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“El
Principito”
de
Antoine de Saint-Exupéry
por Hernán Rodríguez Castelo
SAINT-EXUPÉRY, EL
TIEMPO
Antoine
de Saint-Exupéry nació en 1900. El nuevo siglo se abría en un clima de
fiesta. París inauguraba la Exposición Universal, que, con sus
pabellones como el Grand Palais, el Petit Palais y la Estación de Orsay,
convertía las orillas del Sena en una gran fiesta del progreso.
Novedades de ciencia y tecnología parecían anunciar días felices para la
humanidad… Al menos para esa parte de la humanidad que tenía acceso a
esas invenciones.
Pero
los espíritus más clarividentes no participaban de esa euforia. Entre
ellos se extendía cierta desconfianza en los poderes de la razón. La
imagen estable del cosmos les parecía infiel y deformada. El pensamiento
resultaba esquemático como para captar lo más sutil y profundo de la
existencia y vida humana. Unamuno proclamaría: “Todo lo vital es
antirracional”. Se perdía la seguridad en las doctrinas; se hallaba lo
que tenían de deleznable los sistemas. Esa vida volcada al confort
–palabrita que el tiempo había acuñado- iba a parecer cada vez más
superficial y falsa.
Este
antiintelectualismo y rechazo del fácil confort iba a marcar la
literatura del siglo. Habría escritores que buscaron salida en formas de
religiosidad –Peguy, Chesterton, Unamuno-; otros lo hicieron en el
esteticismo –Gide, Valery, Stefan George-, y otros lo harían en la
acción, la aventura y el riesgo. Entre estos últimos, las figuras más
destacadas de la primera mitad del siglo XX serían T. E. Lawrence, André
Malraux, Ernest Hemingway y Antoine de Saint-Exupéry.
Todos
estos escritores –y muchos otros artistas- verían el mundo, no ya como
el cosmos ordenado y armónico de sus abuelos, sino como algo dramático,
caótico, trágico. Las visiones del mundo de Kierkagaard –el filósofo de
la angustia-, Nietzsche y Kafka han dejado al descubierto el absurdo
fundamental de la existencia. Saint-Exupéry escribiría en su libro
Piloto de guerra: “Todo esto es absurdo. Nada está a punto. Nuestro
mundo está hecho de engranajes que no se ajustan los unos a los otros.
No son los materiales los que tienen la culpa, sino el relojero. Falta
el relojero”.
Saint-Exupéry escribía aquello en 1942, con su patria, Francia,
pisoteada por las legiones de la Alemania nazi y toda Europa sumida en
ruinas por una guerra desoladora.
Pero ya en 1914,
ese mundo que parecía entregado a la búsqueda del placer y la felicidad
–en eso que se había llamado “la belle epoque”-, se vio sumido en una
primera guerra mundial. En una guerra que los que confiaban en la razón
pensaron que sería razonable y corta, y que, por el contrario, fue
larga, destructora y cruel. Saint-Exupéry, aún muy joven para tomar
parte en ella, habrá conocido que los soldados franceses iban al frente
como quien parte a una kermesse heroica. Pero, para la navidad de ese
año, más de un millón y medio de combatientes de los dos bandos habrían
muerto, la mayor parte en trincheras que eran sórdidos lodazales. Entre
esos jóvenes muertos se contarían poetas y narradores jóvenes. Y la
guerra duró cuatro largos años.
Tras
tenso y receloso paréntesis, en que nada se hizo por construir una paz
justa y sólida, en 1939 comenzaría otra gran guerra en Europa, y en ella
sí intervendría el piloto Saint-Exupéry. Tras el avance arrollador de
las tropas alemanas en todos los frentes, él debería exiliarse en
Estados Unidos. Su visión del mundo como algo desordenado y trágico se
agravaría. Y eso que murió antes de enterarse del horror de millones de
judíos asesinados en cámaras de gas, solo porque a una mente desquiciada
se le había ocurrido que la prosperidad de Alemania dependía del
exterminio de esa raza. Y tampoco alcanzó ese otro monstruoso genocidio
perpetrado por los norteamericanos en Japón: la bomba atómica arrojada
sobre la tranquila ciudad de Hiroshima, que calcinó en instantes a
80.000, civiles en su casi totalidad, y el crimen se repitió cuatro días
después en Nagasaki.
En ese
mundo y tiempo, Saint-Exupéry sería de los líderes espirituales que
nunca perderían la confianza en el hombre. No había orden ni se podía
esperar nada de fuera. Pero estaba la acción. “En la vida –escribiría en
Tierra de hombres- no hay soluciones. Hay fuerzas en marcha; es
necesario crearlas y las soluciones se presentan a su zaga”. Toda su
vida y su obra –como lo veremos, estrechamente entrelazadas- serían una
profesión de fe en los poderes del hombre solitario en un mundo hostil.
SAINT-EXUPÉRY, LA
VIDA
Antoine
de Saint-Exupéry nació, en 1900, en Lyon, en una familia de rancio
abolengo. Fue el tercero de cinco hijos, tres niñas y varones él y
François. El padre, un inspector de seguros, murió en 1904.
Antoine
pasó su infancia en el castillo de Saint-Maurice-de-Rémens, que siempre
recordaría en un clima de cuento y maravilla… “Nuestro refugio era el
desván del granero, donde poseíamos un tesoro escondido semejante a los
existentes en los cuentos de hadas, solo que en lugar de zafiros, ópalos
y diamantes, había pájaros muertos, maletas desfondadas y trajes raros”.
Cercano
al castillo estaba un campo de aviación, y el rugir de los motores junto
a las noticias que llevaba uno de sus tíos avivaban la que sería la gran
pasión del pequeño Antoine. Eran los días en que las máquinas voladoras
avanzaban de hazaña en hazaña. En Francia, en 1907, los hermanos Wright
habían realizado un primer vuelo histórico a bordo de su “aeroplano”, un
biplano de madera ligera con enormes hélices. Los grandes héroes del
pequeño Antoine eran los pioneros de esa gran empresa y aventura:
Bleriot, Morane. Sus dibujos eran aviones y motores y hélices. Le estaba
prohibido acercarse al aeródromo vecino, pero podía más su curiosidad y
admiración. Y un día de 1912 el célebre piloto Vérdines, al ver al
pequeño tan fascinado por su aparato, le invitó a volar en él. “Las alas
se estremecían con el soplo de la tarde”, recordaría Saint-Exupéry su
primer vuelo.
En 1914
entró, con su querido hermano Francois, en el colegio de Montgré, en
Villefranche-sur-Saône, y, al finalizar el primer trimestre, pasaron al
colegio de S. Jean de Fribourg, en Suiza. Se hizo famoso por sus
distracciones y por su ingenio y gracia. Profesores y compañeros se
divertían con sus declamaciones en el francés provinciano de Friburgo
acompañadas de chistosa mímica. Fueron días felices hasta que, en 1917,
Francois murió víctima de un reumatismo cardíaco.
Ya
bachiller, en 1917, Antoine resuelve ingresar en la Escuela Naval.
Prepara el ingreso en la Escuela Bossuet de París, pero fracasa. Se
matricula entonces en la Escuela de Bellas Artes de París, en
Arquitectura. Es 1919, y vive días difíciles. Encerrado en un pequeño
cuarto del hotel Louisiane, en la calle de Seine, se pasa dibujando –en
especial maquetas de aviones- y resolviendo problemas de matemáticas.
Apenas tiene para comer y vive de sánduches y café. Acudía el mozo alto
y corpulento por un café al establecimiento de la esquina de la calle
Bonaparte y muelle Malaquías, y su dueño, el señor Jarras, le decía que
un joven de su edad necesitaba de más y lo invitaba a almorzar. Ya
escritor famoso, el jovencito aquel, cuando quería convidar a un trago a
algún amigo, preferiría ese café que tan gratos recuerdos le traía.
Saint-Exupéry vio una salida a su crisis en el servicio militar. El 2 de
abril de 1921 sentó plaza en Estrasburgo, en el 2º regimiento de
aviación. Comenzó a soñar con volar, pero fue destinado a los talleres
de reparación de material. Con todo, pagando de sus exiguos dineros a un
monitor, se preparó como aviador . Una temeraria demostración le ganó
calabozo y, tras entrenamiento intensivo, su diploma militar, al hacer
la ruta Haguenau-Thionville-Estrasburgo. En junio fue destinado al
regimiento 37 de aviación en Rabaut y consiguió el título de piloto
civil. Continuó su formación y fue nombrado alférez de reserva, en 1922.
