabio del Ilaló. Y le refrescaba y le daba nuevas fuerzas.
Eran
muchos los chasquis que concursaban. Los mejores de todas las tierras del
centro y del norte del Reino. Y corrían a gran velocidad. Iban ya por la
llanura de Iñaquito, acercándose a la entrada de la ciudad de los templos.
Cuando
subían hacia el templo de la Luna, uno de los mejores chasquis del Reino
pareció que iba a ganarle al joven chasqui de Alangasí...
Pero
entonces una mariposa dorada se pegó a un ojo del gran chasqui aquel, y él,
por apartarla, perdió tiempo. Muy poco, como el aleteo de una de nosotras.
Pero bastó para que el joven chasqui, que bajaba desde el templo de la Luna
disparado por la larga calle estrecha cruzase la ciudad y con ese mismo
vuelo subiese al Yavirac y cruzase la meta.
¡Cuántos
gritos y aclamaciones! Y algo que todos decían que nunca se había visto:
una nube de mariposas doradas rodeando al ganador.
El
joven chasqui recibió el premio: un hermoso espejo de obsidiana, de un
negro bellísimo con unas vetas violetas. Redondo y el más grande que se
hubiera visto.
Y
buscó a la princesa de las mariposas.
Pero
ella estaba por otro lado. Allí unas matronas habían reunido a las jóvenes
más bellas del Reino para elegir a la Princesa del Sol.
Y
allí estaba la princesa de las mariposas. Y era la más bella de todas.
Podría ser elegida, pero había un problema: era que para ser elegida la
joven tenía que llevar una diadema. Y la princesa de las mariposas no tenía...
Pasaron
ante los jueces las jóvenes con sus hermosos vestidos y sus diademas. De
plata, de madera dorada con flores... Y los jueces no sabían a cuál
elegir.
-¿Ya
no hay más? -preguntaron.
-Sí.
Aquí está otra joven -dijeron las matronas.
Y
entonces apareció la princesa de las mariposas... con una bellísima
diadema... ¡de mariposas! De mariposas doradas que brillaban al sol de ese
mediodía luminoso.
-Es
sin duda la más bella -dijeron los jueces, y la eligieron.
Y,
cuando iban a coronarla, ella dijo que no. Que prefería seguir con su
diadema, que era más preciosa que el oro.
Entonces
el joven chasqui de Alangasí, venciendo su vergüenza, se adelantó de
donde estaban los triunfadores de los concursos y fue adonde la princesa de
las mariposas, que era ahora Princesa del Sol, y le entregó su espejo de
obsidiana. Y ella le sonrió, feliz. El la tomó de la mano y los dos fueron
a los pies del anciano Shiri y le dijeron:
-Queremos
casarnos para servirte y que nuestros hijos te sirvan.
-¿De
dónde son ustedes, queridos jóvenes?
-De
Alangasí, allá, al pie del Ilaló, en el Valle grande.
-Bien.
Que se casen. Y a su primogénito le designo desde ahora Cacique de
Alangasí.
Las
gentes de Alangasí que habían subido a los templos de Quito por la fiesta
del Sol dieron gritos de alegría.
Y
todos bajaron al Valle rodeando
a la feliz pareja y cantando y bailando como todavía se baila en las
fiestas de Angamarca y Alangasí: en dos columnas que se cruzan y descruzan
y vuelven a cruzarse como si fueran dos culebras, como si estuvieran
tejiendo una trenza.
El
joven chasqui de Alangasí y la princesa de las mariposas del Ilaló se
casaron. Y su primer hijo fue varón, y fue cacique de Alangasí. Muchos años
más tarde fue uno de los caciques a quienes más honró el Inca quiteño,
el gran Atahualpa.
Y
cuando llegó a Alangasí la noticia de que habían matado a Atahualpa, el
cacique de Alangasí se echó de bruces al suelo llorando y se estuvo así
tres días con sus noches, y después escribió un poema que hasta hoy se
declama por estas tierras. Se llama Elegía
a la muerte de Atahualpa.
-¿Qué
es “elegía”? -preguntó el sapo joven, que nunca se quedaba sin
preguntar lo que no sabía.
-”Elegía”
-le dijo el hombre- es un poema que se lamenta por algo, una muerte o una
tragedia. Es como un lamento en verso.
-¿Y
cómo es esa elegía? -preguntó el sapo joven.
La
mariposa que contó el cuento no lo sabía. Pero el hombre sí se la sabía,
y comenzó así:
-Bueno,
la elegía, como es natural, está escrita en quichua. ¿Quiénes de ustedes
saben quichua?
Y
resultó que solo sabían los más viejos, el sapo, la señora lagartija, la
más sabia de las arañas.
