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Dos textos:
Franklin Ballesteros:
libro y
retrospectiva
por Hernán Rodríguez Castelo
Dicho en la Casa dela
Cultura "Benjamín Carrión",
Núcleo de Tungurahua, el 20 de mayo
de 2011.
EXORDIO
(Para eso que los viejos -y sabios- retóricos decían "captatio
benevolentiae"; aunque, en este caso, no de todos...)
Profunda emoción me causa siempre
venir a esta feraz comarca de la patria. Pródiga en frutos de la tierra,
pero también en varones de altas virtudes humanas y en maduros logros de
letras y arte. Pero esta vez esa emoción ha recibido nueva inyección:
veo en un mapa de la patria dividida esta provincia con estas cifras:
por el NO 54, 2; por el SÍ 35,9. Leía, días atrás, una nota de prensa
que proponía causas económicas para esta victoria del NO. Me pareció un
razonar fenicio. Las razones más profundas y por ello más verdaderas son
de dignidad y amor a la libertad. Dignidad: el pueblo ambateño no cambia
votos por borregos. Y, en cuanto a colchones, sabía yo de un ambateño
que proveía de colchones a los norteamericanos... Y la libertad. En esta
tierra se respira el aliento huracanado, soberanamente libre, de
Montalvo, y cuanto él dijo del tirano Veintemilla, está vivo,
palpitante, actualísimo para cualquier proyecto de tirano.
Ahora resta que quienes representan a este pueblo altivo, amante
intransigente de la libertad, recuerden en la Asamblea nacional que una
gran mayoría de tungurahuenses se pronunciaron por la libertad de prensa
-esa que fue el clima que hizo posible un Montalvo, un Vela, un Mera, un
Cevallos, un Luis A. Martínez- y por una justicia independiente del
poder ejecutivo, que ponga freno a abusos dictatoriales y venganzas de
pequeños tiranos, y exija cuentas a dilapidadores, a clientelares
pródigos y a quienes medran desvergozadamente con los dineros del
pueblo.
Y AHORA SÍ A LO QUE VINE
En esta visita mi emoción se tiñe
de amistad y afecto a un noble ser humano, y está nutrida por el aprecio
que me merece su creación de largos años que orna estas paredes de la
Casa de la Cultura y se ha reunido en libro.
Del libro he sido parte. Pequeña parte. Pero Franklin Ballesteros, que
es el personaje que aquí nos ha congregado, me ha honrado
poniéndolo a mi nombre. Y ha insistido en que en ese listado de mis
libros -curiosa lista que volteó ya el centenar- ocupe un lugar. Y allí
está ya: 106:MANUELA SÁENZ;
107, BALLESTEROS. Y, al momento de escribir estas líneas, me
llega, editado por la Universidad Técnica de Loja, para su
maestría en literatura infantil, el libro 108: HISTORIA DE LA
LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL.Y está publicado ya también, por la
afamada Universidad lojana, HISTORIA CULTURAL DE LA INFANCIA, que
sería el 109.Me complace dar estas primicias de libros aún no conocidos
en esta ciudad que, tras las luminosas huellas de Montalvo, Mera y
Cevallos, es una ciudad de libros.
Mi ensayo que abre el libro, tras rápido preámbulo, se instala en la
acuarela: "Pero es en la acuarela -sienta- donde Franklin Ballesteros se
impondría como uno de los mayores cultores del género en el siglo XX del
arte ecuatoriano". Con una producción tan sostenida por décadas y
sostenida con tan variadas, tan finas y tan ricas calidades solo conozco
otro caso: César Tacco.
En 1945 se abrió una muestra de acuarela de Leonardo Tejada, en Quito,
en el Instituto Británico. Varios de los artistas de esa briosa
generación pintaban a la acuarela. Pero montar toda una exposición
individual de acuarela resultaba insólito. Para inaugurarla se acudió a
alguien que había visto mucha acuarela en Europa y Estados Unidos: a la
inquieta periodista Lilo Linke. Y ella comenzó por una justa ponderación
de lo difícil de la técnica:
Bien se sabe que la acuarela es
un medio difícil de manejar. Requiere un ojo rápido y una mano segura
capaces de alcanzar la perfección al instante. Lo que falló la primera
vez, falló para siempre. No cabe rectificación ni remiendo y para el
logro de una obra determinada no está abierto el camino vacilante de
experimento
Y la autora sometía a criba acuarelas, para desechar como paja las
malas, y dar como grano esas que habían logrado las calidades propias de
esta manera de pintar, al parecer tan fácil, pero en realidad tan
complicada: la transparencia de tonos, luminosos y delicados a la vez;
su frescura; su limpieza.
