El
español del nuevo milenio
Conferencia
pronunciada el día del idioma español, 23
de
abril, de 2002, en la sede de la Academia Ecuatoriana
El español llega
al nuevo milenio como lengua milenaria. Antes de voltear el año 1000 ya dio
señales de vida, y, como la vida de una lengua es la de una estructura
viva, era ya vida, aunque elemental y niña, completa en sus elementos
esenciales. Y podía sentírsela, además, rica de ímpetu vital.
Cada vez se ofrece
más temprano ese momento en que la nueva lengua se asomó a un códice -única
memoria de las lenguas-. Celebrábamos en 1978 ese primer milenario de la
lengua. Ahora parece que la fecha es anterior. En 1997 dos investigadores de
la Universidad de la Rioja -Claudio y Javier García Turza- dieron en el
mismo monasterio de SanMillán, donde se había hecho el descubrimiento que
dio lugar a las celebraciones milenarias, con un glosario de 200 folios y
cerca de cien mil palabras, varias en romance o en latín adulterado por el
romance. Y este glosario lleva fecha de terminación: 13 de junio de 964.
Algo más de
quinientos años más tarde, esa vida del castellano, ya bullente, vigorosa,
con poderes de expansión, fructificada en magníficos frutos de lenguaje,
da el salto a otros niveles de realización. El maestro Elio Antonio de
Nebrija, en plenitud de conciencia, le hace gramática, y Cristóbal Colón,
sin mayor conciencia, le abre una puerta hacia su gran realización de
futuro, el español de América.
Y aquí importa
detenernos en cosa que pesará en esta larga mirada hacia el futuro en que
esta noche nos empeñamos, acaso ilusamente. ¿Qué empeño de profetismo
humano no ha sido siempre un tanto ilusorio? La reina Isabel, la Católica,
parece haberse mostrado reticente ante la empresa de una gramática del español,
ella que tantos negocios pragmáticos urgentes se traía entre manos. Y
entonces, aun antes de que el de Nebrija urdiese su respuesta -que la tenía,
por supuesto, largamente meditada-, otro personaje, que se mostró sagaz y
visionario, se asoma por estos resquicios de la historia, arrebatándole la
palabra. Vale leer lo sucedido en relato del propio Nebrija:
El tercero provecho deste mi trabajo puede ser aquel que, cuando en cuando
en Salamanca di la muestra de aquesta obra a Vuestra Real Majestad, i me
preguntó para qué podía aprovechar, el mui reverendo padre Obispo de Avila me arrebato la respuesta, i
respondiendo por mi dixo: que, despues que Vuestra Alteza metiese debaxo de
su yugo muchos pueblos barbaros i naciones de peregrinas lenguas, i con el
vencimiento aquellos ternian necessidad de recebir las leies quel vencedor
pone al al vencido i con ellas nuestra lengua, entonces por esta mi Arte
podrian venir en el conocimiento della, como agora
nos otros deprendemos el arte dela gramatica latina para deprender el latin.
(Gramática castellana de Antonio de Nebrija, Prólogo)
Todo aquello y más
lo tenía condensado Nebrija en fórmula lapidaria de insospechadas
resonancias -las tuvo, las tiene y las tendrá en el nuevo milenio-:
“Siempre la lengua fue compañera del imperio”.
A las relaciones
lengua-imperio hemos de volver si queremos dar consistencia geopolítica a
nuestra visión de futuro.
Pretendía Nebrija
con su Gramática “reducir en artificio i razón” una lengua viva, riquísima,
casi torrencial. Sabíase en el papel de observador sabio y sistemático de
un hecho prodigioso que, a pesar de su caudal creciente y del aire de
gallarda aventura con que se lo vivía, tenía claves que la razón podía
sorprender y fijar. Otros se daban a seducir la lengua y amarla como si de
mujer de innumerables ardides se tratase y hasta a forzarla con la
voluptuosidad de tentar límites y rebasarlos.
Vengan unas pocas
fechas que cimenten esta pista de lanzamiento hacia el futuro que, aunque
someramente, estamos afirmando en el pasado.
A mediados de enero
de 1605 se pone a la venta una novela que lleva por título El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, compuesto por Miguel de
Cervantes Saavedra.