-Bueno
-dijo el hombre, y comenzó:
Jatum
pacaipi
Huañui
huacaihuan
Huacacurcami;
Urpi
huahuapas
Janac
yurapi
-No
entiendo nada -protestó el sapo joven.
Y
todos los otros animalitos jóvenes le hicieron coro:
-No
entendemos nada.
Entonces
el hombre dijo:
-En
español es así:
En
el guabo grande
el
cárabo viejo
con
llanto de sangre
lamentando
está.
Y
arriba en otro árbol
la
tórtola tierna
con
pesar intenso
sus
gemidos da.
Como
niebla espesa
vinieron
los blancos
y
de oro sedientos
llenáronse
aquí.
Al
gran padre Inca
falsos
apresaron,
y
ya vencido
crueles
lo mataron.
Con
negras entrañas,
corazón
de puma,
como
a corderillo
¡Ay!
le destrozaron.
Granizo
cayó
el
rayo estallaba
el
sol se ocultó
todo
quedó obscuro.
Los
sabios temblando
por
tanta maldad
vivos
se enterraron
muertos
de pesar.
¡Cómo
no sentir!
¡Cómo
no llorar!
Si
esta mi patria
es
de extraños ya.
Juntémonos
todos,
hermanos,
y vamos
la
tierra sangrienta
de
llanto a regar.
Y
tú, Inca, padre amado,
que
en lo alto habitáis,
nuestra
amarga pena
dígnate
mirar.
Viendo tantos males
¿no
me he de morir?
¡Cómo
el corazón
puede
aún vivir!
Acabó
el hombre y se hizo un gran silencio. Tan triste como cuando el cacique de
Alangasí escribió su elegía.
5
La historia de la señora lagartija.
Entonces
fue cuando vino del Oriente, por
sobre la cordillera que está por el lado por el que se asoma el Antisana,
una enorme nube de ceniza.El volcán Reventador había erupcionado y
arrojado toda esa masa obscura muy alto. De allí el viento la trajo y cayó
sobre Alangasí, sobre el Ilaló y hasta sobre Quito. Y los amigos
convocados no pudieron subir a la cruz para seguir con sus cuentos. Cada uno
se metió en su cueva o madriguera, y el hombre tapó bien las ventanas de
la suya para que no se le metiera la ceniza. El Ilaló quedó todo él
ceniciento.
Pero
vinieron unas lluvias y limpiaron el monte y los amigos pudieron volver a
reunirse.
Y
habló la lagartija:
-Esta
ceniza y las masas hirvientes de lava que salen del Reventador me han hecho
recordar historias que nos han contado nuestras hermanas más antiguas y a
ellas sus abuelas y a ellas sus abuelas y así.
Eran
unos días en que el Ilaló era más grande y bravo. El ilaló era el que
arrojaba piedras encendidas y lava hirviente.
Y
al frente estaba la hembra, la Cotopaxi.
Y
la Cotopaxi quería casarse con el Ilaló. Y le decía: “Si te casas
conmigo te he de dar pañuelo blanco”
Pero
el Ilaló le respondía: “No porque mis hijos se van a helar”
Y
la Cotopaxi le mandaba saludos de fuego con ruegos que sonaban como truenos,
pero el Ilaló que no y que no.
Y
esa es la historia, terminó la lagartija.
6
El sapo joven prepara su historia
Otro
día subió el hombre al Ilaló solo. Ya bien tarde. Cuando llegó a la cruz
ya el sol empezaba a caer por el occidente, sobre un colchón de nubes.
Estaba
el hombre solo disfrutando del silencio del monte hecho de unos sonidos
ligerísimos, cuando escuchó la pequeña voz.
Al
comienzo se quedó sin saber si era en verdad una voz aquella, pero pronto
la reconoció: era el sapo joven.
-Ven,
asómate -le dijo el hombre.
Y
el sapo joven, de unos cuatro ágiles saltos estuvo a su lado.
-¿Y
tú, qué haces por aquí?
-Te
vi que subías y vine a verte -dijo el sapo joven.
-Me
alegra mucho que hayas venido -le dijo el hombre.
-Quería
hablar contigo -dijo el sapo joven.
-Dime
lo que quieras -dijo el hombre.
-Quería
preguntarte si mi historia podría ser la de un pequeño sapo que se hace
muy amigo de un hombre y llegan a quererse mucho -dijo el sapo joven.
-Me
parece una hermosa historia -dijo el hombre, y añadió:-
Y que yo sepa nunca ha sido contada.
-¿Y
no importa que la historia sea verdad? -preguntó, tímido, el sapo joven.
-No.
No importa. Hay territorios en que los cuentos e historias y la realidad se
confunden. Allí pasan cosas lindas.
