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1800-1860
en el mundo y América Latina
¿POR QUE 1800 A 1860?
Esta es pregunta que
sin duda se hará todo lector curioso -y solo a lectores curiosos podrá
interesar echar una mirada detenida a ese tiempo-. ¿Por qué precisamente
desde 18000 y hasta 1860?
La cosa tiene que ver
con periodización de la literatura ecuatoriana.
Ello es que para
avanzar en la Historia general y crítica de la literatura ecuatoriana
en que me he empeñado, ante el largo, denso y rico siglo XIX de
nuestra literatura, se imponía dividirlo. Y, dentro de lo artificial y
simplemente operativo de este tipo de divisiones, esta pareció la mejor
fundada: terminado hacia finales del XVIII el período colonial, uno
nuevo, de 1800 a 1860, y tras él, a partir de 1860, el período
romántico.
Al tiempo que cotrre
de 1800 a 1860 pueden aplicarse esas calificaciones que Luis
Alberto Sánchez dio a Irisarri: postcolonial y protorrepublicano
.
Anderson Imbert en su
Historia de la literatura hispanoamericana abre la segunda parte
-la primera fue la Colonia- con el período 1808-1824 -el de las guerras
de la independencia-, al que sigue un segundo, de 1825 a 1860, al que
caracteriza, históricamente, como “La anarquía”
Hay un acuerdo casi
general en tener como un período el llamado de la independencia. (Así,
por ejemplo, el volumen de la Biblioteca Ayacucho que lleva por título
Poesía de la independencia).
Es ese período que Andersom Imbert hace correr de 1808 a 1824.
Generalmente se lo sitúa entre 1800 y 1830, que es el tiempo que cubre
la gran empresa americana de la independencia. (Así Carilla en el citado
volumen de Ayacucho).
Pedro Henríquez Ureña,
en ese libro clave que fue Las corrientes literarias en la América
Hispánica, fijó el período 1800-1830 y lo llamó “La
declaración de la independencia intelectual” y al siguiente lo extendió
de 1830 a 1860 y lo rotuló “Romanticismo y anarquía” (En 1860
comenzaría “El período de organización”, cosa que para el caso
ecuatoriano cae justa pues es el tiempo en que domina el acontecer
histórico ese gran organizador que fue García Moreno)
.
Siguió en un primer
momento a Henríquez Ureña para el período 1800-1830, al que llamó “El
patriciado prerromántico”, José Antonio Portuondo.
Años más tarde Arrom,
empleando el instrumento periodizador de las generaciones, en su
Esquema, habló de “la generación de 1804”, a la que llamó “La
generación de las libertades” y extendió su principal tarea de 1804 a
1834. A partir de esas fechas se movió por los consabidos bloques
generacionales orteguianos de 30 años
Todo esto da la razón
de la primera mitad de este tiempo en la literatura ecuatoriana:
1800-1830, literatura de la independencia.
Pero extendemos el
período hasta dar con otro literariamente mucho más definido y más
tupido y vigoroso que es el romántico -el romanticismo ecuatoriano es en
América uno de los más tardíos y singulares, como se verá entonces por
qué-. A partir de ese punto también yo también me apoyaré en el método
generacional -cosa que he hecho ya en numerosos trabajos, con
resultados, de orden práctico, que son los que cabe exigir a ese método
periodizador, muy satisfactorios
-.
La romántica es, en lo literario, la primera generación que exhibe en
Ecuador realizaciones literarias generacionales que se imponen al
historiador literario como tales. Para ese romanticismo hemos fijado la
fecha inicial de 1860. Hasta entonces extendemos el período al que
consagraremos el primer volumen del Siglo XIX, al que, además de las
denominaciones ya vistas, podemos llamarlo también “período
fundacional”, por todo lo que en nuestra América, en vida y literatura,
funda.
Pero, antes de
acercarnos a la literatura de esos tiempos tan poco conocidos -por poco
vividos y ello, en buena parte, por poco y mal leídos- importaba
recorrer, con algún detenimiento, dos vestíbulos. De historia y de
historia de la cultura -en donde está la literatura-. Lo que pasaba en
el mundo y en América Latina, el uno, y el acontecer histórico
ecuatoriano, en el otro.
Esto explica por que en
las páginas que siguen, de amplia panorámica del mundo y América, en tan
fascinante y decisivo periodo no aparezca el Ecuador: trátase de un
marco a lo que en igual lapso fue el Ecuador, en su historia, sus
instituciones, su cultura y, más extensamente y como asunto propio de
nuestra Historia, en su literatura.
