Relectura de Benjamín
Carrión
Texto de análisis literario
La
hora fundacional
A
sus veintinueve años, el lojano que, aprovechándose de un consulado
-en el Havre-,vagabundeaba
literariamente por Europa -“me ha inquietado con sus apariciones y
desapariciones súbitas. Ya en una esquina de París, ya en una revuelta
de Madrid, ya en un vico de Génova”, escribía por esos días Ramón
Gómez de la Serna”- visita a hispanoamericanos -él aborrecía por
entonces lo de latinoamericanos- que en sus retiros europeos -mitad
remansos, mitad destierros- rumian fecundas ideas sobre América y
construyen generosas utopías para este continente que veían como una
gran promesa. En Ruan, la “capital de la ruda y vieja Normandía”,
que dice el reportero de americanidades, al maestro Vasconcelos; en
Niza, en villa clara y luminosa, junto al mar, a Manuel Ugarte; en
Couilly, a cuarenta kilómetros de París, en rica mansión castillada,
a Alcides Arguedas. Con los tres, más Francisco García Calderón, el
peruano parisino, a quien halla en sus libros, Benjamín Carrión arma
su primer libro, el que será su carta de presentación ante Europa y América,
que titula Los creadores de la
nueva América.
Acaso el título debió ser, más exacto y sustancioso, los fundadores.
Y ese libro fundacional lo fue también de pensamiento, actitud vital y
estilo -espíritu en suma- de Carrión.
Sería el ensayista roturador de caminos para los pueblos de América
en una hora decisiva del mundo. Entraría en esa que calificaba de
“alta y fecunda estirpe de ensayistas hispanoamericanos”. En nota,
tan significativa como todas las que había puesto para la reedición de
1981 de su Creadores -tanto más
significativas cuanto menos necesarias-, confesaría: “El autor ha
mantenido que en ensayo, de tipo latinoamericano, es acaso la única línea
de autenticidad y de originalidad ofrecida por América Latina a la
cultura humana. He sostenido que, en novela, llevamos durante años la
librea de lo romántico, a cuarenta años de distancia de la aparición
de los grandes brotes románticos en las literaturas europeas; luego,
seguimos las trazas del señor de Balzac; hoy, estamos irrumpiendo
valerosamente, en los predios de Joyce, de Proust, de Lawrence, de
Faulkner... En poesía solamente a partir de Vallejo, y con un nombre
grande, el de Neruda. Pero el ensayo latinoamericano es el que han
creado escritores como José Carlos Mariátegui, Martínez Estrada,
Silva Herzog, José Antonio Portuondo: interrogadores de nuestras
esencias y nuestra realidad, para encontrar nuestros caminos”.
Y en su Creadores, que, acaso
a su pesar ha debido reducir a cuatro -prometía seguir la serie-, una y
otra vez dibuja el retablo de ese ensayo americano roturador de caminos:
Rodó predicaba un suave idealismo; Bunge penetraba en la entraña
de nuestra psicología social, planteaba y resolvía problema
educacionales; Ingenieros, además de sus estudios penales, sociales, filosóficos,
definía el alcance del hispanoamericanismo; García Calderón propugnaba,
serena y reflexivamente,
desde su alto mirador europeo, la comprensión y el acercamiento
de las patrias latinas, “hijas espirituales de Francia”;
Carlos Arturo Torres combatía el fetichismo político, “los ídolos del foro”;
Ugarte predicaba el evangelio de la unión hispanoamericana
para detener los avamces arrolladores del
imperialismo sajón; filosofaba Vaz Ferreira; iniciaba su hermoso
apostolado Alfredo Palacios; hurgaba
en la historia -terrible enemigo de lo incomprobado- Carlos Pereira. Y Ricardo Rojas, Varona, Antonio Caso, Henríquez
Ureña, Blanco Fombona, García Godoy y muchos aún, trabajaban, profesaban, ideaban
El Carrión
de Creadores quiere tallarse
su nicho en el retablo ilustre, hacer oír su voz en ese concierto, en que “mi país, el Ecuador, ensimismado
en su pasado ilustre, no tuvo represesentante” .
¿Y qué iba a decir a América, de América, en su ensayo? Ese era el
reto, el primer gran reto que en su trayectoria se propondría.
Comienza a responderlo en diálogo con esas cuatro grandes voces
americanas en Europa, cuyo mensaje quiere subrayar ante el pensamiento
europeo y hacerlo escuchar por las inteligentias de las patrias americanas. Resumiendo el pensamiento
de los grandes ensayistas seleccionados -con selección un tanto
circunstancial- el comentario será suyo; adhiriéndose fervorosamente o
matizando y hasta, brevemente, discrepando, empezará a dar su propio
pensamiento, a forjar su propio proyecto político, con la forma libre y
brillante del ensayo.
En la filosofía de Vasconcelos halla “nuestra filosofía”,
“la filosofía de los pueblos nuevos y mestizos, la optimista filosofía
del trópico occidental hispanoamericano”. Pero el gran mexicano no es
solo constructor de ideologías y sistemas; es, además, “un animador,
un filósofo que quiere la vida de su filosofía”. Y Carrión deja
fluir su admiración por la obra de impulsor de la educación y la
cultura del joven ministro en su período de gobierno. Fue, dice,
Civilizador -con mayúscula-, que enseñó a leer a un pueblo. Y
contribuyó al ennoblecimiento del
trabajo manual. Y promovió la ciencia. Y las artes. Y la pintura: a él
se debió el poderoso brote del muralismo. Y la música. Y el deporte,
con sus estadios... Realizó “una de las obras civilizadoras más
formidables de los tiempos modernos”.
Así dio Carrión con un primer gran proyecto: un proyecto político
centrado en la cultura. Recordó aquello de Ortega y Gasset de que
“las naciones se forman y viven de tener un programa para el mañana”,
“un proyecto sugestivo de vida en común”, y dijo de su
“creador”: “Ese programa para el mañana, ese proyecto sugestivo
de vida en común de los países de Hispanoamérica, lo encontramos
recogido, precisado, dotado de virtualidad dinámica, de invencible
atracción, en la teoría de José Vasconcelos, que es fórmula escrita
del ideal viviente”. Y la nota al pie que puso a aquello, con destino
a la publicación de Los creadores de la nueva América, en el tomo I de unas Obras
Completas que la mezquindad de quienes le sucedieron en la Casa de la
Cultura había ido difiriendo con los más ruines pretextos y acabaría
apareciendo póstumo, resulta una suerte de balance y testamento: “En
toda mi obra posterior, he tratado de sustentar, como lema nacional,
como “proyecto sugestivo de vida en común”, el lema CULTURA Y
LIBERTAD, demostrado por nuestra historia” (33).
