El arbolito
Cuento para niños de 4 a 10
años
Ilustraciones
Doménica Hinostroza y Sigrid Rodríguez

Había
una vez una ciudad en la que ya no se podía respirar. El cielo, que antes
había sido azul y claro, ahora estaba gris, siempre cubierto de una neblina
sucia. Los grandes tosían y los pequeños enfermaban del pecho.
Entonces
el Alcalde de esa ciudad resolvió que había que sembrar árboles, muchos
árboles, porque los árboles purifican el aire.
Y
el Alcalde y los señores del Municipio iban por una parte y por otra
sembrando árboles.
El
Alcalde y los señores del Municipio llegaron a sembrar árboles en el
barrio donde vivía el pequeño Nicolás.. Y todas las gentes se pusieron en
fila para recibir su arbolito.
El
Alcalde y los señores del Municipio entregaron todos los arbolitos. Menos
uno. Este parecía seco. Con las hojas amarillentas y caídas daba lástima.
Entonces
los señores dijeron:
-Este
no sirve. A la basura.
Pero
entonces vieron que el pequeño niño miraba con pena al pobre arbolito, y
le dijeron:
-¿Lo
quieres? Si lo quieres, llévatelo, y hasta lo puedes sembrar.
También
le dijeron:
-A
lo mejor lo revives...
Y
se reían.
El
pequeño Nicolás cogió su arbolito y se fue a la carrera.
-Mamá:
quiero sembrar este arbolito -le dijo a su mamá-, ¿Me ayudas?
Y,
como su mamá era una buena mamá, dejó lo que estaba haciendo y se fue a
sembrar el arbolito con su pequeño.
Y,
después de sembrarlo, el pequeño Nicolás regó a su arbolito con su
diminuta regadera. Tuvo que hacer dos viajes para que el arbolito, que parecía
muy sediento, se quedase satisfecho.
Esa
noche el pequeño Nicolás fue a ver a su arbolito. Y se puso triste: seguía
con las hojas caídas y estaba como enfermo. Corrió adonde su mamá:
-Mi
arbolito está enfermo... Se va a morir -le dijo a su mamá.
-No
-le animó su mamá-: así mismo es apenas se los siembra. Ya verás como
después se pone bien.
-Pero
va a tener mucho frío -le dijo el pequeño.
-No
-le tranquilizó su mamá-: los arbolitos saben defenderse del frío.
Nicolás
cuidaba a su arbolito todos los días. Le sobraba un poco de comida y se la
llevaba y le regaba todas las tardes: dos regaderitas y, si el arbolito,
seguía con sed, hasta tres. Porque era un verano muy fuerte y no llovía. Y
le contaba cosas. Todos los días, cuando regresaba de la escuela, iba a ver
a su arbolito y le contaba cómo le había ido, a qué había jugado, qué
les habían dado de colación (y le daba un poco de colación que le había
sobrado) y qué había aprendido. Y le decía:
-Tú
eres mi mejor amigo. Pero eso solo lo sabemos tú y yo... Y, bueno, un poco
mi mamá. Y nadie sabe que los dos conversamos.
Cuando
había viento, el arbolito le respondía moviendo sus hojas.
Y
el arbolito de Nicolás pronto se puso bien recto y comenzó a crecer y a
echar unas hermosas hojas verdes.
-Me
vas a pasar -le decía Nicolás, al verlo crecer así.
El
Alcalde y los señores del Municipio venían a ver cómo iban los árboles
que se habían sembrado en ese barrio. Y ponían caras largas: los arbolitos
estaban mal. Muchos se habían secado ya; otros no crecían y estaban como
enfermos.
Los
señores del Municipio meneaban sus cabezas y decían:
-Esto
fue un fracaso. No hay ni un árbol que está bien.
-Debe
ser este verano -decían-. Con estos soles y sin una gota de agua. Ya son
tres meses que no llueve.
-Pero
nosotros sí les hemos regado a los arbolitos que sembramos -dijo un señor.
-Nosotros
les hemos regado y puesto abono -dijeron otros.
-Entonces
qué pasó -preguntó el Alcalde, con cara triste.
Y
nadie pudo contestarle.
-¿Y
no se ha salvado ni un solo arbolito? -preguntó el Alcalde.
-Mi
arbolito está lindo -dijo el pequeño Nicolás.
-Y
tú, ¿cómo te llamas? -preguntó el Alcalde.
-Me
llamo Nicolás -dijo el pequeño Nicolás.
-Así
que el arbolito del pequeño Nicolás sí está lindo -dijo el Alcalde-.
Vamos a verlo.
Y
todos los señores del Municipio y las gentes del barrio fueron a la casa
del niño.
La
mamá y el papá de Nicolás se asustaron un poco al ver llegar a tanta
gente. ¡Y el Alcalde en persona! La mamá se puso nerviosa: no se había
arreglado como para recibir a tan importante visita.
-Vienen
a ver a mi arbolito -dijo Nicolás.
-Pase,
señor Alcalde -dijeron el papá y la mamá de Nicolás-: el arbolito está
acá atrás, en nuestra pequeña huerta.
Y
allí estaba el arbolito. Bello, grande, con muchas hojas verdes.
-¿Es
el mismo que te dimos? -preguntaron los señores del Municipio.
-Sí,
ese es mi arbolito -dijo el niño.
Entonces
uno de los señores se acercó al Alcalde y le dijo al oído:
-Le
dimos el arbolito porque parecía muerto: creo que estaba seco.
-¿Y
cómo han hecho para que esté tan lindo el arbolito? -preguntó el Alcalde
a los papás de Nicolás.
-No
sabemos -dijo el papá-: el que lo cuida es Nicolás.
-A
ver tú, Nicolás, ¿cómo has hecho para que tu arbolito esté tan lindo y
haya crecido tanto? -le preguntó al pequeño el Alcalde.
-Es
mi amigo -dijo Nicolás.
-Le
sobra comida todos los días y la lleva a su arbolito -explicó la mamá.
-¿Y
él come? -preguntó sonreído el Alcalde.
-Mi
arbolito come de la tierra. Yo le entierro un poco la comida -le explicó
Nicolás.
-¡Ah,
qué bueno! -dijo el Alcalde, sin saber qué más decir.
Y
ya se despedía, cuando la mamá le llamó aparte y le dijo, sin que le
oyera Nicolás:
-Y
otra cosa, señor Alcalde: todos los días conversa con el arbolito... Y a
las noches va a despedirse y le acaricia.
El
Alcalde se quedó pensando. Y tomó una decisión.
Al
día siguiente los periódicos decían que el Alcalde estaba enloqueciendo.
Había dado la orden de que todos los que sembraban
árboles
conversaran con ellos y les fueran a dar las buenas noches.
Sembrar
un arbolito es
hacer
más puro el aire
y
un poco mejor el mundo.
Sembrar
y cuidar un arbolito
es
tener un amigo.
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