No se deje
engañar el lector, sin embargo, por eso de “marco” o preámbulo. Las
páginas que siguen en lo que en rigor nos introducen es en un tiempo, en
el que cada lector, según su bagaje de lecturas, estudios históricos o
de cultura, y noticias de cualquier índole, o su imaginación y
sensibilidad, ahondará en tal o cual parcela o comparará ciertas
imágenes y relatos con los que ya tenía.
LA GRAN REVOLUCIÓN QUE
INAUGURA LOS TIEMPOS MODERNOS
Nada de lo que acontece en el convulso y heroico, con
algo de heroísmo adolescente, período de la independencia americana se
entiende sin situar en el horizonte del mundo esa radical fractura del
cauce histórico europeo que fue la Revolución Francesa. Por allí, pues,
ha de arrancar una panorámica del mundo -al menos, el occidental, que es
el en que América se había hecho y vivía inmersa- que aloje la
panorámica de campo menos ancho y detalle más dibujado de las tierras
que habían sido la provincia quiteña del imperio español y en el período
se convertirían en una república.
Hay en el siglo XVIII
europeo una profunda y en mucho radical transformación intelectual y
social -cuyos ecos hemos sentido llegar a América-. Las ciudades crecen,
a impulsos de una nueva industria y un renovado comercio, y al calor de
estas novedades se ha asomado al escenario europeo una burguesía cada
vez más próspera y segura de sí, que ha comenzado a pesar en todo el
tinglado de la vida social y hasta en los aún esquivos ajetreos
políticos -en Inglaterra los burgueses estaban representados en la
Cámara de los Comunes y en Francia habían sido admitidos en los Estados
Generales desde el siglo XIV-. Burgueses eran los lectores de los libros
que editaban filósofos ilustrados y eran buenos burgueses los que
leudaban sus vagas aspiraciones de poder en la lectura de La riqueza
de las naciones de Adam Smith y en el Contrato social de
Rousseau.
Con este nuevo espíritu
-que solo en Inglaterra era más vivo que en Francia- contrastaba una
estructura social aristocrática y semifeudal y la manera de gobernar de
la monarquía gala -confusa hasta el caos, dispendiosa en el gasto,
arbitraria para reprimir y celosa de arcaicos privilegios.
Una creciente población
de burgueses cultivados e industriosos sentíase cada vez más descontenta
con tamaño desgobierno, agravado en los regímenes del inepto y sibarita
Luis XV y del torpe y holgazán Luis XVI. Y había algo aun más de fondo:
el creciente poder de esa burguesía se veía frenado por un orden feudal
y pesada red de privilegios y limitaciones.
Las reformas en el
manejo de la hacienda impuestas en 1776-1781 por el pragmático banquero
suizo Jacques Necker -que incluyeron una inusitada rendición de cuentas
pública, el Compte rendu- se estrellaron contra los dispendiosos
caprichos de María Antonieta, la odiada consorte austríaca del Rey. Cayó
Necker y a la dilapidación de una corte voluptuosa se unieron gastos de
guerra -la última aventura de la realeza francesa fue la intervención
para sostener la independencia de los Estados Unidos- para poner la
hacienda francesa al borde de la quiebra. Y nobles y ricos se negaban
obstinadamente a asumir la parte que les habría correspondido para que
el país saliese de tan ruinosa situación.
Sumido en esta crisis,
el Rey convocó a los Estados Generales y esa convocatoria despertó
emoción popular, no obstante que la vieja institución francesa se había
desprestigiado por el ningún caso que los reyes hacían de sus decretos.
Las tres clases tenían representación en los Estados Generales: el
clero, la nobleza y los comunes -el llamado “tercer estado”.
El nuevo espíritu, cada
vez más maduro, y las tensiones que se multiplicaban entre una clase
nueva dinámica y lúcida y una nobleza cortesana y terrateniente
encerrada en la torre de marfil de sus rancios privilegios hallaron
cauce en las elecciones para los Estados y llegaron a los cahiers
que para preparar esa gran convención recogían informes de las
localidades representadas. Esta vez los grises informes que se estilaban
fueron coloreados por inquietudes y aspiraciones que rayaban en
reclamos. Se señalaban desigualdades e injusticias como causa del
desorden social.
