Hernán Rodríguez Castelo

Escritor, historiador de la literatura

y crítico de arte

 


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Quito y Cádiz,    Mejía y las dos constituciones

Charla en el Congreso por el Bicentenario

de la Constitución de Quito, 14 de febrero 2012

 


A propósito del libro Manuela

Manuela en la Casa

Colección Bicentenario

 

De venta en la librería de la CCE y con el autor

 

Video y Galería de fotos

 

Comentarios:


Sobre literatura infantil y juvenil

Análisis de las obras clásicas de la literatura infantil y juvenil

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro manual que da herramientas al maestro y maestra o promotor de lecturas que le permitan llegar al conocimiento y valoración e inteligencia de los textos destinados  a los niños, para generar las destrezas de análisis y crítica de esos textos.

Los cuentos más bellos del mundo

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro en el que se hace el análisis de cinco cuentos para niños que pertenecen al patrimonio de la humanidad: Cenicienta o el zapatito de cristal, de Charles Perrault (1628-1703); Hansel y Gretel, de Jacob y Wilhelm Grimm (1785-1863/1786-1859); Bella y bestia, de Jeanne Marie Leprince de Beaumont (1711-1780); La Sirenita, de Hans Christian Andersen (1805-1875); y, El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde (1854-1900).

 

Adalberto Ortiz por sí mismo[1]

 

 

Hace  unos pocos años Gunter Lorenz llamó la atención de la crítica y lector alemán hacia las grandes figuras de la novela latinoamericana con un grueso volumen de entrevistas titulado DialogmitLateinamerika (de la editorial HortsErdman). Interlocutores de Lorenz habían sido FilhoAdonias, Ciro Alegría, Jorge Amado, Miguel Ángel Asturias, Rosario Castellanos, Antonio di Benedetto, Ricardo Molinari, Augusto Roa Bastos, Joao Guimaraes Rosa, Ernesto Sábato y Mario Vargas Llosa. Junto a ellos, en esta plana mayor de la nueva novela latinoamericana, estaba un ecuatoriano. El novelista de la negritud con Juyungo, Adalberto Ortiz.

El libro de Lorenz, traducciones, giras como la que hiciera en 1964 para asistir al Coloquio de Escritores Latinoamericanos y Alemanes de Berlín y la que con idéntico fin acaba de hacer, han convertido a Adalberto Ortiz en una de las figuras literarias del Ecuador, con resonancia internacional.

En su triple faceta de poeta, novelista y cuentista Adalberto Ortiz ha trascendido las fronteras patrias. Grandes antologías de poesía negra incluyen sus poemas –“SchwarzerOrpehus”, “Rumba Macumba”, “Mapa de la poesía afroamericana”–; sus cuentos han visto la luz en parte en México y algunos integran también prestigiosas antologías, como la de cuentistas hispanoamericanos de Latchan. Poeta, novelista, cuentista, y, en lo étnico, y consecuentemente en los estilístico y temático, mirando a dos vertientes, la negra y la blanca, Adalberto Ortiz resulta una figura interesantísima de nuestra literatura.

Sin embargo, es el hombre más modesto y sencillo que podamos imaginar. Su rostro y actitud dan impresión de bondad y gravedad a un tiempo. La tez pálida, y cabello crespo, un tanto encanecido ya, y los labios gruesos testimonian la presencia de la raza negra. Calmoso en el andar, castizo y ocurrido cuando charla, el centro de su figura son los ojos. Generalmente mira con bondad no exenta de tristeza –otro rasgo negro–, pero por momentos se hunden en los seres como asistiendo a revelaciones ocultas al resto de las gentes.

La novela autobiográfica

Al preguntarle cuando nació, Adalberto Ortiz teme que se trate de una entrevista formalista, y quiere, en lugar de responderme, buscar por entre sus papeles algún “currículum”. Pero no, lo que queremos, le digo, es llegar a su tierra, familia y medio de la infancia. Entonces responde:

-          Esto está en El espejo y la ventana

El espejo y la ventana, su novela que conoció en este mismo año 1970 una segunda edición, revisada.

-          ¿Hay recuerdos autobiográficos en la infancia del Mauro de “El espejo y la ventana”?