Repasó después la filosofía del maestro mexicano siguiéndolo
a través de La raza cósmica e
Indología, y concluyó:
“Vasconcelos encarna pues, en este momento, el ideal totalizado, armónico
y preciso y predica la filosofía tonificante y exaltadora de los
pueblos nuestros”. Esta lectura del pensamiento del maestro mexicano
invita a precisar un nuevo rasgo en la relectura de Carrión: su
optimismo frente al destino de nuestros jóvenes países. Recuerdo que
en una de mis periódicas visitas -en que el tema preferido eran libros,
comenzando por los nacionales últimos- Benjamín me comentó el que
acababa de aparecer, Entre la ira y la esperanza: “Demasiada ira y muy poca
esperanza”. Ese fue todo su comentario. Y se inscribía en esa tónica
espiritual que había construido, sólida, inamovible, desde la hora
fundacional de sus Creadores.
En Manuel Ugarte, el argentino de esta galería mínima de
maestros, casi de entrada volvió a exaltar ese espíritu: “Es ante
estos hombres viriles y optimistas, profetas de utopías si se quiere,
pero de utopías vivificantes y esperanzadoras -Ugarte, Ingenieros,
Vasconcelos- que se comprende y se siente la fuerza de verdad de
nuestros pueblos” (64).
Halla Carrión en Ugarte la pasión y la carga a cuenta propia:
“Jamás he creído yo que la ausencia de pasión sea un elogio para un
combatiente, para un constructor, para un mantenedor de ideales” (82).
“El razonamiento frío, la rigidez del análisis jamás generaron la
acción gloriosa, el paso genial, el salto heroico, en el sentido
carlyliano y en el otro, en el grande”. Y otra vez, al pie, la confesión
con tono de balance final: “El autor ha mantenido, casi en forma
obsesiva, la temática del apasionamiento en todos los órdenes de la
conducta humana. Ha combatido a los pontífices de la frialdad, a los
hombres sesudos, que es una fauna peligrosa, porque casi siempre encubre
su serenidad a los que luchan por la libertad o la justicia. La
resignacióin, el conformismo son las fórmulas conducentes al
eunuquismo, a la esterilidad” (83).
Ugarte, con esa pasión de “los iluminados geniales”, ha
dibujado en el horizonte “la patria totalizada, la “patria
grande”, del Río Bravo a la Tierra del Fuego”, y ha llamado a
defender esa civilización nuestra, “que crece bajo el signo luminoso
de la latinidad”. El enemigo, ha denunciado, está allí, cerca,
poderoso y terrible: los Estados Unidos de América del Norte, que el
pensador argentino ha presentado con estadística minuciosidad y múltiples
comprobaciones, en toda su formidable potencia.
Ugarte ha sido crítico. Ha hecho crítica de nuestros vicios, de
nuestras “enfermedades sociales” sin ese como “pudor femenino”
de publicistas, en páginas de crudo verismo, de desnudez, de
transparencia. Pero en él ha sido la destrucción para la construcción.
El sacudón de alerta, porque frente a la América rubia, “orgullosa,
imperialista”, rica, está una América Latina “desorientada aún,
perdida en riñas domésticas, ensayando tiranías, copiando
cesarismos” (66). Su El Porvenir de la América Española ha sido “un grande, tremendo
grito de alerta. Su autor se ha propuesto poner en guardia a todo un
continente y ya la actitud misma es un magnífico acto, dice el espíritu
fervorosamente americano de Alcides Arguedas” (78).
Carrión tomará en sus manos la antorcha encendida por espíritus
tempranamente alertas como Ugarte, y una de las constantes de su prédica
será esa afirmación y defensa de lo latinoameriocano frente a la
potencia imperialista y sus desvergonzadas intervenciones. Nunca se
exaltaría tan noble y apasionadamente ese sentimiento como cuando todos
los latinoamericanos de verdad debieron ponerse junto a la Cuba de la
Revolución frente a la desafiada prepotencia yanqui.
También en el peruano Francisco García Calderón halla un
personaje apasionadamente interesado por las cosas de América, con una
interrogación sobre el hombre nuevo llena de esperanza.
Desde su elevado sitial entre los pensadores hispanoamericanos y
una “cima de universalidad cultural”, García Calderón se ha
convertido, piensa Carrión, en el orientador de las juventudes
latinoamericanas a través del pensamiento contemporáneo, “vasto,
inconexo, desorientado”. Ordena sus obras en dos vertientes: las que
muestran Europa ante América, y las que muestran América ante Europa.
De las primeras dice, con palabras de Gonzalo Zaldumbide, en quien Carrión
elogia “admirable de precisión y de justeza”: “Sus libros, breves
sumas precisas y urgentes, apretados haces de cosechas desbordantes,
llegaban a América cargados del pensamiento de Europa”.
Pero, cuando el pensador peruano en su visión de la problemática
europea de la guerra y el armisticio llega a Wilson, lo exalta como
represenante de un “cristianismo fundamental”, y afirma que en el
nuevo continente existe un enemigo natural de ese wilsonismo
“cristiano”: Chile. Y Carrión se ve obligado a disentir. “¿Existen
en América países enemigos del panamericanismo?”, se pregunta y
responde lapidario: “Este momento, la opinión es unánime: todos”,
y lo sustenta con intencionadas preguntas: “¿Acaso por falta de
cumplimiento del ideal wilsoniano? ¿Acaso, más bien por un rudo
proceso de resuelta aplicación de ese ideal? ¿Un hipercumplimiento del
mismo? ¿México, Nicaragua, Panamá, Cuba, Haití?”. Lo cual equivalía
a tachar a su “creador” de iluso y falto de perspectivas históricas
americanas.
¿Y de nuestra América, qué decía García Calderón? Le
Pérou Contemporain es obra, falla Carrión, de propaganda patriótica,
que no perdona ni los pujos de expansionismo peruano (“En su primera página
hallamos una carta geográfica con un Perú visto con lentes de gran
potencia, en el que se encuentran comprendidas cuatro quintas partes de
la República del Ecuador... y una buena parte de Colombia”). Y halla
Carrión, certero, que “es un libro escrito bajo el influjo del espíritu
político europeo de la década anterior a la conflagración”. De allí
esa alianza del Perú con Bolivia y la Argentina, que propone como
“condition de l´equilibre americain”.
