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Ecuador: la tierra y el
hombre
Introducción
Mientras
Ignacio Rovira ha recorrido, ojo avisor y lente presta, del norte al sur y
del oriente amazónico al territorio insular, la tierra ecuatoriana, captándola
en su clara, recia y variopinta epidermis, yo he hurgado en los veneros
hondos de la literatura para mirar este mismo país con los ojos de los
quiteños -cuando éramos Quito- y ecuatorianos -desde cuando comenzamos a
llamarnos, en el siglo XIX, República del Ecuador- que con más viva
sensibilidad y mayores poderes expresivos hicieron el registro de esta
tierra patria y el hombre enraizado y florecido en ella.
No
han sido textos escogidos para servir de pies a las fotografías, así como
las fotos no se han hecho para ilustrar esos escritos.
Son dos series paralelas, trabajadas sin subordinación de una a
otra.
Pero, al ser su objeto el mismo y parecidas las incitaciones a que
escritores -a través de cuatro siglos- y fotógrafo -en el hoy- han
respondido, coincidencias y puntos de contacto se han multiplicado, hasta el
punto de entablarse una suerte de fascinante contrapunto.
La
selección de textos ha estado sujeta a unas reglas de juego.
Ante la abundancia de autores y pasajes, nos hemos reducido a solo
escritores de la literatura quiteña y ecuatoriana -dejando fuera tantas
deliciosas impresiones de viajeros como Dampier, La Condamine, Jorge Juan y
Antonio de Ulloa, Humbolt, Stevenson, Boussingault, Darwin, Whymper, Meyer y
tantos modernos y contemporáneos y hasta al mismo Bolívar y su “Delirio
sobre el Chimborazo”-.
Segunda regla: nada escrito a propósito para un libro como este y
semejantes: solo textos extraídos de discursos más amplios y libres -como
libros de lírica y novelas-.
Con ello se ha ganado en espontaneidad, frescura y calor humano.
Tercera: ningún autor con más de un texto.
Y por último, ninguna atención a nada que no fuese su calidad
literaria.
Que es plasticidad, que es emoción, que es inteligencia de
naturaleza y gentes.
El
resultado ha sido espléndido: los mayores poetas y prosistas ecuatorianos
están aquí presentes para mostrarnos la tierra ecuatoriana y la presencia
y vida del hombre de esta tierra, región por región -su ser y estar, sus
tareas y labores, sus dramas y pasiones, sus ufanías y júbilos-.
Y, al tratarse de tan finos artistas, esas visiones se cargan de
resonancias.
A ellas, que no son históricas, ha llegado el hálito del tiempo.
Y se siente que las traspasan altas y hondas pasiones, que tienen
como punto de partida común la admiración por la belleza y grandeza de la
tierra patria y el amor a esa tierra y su habitante, ancestro y hermano de
tan privilegiados vigías, exploradores y cronistas.
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