-Entonces
ese será el cuento que yo contaré -dijo el sapo joven, y de un salto se
trepó a la falda del hombre y se quedó quietecito.
El
hombre le acarició su lomo verde amarillento y le dijo:
-¡Qué
hermosa historia es tu cuento, pequeño amigo mío!
7
El cuento de la señora araña
En
la siguiente reunión habló la señora araña, y dijo:
-He
conversado con mis primas de varios de estos lados. De Angamarca, de
Alangasí,
del Tingo, de Guagopolo, de la parte que da a Tumbaco y a la Merced, y la
historia más interesante que se cuenta entre nosotras es la de la puerta
del Ilaló.
-Pero,
¿el Ilaló tiene puerta? -preguntó intrigado el hombre, que creía conocer
bien el monte.
-Sí.
O, por lo menos, tuvo. Esa es
la historia -respondió la araña.
Y
contó el cuento.
-Era
en los tiempos antiguos. El Ilaló tenía una puerta. Por el lado de la
Toglla. Que daba a donde estaba lo más caliente del monte. Y la puerta la
guardaban dos perros muy bravos, que se llamaban Culantro y Perejil.
Cuando
el Inca Atahualpa fue capturado por los españoles en Cajamarca, se supo que
les iba a dar mucho oro para que le dejasen libre. Y por todos estos lados
se comenzó a recoger todo lo que había de oro. Y se veía pasar filas de
cargadores con grandes bultos de cosas de oro. Se iban por allá, por el
lado del Cotopaxi.
Pero
un día llegó la noticia tremenda: “Han matado a Taita Atahualpa”.
Y
todos lloraban y se rasgaban los vestidos.Todo el valle fue un solo lamento.
Después
de semanas llegó uno de los generales de Atahualpa, llamado Rumiñahui. Iba
hacia Quito y con él venían muchos hombres con cargamentos de oro.
Entonces
habló con el cacique de Alangasí y los otros caciques de por el Ilaló, y
ellos le contaron de la puerta y la olla del monte.
Rumiñahui
tomó casi la mitad de los que llevaban el oro y se fue por el Tingo hacia
Guagopolo.
Al
llegar a la puerta del Ilaló solo entraron Rumiñahui y sus hombres con las
cargas de oro. Y salieron sin nada.
Después
se fue con el resto del oro hacia Quito, por Puengasí.
Más
tarde supimos que el gran general había desaparecido con el resto del oro.
Para que no cayese en manos de los invasores. Pero antes había destruido
Quito y quemado todas las casas.
Llegaron
los españoles y ocuparon las mejores tierras del valle. Y cierto día
comenzaron a merodear por el lado de Guagopolo y se metían hacia el Ilaló.
Buscando el oro.
Entonces
las gentes de allí hicieron unas trampas. El que se metía por allí se
quedaba amarrado por un lazo. Eso quiere decir “tuglla”: trampa. Antes
de soltarlo lo azotaban, diciendo:
-¿Qué
vienes a buscar acá, shugua?
Y
los españoles y mestizos cogieron miedo y nadie se metía ya por allá, por
el lado de la puerta del Ilaló.
Y
desde entonces ese barrio se llama la Toglla.
8
El cuento del aguilucho
Era
una mañana que parecía de verano (y era febrero, que ya es un mes de
invierno). El cielo azul, y nubes solo por encima de la cordillera oriental,
y que tapaban también las nieves del Cotopaxi. Y en la cruz del Ilaló
soplaba un viento muy fuerte. El sol del mediodía brillaba en lo alto. El
hombre y sus amigos de las historias disfrutaban del sol, aunque las pobres
mariposas no se podían estar tranquilas: el viento jugueteaba con ellas.
El
aguilucho estaba quieto muy arriba del cielo. Desde allí vio la reunión y
se aprovechó de una ráfaga de viento para acercarse.
Suspendido
en el aire parecía un equilibrista. Desde allí contó su historia.
Pero,
antes de que comenzara, el hombre se lo quedó viendo. Y el aguilucho, al
darse cuenta, también le clavó los ojos, como preguntándole por qué lo
miraba así. Y el hombre se rió y le dijo:
-Al
verte así da miedo... Yo una vez estaba acostado inmóvil al pie de la cruz
y tú llegaste de lejos y comenzaste a acercarte y te quedaste así inmóvil
encima de mí... Y yo empecé a tener miedo y me moví... Entonces aún no
eras mi amigo.
-Bueno
-le dijo el aguilucho-: nosotros somos cazadores y por eso nuestros picos y
garras... Pero no atacamos al hombre si él no amenaza a nuestras crías o
nidos.
Y
comenzó su historia.