Les démocraties latines
de l´Amerique le parece a Carrión -tras el disgusto que a su
sentimiento americanista debió haberle causado Le Pérou Contenporain- el libro central de la obra americanista de
García Calderón, lo mejor que se haya hecho “como monografía del
nacimiento, la evolución y el porvenir de la América Española”. Las
bases étnicas, las luchas por la independencia -en donde Carrión
destaca la justicia que se hace a Bolívar, “grande entre los
grandes”-, el pretorianismo ambicioso y en la actualidad “las
dictaduras, las tiranías, las autocracias grotescas que hoy dominan en
la gran mayoría de nuestros países”. El panorama político que
presenta García Calderón le parece a Carrión “nada
satisfactorio”. Para el pensador peruano, los regímenes del primer
siglo de independencia pueden encasillarse en “caudillismo”,
“principio de autoridad” y “anarquía política”. ¿Comenzaba a
perturbar la ecuanimidad de las síntesis históricas a
que el libro de García Calderón le incitaba la figura grande y
tremenda de García Moreno?
¿O
solo era el rechazo, que en él siempre fue total, de Rosas o el doctor
Francia, en este segundo caso mucho menos justificado que en el primero?
En lo intelectual “se siente la tierra más firme”, afirma, ya
tranquilizado el apasionado glosador: “Los ensayistas tumultuosos, los
grandes panfletarios, mezclando siempre la literatura a la política,
románticos, idealistas, combativos. Los literatos luego, los cronistas,
los novelistas, los poetas. Y finalmente el cuadro del pensamiento filosófico ilustrado con figuras nobles y severas” (115).
El horizonte histórico -desde las raíces- y el horizonte
cultural -hasta un hoy, del que Carrión se constituiría en el más
autorizado vigía- serían temas privilegiados de la escritura de Benjamín
Carrión. Historia y literatura como claves para comprender el ser
americano. Ni historia por voluptuosidad histórica o fervores de
erudito -que Carrión siempre desdeñó-, ni crítica literaria como
puro ejercicio académico -y menos sistemático, con despliegue de
instrumental al día-: en Carrión, desde esta hora fundacional, grandes
revisiones históricas y valoraciones críticas serían caminos hacia la
comprensión del ser nacional y miradores hacia el futuro, hacia lo que
debía ser y debía hacerse. Las démocraties de García Calderón, más que suma definitiva, le
fue incitación y reto.
El libro de García Calderón que llena a Carrión es La
creación de un continente. “Es más sincero -elogia-, porque
tiene un sentido de interiorización, de adentramiento en nuestra
verdad americana, para descubrir los caminos que debe seguir”. Su
motivo central es la unificación hispanoamericana, sostiene la
existencia del “americanismo” del sur, condena el nacionalismo
fraccionador. Y es -cosa que llenaba especialmente a Carrión- optimista
y esperanzado. “Comparando los dos términos de la evolución
centenaria, el confuso origen y la actual robustez, los progresos de un
siglo de vida autónoma son un hermoso canto de victoria”, ha escrito
el autor de este libro “tónico, esperanzado y generoso”.
En Arguedas, se enfrenta con Pueblo
enfermo, “el libro más patriota, por rudamente sincero, que se ha
escrito en América”, que “supo decir verdades sonoras como
bofetadas, en la cara de una sociedad, de una política, de una dirección
nacional desorientadas” (129).
Halla Carrión al presentar a su último “creador” otra
incitación para su obra propia de iluminador y constructor: la crítica
certera, penetrante, dura, de la realidad latinoamericana y nacional. Y
antes de abrir el libro del boliviano evoca, breve pero magistralmente,
a Joaquín Costa, “sin duda alguna, entre los intelectuales españoles
e hispanoamericanos contemporáneos, el precursor de la literatura
social que preconiza la “política quirúrgica”, precedida de un
profundo, de un audaz y sincero diagnóstico, que no oculte ni aminore
-en obsequio de un pseudo patriotismo- los horrores patológicos del
“Caso nacional” (130). Y en América halla otro de estos profetas de
palabra cauterizadora: Juan Bautista Alberdi, “verdadero precursor en
la obra espíritual de construir nuevas patrias y la gran patria total
hispanoamericana, sobre la base de decir la verdad, toda la verdad, con
indómita franqueza, sin lisonjear patriotismos chicos, y con la visión
neta de todos los aspectos de la realidad que, en países infantes, en
plena crisis de construcción, de conquista, de afirmación de su
personalidad, tiene que ser oscura, vacilante, desorientada en veces”
(131).
Arguedas, reseña Carrión, comienza por el medio físico, esa
inmensa soledad helada y gris que ha aplastado al indio boliviano; la
región amazónica, “cálida, enfermiza, feraz”; y la minera. En ese
territorio inmenso, capaz de acoger holgadamente cien millones de
habitantes, viven dispersos, sin vías de comunicación, sin salida al
mar, dos, el pueblo boliviano, el “pueblo enfermo”. La decadencia de
ese pueblo radica, para Arguedas, en la falta de mestizaje, del aporte
de otras razas “fuertes, sanas y cultivadas”. Y piensa que el indio,
el Aymará “tosco y hermético”, está llamado en breve a
desaparecer derrotado por el suelo estéril. Visión tan desoladoramente
pesimista del indio es cosa que a Carrión perturba, y busca en las páginas
de Arguedas lo positivo y esperanzador, y da con algo y concluye:
“Acojámonos con el autor de “Pueblo enfermo”, a la esperanza en
los milagros de la educación, en la taumaturgia de la justicia, todos
los que en ningún momento hemos perdido nuestra fe en ellos” (139).
De todos modos, en nota para la edición de 1981, confesaría: “Es la
gran falla de Arguedas la subestimación del indio”. (Recuérdese,
para algún descargo del autor boliviano, que Pueblo
enfermo se publicó en 1909. Ya para Raza
de bronce, de diez años más tarde, la visión del indio tendría
otra tónica, y Carrión lo señaló).
La ley ha de roturar el camino para el resurgimiento indígena y
su nivelación con todos los grupos sociales. Después lo hará la
educación. Al tocar el tema educación -como antes sucediera con la
cultura- Carrión se emociona. Comienza por tocar la cuerda optimista:
“Existe ya en nuestros países, el espíritu americano fuertemente
dirigido hacia la educación, la gran taumaturga de la democracia”.