Y entonces, una tarde de 1923, en un vuelo de entrenamiento, el motor de
su nave se paró, y, tras evitar caer sobre grupos humanos, se precipitó
en barrena sobre un campo. Fue retirado de los restos de la cabina con
fractura de cráneo.
Desmovilizado, vive una gris temporada gris en varios empleos:
controlador en los tejares de Boiron, obrero en la fábrica Saurer y
representante de la casa en la región de Montluçon, cargo en el que no
vendió sino un camión en dieciocho meses.
Y, de
pronto, se hizo el milagro. Lo decidió un informe de su antiguo rector
de la Escuela Bossuet al administrador de la Sociedad de Líneas Aéreas
Latécoère, señor Massimi. El 11 de octubre de 1926 Antoine recibió una
carta que le anunciaba: “tenemos el honor de comunicarle nuestra
decisión de incorporarle a nuestras líneas, después de que satisfaga
unas pruebas en la ruta Toulouse-Casablanca”. Llevaba algunos años
Latécoère en la empresa, nueva y arriesgada, del correo aéreo, bajo la
dirección de Didier Daurat, ese jefe ejemplar del que Saint-Exupéry
trazaría estupenda pintura en su Vuelo nocturno. Daurat fue el
que recibió a Saint-Exupéry y lo destinó a un período de prueba en
talleres. ¡Qué importaba! Lo fundamental es que ya estaba dentro de la
mayor empresa de aviación francesa del tiempo. Así lo ha contado en
Tierra de hombres: “Era en 1926. Acababa yo de entrar como joven
piloto de línea en la Sociedad Latécoère, que aseguró, antes de la
Aeropostal –después Aire France-, el enlace Toulouse-Dákar. Allí
aprendía el oficio. Era mi turno de cumplir, como los otros camaradas,
el noviciado de los jóvenes y lo cumplía antes de tener el honor de
pilotear la posta. Ensayo de aviones, desplazamientos entre Toulouse y
Perpignan, tristes lecciones de meteorología al fondo de un hangar
glacial. Vivíamos en el miedo de las montañas de España, que no
conocíamos aún, y el respeto de los veteranos”. Entre esos veteranos
estaba, tan joven como los otros, Guillaumet, y compañero de pruebas era
Mermoz.
Varios
meses afirma la ruta Toulouse-Dakar, a bordo de un Breguet 14.
Eran 2.765 kilómetros, que los Breguet, que no tenían autonomía
de vuelo sino de 500 kilómetros, debían hacer con escalas. Y esas
escalas, más de sus rudimentarias instalaciones, se habían tornado
peligrosas por las tribus disidentes del desierto. Vistas las cualidades
de Saint-Exupéry, no solo de arrojo a toda prueba, sino de don de gentes
y dotes de mando, lo destinaron a la estación de Cabo Juby, para que la
hiciese segura. Iban a ser meses decisivos para el hombre de acción y el
escritor. Logró óptimas relaciones con el gobernador español de Río de
Oro y estableció contactos con los rebeldes. En la cuatro paredes como
de celda de la base, cercada por el desierto, dedicó largas veladas a
terminar su primera gran novela, Correo del sur. Aprendió árabe y
se ganó a los moros, a los niños con chocolates e historias, y a los
jefes con su simpatía y sus consejos. Llegó el momento en que jefes y
guerreros acudían al anacoreta blanco a hacerle las más variadas
consultas, y a retribuir sus respuestas con presentes. Pero con algo aun
más preciso para el escritor: la sabiduría de las gentes del desierto.
“Mi papel aquí es domesticar –escribía a su madre-. Es una bonita
palabra y, además, me va”. Sería la palabra clave de uno de los más
hondos y bellos pasajes de El Principito, el del zorro. Varias
veces, en este tiempo, tuvo que salir a buscar aviones extraviados o a
rescatar tripulaciones en peligro de caer en manos de sanguinarias
tribus rebeldes. En 1930 Francia reconocería esta tarea cumplida de modo
ejemplar con la Cruz de Caballero de la Legión de Honor. El diploma
destacaba: Jefe del aeródromo de Cabo Juby, ha desempeñado sus
funciones con un espíritu de sacrificio más allá de todo elogio, en
aquella desértica región donde la hostilidad de los moros hace correr un
riesgo permanente. Tiene en su haber varias acciones brillantes. Su
celo, desinterés y dedicación (sin reparar en los rigores del desierto
ni en exponer su vida) han servido largamente a la causa de la
Aeronáutica francesa, contribuyendo asimismo al éxito de nuestra
aviación comercial y facilitando en particular el desenvolvimiento de la
línea Toulouse-Dakar”.
La Compañía Latécoère, convertida en
Aeropostal, extendió sus líneas a Sudamérica: Brasil, Uruguay,
Argentina. En 1927 había sido nombrado jefe de esas líneas el gran
Mermoz. Mermoz venció el Atlántico –el correo transportado en cuatro
días de Toulouse a Buenos Aires-, y, tras seis semanas y más de 15.000
kilómetros recorridos, se lanzó a otra aventura, que se vio como un
suicidio: el vuelo nocturno, que permitiría al correo aéreo ganar un
precioso tiempo. En dos noches y un día cubrió el trayecto Río-Buenos
Aires. Después atacó otra temible empresa: vencer la cordillera de los
Andes con esos avioncitos que apenas techaban 5000 metros y tenían que
volar buscando pasos por entre moles de nieve mucho más altas.
Saint-Exupéry escribiría en Tierra de hombres: “Mermoz entraba en
esos combates sin conocer nada del adversario, sin saber si saldría con
vida de tales apreturas. Mermoz “ensayaba” para los demás”.
En 1929
Saint-Exupéry ha vuelto a Francia, ha entregado el manuscrito de
Correo del Sur a la editorial Gallimard y ha obtenido el diploma del
curso de Navegación Aérea de la Marina. Y se embarca para Buenos Aires,
donde se reúne con sus admirados y queridos camaradas Mermoz y
Guillaumet. Se convierte en director de la Aeropostal Argentina, filial
de Aeropostal. Trabajando con su proverbial energía y volando sin
descanso hasta el estrecho de Magallanes y Punta Arenas, la última
ciudad por el sur, les organizó a los argentinos una red aérea modelo. Y
en los cortos tramos de receso escribía Vuelo nocturno, que
tendría como centro ese estupendo equipo constituido en torno a Mermoz y
dirigido por Daurat, para compartir aventuras, hazañas, peligros y hasta
la muerte.
En
junio de 1930 Saint-Exupery se hallaba en la Patagonia cuando recibió la
noticia tremenda: Guillaumet había desaparecido en las alturas nevadas
de los Andes volando de Santiago de Chile a Mendoza. Salió
inmediatamente y llegó, a marchas forzadas, a Mendoza. Se unió al piloto
Délaye y durante cinco días buscaron al compañero caído por entre esas
cumbres de hasta 7.000 metros y ventisqueros y abismos. Ninguna caravana
se atrevió a hacer la búsqueda por tierra. Les parecía inútil. “Si su
amigo ha sobrevivido a la caída –le decían-, estará convertido en un
bloque de hielo. Los Andes, en invierno, no devuelven a los hombres”.
Habría que salir a buscar el cadáver. Pero, al séptimo día, en un
restaurante de Mendoza sacudió a Saint-Exupery la noticia casi
increíble: “¡Guillaumet vivo!” . Calcinado, seco, con la cara negra,
tumefacta, pero con la satisfacción del deber cumplido. A la hazaña
dedicaría Saint-Exupéry algunas de las más conmovedoras páginas de
Tierra de hombres. Cuando aterrizó en la carretera para abordar el
auto que llevaba a Guillaumet, este le dijo, simplemente: “Ce que j´ai
fait, je le jure, jamais aucune bête ne l´aurait fait” (“Esto que yo he
hecho, te lo juro, jamás bestia alguna lo habría hecho”).