-Nosotros
lo vemos todo y sabemos todo lo que ha pasado en el Ilaló y el valle. Y las
cosas más interesantes las cuentan los más ancianos a los jóvenes que
quieren oírlas. Y a mí me gustan mucho esas historias.
Voy
a contar la historia de un lugar al que las gentes del Ilaló y de Alangasí
llaman “Calleguaico”.
Queda
allá -dijo señalando con el pico-: a la salida de Alangasí, yendo para La
Merced. Es esa quebrada grande, por la que corre un río. Desde aquí se la
ve, toda tapada por bosque que baja por las orillas del pequeño río.
Eran
días en que la nieve que cubría los montes hasta bien abajo se estaba
derritiendo y por todos lados había agua. Se oía correr el agua. Y había
pantanos. Huyendo del frío y del agua llegó a Calleguaico una familia de
mastodontes. Eran unos animales muy grandes, con unas patas gruesas y
fuertes y una enorme cabeza. Tenían una trompa musculosa y flexible, con la
que podían arrancar hasta árboles pequeños. Sus colmillos superiores eran
largo y curvos. Y eran muy lanudos.
Allí
estaban comiendo unas hierbas muy altas que había entonces.
Ellos
creían que nadie los veía.
Pero,
por entre los matorrales, unos ojos acechaban.
Eran
unos hombres de altura mediana. La cara ancha, redondeada. La frente
estrecha. Una nariz ancha. La cabeza alargada. La parte de sobre los ojos
salida hacia delante; la frente inclinada hacia atrás. Y con fuerte
musculatura.
Esos
hombres eran cazadores. Se pasaban días haciendo unas puntas filudas de
obsidiana y las amarraban a unos palos largos, y tenían así sus lanzas.
Pero con esas lanzas solo podían cazar animales pequeños. A los
mastodontes solo los acechaban, esperando que pasara algo.
Los
cazadores eran varios hombres y un hombrecito pequeño, un cachorro de
hombre.
El
pequeño también tenía su lanza, y estaba orgulloso de que le hubieran
permitido ir con los cazadores grandes a seguir a esos mastodontes.
Lo
que más le interesaba al cachorro de hombre era el cachorro de mastodonte.
¿Qué tal si él pudiera hacerse amigo del mastodonte pequeño? Iría por
todas partes con él y todos se asustarían. Pero él les diría: “No se
asusten, que es mi amigo”.
El
mastodonte pequeño era travieso y se alejó jugando de donde estaban sus
padres. Se subió a una pequeña loma. Y el pequeño hombrecito se fue también
para allá.
Se
acercó mucho al pequeño mastodonte, pero no se atrevía a dejarse ver. El
mastodonte niño era muy grande y podía aplastarlo. ¿Cómo decirle que era
su amigo?
Entonces
comenzó a llover. Parecía que se venía encima el cielo. Masas de agua.
El
pequeño mastodonte se metió para una cueva. Y el niño le siguió.
Los
mastodontes papás estaban mucho más abajo, cerca del río, en otra cueva.
En una cueva muy grande.
De
pronto llegó por el río una enorme masa de agua, arrastrando piedras y
troncos. Y el techo de la cueva donde se habían refugiado los mastodontes
se derrumbó sepultándolos.
Los
hombres que habían estado acechándolos quisieron escapar de la torrentada
y los derrumbes, pero no pudieron. Tres quedaron tapados por masas de lodo
de la loma que había caído sobre los mastodontes. Otros fueron arrastrados
por las aguas enfurecidas.
El
niño se había subido a una loma más alta. Desde allí le gritaba al pequeño
mastondonte:
-Sal
de de la cueva... puede caerte encima y aplastarte. ¡Ven para acá arriba!
El
pequeño mastodonte parecía no oírle. Estaba aterrorizado y daba largos
gemidos.
Entonces
el niño bajó y fue a ver si podía hacer que su amigo, el pequeño
mastodonte, saliese de la cueva.
Le
gritaba:
-¡Sal!
... ¡Sal!... Estás en peligro.
Pero
el pequeño mastodonte, nada.
El
niño empuñó su pequeña lanza, bajó y se acercó para empujar con ella
al pequeño mastodonte.
Y
ese fue el momento terrible: una enorme masa de lodo y piedras cayó sobre
la cueva y sobre el mastodonte y sobre el niño, y los sepultó.
Esto
pasó hace miles y miles de lunas -dijo el aguilucho.
-Sí
-le apoyó el hombre-: hace nueve mil o más años, que son muchos miles de
lunas.
-Pero
la historia no acaba aquí -siguió el aguilucho.