Pero luego pone sordina: la educación requiere clima de libertad, y las
pobres patrias americanas “se han puesto a creer, y lo que es peor aún,
a copiar lamentablemente actitudes cesaristas”. Y pone a cuenta del
haber los grandes casos de constructores que hicieron obra de educación:
“Solo cuando hombres de pensamiento y virtud, constructores de pueblos
han llegado a la dirección gubernativa -el caso Sarmiento, el caso
Rocafuerte, el caso Vasconcelos- o cuando los gobernantes de buena
voluntad prestan oído a las voces de opinión honrada,y conciben el
gobierno como algo más noble que la politiquería y el gendarme, se ha
hecho obra de educación en nuestras patrias” (144).
Sintoniza después Carrión con la denuncia que hace Arguedas del
patriotismo como “morbosa manera de ver, de amar y de presentar la
patria”. “En ese punto -dice- es donde se halla toda la razón del
ser del libro”. Para ese “patriotismo”, “la historia de la
patria -esta es cita de Arguedas-, es una gloriosa cadena, jamás
interrumpida, de hechos incomparables, de grandes triunfos, de derotas
que son gloriosas o de derrotas
espartanas”. El territorio de la patria es el más bello; su
cultura, insuperable; el pueblo de la patria, el más heroico. (Y Carrión
ironiza en paréntesis: “Cada patria hispanoamericana tiene el
“primer” poeta del continenente, el primer escritor, la mejor
universidad”). Se da, resume Carrión, en aparentismo,
“que es acaso la enfermedad social generadora de mayor y más grave
infecundidad colectiva”; el aparentismo
que no acepta crítica, “que excomulga y condena, proscribe y
declara antipatriota a aquel que se atreve a decir la verdad, un poco de
verdad, con la fe de que solo la visión neta y precisa del dolor, del
extravío, de la desorientación nacional puede iluminar los caminos del
porvenir” (149).
La pasión que se siente en
estos pasajes, en que la glosa se confunde con la proclama propia, nos
hace sentir ante otro nervio del programa de Carrión, fraguado en estos
diálogos con esos grandes constructores de lo americano. Debo confesar
que apenas habré dado con otro ecuatoriano con mayor amor a la patria.
Todo lo perteneciente a la sustancia de la patria lo exaltaba; victorias
y triunfos ecuatorianos, aun minúsculos, lo alegraban. Y por las
afirmaciones de la patria hacía lo que fuese. Siempre recordaré su
viaje a Lima para conseguir el voto peruano para la candidatura de Galo
Plaza para la secretaría de la OEA.
Ni Plaza ni, peor, la OEA, debían entusiasmarle mucho. Pero para
él la cosa era que un ecuatoriano ocupase tan alta posición
panamericana. Aquello no lo entendieron dos miembros de la junta
directiva de la nueva Casa de la Cultura, que se lo reprocharon
airadamente, en sesión dramática que terminó con el abandono, hasta
de la misma Casa, de aquellos intelectuales más intransigentes -y acaso
más coherentes-, Manuel Agustín Aguirre y Agustín Cueva. Pero Carrión
rechazó siempre, fiel a estas tempranas protestas de su Los creadores, el aparentismo.
Para su optimismo y su fe en los destinos nacionales nunca necesitaría
la mentira. Hallaría que en la patria ecuatoriana había mucho de
verdadero, sólido, consistente, que exaltar, y emplearía su prestigio
latinoamericano para llamar la atención de América y el mundo hacia
ello. Esa sería la verdadera clave de su acción en la Casa de la
Cultura.
No continuaría Carrión con el retablo de grandes
“creadores” de la nueva América. Su siguiente libro, apenas dos años
más tarde, presentaría otras figuras latinoamericanas. Pero serían
escritores, y quien se acercaría a ellos sería el crítico literario.
Sin embargo, esa nueva pequeña galería -Teresa de la Parra, Pablo
Palacio, Jaime Torres Bodet, el Vizconde de Lascano Tegui, Carlos Sabat
Ercasty- se cerraría con otro gran constructor de lo americano, José
Carlos Mariátegui. En el primero de sus textos, que antecede al ensayo
que Carrión le dedica, está la palabra clave: “Mi volutad es
afirmativa, mi temperamento es de constructor”, y en el párrafo
inicial del ensayo se afirma que Mariátegui “representa una fuerza de
crítica y construcción, de acción y sugerencia, de apostolado y de
batalla que hacen de él, incontestablemente, uno de los jefes
espirituales de la América moderna en la lucha por desentrañar la auténtica
realidad de nuestros pueblos y construir su personalidad, estructurarlos
para la vida política, económica y social, de acuerdo con su ideal y
su verdad”.
En extremo sugestivo hallar a Carrión en su segunda obra, acaso
contrariando espectativas, en plena tarea crítica. Preguntado alguna
vez acerca de cuál era el libro suyo que más le gustaba, respondió:
“Creo que de crítica el “Mapa de América” .
Así que ya tenemos a Benjamín Carrión haciendo su mejor obra de crítica
en esa hora fundacional en que trazaba direcciones sobre su carta de
viaje.
En aguda, generosa y libre silueta preliminar, Ramón Gómez de
la Serna a quien apuntaba era al crítico: “Si se pudiera decir de un
escritor que tiene figura de crítico, cara de crítico, modales de crítico,
modo de andar de crítico, eso se podría decir de Benjamín Carrión”.
Pero era un crítico muy especial. Tanto que incitaba a hacerse esa
pregunta que inquietaba a Ramón: “¿Pero qué es lo que tiene de
extraordinario este crítico sagaz?”. Extraordinario o no, tenía una
personalidad crítica a la que nunca renunciaría. El mismo se sentía
obligado a adelantarlo al lector: “En estos ensayos de incursión a
través del espíritu ... no he querido seleccionar sino preferir. La
selección, de orden intelectual, es sistemática, clasifica. La
preferencia, más bien intuitiva, es del orden de la sensibilidad, del
orden del gusto”.
El ensayo sería la forma, el empaque y el espíritu -la decisión
ensayística venía, lo sabemos, de atrás, de los Creadores
de la nueva América-. Y más que la inteligencia sistemática,
funcionaría la sensibilidad y el gusto. Sería ejercicio de respuesta a
la incitación estilística del criticado; crítica de sintonizar y
saborear. Saborear, que tiene la misma raíz de sabiduría: el latín sapere.
“Se debe bendecir la voluntad de gusto”, diría Carrión, y horas de
gustar presidirían su mapa -o primera parcela de mapa que se anunciaba
mayor.
Fue crítica de la afirmación rotunda, de esas en que el crítico
se juega entero y en los mesurados y calculadores nunca llega a darse.