-          Algo tiene

El espejo y la ventanacomienza en Esmeraldas. Mauro, el protagonista, nace con la guerra civil: “Rebeldes negros y cimarrones, descendientes ignorados de aquel legendario Alonso de Illescas, que mantuvo en jaque al Rey de España en los albores de la Colonia, exesclavos llenos de odio sordo sus amos, exconciertos endeudados hasta las narices en el libro de cuentas de la tienda del hacendado, miserables campesinos que esperaban mejorar su situación con el saqueo y el abigeato, y aguerridos veteranos de las campañas liberarles, insurgían vengadores contra los arrastradores e incineradores del Gran Viejo liberal Eloy Alfaro”.

-          Nací en plena guerra civil de Esmeraldas. Mi familia, en efecto, emigró a Guayaquil. Yo regresé a Esmeraldas cuando tenía once años. Terminé la primaria y me quedé trabajando.

(Adalberto Ortiz había nacido el 9 de febrero de 1914).

-          ¿En qué año llegaste a Quito?

-          En treinta, más o menos. Trabajé en la imprenta de Santo Domingo. Tenía la intención de hacerme cura. Dominicano. Una señora muy católica quería que entrase. Vinieron unos parientes y me sacaron violentamente. Y me pusieron en el Normal “Juan Montalvo”. Graduado en 1937, volví a Esmeraldas.

 

La biblioteca del exjesuita

Adalberto cuenta que en sus días de normalista había escrito ya alguna cosa; pero lo detenemos para volver a remontar el río:

-          ¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?

-          Yo empecé a leer –cosas serias– a los nueve años. Un exjesuita español que viajaba conmigo de Guayaquil a Esmeraldas me regaló su biblioteca. Se llamaba don Calixto. Se radicó luego en Limones. El me regaló un gran cajón de libros. Allí encontré La Divina Comedia, que fue lo primero que leí; Dumas, el Quijote. Me lo regaló en Guayaquil. Él había llegado a mi casa. Leía tanto que una vez me quedé desmayado… de leer.

-          Y en cuanto a la posibilidad de también escribir ¿cuándo la experimentaste?

-          Viajando, una vez graduado, con el profesor Kruger Carrión. Había el comprado una antología de la poesía negra latinoamericana –la de Ballagas–. Íbamos en el mismo camarote. Viaje de tres días de Guayaquil a Esmeraldas. Me prestó el libro y me dije “Así yo también soy poeta”. Al llegar a Esmeraldas comencé a escribir poesía negra.

-          ¿Son los poemas que publicaste algo más tarde en “El Telégrafo”?

-          Sí. Los publiqué en 1939, en la página literaria de El Telégrafo. El primero era Jolgorio. Fueron veinte, con el título de Cununo. Solo más tarde, al publicarse en México, les di el título de Tierra, son y tambor. Hubo que publicar esa poesía en México. El Consejo de Esmeraldas no me dio ayuda. Dijo que eso no era poesía. ¡Cómo iba(n) a entender poesía tan primitiva!

Para completar la revista de sus lecturas decisivas, Adalberto Ortiz añade:

-          De ahí vinieron novelas modernas. Los autores que más me apasionaron fueron los norteamericanos. Dos Pasos, Steinbeck. Los ecuatorianos de los años treinta.

 

Con el “Grupo de Guayaquil”

Y tocamos con otro momento decisivo de la vida de nuestro autor: su contacto con los novelistas de los treinta, los del “Grupo de Guayaquil”.

-          ¿Cuándo y cómo tuvo lugar tu primer contacto con los novelistas de los años treinta?

-          Cuando vine con Tierra, son y tambor bajo el brazo se lo mostré a Joaquín Gallegos Lara. Impresionado él, me los hizo publicar en El Telégrafo. Leyeron los poemas los otros del grupo y enseguida lo llamaron a Gallegos para preguntarle: “¿Quién es el nuevo poeta que has descubierto?”. Entonces me introdujeron en el Sindicato de Escritores y Artistas Independientes, que ellos habían formado.

Comenzó, pues, Adalberto Ortiz a participar de ese movimiento nuevo e inquieto que tenía su centro en la buhardilla de Gallegos Lara. Y a ese cuadro que todos conocemos en sus grandes líneas, añade un rasgo peculiar y notable:

-          De la Cuadra no iba. Lo conocía de vista, pero no me lo presentaron.

-          ¿Y llegaste al grupo como único poeta?

-          Bueno… Enrique… No: Pedro Jorge Vera. Enrique hacía versos…

Enrique es Gil Gilbert, formidable lírico al narrar, pero que, efectivamente, en poesía no pasó de allí: de hacer versos.

 

Comienza Juyungo

-          ¿Cuándo comenzaste Juyungo, tu gran novela?