Y para esta elección
estaban en escena espíritus ilustrados y gentes de pensamiento crítico,
con ideas nuevas sobre gobierno y finanzas y, sobre todo, con intereses
de clase opuestos a la envejecida política de la arbitrariedad y
privilegios de nobles y pudientes. Y era como si Luis XVI hubiera
reconocido el peso que esa nueva burguesía había cobrado en la dinámica
nacional, pues decretó que el número de representantes del tercer estado
debía ser igual al del clero y la nobleza juntos, aunque, para
contrapesarlo, se aclarabaa que ello no se traduciría en la votación,
que seguiría siendo por estados, un voto por estado.
Inminente ya la reunión
de los Estados Generales, el Rey pareció percatarse de lo que ellos
podían ser con esa nueva burguesía con crecida presencia y voz en su
seno cuando los comunes reclamaron, frente a la tradicional votación por
estados, una votación “por cabeza”, que convertiría esa reunión en una
verdadera Asamblea nacional. Los nobles, tan suspicaces como celosos de
sus rancios privilegios, se opusieron violentamente a tamaña pretensión,
comenzando el “complot aristocrático” que más tarde se convertiría en
cotrarrevolución. Pero los burgueses, a los que alentaba el fervor
popular, respondieron a ese rechazo irreductible constituyéndose en
“Asamblea Nacional”. Entre el día memorable en que ello aconteció -17 de
junio de 1789- y lo que ocurrió tres días después se produjo, en lo
esencial, la gran Revolución que cambiaría radicalmente conceptos y
prácticas de la relación entre gobierno y sociedad.
Porque, a los tres días
de la constitución de la “Asamblea Nacional”, al llegar los asambleístas
al salón de Versalles donde debían instalarse los Estados Generales, lo
hallaron cerrado, según un ingenuo aviso, “por reparaciones”. Tan torpe
arbitrio real no hizo sino exaltar a ese cada vez más decidido cuerpo
democrático. Y, capitaneados por el enorme, temperamental y elocuente
Mirabeau, se fueron para un local donde se jugaba frontón y en esos
graderíos y cancha juraron, con el brazo extendido, no disolverse hasta
haber dado una Constitución a Francia. Fue el “Juramento del Juego de
Pelota”. Con él la monarquía, gobierno de derecho divino, había dado
paso al gobierno de la soberanía popular.
El débil y desorientado
Luis XVI cedió ante ese insólito acto de fuerza y los Estados Generales
se reunieron para debatir libremente y votar por cabeza en esa auténtica
Asamblea nacional que las cabezas pensantes del tercer estado habían
impuesto.
La clase media puso las
deliberaciones de la Asamblea en la dirección que la lucidez de sus
dirigentes señalaba: hacia igualdad social y libertades
individuales.
La respuesta del Rey
fue movilizar tropas desde la frontera oriental hacia Versalles. La
Asamblea rechazó tal intimidación, pero el Monarca desoyó la protesta.
Entonces el hambriento pueblo de París, ante el que una apasionada
arenga del fogoso Camile Desmoulins había pintado la Asamblea como
defensora de sus intereses, se echó a las calles y por tres días se dio
al desorden y saqueo y al tercer día se fue, en busca de armas, a la
Bastilla. La toma por la plebe parisina de la sombría prisión real,
fortaleza que simbolizaba el poder represor de la monarquía, fue signo
de que lo que se había puesto en movimiento era una revolución y no solo
burguesa: popular.
Tomada la Bastilla, el
pueblo se equipó con las armas y municiones que allí se guardaban y ese
París en rebeldía tuvo su primer núcleo de una milicia propia. El nuevo
gobierno se llamó la Commune y se constituyó con los
representantes que los distritos de la ciudad habían elegido para los
Estados Generales.
Fue todo aquello tan
sorprendente y tan poderoso que Luis XVI reconoció al gobierno de París,
retiró las tropas reales y visitó la capital luciendo la escarapela
revolucionaria, que de los Borbones tenía el blanco, y de Francia, el
rojo y azul, cargados ahora de nuevos sentidos y poderes.