Proust es “el escritor más grande de la Francia contemporánea, acaso
el único verdaderamente genial”
(Ojo a la fecha de tan rotunda, cuanto certera, apreciación: 1930. ¿Alguien
lo había dicho ya?). Ponderando la ironía de Teresa de la Parra,
“tan sabiamente agazapada entre una ingenuidad traviesa”, dice de la
de Eça de Queiroz: “tan honda, tan humana, tan ágil, quizás no
igualada por ningún otro escritor de ninguna otra literatura moderna
-sin excluir a France y Bernard Shaw-, en el autor de La
ilustre casa de Ramírez, que es, para mí, un arquetipo de
novela” .
(Aquí la rotundidad del juicio se tiempla con el “quizás” y el
“para mí”). De Teresa de la Parra destaca “la potencia de evocación,
la plasticidad del relato, acaso por nadie superada en nuestras tierras,
es sorprendente”.
En Pablo Palacio pondera, con la justificada ufanía del descubridor y
coterráneo, “sus poderosas facultades de análisis psicológicos -no
superadas por nadie en la literatura joven hispanoamericana-”.
Y de Gide dice este fino catador de la literatura francesa del momento
que, “además de llevar el análisis interno a límites morbosos, es
quizás el más puro y noble esteta de los tiempos actuales”.
Así de absoluto en señalar esos puntos más altos de la creación
literaria europea y americana, se atreve con las grandes síntesis panorámicas.
Pintando la escenografía para Torres Bodet se refiere a “las características
primordiales de la tradición intelectual francesa, que pueden
confundirse con el ideal clásico: anhelo de perfección, medida,
claridad, sentido del matiz”; al mexicano le falta acaso “la
agilidad del espíritu, esa apariencia de frivolidad que hace a los
franceses acercarse a las grandes verdades del conocimiento o de la
sensibilidad, avec le sourire”
En los encomios siempre acierta; la generalización, en cambio,
le hace dar en violencias poco felices. Sienta que la literatura
americana es principalmente auditiva, y no exluye ni a Larreta. ¿Auditivo
más que visual el autor de ese prodigio de plasticidad que es La
gloria de don Ramiro?
También en cuanto al estilo esta hora fundacional lo es de
opciones definitivas. De entrada, en la primera línea de su hermoso prólogo
“Cuatro hombres americanos” a Los creadores de la nueva América, lo definió Gabriela Mistral.
“Este es, dijo, el libro de un fervoroso”. Y párrafos adelante lo
explicitaría: “Yo que he celebrado la justeza nunca ganada por el
arrebato en Alfonso Reyes, tengo que alabar aquí a un diferente suyo:
el fervoroso”. Y con esa recia y enjundiosa prosa suya comenta: “Sus
admiraciones le nacen cabales, y él no las echa a perder con un análisis
demasiado sostenido en el ojo. Está construido para admirar -que es
construcción para el gozo- y usa ese don, que otros se tuercen y acaban
por estropearse, como el delfín y el buen nadador se deleitan
laregamente en el agua marina. Su elemento es ese, y él lo disfruta”
(11-12). La chilena, que fue crítica de soberbios atisbos, distinguió
en la crítica latinoamericana tres vertientes, y en la una caía Carrión
holgadamente: “Su estilo cae en el orden que apellidaremos
“martiano”, de Martí, que usó de este mismo desenfreno santo de
admirar. Otro orden nos creó Rodó, el profesor y a él pertenecen los
críticos buenos que han venido después. Otro orden, el de la
inteligencia evangelizada, nos está haciendo Capdevila. Los
imaginativos y los emocionales nos quedamos con Martí por patrón
y yo se lo regalo gustosamente a éste Benjamín Carrión, que se
sentirá contento de seguir la huella que casi quema del “Arcángel
cubano”.
Pasada esta hora de los primeros fervores, ya en el horizonte de
la prosa ecuatoriana a la que perteneció Carrión, he diferenciado en
la prosa artística ecuatoriana también dos vertientes -que de algún
modo coinciden con las de Gabriela Mistral-: la de quienes se mantienen
fieles a la voluntad estética y hasta estetizante del modernismo:
Carlos H. Endara, J.J. Pino de Icaza, Augusto Arias, Jorge Carrera
Andrade, Raúl Andrade; y la de quienes buscan cauces anchos y libres
para su prosa, llegando, los mejores, hasta lo conversacional y sápido,
y aquí la figura mayor es Benjamín Carrión .
A la cuenta de Carrión hay que poner el fervor de la hora temprana, que
siempre se mantuvo.
Entre frialdades y pasión, Carrión opta decididamente por la
pasión. Por innumerables requicios en Los
creadores y el Mapa se cuela la exaltación de la pasión y apasionadas
justificaciones, al estilo de aquella de su “Mariátegui”:
“Nuestra América necesita, digo mal, nuestra América, como fruto de
su clima, debe producir hombres de pasión, porque se encuentra en un
período de choque, de desentrañamiento, de desbroce”.
Entre retorcimientos y refinamientos estetizantes, de un lado, y
sencillez, del otro, apuesta a la sencillez. Admira en Vasconcelos la
sencillez auténtica que, sin embargo, “llegada la hora” aplasta
“a los erudizantes y a los fatuos”. Pero no piensa que pasión y
sencillez estén reñidas con voluntad estética. Más de una vez se
refiere con admiración a ese formidable prosista -el mayor de la lengua
en el siglo XX- que fue Ortega y Gasset. Y en García Calderón se
plantea el problema de la relación contenido-forma, cuando se trata de
contenidos densamente intelectuales. El peruano lo ha resuelto, piensa,
espléndidamente: “Y no se crea que el contenido
es decir el juicio, el pensamiento, la idea, flaqueen, pierdan
consistencia ante la preocupación estética de la manera expresiva. Al
contrario, porque belleza, en el sentido latino, es armonía y
clarificación; y al ofrecernos la idea en un vaso luminoso, el
ensayista peruano consigue que podamos hincar más hondamente nuestra
mirada investigadora sobre la idea misma” .
Y en Las démocraties latines de
l´Amerique del mismo García Calderón admira la información,
pero, añade, “tras elogiar la sabiduría del selector de datos,
preciso es asombrarse ante la magia captadora del estilo, vivo y
caliente, sin perder el ritmo interior y exterior, poemático a ratos.
Frases se encuentran, a cada instante, buenas para grabarse en bronce,
como exergo de medalla”
Y en cuanto al estilo hay algo más, decisivo, importantísimo
por más que pudiera parecer banal: el Carrión de esta hora fundacional
exalta la conversación,
“que es -dice- una forma de producción artística -aunque más
perecedera- más espantosa y de mayor verdad que la que tiene que pasar
por la canalización esclavizadora de la pluma”.