-          En el año 1942 la Editorial Farrar and Rinehart, de Nueva York, promovió un concurso latinoamericano de novela…

-          Aquel en que obtuvo el primer lugar Ciro Alegría con El mundo es ancho y ajeno y el segundo lugar Gil Gilbert con Nuestro Pan…

-          Sí. Entonces se me metió el deseo de concursar en el próximo. Comencé Juyungo bajo la guía de Gallegos Lara. Extraordinario suscitador de vocaciones Joaquín Gallegos Lara.

-          ¿Qué te sugirió como asunto del mundo negro?

-          Había leído novelas negristas: Batuala, del África francesa; Rey negro de Coelho Netto, brasilero; Pobre negro, de Rómulo Gallegos y Las lanzas coloradas de Uslar Pietri. Esas novelas me sugirieron el tema del negro. Pero quise hacer una novela con el modo propio con el que se debía hacer una novela negra: el ritmo.

-          Y no hay duda: ese es el gran secreto de Juyungo.

-          El doctor Hintenhauser, que está ahora en la Universidad de Bonn, ha dicho que sólo dos obras novelescas han logrado llevar la música a la prosa. Thomas Mann en Tristán, la música de Wagner, y Ortiz, la música negrista.

El propio Ortiz juzga:

-          Tenía la música de la poesía negra. A la manera de Guillén; no de Palés Matos.

En 1942 Juyungo ganaba el Primer Premio Nacional de Novel. Triunfaba sobre obras tan buenas como La isla virgen de Aguilera Malta y Las cruces sobre el agua de Gallegos Lara, el animador de la empresa que dio ser a Juyungo. Pero en el certamen internacional de la Farrar and Rinehart, no tuvo fortuna:

-Triunfó –cuenta Adalberto Ortiz– otra novela negra: Canapé verde, de dos primos de apellido Marcelin. Haitianos. Mi novela acaso haya sido muy difícil para los jurados. Si hasta para los que saben bien español, lo es. Uno de los jueces era Thornton Wilder, que apenas habla español; otro John dos Pasos. Sin embargo mi novela ha sido mucho más traducida que las otras presentadas al concurso.

 

EL mundo de Juyungo

-          ¿De cuándo arranca tu conocimiento del mundo que pintas en “Juyungo”?

-          De cuando fui a Esmeraldas, a los once años. Mi abuela me llevó a recorrer los ríos. Pasamos tres meses en los ríos.

-          Por eso hay en Juyungo tanto viajar fluvial…

-          En el Normal íbamos de Aloag a Quinindé a pie…

-          Eso también está en Juyungo. Y, en cuanto al mundo negro, ¿crees haber llegado a las capas más hondas del negro?

-          Sobre todo en lo sociológico. En el BulletínHispanique acaba de aparecer un estudio sobre Juyungo de Renaud  Richard. El estudio más completo que se hacho de la novela. Tal vez la clave del sentido del libro, aparte del motivo literario-formal, es el subtítulo de ese artículo: “…de la haineraciale a la luttecontal´injustice” (“…del odio racial a la lucha contra la injusticia”).

 

En la confluencia de dos razas

-          También penetras en el mundo negro en algunos cuentos. ¿En qué libros están?

-          En La mala espalda. Hay cuentos negristas y otros.

Y ocurre la palabra. Estábamos dando vueltas en su torno y acabamos por dar en ella: la negritud. Adalberto Ortiz habla como quien ha reflexionado mucho sobre la negritud, que es, dice como la hispanidad, una realidad. Hay una música negra, que ha acabado por imponerse; un arte gráfico negro, y, sobre todo, la filosofía bantú, fundamento de la negritud. El peligro, anota Ortiz, es volverse racista –en el campo político–; hacer movimientos fascistas. Y solo entonces vuelve el novelista a su caso:

-          En mi caso, yo soy mulato. Tanto en mi familia paterna como en la materna hay raza blanca. Nicolás Guillén, cuando lo conocí, me miró, y con ese instinto que tienen ellos para reconocer los elementos raciales, me dijo: “Tú eres hijo de mestizos”. Siento la negritud, pero también lo blanco. La última novela apenas tiene si no muy marginalmente lo negro.

-          ¿Está ya acabada esa última novela?

-         

-          ¿Su título?

-          La envoltura del sueño.

-          ¿Tus mejores cuentos negros?

-          Algunos de La mala espalda. El mejor es La entundada. También Los contrabandistas y Los hijos blancos.

-          También tu poesía tiene la vertiente negra y la blanca.