Lilo Linke, viajera de rica cultura, no era seguramente ni especialista
en arte ni crítica de oficio. Se quedó un poco corta en el señalamiento
de cuanta calidad distingue la gran acuarela de la ordinaria y, por
supuesto, de la insatisfactoria.
La señora Linke había visto, eso sí, grandes acuarelistas. Sobre todo,
el que para mí es el más grande, el prodigioso revolucionario de la
técnica, el inglés Turner. Y ensayó breve recorrido desde ese grande
hasta la acuarela intelectual de Paul Nash. Y se volvió al Ecuador:
En el Ecuador pocos pintores han
prestado a la acuarela la debida atención. Parece que existía en la
mayoría el prejuicio en otras épocas propagado también en países como
Inglaterra y los Estados Unidos de que la acuarela servía solo para las
pinturas de "niñas bien educaditas". Acaso la influencia francesa con su
casi exclusiva concentración sobre el óleo y el dibujo era demasiado
fuerte, o que simplemente faltaba el estímulo necesario en forma de la
enseñanza paciente y del modelo de alta categoría.
Se le escapó a Linke -extranjera al fin- que en el horizonte del arte
ecuatoriano había ese "modelo de alta categoría" que reclamaba: era
Joaquín Pinto.
Pero mostró estar al tanto de los artistas ecuatorianos de primera línea
que prestaban atención a la acuarela. Tejada, por supuesto, a quien veía
como "el primer acuarelista del Ecuador", pero también Pedro León,
Eduardo Kingman, Oswaldo Guayasamín. Tal vez por lo parco de su
producción y el ningún cuidado que puso siempre en mostrarse no conoció
tampoco a ese finísimo acuarelista que fue Nicolás Delgado.
Cuando todo esto sucedía en Quito, un pequeño ambateño llamado Franklin
Ballesteros cumplía cinco años.
¿Cuándo vio por primera vez una acuarela?
Es pregunta que, parece, se nos escapó a cuantos nos hemos interesado
por el acuarelista. Pero resulta de decisiva importancia: acaso ver esa
acuarela habrá sido relámpago que iluminó fascinantes territorios que se
abrían ante esos poderes de artista que leudaban silenciosamente en él.
Pero hay otra pregunta, al parecer más complicada, que, sin embargo,
tiene respuesta sencilla: ¿Por qué comenzó a pintar a la acuarela?
Con una primera caja de crayones, a sus tempranos nueve años, da con el
secreto de convertir el paisaje en manchas o zonas de color puestas a
dialogar entre sí -por contrastes o por continuidades- para recrear en
la pupila del espectador lo que el artista vio.
Ha fechado ese primer trabajo fundacional de una manera de ver que lo
iba a conducir al futuro ejercicio acuarelístico: 5 de octubre de
1949. El motivo: "Cocha de los sapos. Patate".
Diría que ese temprano trabajo abre el libro, en cuanto libro de arte.
Y lo hace con una noticia de deliciosa ingenuidad, conmovedora por lo
que nos acecha detrás: "Crayones donados por la UNICEF en el terremoto
del 5 de agosto de 1949".
En una tierra desolada, herida por la fuerza telúrica, el pequeño de
nueve años ha recibido de la copiosa y generosa ayuda internacional una
cajita de crayones.
Y, aquí esta lo maravilloso, esa cajita ha sido la varita mágica con
poderes para transformar ese pedacito de cartulina de 22 por 31
centímetros en obra de arte. Con resonancias del tremendo acontecimiento
que había desquiciado la existencia de los ambateños: desde el cielo con
nubes cenicientas hasta la tierra con algo de convulsa.
Y recoge el libro otras pinturas de ese año -seguramente hubo muchas
más-. "Río Patate" nos trasmite lo que vio el pequeño artista en una de
las zonas más heridas por el sismo.
Y hasta ensayó algo especialmente difícil para un principiante: la
figura humana: un "Sembrador" doblado sobre la tierra, empeñado en
sembrar una plantita en la tierra yerma.
Pero estos trabajos no son acuarela. Son una realización más espesa, de
zonas cromáticas cargadas de materia, con trazos fuertes que se montan
sobre superficies ya pintadas, con ciertos delineados propios de quien
no se siente aún seguro como para resolverlo todo con aplicaciones de
color. Lo que sí anuncia al acuarelista es lo enérgico de ciertas
rápidas imprimaciones: los verdes y azules y grises de "Río Patate".
Y entonces el libro nos hace dar un salto: casi diez años para tener
acuarelas. El salto es en el libro al 1958 y 1959; en mi ensayo, a 1961.
Porque quise saltar hasta caer frente a una acuarela de maestro:
"Tigualó grande". Colores intensos. Subrayados obscuros para las tejas.