Las reaccionarias
intrigas palaciegas movidas por la Reina y sus cortesanos buscaban
febrilmente minar esa que les parecía locura demoledora del orden
establecido -y lo era- y forzaron al débil Rey a llamar a las tropas
reales de Flandes. Llegadas, la guardia de Versalles las recibió con un
banquete abundoso de comida y bebida. Ello escandalizó e irritó a la
hambreada plebe parisina, que respondió con otro de los hechos sígnicos
y claves del proceso revolucionario: la marcha de mujeres (y varones
disfrazados de féminas) hambrientas en larga columna desde París hasta
Versalles a los gritos de “¡Pan! ¡Pan! ¡Pan!”. Solo las bayonetas
frenaron frente al palacio real a esa turba arrolladora. Pero Lafayette,
militar de ideas liberales, mandó a los soldados a sus cuarteles, y las
enardecidas mujeres llegaron a entrar en palacio y mataron a guardias de
la Reina. El final del novelesco episodio fue aun más pintoresco. En la
marcha de regreso de esa turba a París había una comparsa central: una
carroza que llevaba a Luis XVI, María Antonieta y sus hijos. El Rey iba
de su voluntad, creyendo aquietar así ese oleaje que cobraba fuerza
amenazante. Pero la muchedumbre entendía aquello de otro modo, el
certero. “¡Tenemos al panadero, a la mujer del panadero y al pequeño
pinche! ¡Ahora tendremos pan!”. La plebe parisina tenía al Rey y tenía a
la Asamblea, que debería atender a sus más radicales
aspiraciones.
El “antiguo régimen” se
derrumbó en toda Francia. Al tiempo que se saqueaban castillos y se
mataba o expulsaba a sus castellanos, el gobierno local se deshizo. Dar
a Francia un nuevo régimen era la enorme empresa a que los vertiginosos
acontecimientos forzaban a la Asamblea. Para ella también destruir fue
lo primero y más fácil: acabar con feudalismo, servidumbre y privilegios
de clase. Y los nobles presentes en la Asamblea fueron los más
entusiastas para renunciar a sus viejos “derechos”. Puso fin a toda esa
larga historia de desigualdades convertidas en derecho el “Decreto de
abolición del régimen feudal”.
Para empezar a
construir se echó como cimientos la “Declaración de los Derechos del
Hombre y del Ciudadano”. “Los hombres -se sentaba- nacen y permanecen
libres e iguales en derechos”. Y se establecía que “La ley es la
expresión de la voluntad general; todo ciudadano tiene derecho a
participar directamente, o por medio de sus representantes, en su
elaboración y ha de ser igual para todos”.
Lo que la Asamblea
comenzó a construir fue una nación. Con fuerte unidad, con alto sentido
nacionalista.
Tomó la Asamblea un
sesgo anticatólico. Los pensadores más libres de la burguesía
revolucionaria eran deístas antieclesiásticos; pero ese no fue el móvil
fundamental de las drásticas decisiones sobre obispos, curas y bienes
eclesiásticos. Fue económico. Ante la quiebra con que el extendido
desorden revolucionario parecía amenazar al erario, se echó mano del
recurso extremo: expropiar las tierras y bienes de la Iglesia, que
alcanzaban una quinta parte de la riqueza nacional. Con todo ello como
garantía, se pudo emitir papel moneda. El 2 de noviembre -recuérdese,
estamos en 1789- se habían puesto los bienes del clero “a disposición de
la nación” y el l9 salían a la venta 400 millones de bonos. A ello
siguió hacer depender del Estado a los curas por la atadura de un
sueldo, imponer la elección de obispos y sacerdotes por el pueblo y
exigir al clero jurar la “Constitución civil”.
En 1791 toda esta
ingente obra de destrucción de un régimen y construcción de otro culminó
con la implantación de una monarquía constitucional.
Esto pudo quedar aquí y
evolucionar en un sentido de orden y mesura. Pero no es la mesura lo que
caracteriza las revoluciones. En el seno de toda revolución se enfrentan
una facción moderada -derecha, suele llamársela- y otra radical -la
izquierda-. En la Francia revolucionaria, a la derecha estaban los
Girondinos, representantes de la alta burguesía, fielmente apegados a la
libertad económica y la propiedad, y a la izquierda, Jacobinos y
Montañeses -llamados así por su ubicación alta en la Convención-, que
propugnaban la transformación más radical de la sociedad. En el campo
fermentaba el descontento por lo tibio y conciliador de las
transformaciones hechas, en temas tan decisivos como la feudalidad, y en
la ciudad radicales burgueses exigían que la revolución implantase una
auténtica democracia y diese un papel significativo al proletariado
urbano. La Revolución había puesto de manifiesto las contradicciones de
clase de la época, entre la burguesía y las aristocracias, y entre
burguesía y pueblo llano. Y esto iba a pesar sobre todo el pensamiento
europeo.