“¿Por qué juzgar a los hombres de espíritu solamente por las páginas
de lo que han escrito?”, se pregunta retóricamente, y pone el caso de
los grandes filósofos -Jesús, Buda, Sócrates- que “hablaron,
conversaron su belleza y su verdad”. “Dejaron su mensaje en la forma
más noble, más humana -y más divina-, que es la del comercio directo
de la palabra entre los hombres”. Carrión sería siempre un gran
conversador, un generoso, un apasionado conversador, y acaso quienes más
conversamos con él más alta y noble imagen tenemos de su vasta
cultura, aguda crítica -literaria y social-, humanísimas inquietudes
y penetrantes y fecundas visiones de lo americano y ecuatoriano.
Pero, siendo él para quienes no tuvieron la suerte de acceder a su
conversación el escritor, lo que cuenta es que sobre una matriz
conversacional trabajó su prosa. Y así fue ella: viva de ritmo,
generosa en el excursus y la digresión -a menudo rápida, como un guiño
al lector-, fácilmente ponderativa, sabrosa al contar casos, apasionada
y fervorosa. Admiró la prosa de Ortega y Gasset y la de su compatriota
Gonzalo Zaldumbide; pero lo suyo sería otra cosa. La prosa de Carrión,
inconfundible ya desde la hora fundacional de sus dos primeros libros.
II
LA
EDIFICACIÓN SOBRE LO FUNDADO
Se
impone cambiar de andadura. Lo impone la tiranía del espacio-tiempo.
Porque la mitad del espacio concedido a este ensayo se nos ha ido en la
relectura de un primer momento de la obra de Benjamín Carrión, el de
su presentación ante América y Europa, el fundacional de sus grandes
empresas futuras. Y están por delante todas esas empresas, y entre
ellas todos esos libros que piden relectura de al menos parecidas atención
y detenimiento. De aquí hasta el apresurado final debería cambiarse el
título a “proyecto de relectura de Benjamín Carrión”. Es decir,
proyecto de libro donde ni espacio ni tiempo son cárcel, sino campo
abierto al diálogo con libros, ideas y acciones, y recuerdos que echen
luz sobre todo aquello que fue edificando la grandeza -tan rica como
compleja- de Carrión.
Ello es que Carrión vuelve a la patria al comenzar la década de
los treinta. Llega precedido del prestigio que le granjearon sus dos
primeros libros. En Carrión “comienza a pesar la responsabilidad
grande del que se sabe en situación lo bastante alta para ser
escuchado”, había escrito Eugenio Labarca, en “El Mercurio” de
Santiago .
Y el intelectual que llegaba grávido de ideas sobre la nueva América,
se ve arrollado por la convulsa política nacional, que vivía una de
sus horas más confusas y dramáticas. En ese 1931 los contecimientos se
suceden vertiginosamente y casi caóticamente . Una sublevación militar
obliga a renunciar a Isidro Ayora -el realizador civilista de los
postulados sociales de la Revolución Juliana de 1925-, y exalta al
poder al coronel Larrea Alba; este debe entregar el poder al presidente
del Senado, el académico y escritor liberal Alfredo Baquerizo Moreno.
En 1932 es elegido presidente el conservador Neptalí Bonifaz. El
Congreso lo descalifica, con justificativo de una dudosa nacionalidad
peruana. La guarnición de Quito rechaza la descalificación y se une a
la católica Compactación Obrera Nacional, que apoyaba a Bonifaz.
Cuerpos de ejército de otras partes del país cargan sobre Quito, y se
produce la cruenta guerra de Los Cuatro Días. Vencidos los
“Compactados” y las tropas de Quito, asume el poder Guerrero Martínez,
y luego es electo presidente Juan de Dios Martínez Mera. ¿Y Carrión,
en medio de este tráfago que, de no haber sido tan trágico, pudiera
decirse carnavalesco? El mismo me lo contó en una larga entrevista:
“Baquerizo Moreno me llamó para proponerme el Ministerio de Gobierno.
En 1931 se produce el apaleamiento a estudiantes y Antonio Quevedo y yo
renunciamos por solidaridad con la Universidad. Vuelvo a hacer
periodismo en El Día. De la
batalla de los Cuatro Días resulté Ministro de Educación, y seguí de
profesor de Sociología en la Universidad. Ante la dictadura de Guerrero
Martínez renuncio. Se me propuso la candidatura al rectorado de la
Universidad. Preferí aceptar al doctor Antonio Quevedo la legación en
México” .
Ha llegado Carrión al Ministerio de Educación. ¿Vio acaso la
oportunidad para iniciar una obra como la tan cálidamente admirada del
ministro Vasconcelos? Imposible en una coyuntura como la de esos días.
Y al reto del rectorado de la Universidad Central prefirió la Embajada
en México. Fue preferir a la acción la holgura para otro libro. Otro
de sus libros fundamentales, que Carrión parece lo tenía ya pensado y
para el cual el clima cultural mexicano resultaría ideal: su Atahualpa. “En 1933 llego por primera vez a México. Reanudo la
labor literaria y la vieja ilusión de escribir un libro sobre la
conquista toma cuerpo. Pudo haberse llamado El
libro de la conquista. Es, en realidad, la biografía de la
conquista: Atahualpa” .
Emprendió, pues, la primera de esas grandes revisiones históricas,
que en él -lo hemos dicho- no sería nunca la nuda tarea del
historiador, sino la meditación histórica como camino a la comprensión
del ser nacional. Fue su primera empresa nacional, en la línea de
fundación de la patria como parte de la gran América. Eligió un período
clave, que le permitió ahondar, en la una ladera, en la grandeza de lo
que había en América antes del choque con la otra civilización y
cultura -fueron los capítulos I al VII, dominados por la figura grande
de Huayna Capac-, y, en la otra ladera, en lo hispánico, lo que
llegaba, en talante de aventura y conquista -capítulos VIII al XIII,
dominados por la figura de Pizarro, eje de esta segunda parte-. A partir
del capítulo XIV, las historias se juntan, y se avanza, como en la
tragedia griega, inconteniblemente, hacia el trágico final de aquella
primtiva grandeza.