En 1931
la Aeropostal es declarada en quiebra. Daurat fue separado de su cargo.
Saint-Exupéry abogó inútilmente por ese gran héroe al que tanto debía la
Aeropostal, y al no conseguir que se le restituya el puesto se apartó de
la compañía. Saint-Exupéry se casa con una argentina que conoció en
Buenos Aires, Consuelo Suncin. Este mismo año aparece Vuelo nocturno
y en diciembre recibe uno de los premios consagratorios de Francia,
el Femina. Su fama crece impulsada por la extraordinaria novela. A su
autor le entra el dinero con la misma facilidad con que lo gasta. Parece
destinado a estar siempre en apuros. Y, por ello y por la nostalgia de
la vida de los aviones y los cafés con los camaradas, se convierte en
piloto de pruebas para aviones e hidroaviones de la Sociedad de
Construcciones Latécoère, en el sur de Francia. En la prueba de un nuevo
hidroavión, en Saint-Raphael, un ala se desprendió al momento de
acuatizar y Saint-Exupery, enganchado al asiento por el cinturón de
seguridad, se hundió con la nave. Estuvo a punto de morir, con los
pulmones llenos de agua.
En 1934
se vinculó con Air France, en su departamento de Propaganda. Se consoló
de no estar de piloto de línea porque tenía su propio avión, un veloz
Caudron-Simoun, con modernísimos equipos. En él cumplió una gira de
conferencias por Madrid, Casablanca, Argel, Trípoli, El Cairo y Beirut.
Pero no era un gran conferencista: lo suyo era la conversación cálida y
chispeante y el lirismo y fuerza de sus escritos.
En 1935
es enviado a Rusia como reportero de Paris-Soir, y en diciembre
de ese mismo año intenta una nueva aventura: establecer el récord de
velocidad para la ruta París-Saigón con su Caudron-Simoun. Partió
con Prévort de copiloto y, volando sobre el desierto del Sahara, cuando
creían que debían estar aproximándose a El Cairo, en medio de pesadas
masas nubosas, se estrellaron contra una colina. Tenían agua para cinco
horas de marcha por el desierto, pero caminaron cinco días, ciento
ochenta kilómetros, hasta que los recogió una caravana.
En
1936, el periódico L´Intransigeant le envía a España a hacer un
reportaje sobre la guerra civil. La crueldad de esa guerra entre
ciudadanos de una misma patria lo
horroriza, pero le
admira el espíritu de esos hombres que iban a la guerra en traje de
trabajo. “He vuelto a encontrar el clima de la Aeropostal –escribe-. Los
mismos riesgos, dones y ayudas. Idéntica imagen del hombre… Vivían de
ideales, y, en este aspecto, carezco de argumentos en contra de persona
alguna que acepte dar su vida y prefiera, sobre todo bien, el pan
compartido entre compañeros”.
Ese
año, en diciembre, Mermoz desaparece en el Atlántico Sur. “Mermoz
–escribió Saint-Exupéry en Tierra de hombres-, decididamente, se
había retirado detrás de su obra, como un segador que, habiendo ligado
bien sus gavillas, se acuesta en su campo”.
1937,
tras una misión de Air France, por Africa para estudiar las
posibilidades de una nueva línea, que le lleva hasta Dakar, en su amado
desierto, vive en París vida de enclaustramiento y escribe
incansablemente.
En
1938, harto de inactividad, propone al Ministerio de Aire un raid
Nueva York-Tierra de Fuego, a bordo de su Simoun, y se lo
acepta. Despega de Nueva York, en compañía del mecánico Prévort, el 15
de febrero. Pero se accidenta en Guatemala. Sufre siete fracturas de
cráneo, una de clavícula y otra de muñeca. Estuvo a punto de que le
amputaran el brazo por el peligro de septicemia. Pensando en su tarea de
escritor se negó rotundamente a la mutilación. Mientras convalece en
Nueva York trabaja en la terminación de Tierra de hombres. El
libro apareció el 19 de febrero del año siguiente. Los obreros de la
imprenta Grevin le ofrecieron un ejemplar impreso en tela de avión. En
abril Tierra de hombres recibió el gran premio de novela de la
Academia Francesa, y, publicado en Estados Unidos, con el título de
Wind, sand and Stars, tuvo enorme éxito de crítica y ventas.
1939,
julio: la última hazaña de tiempos de paz. Guillaumet quiere batir el
récord en la travesía del Atlántico norte con su hidroavión
Lieutenant-de-Vaisseau-Paris y pide a su gran amigo Saint-Ex que lo
acompañe. Despegan el 7 y el 10 llegan a Nueva York, con una sola
escala, en las Azores.
Y se
desencadena la conflagración mundial. Hitler invade Polonia el 31 de
agosto y el 3 de septiembre Francia e Inglaterra le declaran la guerra.
El 4 de septiembre, el capitán de la reserva Antoine de Saint-Exupéry
había sido movilizado en Toulouse-Montaudran. Al comienzo debió
resignarse a ser profesor de navegación aérea, pues los médicos se
oponían a integrarle a los servicios aéreos. Pero, ante sus repetidas
gestiones, fue finalmente incorporado al grupo 2/33 de reconocimientos.
Otra vez la vida le pone en contacto con hombres como Hochedé, que se
entregaban a cumplir su deber “como un monje a su religión”. Hochedé
sería uno de los héroes de Piloto de guerra. Caído en llamas,
tomó inmediatamente otro avión y voló a la operación siguiente.
Tremendamente riesgosa la tarea que cumplía el 2/33. Misiones en los
Potez, que no tenían velocidad para enfrentarse a los
Messerschmidt alemanes. En tres semanas el grupo había perdido
diecisiete tripulaciones de las veintitrés con que contaba. Hasta que al
fin se dotó al Ejército del Aire francés de los Bloch, cuya
velocidad era de 535 kilómetros por hora. Saint-Exupéry fue comisionado
para hacer, con los capitanes Laux y Gelée, los ultimos ensayos del
avión. Ante el arrollador avance alemán la escuadrilla se replegó a
Orly. Saint-Exupéry multiplicaba misiones de reconocimiento de una
audacia que admiraba a sus compañeros y le valió esta mención en el
orden del día: Oficial piloto que reúne las más altas cualidades
intelectuales y morales, dispuesto siempre para las más peligrosas
misiones, El 22 de mayo, sometido intensamente a la acción de una
defensa antiaérea, solo interrumpió el servicio al ser gravemente tocado
su avión.
Pero
Francia se derrumbaba. El 14 de junio, precedido por bombardeos masivos,
el ejército alemán desfilaba en París por los Campos Eliseos. El grupo
2/33 es desmovilizado en Argel. Saint-Exupéry llega a Marsella y se
instala en la casa de una hermana, donde se dedica a trabajar en
Citadelle (Ciudadela). Amargado por lo que sucede con su
patria, resuelve ir a Estados Unidos. El 16 de noviembre llega a Lisboa.
Y el 27 recibe la noticia que acaba de sumirle en la más total
desolación: Guillaumet ha sido abatido en el Mediterráneo. “Soy el único
sobreviviente del antiguo equipo Casa-Dakar y de la gran escuadra de los
“Beguet 14”, formada por Mollet, Reine, Lassalle, Beauregard, Mermoz,
Etienne, Simon, Lécrivain, Wille, Verneilh, Riguelle, Pichadou y
Guillaumet. Todos ellos han muerto, y ya no tengo a nadie en el mundo
con quien compartir mis recuerdos”. Este era el Saint-Exupéry que pasaba
a la bulliciosa y febril Nueva York.
Vive en
Nueva York en el último piso del 240 Central Park South. Se niega a
aprender el inglés. Y lo único que le rescata de la más completa soledad
son unos contados amigos, sus recuerdos y lo que sigue escribiendo.