-          Sí. Tengo, además de la poesía mulata, poesía sardónica. Nicanor Parra, cuando la conoció, sintió no haberla conocido antes para incluirla en la antología de esa poesía.

-          ¿Y en dónde te sientes más a gusto, en la poesía, el cuento o la novela?

-          Para mí es lo mismo. Y ahora quiero abordar el teatro. Una pieza mía consta en una publicación, hecha en Guayaquil, de piezas en un acto. Pero ni la he corregido. Creo que se titula El retrato.

 

Forma de trabajo

-          A propósito de corregir, ¿cómo escribes? Mejor, ¿cómo escribiste Juyungo?

-          Juyungo la escribí entre Guayaquil y el Milagro. Empecé en el Milagro. No tenía empleo y estaba hecho cargo de una tienda. Gallegos Lara me consiguió un puesto educaciones en Guayaquil, como director de la escuela “Rockefeller”. Allí escribía a ratos libres. Me gusta escribir en medio de la gente, por ejemplo en los momentos libres de la burocracia.

 

Épocas de compensación

-          Habíamos llegado casi al 42. En esta época comienzan algunos viajes…

-          Sí, en 1942. Es la época que yo llamaría “de compensación”, después de una vida muy dura. Velasco Ibarra me mandó al exterior, como canciller del consulado ecuatoriana en México. Y Antonio Parra me nombró encargado de negocios en Paraguay.

-          ¿Alguna actividad literaria en esos años?

-          En esos seis años no escribí nada. Me dedique a la “dulce vida”… Ah! No: escribí Los contrabandistas, que me publicó Pablo González Casanova, actual rector de la Universidad de México, en la serie “Lunes de México”.

-          ¿Cuándo retornaste al trabajo creador?

-          Cuando volví a Guayaquil. Trabajé La mala espalda, la poesía sardónica.

 

La fama y el mañana

-          Eres uno de los pocos novelistas ecuatorianos conocidos en Europa. ¿Cuándo ocurrió ese salto a la corriente internacional de las letras?

-          Me ha dicho Lorenz que soy el primer novelista hispanoamericano traducido después de la guerra del 14. En 1949 se tradujo Juyungo al checo con el título “MUZI NAUMIRAJI NA POSTELI” (“Los hombres no mueren en la cama”).

-          Lugar común…

-          Pero Juyungo no dice nada…

-          ¿Siguió una francesa, creo?

-          En 1955 en la colección La croix du sud, por Gallimard. En 1957 la publicó en alemán S. Fisher, de Frankfurt. Hasta 1964 tenía cuatro ediciones en alemán.

-          ¿La crítica?

-          Muy elogiosa.

-          ¿Algún nuevo proyecto de traducción después de esta última gira alemana?

-          Asturias recomendó Juyungo para una nueva serie de “Salvat” con más presencia latinoamericana. Y uno de estos días me llegará para firmar el contrato para la traducción al alemán de El espejo y la ventana.

-          ¿Y planes para seguir creando?

-          Estoy entrando en esto que se ha dado en llamar “la nueva novela hispanoamericana”. No por snob. Porque lo siento. Pero en Juyungo hay ya anticipaciones de eso, y también en El espejo y la ventana.

 

Y como se nos ha pasado la hora y hemos de acudir, los dos, a un compromiso común, salimos y nos vamos por esas calles oscuras y brillantes de lluvia. Y Adalberto Ortiz va repasando deliciosos recuerdos… Una discusión en el Coloquio de Escritores entre Borges y Asturias; otra, en otra reunión, entre Asturias -¡Qué gran gordo que es!– y GüntherGrass. Cierta resolución de un congreso de escritores de Kiev sobre la descripción en la narración. Adalberto Ortiz vibra con todo ello, pero vibra del modo más connatural. Como un auténtico ciudadano de la república de la literatura.

 

16 de noviembre de 1970

 


 

[1] Publicado en el diario El Tiempo, noviembre de 1970; reproducido aquí de Nuestros latinoamericanos vistos por sí mismos, entrevistas de Hernán Rodríguez Castelo, 1969-1971, ediciones del Banco Central del Ecuador, Quito, 1996, pgs. 175-183

Adalberto Ortiz[1]

Su biografía

 

 

Adalberto Ortiz nació en 1914, en Esmeraldas. (Falleció en 2003 en Guayaquil).

El año 30 llegó a Quito, y en 1937 se graduó de profesor en el Colegio Normal Juan Montalvo.