Con la muerte, en 1791,
de Mirabeau, el tablado revolucionario quedaba vacío del líder
carismático con alguna moderación. Iban a subir a él tres radicales: uno
médico, científico y hombre de letras, editor del Ami du Peuple,
convencido de que el pueblo debía ser el actor y beneficiario de una
revolución, Marat; el segundo, tan imponente y buen orador como
Mirabeau, de quien había sido protegido, fundador (con Marat y
Desmoulins) del Club des Cordeliers y también defensor del
pueblo bajo y la democracia absoluta, Danton; y el tercero, un abogado
de Arras, lector devoto de Rousseau y director del Club de los
Jacobinos, culto y nada demagógico, pero decidido republicano,
Robespierre.
A esos líderes, la
moderada monarquía constitucional no pudo enfrentar ninguno. Sin
alcanzar esa estatura política, estaba por el acuerdo de 1791 Lafayette,
director del partido burgués, que pensaba que podía conciliar la
aristocracia terrateniente con la burguesía revolucionaria.
En la misma Asamblea se
acentuaba la oposición entres los constitucionalistas -los Feuillants-,
que sostenían la monarquía constitucional (aunque tendiendo a reforzar
el poder real), y los radicales -los Girondinos-, impacientes por
instaurar en Francia una república. Y eran los Girondinos los que tenían
en esa gran reunión las voces más altas y brillantes: Vergniaud,
Condorcet, Dumouriez.
Afuera de ese recinto
donde se buscaba resolver las tensas contradicciones en leyes
conciliatorias se enconaba la oposición entre una aristocracia que se
sentía amenazada, de un lado, y la frustración de los campesinos -que en
regiones se volcaba hacia la guerra civil- y los movimientos populares
urbanos, de otro. Todo apuntaba hacia un insoluble antagonismo de
clases.
Deshizo un tenso
equilibrio de fuerzas un hecho que dio a los radicales la ocasión de
acabar con cualquier política de compromiso: la huida del Rey a
Varennes. Ante las masas el Rey apareció entonces marcado con los
estigmas de enemigo del pueblo y traidor. El ala radical de la burguesía
constituyente desencadenó el “terror tricolor”.
Y entonces se ofreció
ante la aristocracia un recurso extremo. Y convocó un fantasma que es
fácil de llamar pero imposible de manejar: la guerra. María Antonieta,
ufana, le decía a Fersen de los asambleístas entusiastas por la guerra:
“¡Los imbéciles! No ven que esto es servirnos a nosotros”.
Curiosamente, todos los
sectores apostaban a la guerra. El círculo de María Antonieta calculaba
que la victoria de los aliados restablecería el absolutismo en Francia y
su derrota fortalecería el prestigio del Rey galo; los
constitucionalistas pensaban que la victoria afirmaría la Constitución y
exaltaría la figura de Lafayette, y los radicales creían que la victoria
acabaría definitivamente con la monarquía francesa y marcaría el
comienzo del fin de todas las otras monarquías europeas. Solo Marat y
Robespierre temían que la guerra fuese trampolín para que un general
victorioso se volviese contra París como déspota absoluto.
Se declaró la guerra, y
entre Francisco II de Austria y Federico Guillermo II de Prusia
reunieron un ejército de 80.000 hombres para invadir Francia. Comenzó
así el que iba a ser larguísimo período -de veintitrés años- de guerras
entre tropas de las monarquías europeas y los ejércitos de la Francia
revolucionaria.
Las primeras acciones
acabaron en fracaso para las bisoñas tropas revolucionarias que apenas
tenían más que el fervor de quienes luchaban por la libertad, igualdad y
una nueva nación francesa, calados el gorro frigio y entonando la
Marsellesa.
En la primavera de ese
1792 se sucedieron reveses de las tropas francesas y la Gironda
comprendió que sin las masas populares sería imposible la victoria. Y
entonces Europa asiste al nacimiento de un ejército realmente nacional.