Pasaron
muchas muchas lunas. Junto a Calleguaico creció un pueblo. Y un día
llegaron al pueblo unos gringos en un carro. Se encontraron con unos
jovencitos del pueblo y se fueron para Calleguaico. Llegaron justo al sitio
donde quedaron enterrados los mastodontes. Lo examinaron todo y después se
fueron. Pero solo para volver. Volvieron con más gente y comenzaron a
cavar. Cavaron y cavaron días y días y fue apareciendo el esqueleto de un
mastodonte. Ellos no sabían que cerca estaba el otro, la compañera.
Sacaron
el esqueleto completito y se lo llevaron. Algunos en el pueblo dijeron que
no debían llevarse el mastodonte, que él había vivido allí, en Alangasí.
Pero la mayor parte dijeron: “Tonterías, unos huesos no más son”, y se
contentaron con algunos regalos que les hizo el gringo de los huesos.
Así
que el esqueleto del mastodonte fue llevado a Quito y en la Universidad, allí
entre la iglesia de la Compañía y el parque de la Independencia, en el
museo que estaba en el segundo piso, lo armaron.
Pero
los espíritus de Alangasí, sobre todo el duende que sabía andar por
Calleguaico, no estaban muy contentos con ese robo, Y cierta noche, cuando
unos indios hacían una fiesta frente a la iglesia del Sagrario, con banda
de pueblo, chicha y fuegos artificiales, un volador salió disparado y se
metió por un vidrio roto del museo y comenzó un gran incendio.
Allí
se quemó el esqueleto del mastodonte de Alangasí.
Después
vinieron otros sabios a Calleguaico y sacaron los cráneos de los hombres
que quedaron enterrados cerca de los dos mastodontes. Y hallaron también
algunas cosas que esos hombres tenían: las puntas de sus lanzas, unos
pedazos de sus ollas.
Pero
hay enterrado, me dijo mi abuelo, mucho más.
Aunque,
después de la gran inundación y derrumbes, esos hombres y mujeres antiguos
se pasaron al pie del Ilaló, un poco alto para que no los arrastrasen las
crecidas del río que le rodea al monte.
-Sí
-dijo el hombre-: allí yo he hallado muchas cosas que pertencieron a esas
gentes antiguas: puntas de flecha, raspadores, unos como cuchillitos, todo
de obsidiana.
Todos
los animales admiraron la sabiduría de las águilas, que lo vigilan todo
desde lo alto.
Y
el hombre dijo:
-Todo
lo que ha contado nuestro amigo aguilucho es la pura verdad. El gringo aquel
que desenterró el esqueleto del mastodonte se llamaba Franz Spillmann. Y
escribió un artículo, que se publicó en su lengua y en su tierra, que se
titulaba “El último mastodonte de Sudamérica”.
9
La historia del pájaro negro
Varios
días de esos finales de marzo llovió por el Ilaló y sus contornos. (Lo
cual fue bueno para los choclos que se iban a comer en Semana Santa). Pero
después hubo otros días de sol y viento y los amigos volvieron a reunirse
para escuachar otra historia, la penúltima, la que le tocaba contar al señor
zanquilargo de plumaje negro, larga cola, ojos amarillos y pico y patas
anaranjadas.
Pero,
antes de que comenzase, el hombre se volvió al grillo y le dijo:
-Siempre
que subo, en las primeras cuestas, las de caminitos de tierra volcánica,
hay un primo tuyo que me hace fiestas. Pega unos saltos altísimos.
-Ese
es nuestro mejor saltador -dijo el grillo.
-Me
gustaría saludarlo -dijo el hombre-, conversar con él....
-No.
El no conversa: solo salta y salta. Pero se ve que es tu amigo porque te ha
mostrado sus mejores saltos.
Pero
ya todos estaban listos para escuchar al pájaro negro. Y este, refugiado
tras unas ramas para que no lo zarandease el viento, comenzó:
-Al
pie del Ilaló vivía un hombre viejo. Muy pobre, porque ya no podía
trabajar. Y solo.
El
viejo tenía una sola cosa: una cabra. La quería mucho. Era su única compañía.
Su única amiga.
Por
las tardes la llevaba a las laderas del monte para que la cabrita comiera. Y
mientras ella mordisqueba hojas y yerbas y de rato en rato dirigía a su amo
un “Baaaaa” cariñoso, el viejo le conversaba cosas de las gentes de
Angamarca y de los cucos del Ilaló.
-¿Qué
son cucos? -preguntó el sapo joven que, muy pegado al hombre, tenía los
ojos muy abiertos y no quería perderse nada de la historia.
-”Cuco”
-le explicó el hombre- es lo mismo que fantasma. Hay un libro que se titula
“La historia del fantasmita de las gafas verdes, vulgarmente llamado el
Cuco del Ilaló”. Cuco le dicen las gentes campesinas y del pueblo a un
fantasma. Bueno, siga usted, señor.