1604: aparece la
Parte I de las Comedias de Lope de Vega. Hasta 1635, año de la muerte del
monstruoso ingenio, aparecerían XXII tomos, revisados por él en persona.
¡Qué suma de vida en esos cientos de piezas teatrales!
1543: fray Luis de
Granada, ya famosísimo orador sagrado, obtiene permiso del general de la
Orden dominicana para predicar por toda España. Y en 1556 aparece su Guía
de pecadores: el habla del pueblo para decirlo todo de lo más sencillo
a lo más exaltado, con admirables poderes de exactitud y rica sazón de
sabores.
1557: la madre
Teresa de Jesús, reformadora fuerte, incansable viajera y fundadora de
conventos, escribe, en el habla del pueblo de Castilla la Vieja, El castillo interior o las moradas.
1583: edición
salmantina de De los nombres de
Cristo de fray Luis de León, que ya en 1561 había traducido y
comentado, para lectura de Isabel Osorio, monja salmantina, el Libro de Job,
iniciando larga serie de admirables traducciones -la traducción de textos
de alta escritura es buena prueba de la bondad de una lengua-. Y escribía
poemas de intensa serenidad y grave pasión contenida, que Quevedo publicaría
en 1637 para oponerlos como dique al furor culterano.
1635: Quevedo
escribe Los sueños y La hora de todos, auténticas cumbres de una prosa española de
encaprichada riqueza, en que, con palabras de Cejador, hacía y deshacía a
su antojo, como en propia hacienda, que lo fue suya, el idioma; prosa en que
“a puñados brotan ... las maneras de decir más populares y castizas”
(Cejador). Y en 1648 publicaba el primer tomo de sus creaciones en verso: El
Parnaso español (las Musas), que hacen de él uno de los líricos más
penetrantes y redondos de la literatura universal.
1627: López de
Vicuña publica en Madrid las obras de don Luis de Góngora y Argote, cuyas Soledades
revolucionan el lenguaje lírico español, abriéndole horizontes que de tan
altos y hondos necesitarían siglos para ser vistos con claridad. De Las
soledades circulaban copias manuscritas desde 1613, seguidas por
regueros de escándalo.
Entre 1636 y 1677
aparecen, revisadas por él mismo, las cuatro primeras partes del teatro y
un tomo de autos sacramentales de don Pedro Calderón de la Barca. Desde
1634 las fiestas reales se honraban con una obra del autor de La vida es sueño, El gran
teatro del mundo, El mágico
prodigioso y El alcalde de
Zalamea. ¡Qué lujo para unas fiestas que, por su destinatario, eran
populares!
Fechas así, las
grandes fechas de esta historia cuyo futuro nos tienta, y acaso nos fascine
o intimide. Estos, y bien pudieran ser otros, al menos en algunas obras y
empresas pares, los grandes forjadores de esa lengua a la que los gramáticos
trataban, desde Nebrija, de “reduzir en artificio y razón”, para que
quienes carecían de esos poderes geniales y necesitaban formación y guía
las tuviesen.
Fue un siglo largo
en que el español se convirtió en una de las lenguas humanas con más
poderes para decirlo todo y elevarse a todo y ahondar en todo.
Y este siglo ha de
pesar en la historia de lengua que, enraizada en las hablas del pueblo, a
extremos tales llegó. Y ello hasta en el siglo XXI y los que le sigan, por
miopes y ajetreados en bagatelas que se anuncien.
Han de pasar casi
dos siglos en esta historia esencial del español que abocetamos para
hallarnos en otra estación con visos de decisiva.
El siglo XIX nos
ofrece un hecho al parecer simple pero en extremo significativo: los mayores
gramáticos del español están en América y escriben obras fundamentales,
en algún caso monumental. Fundamental la Gramática
de la lengua castellana destinada al uso de los americanos que
publica Andrés Bello en Chile, en 1847; monumental el Diccionario
de construcción y régimen de la lengua castellana de Ruifino José
Cuervo, cuyo primer tomo ve la luz en París, en 1886.
Frente a esas
enormes empresas debidas a gallardas individualidades, en España se ha
constituido una corporación que trabajará la Gramática y el Diccionario
oficiales de la lengua y piensa que su misión es defender el español de
España, el castellano de Castilla.
En América, los
mejores escritores -a la cabeza de los cuales estaban Palma, el
tradicionista aristócrata, y Montalvo, el liberal rebelde- eran castizos.