De sombríos blancos la torre de la iglesia. En conjunto de gran solidez
y riqueza. Es decir que, sin traicionar las levedades y transparencias
de la acuarela, el artista se ha atrevido a fijar en la cartulina lo
obscuro y denso. Todos los sentimientos que experimentamos ante esos
pueblos de la serranía que conjugan envejecimiento con vida,
desolaciones con calidez. Esta no iba a ser una acuarela fotográfica ni
una acuarela decorativa. Iba a ser honda, iluminada, vibrante de
recóndita emoción ante el paisaje.
Pero, dado el salto, volvemos la mirada atrás. 1949-1961: de nueve años
a los veintiuno. Para el espíritu del historiador, hecho a curiosear
intimidades de sus biografiados, ¡cuánta interrogación para esos años!
Franklin ha estado, por supuesto, en la escuela: "Centro Escolar
Ecuador". Y, como nuestra cacería no pierde de vista al artista,
destacamos que en 1953 ha presentado obra en una exposición colectiva de
ese centro. Ha pasado al Colegio Bolívar y en 1954 ha participado en una
colectiva del plantel.
El artista parece haber atendido a estas curiosidades y al final del
libro nos ha mostrado dibujos de estos años escolares: un Cristóbal
Colón, un Magallanes, un Almagro, un Pizarro. Fechados: 1952. VI grado.
Ya se le habían acabado los pasteles, se ve, y aún no conseguía sus
primeras acuarelas. Trabajaba con una modesta caja de lápices de colores
que le servían para iluminar levemente lo dibujado y se movía entre la
copia de modelos y ciertos toques personales, como las miradas. A ese
mirar confiaba la vida de ese visionario de rutas por los mares que fue
Magallanes.
Y algo más tarde lo hallamos ya arrancando color con su pincel
humedecido de la acuarela. Pero está muy metido en las rutinas escolares
como para entregarse a esa técnica, que busca el aire libre y la
naturaleza. Para el joven Ballesteros la acuarela no es aún aventura de
descubrimiento. El se ha empeñado en dibujar a sus compañeros y
profesores y la acuarela añade gracia a esos dibujos. Que la tienen de
sobra: no son dibujos realistas. Son caricaturas. Un humorístico ver lo
más propio, lo más curioso, lo más pintoresco del personaje, y señalarlo
intensificando el rasgo. El libro recoge al final un generoso puñado de
esas caricaturas. Lo vemos en el paso de 1959 a 1960 cada vez más agudo
para captar lo característico del personaje -maestros y gentes notables
del medio- y más seguro y desenfadado para fijarlo en dibujo.
Aún nos divierte esa galería de seres estrambóticos, de pintoresca
humanidad, captados no solo en su aspecto sino en peculiaridades de
carácter. ¿Cómo se disfrutaba aquello en el colegio y en el medio
provinciano? En 1960 el señor Franklin Ballesteros González, distinguido
alumno de 6o curso del Colegio Nacional "Bolívar" ha recibido un diploma
"como sincero estímulo a su magnífico arte, con motivo del Segundo Salón
de Caricaturas". Lo ha firmado el Dr. Alonso Castillo, rector.
Pero, de pronto, un sobresalto. En ese 1960 nuestro artista aparece como
alumno de sexto curso en el colegio de su tierra natal. Pero hay un
desnudo al carboncillo que lleva al pie firma y fecha. Y es 1959. Y de
ese desnudo de una mujer de espaldas, que, por su rica morbidez por los
sombreados que parecen acariciar sus redonces, incluí sin dudar en
El gran libro del desnudo en la
pintura ecuatoriana del siglo XX,
me confió el artista que se había dibujado con la modelo que
posaba para los alumnos de Bellas Artes... Y, por si fuera poco, otro
desnudo de parecido empaque se fecha en 1958.
Digamos, a modo de resumen, porque nos espera ya esa imponente suma de
acuarelas que para el atento observador, como para quien se solazó en
ellas cuando trabajaba el libro y preparaba el ensayo introductorio,
serán un fascinante viaje por una tierra patria desvelada en cuanto
tiene de belleza, de poder de seducción, de nostalgia cuando es dable
recordar esos rincones, de calor vital y recónditas resonancias siempre,
que Franklin Ballesteros, el niño y joven que afirmó sus primeros pasos
de artista por amables senderos de dibujo, nunca dejaría de dibujar.
Incansable viajero iría en esos trenes y por esos madrileños cafés y por
calles y plazas del mundo libreta en mano recogiendo sus impresiones de
cálido viandante en nerviosos y certeros apuntes.
Y nunca haría penitencia por sus primeros sensuales desnudos, sino más
bien los multiplicaría ensayando incansablemente maneras de hacer del
cuerpo de la mujer, que es síntesis de perturbadoras formas, obras de
arte que iban de un amable realismo a estilizaciones asomadas al borde
del abstracto.