-Cierto
día, cuando el viejo se levantó, obscuro todavía, y fue a saludar a su
cabra, no estaba. Casi se le para su débil corazón. Se quedó frío. Salió
a buscar a su compañera. Y le gritaba: “¡Blanquita! ¡Blanquita!”.
Grita y grita, busca y busca... Pero la cabra no aparecía.
Cuando
ya salió el sol, el viejo bajó hasta la casa de un compadre y le pidió:
“Vea, compadrito, ayúdeme a buscar a la Blanquita. No aparece por más
que la busco”. El compadre tenía que irse a trabajar a Quito y no pudo
ayudarle. Pero la comadre sí, y otras señoras.
Busca
y busca por un lado y por otro, grita y grita. Todo inútil.
-Hay
unos ladrones que merodean por las noches -dijo una mujer.
-¡Pero
robarle a un mayorcito! Si era lo único que tenía -se dolió otra.
-Yo
tengo unas vaquitas que están dando leche -ofreció al viejo una tercera-.
Yo le he de mandar una botellita todas las mañanas.
Ya
bien tarde todos se despidieron y el viejo se volvió a su casita al pie del
monte.
Era
un único cuartito, con una ventana pequeña y una puerta que ya se caía de
apolillada.
Se
acostó sin comer y no podía dormirse pensando en la cabrita. ¿Dónde
estaría? ¿Qué le habría pasado? Por las arrugadas mejillas le corría de
rato en rato una lágrima.
Al
día siguiente, muy tempranito, apenas salió el sol fui y me paré en la
ventana del cuarto de ese señor y le canté uno de mis mejores cantos. Y él
se acercó a verme. Y se sonrío. Tenía para comer un pan guardado. Sacó
un pedazo, lo hizo migas y lo puso en el borde de la ventana. Yo me asusté
y pegué un pequeño vuelo a un guabo cercano. Pero el hombre me llamó y se
retiró. Así que me acerqué y picoteé las migas. No era tanto que tuviese
hambre, aunque sí la tenía, siempre la tengo, sino que sentí que si comía
mis migas el hombre iba a estar contento y se iba a comer su pan.
Lo
mismo repetí al día siguiente.
Pero
al tercer día el hombre no tenía ni un pan. Entonces volé por sobre una
tienda y casas de la plaza de Angamarca. Y por una ventana vi que sobre una
mesa estaba un pan. De un vuelo cogí el pan y salí.
“Ve
pes el pájaro bandido” -oí que decía alguien en la casa esa, muy brava.
Llegué
a la casita del viejo y puse el pan sobre su ventana.
El
viejo me vio, vio el pan, entendió lo que había hecho y otra vez le
corrieron por las mejillas dos lagrimones.
Pasaron
los días. El viejo seguí muy triste. Y yo le llevaba lo que podía
conseguir por allí: un pedazo de pan, un aguacate. Y una mañana en que yo
le había llevado un buen pedazo de pan ya no se levantó para comerlo
conmigo. Estaba en su pobre cama con los ojos cerrados. Como dormido.
Pasaron
horas. Vino la noche. Y nadie se asomaba. Al día siguiente el hombre seguía
inmóvil, como dormido.
Entonces
volé hacia la casa de los compadres del viejo y silbé y silbé.
-Ve
-dijo alguien-: es un mirlo grandote... Como que quiere decirnos algo...
-¡Ay!
¡Ojalá no haya pasado nada! Porque está silbando bien triste.
-¿No
será que le ha pasado algo al compadre de arriba? Ya casi ni caminar podía.
Y
corrieron a ver.
Y
hallaron que el viejo había muerto. Y lloraron un poco, bueno, las mujeres,
y fueron para arreglar con taita cura todo lo que los humanos hacen para
enterrar a sus muertos.
En
la capilla se reunieron todos los del barrio y un señor canoso, vestido con
unos vestidos blancos y negros muy raros, hizo unas ceremonias y allí
delante estaba en una caja el viejo.
Después
salieron y se fueron para el cementerio.
Y
yo, desde la torre, canté mi mejor canto, muy triste, para despedir al
viejo, que había sido mi amigo.
Y
las mujeres cuchicheaban:
-Ve...
¿No es el pájaro que vino a avisarnos que el don Manuelito se había
muerto?
-Si...
me muero, ¡qué cosas las que se ven! Si parece que fuera un humano.
-Sí,
y que le estuviese despidiendo.
Me
habría gustado ponerme encima de la caja donde estaba el viejo, que ahora
sabía que se había llamado don Manuelito, pero me dio miedo... Así que
canté una vez más, de despedida, y me fui.
10
La historia del hombre
Ese
día el hombre subió con una carga muy especial: un humano. Un pequeño
humano.