Pero otros, tan ilustres como Sarmiento, el argentino, se uafanaban de su
habla americana y acariciaban utópicos sueños de independencia también
idiomática.
Pero, al margen de
tales radicalismos más iconoclastas que realmente constructivos, ¡cuánto
peso de pensamiento y sensibilidad forjadores de usos idiomáticos había en
América! Los espíritus más alertas de España lo sintieron, y Vicente
Salvá, el mayor gramático peninsular del XIX, y la Academia Española, en
la edición XII de su Diccionario, 1884, comenzaron
a atender con seriedad a palabras y giros usados en América.
El español acabó
por convertirse en lengua de dos mundos con doble fuente de riqueza y
poderes.
A comienzos del XIX
se crean Academias de la Lengua en América -comenzando por la Colombiana,
la Ecuatoriana y la Mexicana, en su orden-, que no son consulados de la
lengua peninsular o sucursales de los productos ultramarinos, sino centros
de reflexión y trabajo lingüístico americano con esa preciosa materia común
que es la lengua española. El trabajo de esos centros americanos de la
lengua fue minando posturas peninsulares colonalistas y al fin, en 1925, la
XV edición del Diccionario académico
se abrió ya sin recelos ni prejuicios a las hablas americanas.
Mediado el siglo XX
damos con otra gran ola de creadores de lengua. Comienza antes del tan
celebrado “boom” -nombrecito tan superficial y episódico como todo lo
publicitario- y lo arrolla. En 1946 aparece en México El
señor presidente de Miguel Angel Asturias; en 1947, también en México,
Al filo del agua de Agustín Yánez;
en 1948, en Buenos Aires, Adan
Buenosayres de Leopoldo Marechal; un año más tarde, El
reino de este mundo de Alejo Carpentier, enMéxico... Y obras así no
han llegado sin antecedentes ilustres. Asistimos a un nuevo gran momento de
enriquecimiento de la lengua. Rico metal de nuevas canteras y viejos lujos
sacados de fondos inexhaustos de los baúles castellanos. ¡Cuánto lujo
antiguo exhuma, por mencionar caso ilustre, Leopoldo Lugones para su
fastuosa La guerra gaucha (que es
muy temprana: 1905)!
Y el aporte, en
otra línea, de Borges y Carpentier significa cargar la lengua de contenidos
de cultura. De donde el poder de fascinación de sus prosas en medios
refinados de Europa.
Y España no se
queda atrás: de Valle Inclán a Cela grandes creadores de lengua parecen
recordarnos que, si la gesta americana es más original y poderosa, como lo
florecido en tierras vírgenes y anchos espacios, sus empresas arrancan de más
junto a las raíces milenarias del español.
Con panorámica tan
a vuelo de pájaro hemos traspuesto el dintel que separa el milenio de los
mil del de los dos mil, y cabe preguntarse por el futuro de esta lengua con
historia tan gloriosa y construcción tan rica y sostenida.
Este futuro fue
visto en el siglo XIX como una réplica de la historia del latín: una
lengua madre fragmentada en lenguas que, manteniendo su matriz gramatical y
buena parete de sus raíces léxicas, eran ya otras a tal punto que
hablantes de una difícilmente se entendían con los de otra o, sin más, no
se entendían. Y fueron mentes poderosas las que a profetismo tan sombrío
se acercaron. Bello, en el prólogo de su Gramática, denunciaba el que estigmatizaba como “el mayor mal de todos”:
Pero el mayor mal de todos, y el que, si no se ataja, va a privarnos de las
inapreciables ventajas de un lenguaje común, es la avenida de neologismos
de construcción que inunda y enturbia mucha parte de lo que se escribe en
América, y alterando la estructura del idioma, tiende a
convertirlo en una multitud de
dialectos irregulares, liceciosos, bárbaros; embriones de idiomas futuros,
que durante una larga elaboración reproducirían en América lo que fue la
Europa en el tenebroso períodode la corrupción del latín.