Y asumiría como un reto para sus poderes de dibujante esa arriscada
empresa de trasladar al lienzo una persona, con sus rasgos físicos y su
vida interior; con las huellas dejadas en su rostro por largas
historias. Quien quiera comprobar la magnitud de los logros del
retratista, en el libro tiene el mío, en dos versiones, al cisco y al
óleo. Puede hacer algo que está fuera de mi alcance: comparar el retrato
con el retratado.
Cerremos este preámbulo con el óleo. Nuestro artista también ha pintado
al óleo, y una sección del libro recoge óleos, y la muestra lo hace
también. Es una pintura de paisaje rural y urbano de sólida composición
y dibujo exacto cuando el motivo lo pide. Con realizaciones cromáticas
que llegan al alarde de "Neblina en Salinas". Y un gran óleo que es el
que a mí más me impresiona: una marina resuelta solo en negros. Negro el
mar y negro el cielo. Negros. Pero mar y cielo nocturno. Como para
hacernos sentir el escalofrío que una noche sombría ante el mar nos ha
producido.
Y estamos ante las acuarelas. 121 acuarelas ofrece el libro, unas pocas
dos en la misma página, desde una temprana de 1958 hasta una de ayer no
más, del 2010.
Cuatro jornadas del acuarelista he distinguido en el libro, y puede ser
útil recordarlas para no perdernos a la hora de llegar al su suculento
banquete visual.
Primera: esa temprana madurez que lucen acuarelas como la ya vista de
"Tigualó grande". Al año siguiente, "Iglesia de Caranqui" afirma la
tendencia a la solidez en composición y fuerza de color, sin perder
nunca las transparencias propias de la acuarela. Y ese mismo 1962
"Patate" se afirma en esa dualidad que comenzaba a caracterizar la
acuarela de Ballesteros: motivos tratados con firme realismo en
contrapunto con partes resueltas con técnica impresionista o con toques
cromáticos muy libres.
Y esta primera etapa rica de maduraciones se extiende por la década de
los setenta. Confieso una debilidad: me gusta aprovecharme de la página
o la palabra que se ofrecen al crítico para ponderar las calidades de
alguna obra que es ya mía. Y es que resulta estupendo poder ponerla ante
uno al momento devolver a verla, esta vez para nuestros lectores u
oyentes. Esta bella pieza no tiene título, pero sí año: 77. Está, pues,
en lo más alto de esta jornada de maduraciones. Pueblito hecho de
blancos apenas insinuados en la meseta, de casas apiñadas en torno de la
torre de la iglesia; detrás y al borde, bosques resueltos como puras
manchas. Cerrando el horizonte un monte de azules neblinosos, mancha
tratada a la aguada. Y en el fondo un cielo entre gris y rosa. Y, para
el contraste ya señalado, en primer plano, lomerío de ocres firmemente
modelados. Lo escribo con la acuarela extrañamente bella ante mí. Y
pienso que pocas técnicas pictóricas dan tanto placer al contemplador
como la acuarela. (En el libro puede hallarse esta acuarela -un poquito
distinta en el color-en la página 74. ¡Qué difícil recoger en la
impresión todas las sutilezas cromáticas y todas las transparencias de
la acuarela! Y el artista le ha puesto título: "Soledad").
Segunda jornada: década de los ochenta . Nuevo dominio de la técnica.
Cualquier paisaje el acuarelista lo convierte en sinfonía fresca y rica,
plástica, en que cada árbol es una mancha original y libre, y sus prados
son juegos de verdes translúcidos y cielo y montes completan
composiciones redondas. Y nuevos paisajes se convierten en oportunidades
para tentar nuevas soluciones visuales.
Y se multiplican libertades que conducen a logros de gran belleza. En el
ensayo he destacado la bellísima "Noche de luna llena en el Altar", de
cenefa de aristas agudas, de ocres que recogen luz, sobre la base
sombría de grises con apenas iluminados de azules, contra un mágico
cielo de azules y violetas agrisados.
Leo lo que dedico en el ensayo a una obra. Por esos años,
significativamente, titula una obra "Ambatillo, luz y color" (1983).
Como para incitar al espectador a saltar sobre el motivo realista -que
para la acuarela de Ballesteros siempre fue, más bien, lastre- para
darse al disfrute del juego en que los jugadores eran luz y color. La
libertad con que el artista ha jugado ese juego puede sorprenderse en la
aplicación nerviosa de la mancha, casi a la aguada, con manchas sobre
impuestas a manchas. Para de manchas tan libres hacer surgir tierras y
árboles que casi envuelven y sumergen en luz y color los blancos del
caserío".