Las masas sienten que su entusiasmo nacionalista se enciende ante la
amenaza externa -que la aristocracia favorecía de muchos modos fronteras
adentro-. Se vive una nueva pasión, la de la patria, cuyo amor es el
patriotismo. “La patria -le escribía en célebre carta Roland a Luis XVI,
el 10 de junio- ya no es solo una palabra que la imaginación se haya
complacido en embellecer: es un ser al que se ofrecen sacrificios...;
que se ha creado con grandes esfuerzos, que se educa en medio de las
inquietudes y al que se ama tanto por lo que cuesta como por lo que se
espera de él”. La patria, esta nueva patria, se construía sobre la
igualdad: todos iguales para combatir, para vencer, para reinar. La
moderación burguesa de la Gironda se ve arrollada por la emoción popular
patriótica y revolucionaria.
Y entonces el general
de los Aliados, Duque de Brunswick, dirige a los franceses penetrante
proclama, erizada de amenazas contra los rebeldes contra su
Rey.
Esta declaración
prematura hizo ver a los franceses que no cabían términos medios
monárquicos, así se pensasen “constitucionales”: el Rey y su corte
estaban con los enemigos de Francia.
Y se produjo la gran
insurrección nacional y social del 9 y 10 de agosto de ese 1792. Un
proletariado enardecido asalta el palacio real haciendo ejemplar
carnicería en los guardias suizos. El Rey y su familia acaban refugiados
en la Asamblea. Y allí, ese mismo 10, se votaba la suspensión del Rey en
su cargo y la elección de una Convención Nacional que diese a Francia
una nueva Constitución. Los partidarios del compromiso comprendieron que
habían fracasado, y el mayor de ellos, Lafayette, abandonado por sus
tropas, se pasó a los austríacos el 19 de agosto.
Esta fue una “segunda
revolución”: entraban en escena los sans-culottes, a los que su
indumentaria, que les dio el nombre, caracterizaba como gentes sin
ningún signo de clase alta: artesanos y tenderos, obreros y panaderos;
pueblo, en suma.
La noticia de que
tropas enemigas estaban cercando la ciudad desencadenó en París una ola
de terror, alentada por Dantón: solo el terror podía frenar a los
realistas. Centenares de monárquicos fueron ajusticiados tras
sumarísimos juicios de tribunales revolucionarios.
Al terror destinado a
acabar con el enemigo interno, Danton unió el inteligente y apasionado
empeño de transformar el ejército revolucionario. Y lo logró: el 20 de
septiembre las armas de la Revolución triunfaban por primera vez, en
Valmy. Con Brunswick en retirada, la Convención, ebria de entusiasmo,
decretó que “la monarquía quedaba abolida en Francia”, votó destierro
perpetuo para los traidores émigrés y acordó llamar a Juicio al
depuesto Rey. “Luis XVI debe ser juzgado como enemigo extranjero”,
proclamó el 13 de noviembre Saint-Just.
Y abundaban las pruebas
de conspiración en contra del medroso y desorientado monarca. De nada
valieron los empeños de los girondinos por salvarlo. En enero de 1793
caía su cabeza en la Plaza de la Revolución.
Ese ajusticiamiento
ahondó, ya insalvablemente, la brecha entre girondinos y montañeses y
acabó, de modo definitivo, con cualquier compromiso de la Revolución con
monarquías y aristocracias.
La cabeza de Rey de
Francia rodando, cercenada por el verdugo, gesto tremendo, conmovió a
toda Europa y las olas de esa conmoción casi sagrada llegaron hasta
América. Y para el pueblo francés no quedaba ya más salida que la
victoria.
Y los triunfos se
sucedían. Las banderas de Francia, tras la victoria de Valmy, habían
llegado hasta Bruselas, donde se las había recibido como libertadoras. Y
ante tal recibimiento, la Convención Nacional pensó que había llegado la
hora de liberar de yugos monárquicos a todos los pueblos de Europa. “La
Nación francesa declara que considera enemigo a todo pueblo que
rechazando la libertad y la igualdad, o renunciando a ellas, pueda
desear conservar, restaurar, o tratar a un príncipe o clase
privilegiada; se compromete, por otra parte, a no suscribir tratado
alguno ni deponer las armas hasta conseguir la soberanía e independencia
del pueblo en cuyo territorio hayan penetrado las tropas de la
República, y hasta que el pueblo haya adoptado los principios de
igualdad e instaurado un gobierno libre y democrático”, proclamó.y lo
dcretó.