Viajando de regreso a su tierra descubrió la poesía negra en la Antología de Ballagas, e inició con Jolgorio una serie de poemas negroides que comenzaron a ver la luz en el Suplemento Literario de El Telégrafo de Guayaquil por 1940[2].

En 1942 Ortiz se ganó un lugar sólido en la novelística ecuatoriana de la década con Juyungo, Premio Nacional de Novela[3].

En ese mismo año viajó a México, donde publicó varias obras antiguas, comenzando por la poesía negra, que reunió con el título de Tierra, son y tambor (1945)[4].

En México escribió un relato breve: Los contrabandistas, que se publicó en 1945, en la serie los Lunes[5]. Al año siguiente apareció, en México también, su segunda entrega de poesía: Camino y puerto de la angustia[6], de tono intimista y apertura a lo social.

De vuelta a Guayaquil, tras seis años de residencia en México y Paraguay, Ortiz volvió a darse al quehacer literario, y trabajó cuento –La mala espalda– y su poesía sardónica.

Esta sería la última etapa del poeta. “Me invadía –ha escrito– un humor amargo, oscuro, críptico, a veces. Ese sentimiento de lo contrario, que nos conduce a lo absurdamente festivo. Con un estilo prosaico, resolví escribir una especie de partida de defunción de mi quehacer poético”[7]. Esos poemas vieron la luz, con el título de El vigilante insepulto, 1954[8]

El relato de esos mismos años apareció en 1952: La mala espalda; once relatos de aquí y de allá[9].

En 1961 el poeta publicó una suma de su obra poética con el título de El animal herido[10]. Para este momento su poesía negra circulaba ya en antologías tan importantes como el Mapa de la poesía afroamericana de Emilio Ballagas y el SchwarzerOrpheus (Orfeo Negro) de JanheinzJahn.

En la década del 60 al 70 Adalberto Ortiz trabajaría en novela.

Publicó, es cierto, 1971, un tomo de cuentos con el título La entundada, pero, fuera del cuento que da el nombre al libro –muy buen cuento éste, por cierto– no hay cosa nueva[11]. De novela, publicó en 1868 El espejo y la ventana, que conoció una segunda edición en 1970, y tiene concluida una tercera novela que parece se titulará La envoltura del sueño[12].

 

Su poesía

Adalberto Ortiz halló muy pronto y con gran seguridad los caminos de la poesía negra. En sus cantares negros (1938-40) da con el habla de la tierra y los ritmos fuertemente marcados por el tambor. Del señalamiento métrico de esos ritmos, para a la búsqueda de la sonoridad por la sonoridad (Negritud con bembosidades), y, más allá adivina en ese frenesí de ritmos y sonidos la evocación ancestral (Sinfonía bárbara). Y no se queda en impresiones, por hondas que sean: capta alguna vez la filosofía de la raza. Esa primitiva filosofía de supervivencia y valores elementales que testimonia, con deliciosa ingenuidad, la Canción del boga.

Al dejar los causes tan entrañablemente señalados de la poesía negra, Ortiz tienta nuevos ritmos, y en la empresa llega hasta a perderse en el discurso fatigoso (algunos de sus Poemas sociales). Pero cuando su búsqueda se hace por ahondamiento cordial en la naturaleza logra poemas tan hermosos como Mundo marino.

Por los años 44-45 vive el poeta una etapa de poesía erótica, que se caracteriza por una sinceridad y afán de introspección que no se detiene ante nada y cobra hermosas piezas.

La última etapa del poeta es la de su poesía sardónica. Tono intencionalmente prosaico, como marco. Y un humor agudamente irónico, por catalizador. Para hacer una crítica sutil y penetrante de un mundo que ha admitido en su seno demasiados contrasentidos. Algunas notas –ese final de La noticia, por ejemplo–, sin dejar de ser sardónicas, y por ello mismo, rezuman pesimismo, dolor y ternura.

Acertó el poeta con una fórmula feliz, y bien hizo Gonzáles Mas en aproximarlo –guardando siempre, supongo, las distancias– a Eliot, “al primer Eliot, el ácido y somero Eliot que traza con pulso de sonámbulo la radiografía de su circunstancia histórica, y que se aleja después”[13].

Dos poemas

SINFONÍA BÁRBARA[14]

Se escucha un retumbante trepidar

sobre el gran tambor del mundo:

¡Bómbom - Búmbum!

¡Bómbom - Búmbum!

¡Bómbom - Búmbum!

 

Trajeron los mandingas candombé y calabó,

rugieron los tambores en tierras de Colón:

la conga, la bamba, la rumba, la bomba

y sus fuerzas telúricas en sombra.