Periodistas de los más diversos medios acosan al famoso escritor y casi
legendario héroe de la aviación. Quieren saber la verdad sobre esa
extraña guerra de la cual llegaban a Estados Unidos los más
contradictorias versiones. Saint-Exupéry, que siempre odió la
publicidad, los rehúye, pero comprende que debe entregar su testimonio
sobre esa guerra tan trágica y humillante para su patria. Escribe
Piloto de guerra. El libro apareció en Estados Unidos el 20 de
febrero, traducido al inglés con el título de Flight to Arras, y
alcanzó resonante éxito. En Francia lo editó Gallimard, pero las
autoridades alemanas prohibieron su venta. Saint Exupéry exaltó la
Francia forjadora de los Renoir, Pascal, Pasteur, Guillaumet, Hochadé, a
la par que condenaba la de incapaces, politicastros y traidores, y
mostró ante los norteamericanos a unos hombres “que procuraron, sin
altisonancias y hasta el fin, enaltecer el honor de la patria, del grupo
y el suyo propio”. Como ponderó Pierre Lanux, ese libro “fue el más
eficaz servicio prestado a Francia en territorio americano”.
En
Nueva York, en ese clima de soledad y tristeza, del que solo lo
rescataban recuerdos y sabidurías aprendidas en el desierto, escribe, en
1942, El Principito, que aparecería en Nueva York el 6 de abril
del año siguiente.
Estados
Unidos entra en la guerra. El 6 de noviembre de 1942 su ejército
desembarca en el norte de Africa. Se reconstituye el 2/33 en Argelia y
Saint Exupéry comienza gestiones para volver a unírsele. En mayo de 1943
lo logra y comienza su entrenamiento para manejar los poderosos y
veloces Lightning P. 38 del ejército norteamericano. El 25 de ese
mes asciende a comandante, y el 21 de julio, en su primer servicio,
vuela sobre el valle del Ródano y Provenza. Durante un servicio, a la
hora del aterrizaje, olvidó algún detalle y se estrelló contra un
viñedo. Ello dio ocasión a los norteamericanos para exigir la vigencia
de la prohibición para alguien mayor de 35 años de pilotear uno de esos
aviones. No hubo nada que hacer, pero, vuelto a Argel, insistió en sus
pedidos de reincorporarse al servicio. Vio la oportunidad para lograrlo
cuando supo que el general Eaker, comandante de las fuerzas aéreas en el
teatro de operaciones del Mediterráneo y de quien dependía el grupo
2/33, se hallaba en Nápoles. Voló allá e insistió con tal tenacidad, que
el general accedió, pero solo le autorizó cinco misiones. Era 1944, y el
ya legendario Saint-Ex volvía a pilotear aviones de combate.
El 14
de junio cumple su primera misión. Y, siempre voluntario para las
misiones más arriesgadas, pasa de las cinco concedidas, y para fines de
julio llevaba ya ocho. El 31 de julio despega a las 8,30 horas para
cumplir su última misión, sobre Grenoble y Annecy. Las 11.30 y no ha
vuelto, y su avión solo tenía combustible para una hora. La espera se
torna ansiosa. 14 horas, 15 horas y nada, ninguna noticia… Los
camaradas, consternados, comprenden que el gran piloto y amigo no
volvería.
El 3 de
noviembre el Ejército francés le dedicaba una Mención de Honor:
Comandante Antoine de Saint-Exupéry.
Pionero de las líneas aéreas, hizo brillar con nuevo esplendor las alas
francesas, gracias a su constante tenacidad y a su consciente
audacia.
Valiente piloto de guerra, dio prueba, tanto en 1940 como en 1943, de su
afán de servir y de su fe en los destinos de la Patria.
Supo
expresar su deseo de acción y la generosidad de su ideal en una obra
literaria destacada entre las más importantes de nuestro
tiempo, y donde se ensalza la misión espiritual de Francia.
Murió gloriosamente el 31 de julio de 1944, al volver de un servicio de
reconocimiento sobre su país, ocupado por el enemigo.
SAINT-EXUPÉRY, LA
OBRA
Saint-Exupéry publicó una primera novela corta en 1926, en la revista
El barco de plata: El aviador. No cuenta entre sus obras
mayores, pero anunció ya al escritor vigoroso.
En 1929
apareció, publicada por la prestigiosa casa Gallimard, Correo del Sur,
escrita, como lo sabemos, en sus largas horas de soledad en la estación
de Cabo Juby, en el desierto del Sahara. Se instaló en el que sería su
gran tema, el de esos heroicos comienzos de la aviación comercial, y en
el que se convertiría en su inconfundible estilo: sobrio, casi severo;
tenso de vida y traspasado de pasión por el hombre y admiración por sus
hazañas cotidianas.
En 1931
apareció Vuelo nocturno, que, como se ha visto, ese mismo año
obtuvo el Prix Femina y consagró definitivamente el prestigio del gran
escritor. Es la novela, con tono de crónica testimonial, de los días
heroicos en que la aviación comercial quería vencer a la noche. Riviere,
el jefe, sostiene, con invencible tenacidad, una empresa en la que cada
nuevo vuelo significaba un nuevo enfrentarse con la muerte. La aventura
que cuenta y canta el admirable libro termina en tragedia: Fabien, el
piloto que, para aventurarse en la noche, se ha arrancado de los brazos
de su esposa, no vuelve. Y, cuando todos esperaban que se rindiese a la
adversidad y desistiese de la temeraria empresa, Riviere da la señal de
partida para el nuevo correo nocturno. Es, como lo dije al darle un
lugar de honor en mi El camino del lector, un “poema de tono
moderno; canto épico a la aventura de la aviación, estremecido de
emoción y grande en su aparente simplicidad”, de estilo sobrio, fuerte,
de tenso lirismo. “Es de esos libros –concluía esa nota- que todo joven
debería leer: le dan una alta imagen del hombre”. Con Vuelo nocturno
Saint-Exupéry se ganó un sólido lugar entre las grandes figuras de
la nueva literatura francesa.
Su
siguiente gran libro apareció en 1938, en Francia y Estados Unidos:
Terre des hommes, traducido al español como Tierra de los hombres
y al inglés como Wind, sand and stars (Viento, arena y
estrellas). Aparecido el 16 de febrero, recibió en diciembre el gran
premio de novela de la Academia Francesa. Pero no es una novela. Es un
libro de recuerdos y testimonios, de alta exaltación de valores humanos,
de los que el autor ha sido testigo en el desierto y los Andes. El autor
ha visto al hombre en situaciones extremas de riesgo, aventura y
empresas al parecer imposibles, y ha descubierto su esencial grandeza.
Ese es el nervio de la parte II, “Los camaradas”, donde están los
pasajes más vigorosos y emocionantes. Hizo allí Saint-Exupéry la
evocación cálida y admirada de esos héroes cotidianos, sencillos hasta
en sus trances más altos y vibrantes, que fueron sus más queridos
camaradas, Mermoz, incansable para asumir nuevos retos, y Guillaumet,
que llevó su decisión de cumplir el deber hasta su increíble hazaña de
supervivencia en los Andes. Esas admirables historias estuvieron tan
cerca de la vida del autor que en su repaso ya hemos debido referirlas.
Los heroicos comienzos de la aviación comercial con su aire de aventura
y los riesgos que hora a hora debían asumirse se convierten en este
hermoso relato en oportunidad para que el hombre luzca toda su grandeza
y brillen virtudes humanas como la voluntad de servir, la camaradería,
la modestia. Y cuenta, morosamente, la propia aventura en el desierto,
cuando él y su compañero caminaron cinco días sin agua, que le descubrió
los valores esenciales de las cosas. El agua, una media naranja… “Esta
media naranja que tengo en la mano me causa una de las mayores alegrías
de mi vida”. Halla en el desierto los secretos de la vida. “En las
ciudades no hay ya vida humana”. Y la clave de la grandeza de la
aviación: en ella “Se hace un trabajo de hombres y se conoce las
preocupaciones del hombre. Se está en contacto con el viento, con las
estrellas, con la noche, con la arena, con el mar. Se les oponen
astucias a las fuerzas naturales. Se espera el alba como el jardinero
espera la primavera. Se espera la escala como una Tierra prometida, y se
interroga su verdad a las estrellas”. Tierra de hombres fue una
obra maestra, por calidades y peculiaridades, única en la literatura de
su tiempo.