Tan seguro de su dominio acuarelístico el artista ambateño toma sus
pinturas y se aventura por lo urbano. Y se va por los caminos del mundo
a caza de cuanto haya por allí de luz y color. ¡Y qué luz halla en el
verano manchego de Ciudad Real! Y la fija en la cartulina. Titula una
serie "Pueblos Encantados". El los desencanta y los vuelve a encantar
con los secretos de la acuarela. Expone en Madrid en 1982 y 1989. Y un
crítico español que ha advertido el paso largo dado por el acuarelista
lo destaca: "Hemos observado un perfeccionamiento, cambio o
experimentación..., como se lo quiera llamar, en su tratamiento o
realización. En algunas de sus acuarelas se aprecia una moderna
inquietud por la mancha grande, por la fugacidad atmosférica, por la
síntesis extrema". Así el prestigioso Antonio de Santiago, en la Casa de
Almería.
Tercera jornada: de los noventa al nuevo siglo. Adviértese una nueva
fascinación de la mancha. Es decir, del puro color. Ese juego rico y
libre en que la acuarela consiste y que Ballesteros se ha dado a jugar
como sabio jugador, se lo juega con la mancha. En "Luz rota" -ya del
2005- en torno de los blancos de las casas, manchas de naranjas y rosas
son techos y manchas verdes son árboles. Y grandes imprimaciones
violetas y azules hacen un cielo dramático. Pero antes de ser techos y
árboles y cielo, y aun después de serlo, son color en libres y
contrastadas aplicaciones.
Cuarta jornada. Esta jornada no espera a que la anterior se liquide para
irrumpir. Lo que da su personalidad a esta jornada ni es el tiempo ni
maduraciones o técnicas. Es un motivo. Un motivo que se ha convertido en
fascinación y reto; que ha abierto las compuertas a insospechadas
iluminaciones.
¿El motivo? Galápagos y su mar. Su luz. La luz preside estas
ceremonias visuales, tan líricas y mágicas. Esa luz convoca nuevos
azules y traspasa extraños celajes. En variaciones como las que hacía
Bach, que al oyente rudo, solo hecho a las estridencias casi torpes de
ciertos sonidos contemporáneos, que se llaman eufemísticamente "música",
parecen repeticiones de lo mismo, Ballesteros multiplica sus marinas
haciéndonos sentir lo inagotable de esos contrapuntos de luz y color en
cielo y mar, con lenguas de tierras desvaídas o con la furtiva presencia
de alguna flotilla de pescadores.
Pero es hora ya de que se silencien las palabras y todos nos sumerjamos
en el elocuente silencio de estas imágenes que nos aguardan. El crítico
sentirá que cumplió su grave tarea si despertó el apetito de los
visitantes. Y si, de algún modo, les dio una carta de ruta para avanzar
por entre tan rico despliegue de visiones.
Solo le resta dar los parabienes a Franklin Ballesteros por este libro
que es una nave que con su rica carga de imágenes de la tierra patria y
de sus mares va a llegar a los más distantes puertos del mundo en donde
espíritus sensibles a esta manera de fijar belleza y emoción que es la
acuarela van a embarcarse para visitar, por encima de tiempos y
espacios, el taller del artista ambateño.
La acuarela de Franklin
Ballesteros
por Hernán Rodríguez Castelo
Nacido en Ambato, en 1940, el terremoto que redujo a escombros su ciudad
y arrasó con pueblos enteros en la provincia marcó la infancia de
Franklin Ballesteros. Debió vivir con su familia meses enteros precaria
existencia de vagabundos en carpas. Pero, por uno de esos caprichos de
la vida, al terremoto debió sus primeras empresas de artista, niño aún.
Entre tantas cosas como la generosidad de América enviaba para la
desolada región, llegó a sus manos una caja de crayones, y con los
tubitos de colores salió hacia el paisaje a ejercitar esos poderes
demiúrgicos del artista que convierte un largo trazo de azul en cielo y
otro de ocres en tierras yermas.
El pequeño escolar cobra conciencia de sus poderes para plasmar sobre el
papel o la cartulina cuanto ve. Algún profesor -no maestro, simple
profesor- cree que trata de engañarlo haciendo pasar por suyos dibujos
de los padres o algún otro adulto hábil. No le importa al precoz artista
y dibuja y dibuja. Pronto descubriría ese modo entre humorístico y
cínico de dibujar lo más risible y patético de los humanos, que es la
caricatura. Nunca pararía y sus caricaturas, de compañeros y profesores,
de personajes del medio y de próceres ambateños, sería galería de
cientos de esas agudas y sincopadas sumas de personalidades, pequeñas,
medianas, alguna grande.
La caricatura aferra contados rasgos y los magnifica. Captar la
personalidad total de una persona requería el retrato, y Franklin
comenzaría pronto a retratar, y una larga trayectoria de retratista
culminaría con imágenes de aguda penetración en el mundo interior del
retratado. He de confesar que fui objeto de una de esas ilustres
empresas del retratista.