“El desenlace -he escrito- es breve, casi una coda. Y no es ni
todo lo poderoso ni todo lo trágico que debió ser, porque el libro
nunca nos hizo conocer ni amar al monarca indio al que abate la ruindad
del puñado de ambiciosos, y más bien hemos llegado a participar de los
sueños, ansias, de la empresa formidable y casi desesperada de los
conquistadores” . Atahualpa, más que
como personaje, estuvo en ese “libro de la conquista”, como símbolo
del hundimiento de una de esas poderosas y ricas culturas que están en
la raíz de lo americano.
Con el primer velasquismo Carrión renunció a su embajada en México,
y, aunque no se le hubiese aceptado esa renuncia, se volvió a la
patria. A sumergirse en el turbio acontecer político, escribir
periodismo combativo, ir a prisión y acabar desterrado en Bogotá. Y,
aprovechándose de pedidos e invitaciones, seguir en su gran empresa
patria y americana de anunciar.
Asumió Carrión esa tarea de anunciador en una doble dirección:
anunciar para la patria las novedades europeas y americanas de la hora,
y anunciar a América y Europa las novedades ecuatorianas. Lo primero lo
hizo por el periódico y revistas nacionales -con las cuales Carrión
colaboró siempre generosamente-, y pienso que sin la resonancia que su
mensaje merecía y él seguramente la esperaba. A Europa y América había
dado ya noticia de algo de enorme importancia: Ecuador tenía un
narrador de impresionantes calidades, originalísimo e innovador, con
novedad que lo era aun para la Europa de esa hora revolucionaria -había
pasado por la escena ya Proust, y estaban Joyce, a quien Carrión nombra
con frecuencia, y Virginia Woolf, a quien creo que nunca, al menos en
esta hora, mencionó, el Unamuno de Niebla,
Pirandello-. Era su coterráneo, Pablo Palacio, a quien dedicó una de
las estaciones de su Mapa de América.
Sin el menor sacrificio de sus rigores de crítico, se siente a
Carrión en ese brillante ensayo ufano de ponderar algo propio. Y el crítico
se halla ante uno de los mayores retos de su carrera. ¿Cuáles eran,
exactamente, las claves de la grandeza y novedad de Pablo Palacio? Después
de largo preámbulo contextualizador y biográfico y anecdótico, ataca
el nervio de la literaturidad de
Palacio. Un hombre muerto a
puntapiés, cuentos que tienen de Poe y de Maupassant, “es un
libro esencialmente antirromántico”, no por una postura combativa y
menos de prédica, sino por lo que Carrión ha llamado alguna vez “el
descrédito de la realidad”. Y por el humor. Se extiende Carrión en
erudito excursus sobre el humorismo hasta caer en el humorismo puro -“Cami,
Ramón Gómez de la Serna, Mássimo Bontempelli -en cuya línea hallamos
a Pablo Palacio, a Lascano Tegui-”, que “vive por sí mismo, sin
trastienda moral ni política”. Un humorismo deshumanizado, “con la expresión cara al señor Ortega y Gasset”.
No el humanísimo Chaplin, dice el crítico, sino Buster Keaton. Y más
digresión, en torno al humor. Hasta tentar otro asedio a Palacio: “Lo
que predomina en él, algo que le es peculiar, es una especia de fuerza
de inercia ante la emoción, una resistencia pasiva, pero invencible,
ante la emoción que, junto con su inercia ante la moral, lo
deshumanizan fundamentalmente”. Los personajes de Palacio son casos clínicos:
el pederasta, el antropófago, el sifilítico. Pero lo admirable es que,
dentro de su arbitrariedad, son perfectamente lógicos. Nos dan, dice
Carrión “una sensación de anormalidad
NORMAL”. Y otra vez ocurre el paralelo con Buster Keaton: mientras
registra el pensamiento a medida que se produce, él permanece serio,
indiferente. Y predica el joven lojano la “teoría del descrédito
de la realodad, o del igualamiento de todas las realidades en
literatura”, sin excluir ni lo más banal o sórdido. Especialmente en
Débora. La obra de Palacio “está nutrida de imágenes, pero con
sentido irónio y despoetizador”, y tiene tal odio por el lugar común
que llega a “atribuirle poderes verdaderamente taumatúrgicos”. Para
el final ha quedado el hallazgo mayor: “Un aspecto esencial de la obra
de Pablo Palacio, que quizá ha escapado a lectores y críticos -un poco
desconcertados por la orignalidad de la obra y su contradicción con el
medio-, es el de su carácter introspectivo, psicoanalítico, sobre una
base velada de autobiografía”. Pero con un procedimiento de
“poderosa originalidad”: “como en el cinematógrafo, proyecta el
negativo de sí mismo sobre la pantalla -no sin antes estilizarlo con su
humorismo implacable- y él se constituye en operador y espectador de la
película”. Lo muestra el crítico con lugares de Débora.
Pudo Carrión estampar, de cierre de todo el alegato, uno de esos juicio
generalizadores tan característicos de su ejercicio crítico: sus
poderosas facultades de análisis psicológico “-no superadas por
nadie en la literatura joven hispanoamericana-”. No cabía duda: le
había nacido a la literatura ecuatoriana de la hora un crítico
penetrante, certero, seguro de su entender y gustar lo literario, sin
importar que esas visiones decisivas ocurriesen por entre un desenfadado
juego de digresiones de erudición no siempre tan valiosa como la crítica
misma .
La oportunidad de seguir en la tarea de anunciador, asumida con
el celo de misión, la dio la editorial chilena Ercilla, que le pidió
para su Biblioteca Americana un “Indice de la poesía ecuatoriana
contemporánea”. En breve
nota preliminar a esa antología, Luis Alberto Sánchez escribió que su
autor era “sin disputa, el crítico más autorizado del Ecuador
actual”. Dijo también que “los jóvenes escritores consideran a
Carrión como su mejor guía”. “Por eso -concluía el autor de América,
novela sin novelistas-, el “Indice de la poesía ecuatoriana
contemporánea”, por él formado, será recibido como un auténtico
exponente de las inquietudes y preocupaciones actuales de aquel país”.
Carrión hizo preceder su selección de un ensayo titulado “Ubicación
poética del Ecuador contemporáneo”, que fue su primera panorámica
de nuestra literatura, en que recogió ideas maestras ya apuntadas en su
“Pablo Palacio”, del Mapa,
y las desarrolló y completó hasta algo que sería la matriz de
numerosos otros textos futuros de parecida intención. Escribió en su
“Pablo Palacio” que “Montalvo y García Moreno son las dos últimas
grandes figuras de valor supranacional, después de las cuales, nos
hundimos plácidamente en la tarea familiar de coronar -casi anualmente-
a poetas domésticos” .