Vino
después, en 1942, Piloto de guerra, que apareció primero en Nueva
York, con el título de Flight to Arras –la primera parte y lo
primero que escribió Saint-Exupéry fue el relato de una misión sobre
Arras-. Publicado ese mismo año en Francia, fue prohibida su venta por
las autoridades alemanas. Ese libro fue una respuesta a las mentiras
propaladas por algunos periódicos norteamericanos sobre la derrota
sufrida por Francia. El combatiente que la había sufrido en carne propia
denunció la fuerza bruta alemana y la lucha desigual con un país que
producía más trigo que material bélico. Y así “el avance alemán fue como
si en pocas horas ardieran todos los pueblos del Norte”. “Me hago
solidario de la derrota –escribe-, aunque me humille. Pertenezco a
Francia. La Francia forjadora no solo de los Renoir, Pascal, Pasteur,
Guillaumet, Hochadé…, sino también de los incapaces, politicastros,
traidores… Si Francia hubiera engendrado solamente a aquellos, y no a
estos, hubiera tenido sabor de Francia, irradiación de Francia, y el
mundo entero habría resistido en ella”. El Hochadé nombrado era otro de
esos héroes de la aviación –ahora de la aviación en guerra-, que venía a
enriquecer la estupenda galería de Correo del Sur, Vuelo
nocturno y Tierra de hombres. Hochadé, otro de esos
personajes de epopeya que no se consideraban tales, sino simples
cumplidores de su deber. “Difícilmente puede haber alguien que se
sometiera como Hochadé al cumplimiento del deber. Si había que
sacrificar una tripulación, el comandante pensaba enseguida en él:
“Dígame, Hochedé…”. Junto a Hochedé estuvieron en Piloto de guerra
el teniente Dutertre; el teniente Gavoille; Lacordaire, “el gran
Lacordaire”, y Moreau, que antes de la acción temeraria, era un alegre
bromista. El libro fue otra vez crónica y testimonio en tono sereno,
grave, pero con tensa carga de emoción, y con exaltación de grandes
valores humanos.
En 1943
aparecieron, en Nueva York, las dos últimas obras que Saint-Exupéry
publicó en vida: El Principito y Carta a un rehén. Esta
Carta fue la de un exiliado en suelo norteamericano a otros
exiliados sobre su amor a Francia y ese fondo de valores que mantienen
enhiesto a un ser humano frente a la ley del más fuerte.
Póstumas verían la luz Ciudadela, en 1948; Cartas de juventud
(1923-1931), en 1953; Carnets (1936-1944), en 1953; Cartas
a su madre (1910-1944), en 1955; Un sentido a la vida, en
1956, y Páginas escogidas.
Todos
estos textos ayudaron a penetrar aun más en el mundo interior del gran
escritor y a completar su alta visión del hombre.
Especialmente importante fue Citadelle. Saint-Exupéry comenzó a
escribirla en 1936, y siguió escribiéndola hasta poco antes de su
muerte. En 1941, durante su convalescencia, trabajó en la estructura del
libro. Y seguía escribiéndolo incansablemente. A quienes le preguntaban
cuándo aparecería, les respondía sonriendo: “No lo terminaré nunca… Es
mi obra póstuma”. Cuando se quiso editarlo, en 1948, no se disponía más
que de un texto dactilografiado, muy imperfecto. Saint-Exupéry trabajaba
por la noche. Escribía un borrador muy poco legible y, antes de
acostarse, leía lo escrito frente a un dictáfono. A la mañana siguiente,
una secretaria lo transcribía. Durante los últimos meses de su vida,
corrigió numerosos errores de esas transcripciones; pero no todos. Con
eso se trabajó la edición de 1948. Solamente en 1958 se pudo restituir
los borradores manuscritos y. comparándolos con los textos
dactilografiados, llegar a una versión definitiva de una obra que
constituye el testamento espiritual del escritor y suma de las
sabidurías acumuladas en existencia tan lúcida.
SAINT-EXUPÉRY, SU
VISIÓN DEL HOMBRE Y EL MUNDO
Tras
habernos ido dando jornada a jornada su visión del hombre en el mundo,
Saint-Exupéry la resumió en ese libro de suma de sabidurías que es
Ciudadela.
Ciudadela no es una novela. Tiene un tenue argumento y un elemento
que le da unidad. Es un personaje que habla. Un señor berebere que
recuerda las lecciones que le dio su padre para hacer de él un rey
sabio. En los primeros cantos, joven aún, se instruye al lado de su
padre, señor del imperio, conductor de hombres; ya señor supremo él
mismo, atiende a lo que hace a su pueblo feliz o desgraciado, a cuanto
fortalece o descompone su imperio. A toda esa suma de saberes e
iluminaciones que pueden guiar al hombre en su peregrinar por este
mundo. Con este hilo conductor se edifica esta gran parábola o metáfora,
suma de sabidurías, con una forma que recuerda los libros sapienciales
de Oriente. Son más de seiscientas páginas en que Saint-Exupéry entrega
su visión del hombre y busca respuesta a todas las grandes preguntas del
existente humano.
¡Cuántos grandes temas de la inquietud humana! El silencio de Dios, en
diálogo tan hondo como el que sostiene el narrador con un geómetra, al
que pide que le confíe la verdad que le hace un alma tan serena, y le
responde: “Tengo la costumbre de decir que el árbol es verdadero, lo
cual es una cierta relación entre sus partes… Y Dios es tan verdadero
como el árbol, solo que más difícil de leer” “Si yo busco, yo he
hallado, porque el espíritu no desea sino lo que posee. Hallar es ver.
¿Y cómo buscaría lo que aún no tiene sentido para mí?” “Las orugas no
conocen su sol, los ciegos no conocen su fuego y tú no conoces el rostro
al cual tú quieres hacerle aparecer cuando construyes un templo, que es
patético para el corazón de los hombres”. El amor, su naturaleza, su
relación con la posesión, sus transformaciones, sus ceremoniales. El
imperio –gran metáfora de poderes y organizaciones humanas-, su gobierno
y lenguaje, sus estructuras y relaciones, su relación con la
civilización. El lenguaje y las palabras, su enseñanza, su
insuficiencia, su relación con la sabiduría. La verdad y el error: “Las
pequeñas iglesias se peleaban y se odiaban, con su costumbre de
dividirlo todo en error y verdad. Lo que no es verdad es error, y lo que
no es error es verdad. Pero yo, que sé bien que el error no es lo
contrario de la verdad sino otro arreglo, otro templo levantado con las
mismas piedras, ni más verdadero ni más falso, sino otro, y les veía
prestos a morir por verdades ilusorias, yo sangraba en mi corazón”. La
libertad, sus condiciones, ejercicio y límites. La muerte: “¿Dónde has
visto tú que se trate de de adquirir y poseer, cuando no se trata sino
de devenir, de ser en fin, y de morir en la plenitud de su substancia?”.
El sentido de las cosas, y la noche y el agua –eso que Saint-Exupéry
aprendió en el desierto-. Y el tiempo. Así como el árbol no es semilla y
después tallo y después tronco flexible y después madera muerta, sino
potencia que lentamente desposa el cielo, así el hombre no es ni ese
escolar, ni ese esposo, ni ese niño o ese viejo… “Tú eres aquel que se
cumple. Y si tú sabes descubrirte rama equilibrada del olivo, saborearás
en tu movimiento la eternidad. Y todo en torno a ti se hará eterno.
Eterna el agua que canta y dio de beber a tus padres, eterna la luz de
los ojos de la bien amada que te sonríe, eterno el frescor de las
noches. El tiempo no es un guerrero que usa su sable, sino un segador
que ata sus gavillas”.
Lo que
resulta admirable es cuántas de estas sabidurías las dijo Saint-Exupéry
en esa historia simple y poética que contó a los niños en su
Principito.
EL PRINCIPITO: LA
HISTORIA
Cuenta
El Principito la historia de un aviador que, de niño, hizo el
dibujo de una boa que se había tragado a un elefante. Mostraba su
dibujo a las personas mayores y les preguntaba si se asustaban, y ellas
le decían que por qué se iban a asustar de un sombrero, y el niño tenía
que dibujar al elefante dentro de la boa. Las personas mayores le
aconsejaron que se dejara de dibujar boas que se habían tragado un
elefante y se ocupara de cosas más serias, como la geografía, la
historia, el cálculo o la gramática. Así que ese niño abandonó su
vocación de dibujante y aprendió a pilotear aviones. Nunca se entendió
con las personas grandes.