-Vengo
sudando la gota gorda -dijo. Y explicó- : así decimos los humanos cuando
sudamos a chorros, con gotas como esta -y se secó una gota que era
realmente gorda,
Pero
nada de eso hizo gracia a los animales convocados.
-Tú
debías ser el único humano que estuviese en estas reuniones -le
reclamaron.
-Sí,
así es -reconoció el hombre-; pero es que esta es mi historia -dijo señalando
al pequeño humano, al que había bajado de su espalda y hecho sentar en una
de las gradas del pie de la cruz.
Entonces
los animales convocados, algunos aún con mala cara, le escucharon.
El
sapo joven estaba como corrido. “Está celoso”, pensó el hombre, y lo
atrajo junto a sí.
-Este
cachorro de hombre vive en una de esas casas nuevas que se han hecho al pie
del Ilaló. No puede caminar. Tiene las piernas algo pequeñas y muy débiles...
es una enfermedad que sufren algunos humanos de pequeños.
-¿Y
por qué? -preguntó el inquieto sapo joven, que había comenzado a ver al
cachorro de hombre con curiosidad.
-Eso
nadie lo sabe.
-¿Y
no se puede curar?
-Tampoco
se sabe.
-Bueno.
Comencemos la historia. El pequeño hombrecito, que se llama Crístofer...
-Ese
nombre parece puesto por un grillo -gritó dando saltos un grillo pequeño.
Pero debió tranquilizarse porque los grillos mayores se lo quedaron mirando
muy serios.
-El
pequeño hombrecito, que se llama Crístofer, pedía todos los martes que le
acercaran su silla de ruedas a una ventana que daba al Ilaló, hacia acá...
Y allí se estaba, hasta que me veía subir a estas reuniones con ustedes.
Cuando me perdía de vista, se le llenaban los ojos de lágrimas. ¡Cómo le
habría gustado subir conmigo!
Un
día, cuando bajé del Ilaló, me esperaba junto al auto una señora vestida
de uniforme.
-¿Usted
es el señor que sube los martes al Ilaló? -me preguntó.
-Sí.
¿Cómo lo sabe?
-Yo
no lo sé. Es otra persona la que lo sabe. Un niño. Y él quiere pedirle
algo. Pero en secreto. Y no viene él mismo a pedírselo porque no puede
caminar. Usted tiene que ir a verlo. ¿Podría el otro martes, antes de
subir? A esa hora estamos solos él y yo. Yo le cuido y le atiendo.
-Bueno.
Con mucho gusto. ¿Y dónde está la casa?
-Del
camino de la capilla a la derecha. Una casa grande. Usted la debe haber
visto desde la primera loma.
-Y
así fue que llegué y conocí a Crístofer y resolvimos venir este martes.
Nunca he visto un niño
más feliz
que él
al subir conmigo hasta acá.
-¿Qué
les estás diciendo a tus amigos? -preguntó Crístofer.
-Les
estoy contando tu historia. Cómo fue que nos conocimos.
-¿Y
ya no me tienen miedo?
-No.
Ya eres su amigo
-¡Súper!
-dijo el niño-. Entonces preséntame a tus amigos que contaron las
historias.
-Con
mucho gusto. La mariposa...
Y
la mariposa se ruborizó un poquito y agitó nerviosamente, otro poquito,
sus hermosas alitas amarillas.
-...
la mariposa contó una hermosa historia de amor, la de la princesa de las
mariposas.
La
señora lagartija lució la sabiduría de toda su familia contando una
historia muy antigua de cuando la Cotopaxi quería casarse con el Ilaló.
Este
gentil caballerito, mi querido joven sapo, contó una bella historia de un
pequeño sapo que se hizo amigo de un hombre.
La
señora araña nos trajo la más interesante historia que ha escuchado de
sus primas y parientes, por todos estos lados del Ilaló: la de la puerta
del Ilaló y el tesoro que fue escondido en el viejo cerro.
El
aguilucho nos contó una emocionante historia: la de los mastodontes de
Alangasí, cómo fueron enterrados por el lodo junto a unos cazadores y cómo
el cachorro de hombre quiso salvar al mastodonte pequeño y no pudo hacerlo
y murió con él.
Y
nuestro amigo el pájaro de bello abrigo negro nos contó una historia
triste de un viejito al que le robaron su única cabra y nuestro amigo le
consoló un poco.
-Y
el colibrí, ¿por qué no ha contado nada? -preguntó el niño.
-No
tiene tiempo de escuchar y contar historias. Míralo: siempre bebiendo el néctar
en hermosas copas de colores y moviendo sin parar sus brillantes alitas...
él es un sibarita.
-¿Qué
es “sibarita”? -preguntó el grillo, y le hizo coro el inquieto sapo
joven:
-Sí,
¿qué es?