(A Carrión le debemos las gentes de mi generación el menosprecio por
vates coronados y cosas de esa laya). Y siguió con nuestra atrasada
promoción de modernistas. En “Ubicación” llamó al suyo “país
de recia historia literaria”. Pero halló en el pasado inmediato
-1880-1910- “un largo paréntesis de improductividad artística”. No
porque se hubiese dejado de producir, sino porque esa abundante producción
“se hizo doméstica, perdió sonoridad continental, se refugió en el
panfleto de resonancia episódica”. Y, tras echar una mirada a su
pasado histórico, en tres brochazos duros -la “sombría y feroz
catolicidad garciana”, el asesinato y arrastre de Alfaro y sus
tenientes, y la matanza de sindicalizados del 15 de noviembre de 1922-,
a la vez que lo daba como razón de ese haberse rezagado de “los
movimientos del arte contemporáneo”, trazó algo que era como suma
del proyecto político nacional como él lo veía: “Pueblo así, tan
dedicado a hacer su historia, substantiva, dolorosa, vital, en una
ansiosa búsqueda de caminos que conduzcan primero a la libertad
individual y luego a la justicia y la igualdad económica”. Entonces,
mientras, con la dirección orquestal de Darío y tras sus músicas, la
lírica grande nacía en tantos países de América, por acá estábamos
ocupados, “matándonos entre nosotros por cambiar un régimen de
inquisición y clericalismo por un régimen de aspiración liberal y
burguesa: 1895”. Resultaba un tanto pobre esta reducción de la
Revolución Liberal a ese sacudirse de “inquisición y
clericalismo”, sin ir más hacia lo hondo de lo económico y social,
pero la visión de Carrión fue siempre la del liberal burgués
enamorado de la libertad. Pero a lo que él iba a era a la literatura. Y
el cuadro que pinta de los modernistas ecuatorianos fue lo más
penetrante que de ellos se hubiese escrito. (Carrión, me lo confió en
una larga e inolvidable charla que tuvimos por las penumbrosas calles de
Cuenca, mientras demorábamos cuanto podíamos el llegar a cierto baile
de reinas, fue testigo presencial de esos poetas y otros que
sobrevivieron al derrumbamiento -me los nombró- sumidos en la sordidez
de la droga). Y fue duro: “Vivían -escribe- una vida patética. Con
un patetismo tan pueril que, de no ser trágico, hasta fuera risible.
Una farsa envenenada, convertida en mito, asesinó toda esa generación
valiosa”. Y en las postrimerías del grupo asomó Medardo Angel Silva,
“azorado ante el peligro de quedarse solo”, que fingió más que los
otros, hasta un ambiente, y “atravesó
la vida y la literatura como una saeta”. Surgieron después poetas que
Carrión, tan seguro en eso de ver en el futuro trayectorias, saludó
como “la mayor verdad actual de nuestra lírica”: Gonzalo Escudero
-que era entonces poeta de sonoridades épicas-; Jorge Carrera Andrade,
“de sensibilidad tensa y fina para captar la inquietud contemporánea”-;
Miguel Angel León,”poderoso aunque desarticulado”, y Augusto Arias,
“suave de intimismo menor”. Vino la guerra y, con la crisis que a
ella siguió, los poetas salieron de sus torres de marfil, y fue una
literatura de emoción social, que comenzó por el relato: el Grupo de
Guayaquil. Atiende, de pasada, a esa novela del Ecuador contemporáneo y
tiene la satisfacción de poder hacer otro anuncio grande: “No vacilo
absolutamente al afirmar -sin temor a polémicas rectificatorias-, que
ningún país del continente puede ofrecer, a la hora actual, un frente
más homogéneo y valioso de novelistas y relatistas, de motivo, emoción
y expresión americanos. Ni un conjunto -en solo tres años- de novelas
tan recias, tan construidas, tan ahincadamente nuestras”. En cuanto a
la lírica “de tendencia social”, se topa el crítico con algo difícilmente
salvable. Es una lírica “veraz”, pero eso en lírica ha contado muy
poco. Es, al mismo tiempo, una lírica muy poco “poética”, “que
en muchos casos quizá no llega a entrar en el plano de lo literario”.
Y la contrasta con el fenómeno mexicano: en ese país “de fervor
revolucionario indudable”, los poetas de mayor renombre -Torres Bodet,
Gorostiza,Villaurrutia, González Rojo, Owen, Novo, Ortiz de Montellano-,
“han realizado la “evasión”, de manera reiterada, tenaz. Han
cerrado ojos y oídos a toda voz extraña a la voz estrictamente lírica.
Su aguda, su delgada sensibilidad ha vibrado tensa sólo para los
llamados de la cultura y de la poesía, en un plano estrictamente
intelectual, estético”. Frente a ese fenómeno invoca los casos de
Gide, “máximo pontífice del estetismo puro”, que ha proclamado su
esperanza en la justicia, y de Rafael Alberti, “que se ha unido, con
todo el poder de su prestigio intacto, a la batalla por la revolución”.
El tema, se vio, seducía y perturbaba a la vez a Carrión. En su
trayectoria de intelectual de alta sensibilidad social y de
irrenunciable antimperialismo le tocaría en suerte seguir ahondando
entre estas difíciles relaciones entre pasión revolucionaria y
desinteresada entrega a los deslumbranientos líricos, sobre todo en la
hora de la Revolución Cubana, que fue, también, la de un poeta altísimo
como Lezama Lima. En el Ecuador, por encima de las turbias resacas políticas
y acuciantes problemas sociales, el mayor de sus poetas del siglo cantaría
en sus obras mayores las más hondas y altas emociones y avideces del
existente humano. Jorge Carrera Andrade. Mérito de Carrión fue haber
visto, en este temprano 1935 -en que fecha su “Ubicación póética”-
su sensibilidad como “una de las más transparentes y delgadas de América”
Carrión entendió, sin duda, que no era de una lírica de
entonación social la gran noticia de lo ecuatoriano que podía dar a América
y el mundo. El anuncio de la gran novedad estaba hecho, y en términos
de tan total ponderación que los espíritus más alertas de América
debían quedar esperando confirmaciones y muestras. Era cosa de darles
lo uno y lo otro. Comenzaría el gran anunciador a madurar otra de sus
grandes obras ecuatorianas: El
nuevo relato ecuatoriano, que vería la luz en 1951. Pero antes de
llegar allá iban a pasar en su vida y proyecto de ecuatorianidad hechos
de insospechada trascendencia.
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