Este
personaje ha caído, por un falla del motor de su avión, en el desierto
del Sahara, a mil millas de toda tierra habitada. Y entonces se apareció
un niño, que le pedía que le dibujara un cordero.
Ese
niño, un Principito, ha caído, como él, del cielo, de su planeta
pequeñísimo. Y le cuenta de su vida en ese planeta y su relación con una
flor, y, después, de sus viajes por otros planetas, antes de llegar a la
Tierra. Un planeta estaba habitado por un rey; otro, por un vanidoso;
el tercero, por un bebedor; el cuarto, por un hombre de negocios; el
quinto, por un farolero, y el sexto, por un geógrafo. El séptimo planeta
fue la Tierra.
En la
Tierra el pequeño viajero se había relacionado con una serpiente, se
había hecho amigo de un zorro, y había conocido a un guardagujas y un
mercader. Finalmente se había encontrado con el aviador caído en el
desierto.
Es la
hora de partir, y el Principito se despide de su amigo, el aviador. La
mordedura de aquella serpiente es lo que lo hace partir.
Es una
historia sencilla; una trama en que apenas pasa nada. Si fuera un simple
cuento, valdría muy poco. Pero, como vale muchísimo, se impone pensar
que es mucho más que un simple cuento.
EL PRINCIPITO: LAS
VOCES NARRANTES Y LA FORMA NARRATIVA
Dos
voces cuentan la historia.
La del
piloto, que rememora aquel extraño suceso. “¡Me apena tanto –dice-
relatar estos recuerdos! Hace seis años que mi amigo se fue con su
cordero”, y confiesa que “si intento describirlo aquí es para no
olvidarlo”.
Y la
del Principito, que relata al piloto su propia historia: sus viajes, sus
relaciones, sus búsquedas.
Una
gran parte de la historia –y en buena parte la más importante- cobra la
forma de diálogo. Son diálogos en que el Principito habla con el
aviador, y lo que hace avanzar la historia es lo que él pregunta y él
comenta y él cuenta.
Alguna
vez, lo que cuenta el Principito se convierte en diálogo. Son, por
ejemplo, sus diálogos con el zorro, y los diálogos que sostiene con cada
uno de los habitantes de los seis planetas visitados.
Las
breves introducciones a los diálogos –hechas por el aviador que cuenta
la historia- o los comentarios que les siguen –también, por supuesto,
del piloto-, y los diálogos mismos dan al libro una forma viva,
dinámica.
EL PRINCIPITO:
ENTRE LA REALIDAD Y OTRA REALIDAD
El
Principito sitúa, al comienzo, a su lector en terrenos de la
realidad: el piloto que había caído con su avión en el desierto. (Y el
lector que, como nosotros, conoce la vida de Saint-Exupéry sabe que él
efectivamente cayó con su avión en el Sahara, “a mil millas de toda
tierra habitada”).
Y
presenta la aparición del pequeño príncipe como algo real. Extraño, pero
real. “Imaginaos, pues mi sorpresa, -le confía al lector- cuando, al
romper el día me despertó una extraña vocecita”. E insiste: “Miré, pues,
la aparición con los ojos absortos por el asombro”. Y, cuando ese
extraño niño le pide que le dibuje un cordero, comenta: “Cuando el
misterio es demasiado impresionante no es posible desobedecer”.
No
quiere el autor que se lea su historia como cuento: “Hubiera deseado
comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Hubiera
deseado decir: “Había una vez un principito que habitaba un planeta
apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…” Para
quienes comprenden la vida habría parecido mucho más cierto. Pues no me
gusta que se lea mi libro a la ligera. ¡Me apena tanto relatar estos
recuerdos!”
En la
introducción a la historia, antes de que aparezca el Principito, el
autor nos ha participado lo que piensa de las personas mayores, que no
entienden muchas cosas. Vuelve a referirse a ellas: “Si les decís: “La
prueba de que el Principito existió es que era encantador, que reía y
que quería un cordero. Querer un cordero es prueba de que se existe”, se
encogerán de hombros y os tratarán como se trata a un niño. Pero si les
decís: “El planeta de donde venía es el asteroide B 612”, entonces
quedarán convencidos y os dejarán tranquilo sin preguntaros más. Son
así. Y no hay que reprocharles. Los niños deben ser muy indulgentes con
las personas grandes”.
Pero
resulta que ese tal asteroide era tan pequeño como una casa, pero tenía
dos volcanes en actividad y otro más, apagado… y en él vivía un niño que
podía viajar por otros planetas y llegar a la Tierra. Y todo esto al
adulto normal le saca de la realidad.
Pero,
como la historia no es cuento, hay que pensar en otra realidad. ¿Quién
es el Principito? ¿Cuál es su realidad?
Cuando
Saint-Exupéry, encerrado en el piso 21 del 240 Central Park South, en
una Nueva York que le resultaba ajena –mucho más ajena que el desierto,
que para él no era ajeno- y detestable por su espíritu fenicio y
satisfecho y su vida bulliciosa y frívola, hallaba consuelo en recordar
al Principito, aquello era para él real. Otra suerte de realidad. ¿Era
su infancia la que volvía a él convocada por esa historia? ¿Era el
Principito él mismo, en lo que guardaba en su interior de niño?
Así que
El Principito, si se lo quiere leer bien, no ha de leerse como
cuento, sino como una historia que trasmite recuerdos, vivencias,
sabidurías. Todo lo cual es, hasta para el espíritu más falto de vuelo,
realidad.
Saint-Exupéry gustaría decirlo, más bien, de este modo: El Principito
no lo pueden leer las personas mayores; lo han de leer lo niños y
los grandes que siguen siendo niños. El dedicó su libro a un querido
amigo: “A Léon Werth”. Pero al final de la dedicatoria, lo corrigió.
Escribió: “A Léon Werth cuando era niño”.
EL PRINCIPITO:
LIBRO DE SABIDURÍAS
Para trasmitir la suma de las sabidurías que
sobre el hombre y las cosas había cosechado en una larga trayectoria de
segador por la tierra, el desierto, el cielo, la noche, en la soledad de
la carlinga de sus aviones y en la conversación con los hombres del
desierto, en la vida de amistad con sus camaradas y en las horas de
enfrentarse con la muerte, Saint-Exupéry escribía, lo sabemos,
Ciudadela. Pero volcó lo más hondo de esas sabidurías, que era, a la
vez, lo más sencillo, en El Principito.
Es un
niño quien ilumina esos misterios para el aviador. Eso da, a la vez, su
tono y su encanto a todas las sabidurías que el libro trasmite al
lector.
Cuando
ese niño medita sobre la flor que ha dejado en su planeta, su debilidad
y su ingenuidad al creer que podrá defenderse con sus espinas, y
pregunta al aviador: “¿Y tú crees que las flores…?”, éste, que trabajaba
febrilmente en reparar su avión, sin dejarle terminar, le contesta
desabridamente cualquier cosa, y remata con: “¡Yo me ocupo de cosas
serias!”, el Principito, “verdaderamente muy irritado”, le da la primera
gran lección:
-Conozco un planeta donde hay un señor carmesí. Jamás ha aspirado el
perfume de una flor. Jamás ha mirado una estrella. Jamás ha
querido a nadie. No ha hecho más que sumas y restas. Y todo el día
repite como tú: “¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre serio!”. Se infla
de orgullo. Pero no es un hombre. ¡Es un hongo!
Es una lección de humanismo esencial. El
hombre que vive absorbido por sus negocios, el que se ha convertido en
autómata que trabaja y se divierte, se divierte y trabaja, y no tiene
aliento ni interés ni tiempo para cultivar amistades y buscar el
contacto enriquecedor con la naturaleza, no merece ser llamado hombre.
Eran esos hombres-termitas que Saint-Exupéry miró siempre, y
especialmente en Nueva York, con horror.
Y hay
–siguió el Principito su grave lección- cosas de enorme importancia que
a esos hombres serios se les escapan:
-Si
alguien ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre
los millones y millones de estrellas, es bastante para que sea
feliz cuando mira a las estrellas. Se dice: “Mi flor está allí, en
alguna parte…” Y si el cordero come la flor, para él es como si,
bruscamente, todas las estrellas se apagaran. Y esto, ¿no es
importante?