¿Y por qué no retratar a personajes históricos? Para mi retrato tuve que
ir al taller ambateño del artista varias veces y posar largas sesiones.
A Bolívar, Montalvo o Pedro Moncayo imposible ponerlos junto al
caballete. Había que hurgar en huellas por ellos dejadas en la historia.
Es lo que debe haber hecho el artista para lograr visiones tan certeras,
tan penetrantes, como la de Montalvo o la de Pedro Moncayo.
PERO LO NUESTRO ES EL ACUARELISTA
Pero era en la acuarela donde Franklin Ballesteros se impondría como uno
de los mayores cultores del género del siglo XX del arte ecuatoriano
Se le descubre, lo seduce y apasiona la acuarela, esa técnica que con
los medios más elementales y simples -breves trazos, contadas manchas-
recrea paisajes con su aire, con su luz, con sus horizontes anchos y
profundos, con sus tierras y, en casos, con los rincones que los hombres
han robado a esas tierras y a ese paisaje para levantar caseríos o
pueblos.
El primer descubrimiento es muy temprano; increíblemente temprano. Está
fechado: 5 de agosto de 1949. El artista niño sorprende un paisaje. Con
enérgica imprimación crea lomas verdes y azules, un amable trigal con
sus oros y un cielo violeta aborrascado: “Boca de los sapos”, Patate.
Y ensaya soltar los trazos para que se vean como tales trazos que van
componiendo en la retina del observador lomas, árboles, cielos, aguas. Y
multiplica visiones de Patate. Diríase una urgencia, casi angustiosa, de
fijar una naturaleza con las heridas del 5 de agosto aún vivas.
LA DECADA DE LOS SESENTA.
El artista no da saltos en su quehacer acuarelístico. Nosotros, a la
caza de huellas de su evolución, saltamos a los sesenta.
1961: “Tigualó grande”. Colores intensos. Subrayados obscuros para las
tejas. Sombríos blancos para la torre de la iglesia. En conjunto de gran
solidez y riqueza.
Es decir que, sin perder las levedades y transparencia de la acuarela,
se ha atrevido a fijar en la cartulina lo obscuro y lo denso. Todos los
sentimientos que experimentamos ante esos pueblos de la serranía que
conjugan envejecimiento con vida, desolaciones con calidez.
El motivo rural ha requerido al artista nuevos ejercicios compositivos y
cromáticos. Y ha respondido.
En 1962 “Iglesia de Caranqui” afirma su tendencia a la solidez en
composición y fuerza en color, pero, eso sí, sin perder las
transparencias que pertenecen a la esencia de la acuarela. Y afirmando
las calidades tan características de sus azules conjugados con violetas
y de los verdes en diálogo con tierras.
Y es de ese mismo 1962 otro “Patate”, con nítidos rasgos de madurez y
dominio de la técnica de la acuarela. Alarde de conjugación del realismo
de la casa de primer plano con los verdes de detrás, hasta el horizonte
de la loma con caserío resuelto con técnica impresionista, y detrás,
libres, monte y cielo.
Y las maduraciones de esta década se prolongan en la siguiente. De 1976
es “Camino a Guayllabamba”. Contra la fresca realización a la aguada de
monte y cielo en segundo plano, la solidez ricamente plasmada de lomerío
de cálidos agrisados en primer plano.
Y del 77 es otra bellísima acuarela cuyo motivo el autor no se molesta
en señalar. Con lo cual el goce, dejado de lado cualquier empeño de
reconocimiento, es el de la pura y simple belleza de la acuarela: en el
centro ese pueblito hecho de blancos diminutos regados en torno de la
iglesia de espadaña alta y aguda, no menos diminuta; detrás, bosques, un
monte desvaído de neblinas; en el fondo, un cielo rosa translúcido, y en
el primer plano lomerío de formas ricamente modeladas en ocres con
sombras de tierras obscuras. Todo exacto y, a la vez, fuerte y sutil.
Y hay algo más en la acuarela de Ballesteros en la década. Hacia el
final, en los años 68 y 69. Noticias del estupendo abstracto que se
estaba haciendo en Europa recorren incitantes estas tierras a las que
las novedades del arte suelen llegar cuando ya no son tan nuevas. Y
también el artista ambateño, figurativo en buena parte de su obra -en
todos sus óleos y dibujos, en muchísimas acuarelas-, se deja seducir por
esa manera de creación pictórica la más libre de cualquier dependencia
del motivo. Es muy posible que haya sentido que en fragmentos de sus
acuarelas él también había cedido a la fascinación de las formas libres
y el puro color. Ello es que pinta acuarelas abstractas. Al parecer muy
pocas. Pero las que yo he podido ver espléndidas en sus juegos
cromáticos de tenso lirismo.