(Gramática castellana, Prólogo, VII-VIII)
Y Cuervo, al final
de carta a don Francisco Soto y
Calvo -que este publicó como prólogo a su poema “Nastasio”-, le
confiaba parecidos temores:
Hoy sin dificultad y con deleite leemos las obras de los escritores
americanos sobre historia, literatura y filosofía; pero en llegando a lo
familiar y local, necesitamos glosarios. Estamos pues en vísperas (que
en la vida de los pueblos pueden ser bien largas) de quedar
separadops, como lo quedaron las hijas del Imperio Romano: hora solemne y de
honda melancolía en que se deshace una de las mayores glorias que ha visto
el mundo, y que nos obliga a sentir con el poeta:
“¿Quién no sigue conamor amor al sol que se oculta?”.
(En El castellano en América, Buenos Aires, 1947, p. 36)
Este temor se superó.
Llegadas las hablas americanas a cierto punto de diversidad, se impuso la
unidad. Y esa unidad se fue imponiendo en el siglo XX con tanta mayor fuerza
cuanto más se entrelazaban todos esos países con medios de comunicación
que ni el más visionario podía haber avisorado en los días de Bello y
Cuervo. Hasta que en el último tramo del siglo XX la televisión comenzó a
arrasar hasta con los núcleos de diversidad más rurales y remontados del
continente y la península.
Así que se puede
anticipar, sin dárselas de profeta iluminado, que el proceso del español
en el próximo milenio será de creciente unificación, y muchas
peculiaridades, de querer conservárselas vivas -porque en la literatura y
en estudios lingüísticos sí quedarán memorias de ellas- habrá de hacérselo
en verdaderas reservaciones. La globalización, esa macroameba voraz que lo
devora todo, engullirá también el español.
Pero la unidad
impuesta por los medios de comunicación -verdadera tela de araña electrónica
que nos ha convertido en la aldea global que anunció MacLuhan- es una
unidad que se paga a altísimo costo.
Dábamos el Quijote
y las prosas de Quevedo como un momento de plenitud en la historia del español.
Pues bien, en un futuro desolador, que ha comenzado ya, las clases medias y
las gentes jóvenes no leen ese español simplemente porque no lo
entienden.. Han hecho su español al pie del televisor, y el español que
por allí circula no es el español milenario e imperial, sino una suerte de
raquítica lingua franca, reducida a construcciones elementalísimas y con léxico
famélico de unos pocos centenares de palabras.
Esto que lo
converso ahora con vosotros lo denuncié en el más alto foro de la lengua,
el XI Congreso de Academias, tenido en Puebla, México, en 1998 [i] .
Y denuncié como caso extremo de este dramático empobrecimiento del español
el del subjuntivo. De la televisión -no la nuestra, la latinoamericana, que
nos llega saltando fronteras y achicando distancias-, de ese cine importante
que tenemos el privilegio de
ver en nuestras casas, así sea en un pequeño pueblo de los Andes, presenté
estas muestras:
“En caso de que
quieres vender”
“Me sentía como
si alguien nos estaba mirando”
“Como si yo era
repugnante”
En los tres casos
se imponía el uso del subjuntivo. Esas tres construcciones -de principal y
subordinada- no son español. Español es esto:
“En caso de que
quieras vender”
“Me sentía como
si alguien nos estuviese mirando”
“Como si yo fuera
repugnante”
El sistema del
verbo en español no tiene sino dos modos básicos (el imperativo no se usa
en el español americano y ni falta que hace): indicativo y subjuntivo.
Responden a una cosmovisión: las acciones -todo aquello que el verbo
expresa en cualquier lengua- o son reales o no lo son. Las reales
sucedieron, suceden o sucederán -los tres tiempos básicos-; las no reales
son deseadas, temidas, esperadas; de uno u otro modo, hipotéticas; se
mueven en territorios de subjetividad, manejadas por formas de entender,
imaginar o sentir. Y bien, para
lo real está el modo indicativo, que no hace sino situar una acción en un
registro temporal; para lo no real está el subjuntivo. Acabar con el
subjuntivo sería, pues, mutilar nuestra cosmovisión en cuanto ella tiene
de subjuntivo. Un suicidio cultural.
Ante amenazas de
futuro tan sombrías como esta importa cobrar conciencia de que el futuro
puede ser dirigido: sostener, frente a todos los fatalismos, que el hombre
es, al menos en parte, señor de su futuro.
Y el futuro se
puede cambiar en las aulas. Allí está el futuro de los pueblos. Si en
todas las aulas de España y América se aprende a usar y a amar el
subjuntivo, puede llegar el día en que deficiencias de uso tan torpes y
aberrantes como las que acabo de denunciar sean reconocidas y rechazadas
universalmente.