La segunda gran lección es sobre el amor.
¡Cuánta complejidad en la relación amorosa del Principito con su flor!
Hasta la confesión de que no supo amarla. Debió haberla juzgado por sus
actos y no por sus palabras. Le perfumaba y le iluminaba. Debió haber
adivinado su ternura, detrás de sus pobres astucias.
El amor
y la amistad. Para Saint-Exupéry, que amó con un amor recio y generoso a
sus camaradas, no había fronteras entre lo que los hombres llaman de un
modo y lo que llaman de otro. Amistad-amor es lo que enseña el Zorro al
Principito en una de las partes más hondas y entrañables del libro.
Aparece
el Zorro, que al Principito le parece lindo. Le pide que jueguen, y el
Zorro le responde que no puede hacerlo, porque no está domesticado: “Je
ne suis pas apprivoisé”. Y el Principito, que jamás se queda sin
preguntar lo que no entiende, le pregunta qué signifique “apprivoiser”,
y, según estila, lo pregunta hasta que se le contesta. Finalmente el
Zorro le responde: “Es una cosa demasiado olvidada. Significa “crear
lazos”. Y entonces, con la misma sencillez de todo el diálogo, le da una
de las más penetrantes y bellas descripciones del amor y la amistad, que
se hayan dado nunca:
-¿Crear lazos?
- Sí
–dijo el Zorro- Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante
a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No
soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros.
Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro.
Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo.
El amor –sigue el Zorro desvelando su secreto
para quien quiere que llegue a ser su amigo- transforma el mundo; para
el que ama, el mundo es otro, luminoso y emocionante:
Mi
vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las
gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues,
un poco. Pero si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré
un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los
otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará
fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves,
allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil.
Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú
tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado,
¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y
amaré el ruido del viento en el trigo…
Es todo esto tan bello que el Zorro pide al
Principito que le domestique. Este le dice que lo quisiera, pero no
tiene tiempo: debe encontrar amigos y conocer muchas cosas. Y entonces
el Zorro le da otra lección sobre el amor y la amistad:
-Solo se conocen las cosas que se domestican –dijo el Zorro-. Los
hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a
los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los
hombres ya no tienen amigos.
Pero el Principito tiene que partir. Y el
Zorro va a llorar. El Principito le dice que no ha ganado nada con su
amistad, y el Zorro le dice, sabio: “Gano por el color del trigo”. Antes
le había confiado:
¿Ves allá los
campos de trigo? Yo no como pan.Para mí el trigo es inútil.Los campos de
trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos
color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo
dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.
El recuerdo del
amor lo transfigurará todo.
De
despedida, el Zorro le confió a su pequeño amigo un secreto:
He
aquí mi secreto: Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo
esencial es invisible a los ojos.
Y el Principito lo repite, para no olvidarse:
“Lo esencial es invisible a los ojos”.
Con
otro tono, de un fino humor irónico, cada una de las visitas a esos
planetas en que viven pintorescos personajes importa una lección de este
humanismo que para Saint-Exupéry era clave de la nobleza del hombre. El
Rey que mandaba por mandar, aunque su mandar no tuviese sentido; el
vanidoso al que lo único que le interesaba era que le aplaudiesen,
aunque esos aplausos no fuesen manifestación de verdadera admiración o
respeto; el bebedor que bebía para olvidar la vergüenza de ser bebedor;
el hombre de negocios que contaba las estrellas y, como si fuesen sus
valores, encerraba los números en su caja fuerte, y se pasaba la vida en
sus cálculos; el farolero que, dada la pequeñez de su planeta, no podía
concederse respiro en encender su farol cada vez que llegaba la noche, y
el geógrafo que solo se ocupaba de llevar registro de lo que descubrían
los exploradores, siempre que presentasen pruebas de sus hallazgos, así
como grandes piedras si se trataba de una gran montaña… Todas esas
personas grandes le parecen decididamente extrañas al Principito.
Rechaza esa manera de tener del hombre de negocios. “Yo –le dice- poseo
una flor que riego todos los días. Poseo tres volcanes que deshollino
todas las semanas. Pues deshollino también el que está extinguido. No se
sabe nunca. Es útil para mis volcanes y es útil para mi flor que yo les
posea. Pero tú no eres útil a las estrellas…”. Rechaza el Principito ese
afán de poseer por poseer, esas ansias vacías de mandar y figurar. Lo
importante es servir y ser útil. Hacer cosas buenas o bellas. Ante el
trabajo del farolero, el Principito medita: “Talvez este hombre es
absurdo. Sin embargo, es menos absurdo que el rey, que el vanidoso, que
el hombre de negocios y que el bebedor. Por lo menos su trabajo tiene
sentido. Cuando enciende el farol es como si hiciera nacer una estrella
más, o una flor. Cuando apaga el farol, hace dormir a la flor o a la
estrella. Es una ocupación muy linda. Es verdaderamente útil porque es
linda”.
Ya en
la Tierra, el Principito se topará con el guardagujas; es decir, el
encargado de dar paso a los trenes. Asiste entonces al vertiginoso ir y
venir, a grandes velocidades, de los habitantes del planeta. Porque
nadie está contento donde está. Porque no persiguen absolutamente nada.
Es una visión amarga de la vaciedad y desorientación espiritual de las
urbes civilizadas, con sus habitantes faltos de metas, de calma para
pensar y hasta para ser. “Solo los niños saben lo que buscan –dijo el
Principito-. Pierden tiempo por una muñeca de trapo y la muñeca se
transforma en algo muy importante, y, si les quitan la muñeca, lloran”.
La
obsesión de los habitantes de esas enloquecidas ciudades es ganar
tiempo, aunque nadie sepa para qué. El mercader de píldoras que aplacan
la sed, le dice al Principito que con ello se logra una gran economía de
tiempo. “Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres
minutos por semana”. Yo, se dice el Principito, “si tuviera cincuenta y
tres minutos para gastar, caminaría muy suavemente hacia una fuente…”.
Y
después ya está con el aviador, que es su amigo, en el desierto. Y es,
entonces, la conversación de dos seres que comparten ya muchas
sabidurías. Tienen sed, y el Principito le dice que lo que embellece el
desierto es “que esconde un pozo en cualquier parte”, y el aviador, que
ha recordado su casa de infancia, en la que se decía que había un tesoro
escondido, lo confirma: “Ya se trate de la casa, de las estrellas o del
desierto, lo que los embellece es invisible”. Hallan el pozo, y esa agua
“era buena para el corazón, como un regalo”. Esa agua le hace
reflexionar al Principito en que los hombres cultivan rosas por miles y
se mueven en sus trenes rápidos, y no encuentran lo que buscan. “Y, sin
embargo, lo que buscan podría encontrarse en una sola rosa o en un poco
de agua”. “Pero los ojos están ciegos. Es necesario buscar con el
corazón”.
Toda la
vida de Saint-Exupéry, entregada al servicio heroico y a la amistad
presta a darlo todo por el amigo, había sido eso: una búsqueda con el
corazón. Lejos de cálculos, de frías ideas, de egoísmos de cualquier
especie. Su encuentro con el Principito le había hecho plasmar ese ideal
en una hermosa historia.
EL PRINCIPITO: LAS
CALIDADES ARTÍSTICAS
Libro
con tanto peso de sabidurías no es pesado, ni suena moralizante o
didáctico.
Porque
es original. Original en su hallazgo inicial y original en cada uno de
los episodios de la historia. La originalidad sorprende y confiere a un
libro calidad de único. El Principito es, por su hallazgo, único
en la literatura francesa del siglo XX y en la literatura infantil y
juvenil. Y único también en la producción de Saint-Exupéry.
Y
porque tiene mucho de juego y finos toques de humor irónico.
De
principio a fin, el autor juega con lector. Es como una suerte de juego
de escondidas entre lo real y lo fabuloso. Y el juego es sostenido,
hasta el postescrito, al que, por otro de sus rasgos, nos referiremos
líneas abajo.