Y, tras haber dejado al contemplador de las acuarelas de esta década que
el libro recoge disfrutar de la insinuante belleza de cada una de ellas,
damos en la tarea crítica otro salto.
DECADA DE LOS OCHENTA
Obras de comienzos de los ochenta nos dejan ante nuevo dominio de la
técnica. Cualquier paisaje el acuarelista lo convierte en sinfonía
fresca y rica, plástica, en que cada árbol es una mancha original y
libre, y sus prados son juegos de verdes translúcidos y cielo y montes
completan composiciones redondas. Así, por recordar una obra, “Río
Ambato”.
Nuevos paisajes le dan oportunidad de nuevas soluciones. Ese mismo 1980,
“Lago San Pablo” -ya lejos de los entrañables motivos de la tierra
natal- se resuelve con azules y violetas de tonalidad intensa para
encerrar entre monte y agua los blancos apenas cálidos del poblado.
1981: “Vieja iglesia de Pasa”. Una vez más y acaso con aun mayor
seguridad el contraste entre la solidez del motivo arquitectónico de
primer plano con la ligereza del fondo de árboles y monte.
Ese mismo año, en “Caserío en Santa Rosa”, se ha pasado del dominio al
alarde: los árboles del primer plano transparentes sobre el paisaje.
Y se multiplican libertades que conducen a logros de gran belleza. Como
“Noche de luna llena en el Altar” (1984), que destaca la cenefa de ocres
iluminados de aristas agudas sobre la base sombría de grises con apenas
iluminados de azules, y, presidiéndolo todo, un mágico cielo de azules y
violetas agrisados.
Por esos mismos años, significativamente, titula una obra “Ambatillo,
luz y color” (1983). Como para incitar al espectador a saltar sobre el
motivo realista -que para la acuarela de Ballesteros siempre fue, más
bien, lastre- para darse al disfrute del juego en que los jugadores eran
luz y color. La libertad con que el artista ha jugado ese juego puede
sorprenderse en la aplicación nerviosa de la mancha, casi a la aguada,
con manchas sobreimpuestas a manchas. Para de manchas tan libres hacer
surgir tierras y árboles que casi envuelven y sumergen, en luz y color,
los blancos del caserío.
Está el instrumento a punto, como para salir a vérselas con el motivo
urbano, sin rehuir complejidad alguna. “Iglesia con tejados (1985) era
composición densa, de exacta iluminación de los planos, con segura
economía cromática.
Y entonces Ballesteros, apasionado por andar y ver, con la caja de
acuarelas a la mano, se va por los andurriales del mundo, a caza de
apresar lo que hay de color y luz en pueblos y gentes. ¡Y qué luz la del
verano manchego en Ciudad Real! Fija en la cartulina la luz cruda en la
calle desolada orillada por los blancos inmisericordes de las bajas
casas enjalbegadas. A este estilo hace toda una serie, que titula
“Pueblos encantados”, de la que, a lo que entendemos, buena parte se
quedó por esos mismos pueblos y en manos de visitantes de muestras
madrileñas.
Porque esta es la década en que el artista ambateño expone sus acuarelas
en Madrid. Lo hace por primera vez en 1982 -en la sala de exposiciones
del antiguo Instituto de Cultura Hispánica- y, al cerrar la década, en
1989, en la Casa de Almería. Y hay el crítico español que, como lo
estamos haciendo aquí, busca hallar evolución en el arte acuarelístico
del artista ecuatoriano. Antonio de Santiago, destacado miembro de la
Asociación Española de Críticos de Arte, se pronuncia: “Técnicamente
hemos decir también que sí hemos observado un perfeccionamiento, cambio
o experimentación…, como se le quiera llamar, en su tratamiento o
realización. En algunas de sus acuarelas se aprecia una moderna
inquietud por la mancha grande, por la fugacidad atmosférica, por la
síntesis extrema”.
AL VOLTEAR LA DÉCADA DE LOS NOVENTA
Y sí, es la mancha la que, al voltear la década de los noventa, cobrará
nuevo protagonismo y se convertirá en clave de la estructura visual.
Todavía en los noventa en “Atardecer en Machala” (1990) árboles y
plantas se han resuelto casi con caligrafía japonesa sobre tierras
obscuras y ancho y hondo horizonte.
Pero del 2000 en adelante la mancha cobra solidez y el juego en que la
acuarela consiste se entabla entre esas manchas fuertes por vecindades o
contrastes, al estilo de “Luz rota” -ya del 2005-: en torno de los
blancos de las casas, manchas de naranjas y rosas son techos y manchas
verdes son árboles. Y grandes imprimaciones violetas y azules hacen un
cielo dramático.
Pero esta seducción de la mancha fuerte, lo más fuerte que la acuarela
sufra, ha comenzado por piezas como “Quisapincha” (2000), en que esas
manchas cromáticamente fuertes -no pesadas- casi abruman al caserío, en
conjunto de recia plasticidad.