Aé – airó,

aé – airó.

Ecos salvajes de africana tempestad.

Condensación de un gran espíritu bantú.

Aé – ajujú,

aé – ajujú.

Y el bombo, rebombo, retumba.

Engendros horrorosos de tótem y tabú.

¡Oh, dioses primitivos de madera y de marfil!

¡Máscaras de brujos de impulso vegetal

ofician los rituales con hálito viril

y hay lúbricas faenas la noche de San Juan!

 

Macumba, macumbero, macumba

Macumba, macumbero, macumba.

Negro congó, negro bitacó, negro cocoló.

 

Por la copas rijosas de las palmas,

bajo el polvo tranquilo de la estrella,

se clava la liturgia de Oxalá.

Y el bombo, rebombo, retumba.

 

Danza guerrera vino,

danza guerrera va.

Kombumá – candombe – kombumá.

Kombumá – candombe – kombumá.

Danza guerrera llegó,

danza guerrera que fue,

danza guerrera quedó.

Y la lanza que se hunde

y la rabia que se funde,

en nosotros está,

en nosotros irá.

Y el bombo, rebombo, retumba

Negro congó, negro bitacó, negro bolocó.

No amarrados como árboles,

sólo sueltos como pájaros.

En nuestras muñecas nunca más.

Antes que hierro,

primero muertos.

Canto guerrero que fue,

canto guerrero quedó.

Kombumá, candombe, kombumá.

Uuá – uuá –uuá. Katanga, malanga.

Y el bombo, rebombo, retumba.

Kombumá, candombe, kombumá.

Kombumá, candombe, kombumá.

BRUJERÍAS No 2[15]

Suena la campana de cobre repujado

en la noche del aguardiente

frío y salado.

Ella muestra su cara de punto en la esquina

sacándose una espina.

Me lo pide y yo la entiendo.

Es abstemia, felizmente,

y yo la entiendo.

 

Hay que ser imparcial,

después de todo

–dijo el enano ciego–

codo a codo,

y siguió bajando de la olla

con su pata de tumbo en tumbo

sin ajo ni cebolla,

pero con un fosforito de bengala

en la siniestra

y aquella campana fatídica en la diestra

sobre el espejo cóncavo.

 

Ella tiene cara de punto

en el coseno delta

y fácilmente en su ángulo de aberración lo suelta.

Es estéril, ferozmente.

 

La lluvia no es para las plantas

–agregó el enano peludo y ciego–

sólo para las casas, solamente.

Guayaquil, julio de 1969

 

[1] Adalberto Ortiz, en Los de “Elan” y una voz grande, Clásicos Ariel, t 90, Guayaquil, Publicaciones educativas “ARIEL”, s.a.

[2] Completó el poeta un libro de poesía negra que tituló Cununo, pero no halló modo de publicarlo entonces. Cf. Información del autor, preliminar de El animal herido, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1959, p.7.

[3]Juyungo, historia de un negro, una isla y otros negros. Buenos Aires, 1943. Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1957.

[4]Tierra, son y tambor, cantares negros y mulatos. Prólogo de Joaquín Gallegos Lara. México, 1945.

[5]Los contrabandistas. Prólogo de José Antonio Portuondo. Colección Lunes, 18. México, 1945.

[6]Camino y puerto de la angustia. México, 1946.

[7] Información del autor, lib. Cit. P.9.

[8]El vigilante insepulto. 14 estampas poéticas. Con nota preliminar de Ezequiel González Mas. Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1954.

[9]La mala espalda; once relatos de aquí y de allá. Guayaquil, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1952. (Colección Relatistas Ecuatorianos). 1959. (Con el prólogo de Gallegos Lara a Tierra, son y tambor, y una Noticia del autor).

[10]El animal herido. Antología poética. Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana 1959. (Con el prólogo de Gallegos Lara a Tierra, son y tambor, y una Noticia del autor).

[11]La entundada / y cuentos variados. Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1971.

[12]Ambas ediciones de El espejo y la ventana en Guayaquil, Casa de la Cultura Ecuatoriana. Así el novelista en Adalberto Ortiz, por él mismo, entrevista por Hernán Rodríguez Castelo. El Tiempo de Quito, 16 de noviembre de 1970.

[13] González Mas, nota preliminar cit. en nota 8.

[14]Versión corregida de mano del autor.

[15] Reproducido de copia mecanografiada, propiedad del autor, para edición de Ariel.

 


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