Pero,
sobre todo, porque es poético. El lector siente que, aunque le vaya
enseñando cosas importantes, no lo pretendía. El narrador lo que quería
era trasmitir un hermoso recuerdo, transido de lirismo.
Clave
de ese hálito poético es la figura del Principito. Con gestos tan
poéticos como ese consolar su tristeza viendo la puesta de sol o ver su
cordero dentro del dibujo de unas pocas líneas de una rudimentaria caja
hecho por el aviador… “Sacó el cordero del bolsillo y se abismó en la
contemplación de su tesoro”.
Ese
lirismo se torna más intenso al final, en un clima de tristeza, porque
se adivina la partida del Principito. ¡Cuánta poesía en el último
diálogo del Principito con el aviador!:
-Es
como con la flor. Si tú amas una flor que se halla en una estrella, es
dulce, la noche, mirar el cielo. Todas las estrellas están
florecidas.
-Así
es.
-Es
como con el agua. La que me has dado a beber era como una música, por la
roldana y la cuerda… tú recuerdas… era tan buena.
-Así
es.
-Tu
mirarás, la noche, las estrellas. Mi casa es muy pequeña para que yo te
muestre donde se encuentra la mía. Es mejor así. Mi estrella así
será para ti una de las estrellas. Entonces, todas las
estrellas, amarás mirarlas… Ella serán todas tus amigas. Y
ahora te voy a hacer un regalo.
Y de
nuevo rió.
-¡Ah! ¡Pequeño hombrecito, pequeño hombrecito cómo amo escuchar tu risa!
-Justamente ese será mi regalo…eso será como con el agua…
-¿Qué quieres decir?
-Las
gentes tienen estrellas que no son las mismas. Para los unos, que
viajan, las estrellas son guías. Para otros no son más que
pequeñas luces. Para otros que son sabios ellas son problemas. Para
mi hombre de negocios eran oro. Pero todas estas estrellas no
hablan. En cambio tú, tú tendrás estrellas como nadie ha tenido…
-¿Qué quieres decir?
-Cuando tú mirarás el cielo, la noche, como yo habitaré en una de ellas,
como yo reiré en una de ellas, entonces será para ti como si riesen
todas las estrellas.
¡Tú
tendrás, para ti, estrellas que saben reír!
La
poesía brota del ritmo –por eso casi siempre la poesía ha buscado formas
métricas, con medidas que imponen una lectura rítmica: eso es el verso-.
Y esta prosa, sin llegar a las medidas exactas del verso tiene ritmo. Un
ritmo a la vez sosegado y anhelante.
El
pasaje que acabo de transcribir lo he traducido con dos criterios:
procurar la versión más literal y tratar de conservar cuanto se pueda el
ritmo. Lo uno y lo otro se relacionan íntimamente.
Así, el
francés
Si
tu aimes une fleur qui se trove dans una étoile, c´est doux, la nuit, de
regarder le ciel. Toutes les étoiles son fleuries.
Se ha vertido:
Si
tú amas una flor que se halla en una estrella, es dulce, la noche, mirar
el cielo. Todas las estrellas están florecidas.
En otra traducción leemos: “es agradable
mirar el cielo por la noche”. Acaso sea español más claro traducir “la
nuit” como “por la noche”. Pero el ritmo se ha acabado. Y ese corte que
sugiere una matriz conversacional: “es dulce, la noche, mirar el cielo”.
“Por la noche” es tan claro y explícito como prosaico; es decir
antipoético.
Con
esto, está dicho que el texto de El Principito tiene más poder
poético en su original –como pasa con toda poesía-; pero lo admirable es
que también las traducciones –y el libro ha sido traducido a decenas de
lenguas- conservan muchísimo del lirismo del texto francés.
El
ritmo es lo que menos pasa de un original lírico a sus traducciones.
Pero pasan las imágenes y muchas fórmulas verbales poéticas. ¡Cuánta
poesía en ese “todas las estrellas están florecidas” o el “tú tendrás,
para ti, estrellas que saben reír” del pasaje que acabamos de traducir!
Y pasa
la emoción. Este es un libro cálido de emoción, rico de sentimientos,
que, por su poder literario, se trasmiten al lector.
Hasta
el postescrito, de tan alta carga de sentimiento que, de no ser por toda
la base poética y de sostenida emoción que lo sustenta, hasta correría
el riesgo de dar en sentimentalismo:
Este
es, para mí, el más bello y triste paisaje del mundo. Es el mismo
paisaje de la página anterior, pero lo he dibujado una vez más para
mostrároslo bien. Es aquí donde el Principito apareció sobre
la tierra y después desapareció.
Mirad atentamente este paisaje a fin de estar seguros de reconocerlo, si
viajáis un día por Africa, en el desierto. Y, si llegáis a pasar por
allí, os suplico, no os apresuréis, ¡esperad un poco, justo
debajo de la estrella! Si entonces un niño llega hasta vosotros, si
ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga,
adivinaréis quién es. ¡Sed entonces gentiles! No me dejéis tan triste
como me hallo. Escribidme pronto que él ha vuelto.
Habla el autor de un dibujo. Son dos líneas
que sugieren dunas de un desierto y arriba una estrella. Todo tan simple
como el dibujo infantil. Cabe recordar que el libro lleva siempre, hasta
en traducciones y ediciones de menor formato que la primera,
ilustraciones hechas por el mismo Saint-Exupéry. Sencillas, pero
expresivas. Y alegres, como para un libro para niños. Son parte de esta
obra artística.
Especialmente notable es que en este hermoso libro, todo ese lirismo y
toda su hondura, se den con un delicioso tono de ingenuidad infantil.
Pero una ingenuidad rica de sabidurías. Por ese tono de ingenuidad es
tan convincente todo lo que cuenta y medita el Principito, que, como lo
hemos visto ya, es tan hondo y penetrante.
Todas
sus sabidurías, como contenido, y toda su poesía, como plasmación formal
de esas sabidurías, hacen de este un libro que no se agota a la primera
lectura; que puede seguir leyéndose, porque, aunque, acaso, ya no nos
diga cosas nuevas, hace que tantas de las tan honda y tan hermosamente
dichas sigan calando en nosotros.
Era en
los años 1959, 1960 y 1961, y no había El Principito en librerías
quiteñas. Un grupo de pequeños montañistas y yo, tuvimos que copiarlo a
máquina. Y esa copia, doblada dos veces para que entrara en el bolsillo
trasero de una mochila, nos acompañaba en todas nuestras ascensiones. Y
por la noche, en los pajonales, en los arenales, al pie de las nieves
eternas, en nuestras carpas, a la luz de una pequeña lámpara o de una
simple esperma, leíamos, una vez más, El Principito. Y siempre
nos fascinaba como la primera vez. Yo diría que cada noche nos enseñaba
un poco más de amor a la naturaleza –a la que, como montañistas, tanto
amábamos-, de cosas esenciales, de los altos secretos de la amistad…
Entonces lo sentí: acaso nadie entendería tanto, con esa inteligencia de
corazón que reclamaba Saint-Exupéry, esta historia como el adulto que
hizo amistad entrañable con un niño. “¡Ah! ¡Pequeño hombrecito, cómo amo
escuchar tu risa!”
Alangasí,
marzo-abril de 2005
Actividades
sugeridas para después de la lectura.
1. Ensayar, en
trabajo de todo el grado o curso, un listado de los valores humanos que
trasmite el libro. El estudio preliminar ayudará, sin duda, pero hay que
avanzar más en el listado de valores.
2. Si hay en el
curso un alumno que haya avanzado más como lector, procurar que lea, del
mismo Saint-Exupéry, Tierra de hombres (Traducida como Tierra
de los hombres, está publicada en español por la editorial
Sudamericana). Que él compare los valores que enseña ese libro con los
de El Principito.
3. Cada alumno
escribe cuál es el pasaje del libro que más le gustó y por qué. Se leen
algunos trabajos y su autor conversa con los compañeros.
4. Se invita a una
redacción. Tema: Otro planeta que visitó el Principito. ¿Cómo era ese
planeta? ¿Por quién estaba habitado? ¿Qué conversaron ese personaje y el
Principito?
5. Dramatización.
La clase se divide en grupos. Cada grupo elige a un niño o niña que haga
del Principito y se representa uno de los episodios del libro. |