-Es
el que siempre está buscando lo que le da gusto, placer.
-Pero,
¿el colibrí no da nada a los otros, como los demás animales del Ilaló,
que te hemos traído nuestras historias? -interrogaron a dúo, muy serias,
la señora lagartija que había contado el cuento y la sabia y vieja señora
araña.
-Sí
da: su belleza. El busca siempre la belleza para sí, pero es él mismo
belleza. Donde está, está la belleza: mírenle sus colores. Ese azul
violeta, ¡cómo brilla!
Acabadas
las presentaciones de los narradores fue cuando el grillo se subió de un
salto al hombro del hombre y le dijo algo al oído.
-Mira
-le dijo el hombre al niño-: nuestro amigo el grillo tampoco ha contado su
historia. Dice que todavía están reuniéndose los grillos del Ilaló para
completarla. Y, como son tan saltarines e inquietos, es muy difícil
reunirlos y, peor, tenerlos tranquilos en esas reuniones... Pero, en cambio,
son ilustres cantores. Y me ha dicho que todos esos grillos que nos saltaban
por el camino, encabezados por su mejor saltarín, que es mi amigo, han
subido hasta acá y quieren ofrecerte una canción.
-¡Qué
lindo! -dijo el niño
Entonces
el coro grillesco se formó. Todos vestían ahora de café. Algunos con el
café manchado de tierra, los vagabundos.
Y
comenzaron.
¿Cómo
decir en palabras humanas ese canto? Ninguna sirve. ¿Hablar de violines
roncos? Una tontería. ¿De chelos destemplados? Una ofensa al coro de
grillos. Baste decir que al niño y al hombre el concierto los emocionó
mucho.
Acabado
el concierto, el hombre se dirigió a sus amigos, los convocados:
-Crístofer
me dio su palabra de que, si le traía hasta la cruz, él iba a dar por lo
menos un paso.
-Y
ahora, ¿qué les dijiste? -preguntó el niño.
-Les
hablé de lo que me prometiste: que ibas a dar por lo menos un paso. ¿Te
animas? Yo te ayudo.
Y
el niño que nunca en su vida había caminado dio, no un paso, dos y tres. Y
todos los animales lo celebraron croando, silbando, tocando sus violines,
agitando sus alas.
-Bueno,
y ahora sí, ¡a bajar! -dijo el hombre.
Y
comenzó la más extraña procesión que se hubiese visto en el Ilaló.
Arriba volaba, acercándose hasta casi tocar al niño y al hombre, el
aguilucho. Por los arbustos que flanquean el caminito de bajada iba dando
saltos y pequeños vuelos el caballero de brillante vestido negro. Y
mariposas, muchas mariposas, mariposas anaranjadas, mariposas cafés con
negro, mariposas negras con café, mariposas blancas, mariposas amarillas. Y
por el camino acompañaban a la pareja de humanos lagartijas con sus
nerviosas carreritas y grillos dando alegres saltos.
Y
el hombre llevaba en su mano izquierda, junto al pecho, a un sapo jovencito.
Y se diría que conversaba con él, así como conversaba con el niño que
llevaba cargado a sus espaldas.
Y
el pájaro negro silbaba y se callaba. Y el hombre silbaba y se callaba. Y
el pájaro volvía a silbar. Y el hombre le respondía.
¿Tú
conversas con él? -preguntó Crístofer, admirado.
-Sí:
ya lo ves.
-¿Y
qué te dice?
-Bueno,
no hablamos con palabras humanas, y por eso no te lo puedo decir con
palabras humanas.
-Pero
... más o menos... ¡Di! ¿Qué dice? ¡Por favor!
-Todo
lo que estos animalitos nos están diciendo, cada uno con los sonidos que
sabe hacer, es que la naturaleza es hermosa. Todo en ella: este viento que
agita los matorrales, este sol que brilla y nos calienta e ilumina, esta
tierra. Y la vida. Lo que el pájaro nos silba es un canto a la vida.
Esa
noche, cuando los papás fueron a ver a Crístofer, lo hallaron radiante,
feliz... Se miraron uno a otra, asombrados... Y no sabían qué pensar de
tamaña transformación.
-Papá,
mamá -les dijo Crístofer-, ¡qué hermosa es la naturaleza! Todo: el
viento, el sol, la tierra. Y la vida. Los pájaros cantan un canto a la
vida. Y también los grillos en sus conciertos. Y las mariposas con sus
vuelos. El colibrí no, porque no tiene tiempo para nada: solo se pasa
bebiendo néctar en hermosas flores. Pero él es bello y con su belleza es
como si cantara él también a la vida.
El
Libro del Ilaló se terminó este 12 de mayo de 2003, al pie de la cruz.
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