Pero si la niñez y
juventud puede aprender su lengua en las aulas, el adulto no tiene ya más
escuela que la televisión, la radio y, en mucha menor cantidad de usuarios,
los medios impresos.
Y entonces se
impone concluir que ese futuro de la lengua depende, mucho más que de
nosotros, académicos, de los periodistas y los comunicadores.
Soy periodista
colegiado y al reflexionar así me siento uno más del oficio. Y hay algo
penoso que siento que debo decirlo, pero me alivia hallar que lo dice otro
periodista, reconocido y acatado por el modo como luce poderes en sus
textos, desde vastísima erudición hasta sutil humor. Daniel Samper hizo
también unas reflexiones sobre el español, en vísperas de llegar al 2000.
La .sexta reflexión se tituló “Los enemigos del español” y dice así:
Varios escritores y profesores de filología, entre ellos Gregorio Salvador
y Francisco Ayala, han tenido la valentía de señalar las contribuciones de
la telenovela en el duro oficio de remojar y renovar la lengua peninsular. Otros han preparado la lista de quienes
resecan el español, lo debilitan, lo empobrecen y lo quebrantan. Los
periodistas
encabezamos esta lista. Y no
falta razón a quienes nos critican. Los medios de comunicación son el
profesor de idiomas de la sociedad de masas, y cada día “deseducan” más.
El léxico del periodista parece reducido a su mínima expresión; los
errores gramaticales son pan de cada día; y, si alguna vez existió, se ha
perdido el cariño y la preocupación por el idioma.
(Diners, Quito, n. 184, 1997, p. 37)
Hubo un tiempo en
que con el griego -un griego sencillo, la KOINE o lengua común, aquella en
que se escribieron los Evangelios- se podía comerciar desde las costas de
Hispania -allí donde acababa el mundo- hasta las del Asia Menor. Y
cualquier erudito o intelectual podía conversar
con sus colegas en las grandes bibliotecas y centros de cultura, lo
mismo en Alejandría que en Efeso, en un griego de más quilates.
Surgió después el
Imperio Romano, que impuso su poder militar, sus leyes y costumbres
administrativas y su imponente obra pública en todo el mundo antiguo, desde
el sur de la indómita Britania hasta el hermético Egipto. Y, según la
implacable fórmula de Nebrija, “la lengua fue compañera del imperio”.
El mundo griego
sucumbió ante el poder latino. Ante las armas siempre han callado las
letras. Pero el griego, por ser lengua de pensamiento, ciencia, arte y
cultura, permaneció intacto y dominó intelectual y estéticamente a los
conquistadores latinos a través de sus más altos intelectuales y artistas.
Se estableció entonces una relación admirable entre la lengua de un pueblo
conquistado y la de su conquistador, que se extendió más allá de un buen
par de siglos.
Pero el latín acabó
por dominarlo todo y advino un milenio en que el latín fue la lengua
oficial y general del mundo. El milenio, ya sabemos, acabó, en cuanto a
esto de las lenguas que nos ocupa hoy, con el fraccionamiento de la lengua
madre en sus hijas romances.
El milenio que
hemos comenzado será por largo tiempo dominado por el inglés. De inglés
se hace ahora esa KOINE con la que se puede viajar por cualquier parte del
mundo y negociar desde Hong Kong hasta Manta, en Ecuador....
Oriente rechazará
el inglés por razones de oscura raigambre religiosa y cultural. En
Occidente se enfrentarán a la lengua del imperio las mayores lenguas de
cultura, aquellas en que se siga haciendo gran literatura para el mundo -el
alemán de un Gunther Grass, por ejemplo- y cine de alcance universal -Vajda
sigue hablando al mundo en polaco y Kusturica hace resonar con su
desbordante riqueza barroca el esloveno en su filmes-. La ciencia y la
tecnología, en cambio, hablan ya solo inglés, y todo en el mundo se
inventa en inglés y se patenta en inglés, y esto va a seguir largamente.
Pero he aquí que
el español ha mostrado una enorme capacidad para apropiarse de todos esos
productos de ciencia y tecnología “made in USA” y manejarlos sin
problema en español. Solo ha hecho falta un poco de imaginación indiomática
para buscar en las canteras de la lengua.