Y de pronto el horizonte de la acuarela de Ballesteros parece escapar de
los retos que tales manchas le planteaban y correr hacia frescas
libertades ya desde hace algunos años disfrutadas. Y es que el artista
ha quedado frente a un motivo nuevo para el serrano: el mar.
LAS MARINAS DEL ACUARELISTA
Capítulo aparte en la acuarela de Franklin Ballesteros son sus marinas.
Toda la década de los noventa llena este capítulo de su acuarela. Ha ido
a las Galápagos en 1992, y, sintiéndose lejos de haber agotado cuanto de
color nuevo y luces las más extrañas había en esos mares, vuelve en el
96 y en el 98.
La seducción de los inagotables azules del mar, el misterio de su línea
de horizonte, a veces apenas insinuada por sutilísimo trazo de blanco, y
cielos con reclamos de cromáticas extrañas se suceden en series de
piezas que componen una suerte de fuga visual.
Los mares, que son el centro de estas obras, son de azules y violetas
traspasados de luz filtrada, que con el paso de las horas cobran nuevas
y finas calidades.
Pero en esas islas, donde el artista se rindió a estas fascinaciones
cromáticas y lumínicas, había, aunque casi insignificante frente a esa
naturaleza, la presencia humana. Y alguna vez, sobre una lengua de
tierra, aparece un caserío, donde el blanco de la cartulina se ha
convertido en pared lista parta alojar con nervioso trazo negro o gris o
azul esos signos de lo humano que son puertas y ventanas.
Más recia que la tímida presencia humana, la de las tierras isleñas. En
“Bahía tortuga”, entre el mar y el cielo, sobre el caserío lineal, la
cenefa de montañas café-grises cobra solidez casi escultórica, que
contrasta con la fluidez de las aguas y las transparencias del
cielo.
Y con la presencia de la tierra y las huellas del hombre al borde de las
aguas ocurre el reflejo. Otro mundo de posibilidades y retos visuales.
Que el artista resuelve con libertad y riqueza: no hay dos iguales.
Pero la luz! La luz preside siempre estas ceremonias visuales. La luz,
demiurgo de insospechadas formas de convertir la naturaleza en arte.
Vasto el repertorio de juegos de luz en las marinas de Ballesteros.
La luz cernida y casi sombría de las barcas en la ensenada de verdes
hondos y obscuros. La luz que se complace en urdir celajes inventados.
La luz que traspasa el cielo apenas nuboso de “Ayangue” (1998).
Marco Antonio Rodríguez dijo, certero, que el paisaje de Ballesteros era
“un estado de ánimo”. Nunca esto fue tan exacto como en sus marinas de
las islas. Habitó las enigmáticas, las alucinantes soledades de esas
tierras al borde del mar, bajo esos cielos en permanente juego con la
luz, y nos convirtió en breves y absortos habitantes de esos mundos.
Y hubo una hora en que la seducción del paisaje marino fue especialmente
perturbadora. La noche, en que un negro impenetrable ha fundido mar y
cielo. El artista siente que sin luz la acuarela no es posible, y
trabaja un óleo. Grande, tremendo por el negro que lo baña por completo:
playa, mar, cielo. Apenas alguna diminuta lucecita en lo que pudiera ser
el horizonte nos habla de la frágil presencia humana muy adentro de ese
mar. Pero hubo en esa tela algo que de tan delgado y leve, levísimo,
parecería no existir: ¿No se siente que cierta luz misteriosa traspasa
ese negror, aunque sin perturbarlo?
REGISTRO DE NUESTRO MUNDO
En suma, que la empresa acuarelística de Franklin Ballesteros,
sostenida, ferviente, iluminada, ha sido registro de nuestro mundo.
Cuando una de sus muestras madrileñas, el crítico de arte del ABC,
Antonio Manuel Campoy, ponderaba de la acuarela del artista ambateño:
“Paisajes ecuatorianos con la luz y el color de los Andes”. Lo hemos
visto pasar de esa luz y color a la luz y color del Archipiélago. Más
riqueza para ese registro.
Y ese registro se ha hecho en la acuarela. Es decir, con el documento a
la vez más leve y más firme, de exactitudes traspasadas de lirismo, y
codificadas con color y luz.
Estupenda iniciativa, pues, esta de fijar en un libro y echarlo a rodar
por el mundo este registro, al menos en unas cuantas decenas de obras de
los cientos, seguramente miles, que Franklin Ballesteros en su
infatigable andar y ver, andar para ver, andar viendo y comunicando lo
visto, certera y entrañablemente, ha pintado en más de medio siglo de
acuarelista.
Alangasí, en el Valle de los Chillos, 24 de septiembre de 2009
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