Y en sus contactos
con la lengua imperial corriente el español empieza a anotarse
significativas victorias, en el corazón mismo del imperio. El Anuario del
Instituto Cervantes 2001, titulado El
español en el mundo, nos hace saber que, a las puertas del nuevo
milenio, de cuantas lenguas extranjeras conviven con el inglés en Estados
Unidos, el español es la más hablada, la más oída por radio y televisión
y la más estudiada. 35,3 millons de hisopanos guardan como preciada
pertenencia el español; es decir, el 12,5 por ciento de la población del
enorme país. Y ello explica los más de 300 periódicos hispanos, las 528
emisoras de radio, las grandes cadenas de televisión(Univisión y Telemundo)
y los 43 millones de libros en español que se compraron en 1997. El
imperio, para sus fines de dominio, va a tener que hablar español...
Y, más que al
imperio en sí, hay que atender en esta hora en que se está decidiendo
buena parte del nuevo mileno al capitalismo. Cumpliendo de modo inexorable
ley establecida por Marx ese capitalismo, sacudidas trabas de cualquier índole,
apunta a los enormes monopolios. Universalizado el capitalismo, no hay
poderes que puedan enfrentarse a los de gigantescas transnacionales. Ellas
son el poder. Ante ellas se rinden países enteros, y no solo los de la
miserable periferia. “¿Qué queda, por ejemplo, de la independencia de Bélgica?”
-se preguntaba un analista internacional, y daba la razón de un no quedar
nada de Bélgica: “Y es que sus empresas esenciales ya pasaron a manos
extranjeras y, además, el grueso de su ahorro está colocado precisamente
en compañías extranjeras”.
Y esos poderes
transnacionales, de vuelta de sus aventuras mundiales de conquista -en el único
terreno en que les interesa conquistar: el del dinero- llegan a los mismos
Estados Unidos. Del mismo autor del texto sobre Bélgica, Jacques Attali, a
quien debemos un Diccionario del
siglo XXI, es este otro párrafo casi admonitorio
En los Estados Unidos, mientras tanto, ¿qué quedará de la independencia
política cuando la grandes empresas del complejo militar, de las
telecomunicaciones y de la informática (Tales como Lockheed, G.T.E. o
Microsoft) se vuelvan monopolios absolutos del mercado doméstico?
(“Empresas y
punto”. Diners, Quito, n. 202,
marzo 1999, p. 22)
Así que el poder
va a ser en el nuevo milenio, todo lleva a pensar así, transnacional
capitalista. El derrumbamiento de la URRS y sus socialismos satélites
muestra la magnitud de esta arrolladora fuerza nueva. Porque no fueron los
Estados Unidos los que acabaronconla potencia soviética. Los Estados Unidos
y sus misiles y su OTAN por décadas nada pudieron hacer como no fuera
polarizar el mundo y fortalecer a su rival político. Fue la seducción del
consumo la que acabó con esas reservas de austeridad y fortaleza moral que
sostienen cualquier socialismo. La Coca Cola pesa más en el mundo que
gobierno y poderío militar de
los Estados Unidos.
Ahora bien, ¿qué
les interesa a las transnacionales? Algo muy simple: ganar dinero.Y, para
ello, vender. Vender es el gran arte del milenio que ha comenzado.
He aquí, pues, que
la suerte del español de Cervantes y Quevedo, de Bello y Cuervo, se ha
uncido a algo tan fenicio como vender. Para las grandes transnacionales el
mundo del español no es sino un mercado más. Un mercado en el que no se
podrá vender sino en español. ¡Pero qué pobre es el español que no se
necesita sino para vender!
Resulta, entonces,
que también por este lado llegamos al mismo sombrío pronóstico: el español
del nuevo milenio se empobrecerá lamentablemente.
Piénsese que también
el libro es objeto de mercado y también allí todo empieza a ser manejado
-manipulado- por grandes transnacionales. ¿Qué espacio quedará para esos
libros que realmente enriquecen la lengua y ahondan soberbiamente en esa
cosmovisión que es la última razón de ser de una lengua?
[i]
El texto de la ponencia a que el autor se refiere se lo hallará
también en este portal web: El
español ante un nuevo milenio. La problemática pendiente.
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