Este decreto hizo de la
Revolución Francesa empresa europea. Su triunfalismo no contaba con lo
que esos pueblos sentían de sus monarquías ni con todos los poderes de
que los monarcas disponían para uncir a los pueblos a sus proyectos. Y
estaba, además, la solidaridad de las monarquías avivada por el peligro
creciente. Se unieron a Prusia y Austria, Gran Bretaña, Holanda, España
y Cerdeña.
Tan poderosa coalición
forzó a la Francia revolucionaria a hacer un real ejército del recién
nacido ejército nacional. Carnot fue el artífice, y sus instrumentos
fueron leva obligatoria y servicio militar de todo ciudadano de entre
dieciocho y veinticinco años; una oficialidad íntegra, con una
perspectiva de ascensos por méritos de campaña, y medios para infundir y
avivar en las tropas la pasión nacional. Para fines de 1793 estaban en
filas 770.000 hombres. Era, por primera vez en la historia del mundo,
“la nación en armas”, entidad que desbordaba estupendamente los pequeños
ejércitos de profesionales, herederos del espíritu utilitario de las
antiguas bandas mercenarias.
Los ejércitos franceses
llevaban por todos los reinos de Europa noticia de lo que sucedía en
Francia. Y lo que allí sucedía era importante y decisivo. Pesaba en esta
hora el gestor de esas victorias, la sans-culotterie. Los
sans-culottes, sin títulos, sin grandes fortunas, pero muchos de
ellos con su oficio o su pequeño taller, exigen a la Convención medidas
radicales contra las rancias injusticias sociales. “Que nadie pueda
tener más de un taller, una tienda”. Que se imponga un “máximo” a las
grandes fortunas. Que la propiedad privada, en suma, dejase de ser un
instrumento de opresión y explotación. Y, en cuanto al gobierno, se
debía actuar en coherencia con el gran principio de que la soberanía
reside en el pueblo . El pueblo como legislador soberano, pero también
juez soberano -populares fueron los tribunales de septiembre de 1792-;
el ejército, el pueblo en armas. Y la insurrección como forma extrema de
ejercicio de sus derechos. Nacieron los “Comités Revolucionarios”, como
células y símbolos del poder popular, que la Convención legalizaría -se
convertirían más tarde en Clubes, según el modelo madre del Club de los
Jacobinos, y cubrirían como red la república.
La Montaña desplazó a
la Gironda de la dirección de la Convención. Y las masas, exasperadas
por la carestía y escasez, se levantaron el 23 de agosto. El gobierno
revolucionario -que era burgués- se vio forzado a conciliar las
exigencias de la dictadura con las reinvindicaciones económicas exigidas
por los sans-culottes. La presión popular logró algunas medidas,
como la economía dirigida -que protegía a los débiles-, pero el gobierno
se afirmó, liquidando a los extremistas, y se constituyó definitivamente
por decreto del 4 de diciembre de 1793 -14 trimario del año I, según el
nuevo calendario revolucionario-. Y, para cimentar la República y
vencer a la contrarrevolución, se implantó el terror. “A los enemigos
del pueblo, la muerte”. Una cuchilla rápida, impersonal y expedita
-invento “piadoso” del doctor Gillotin- segó cabezas en París y en dos
regiones donde había guerra civil -sudeste y oeste-. Curiosamente, solo
el 8,5 por ciento eran cabezas de aristócratas; el 85 por ciento
pertenecían al tercer estado. Acabaron de rodillas con el cuello en el
yugo, listo para el tajo, Brissot, Vergniaud y otros diputados
girondinos; Danton, cuando aconsejó moderación, y hasta el propio
Robespierre, con cuya cabeza cayó el telón del sangriento
espectáculo.
El gobierno
revolucionario justificaba sus acciones de fuerza por necesidades de la
guerra. Y en la guerra el nuevo ejército arrollaba a sus adversarios en
las fulgurantes campañas de 1794 y 1795. Se paseaba por los Países
Bajos, forzaba al soberano de Prusia a entregar a Francia la orilla
izquierda del Rin; intimidaba al pusilánime Carlos IV de España, que
establecía alianza con la República, y transformaba a Holanda -depuesto
el Estatúder de Orange- en República aliada de Francia.
El 9 Termidor del año
II (27 de julio de 1794) los auténticos revolucionarios vieron el fin de
la ilusión revolucionaria. Descontado un puñado de intransigentes, la
práctica revolucionaria se diluía en el aparato dictatorial burgués. “La
Revolución está helada” -denunciaba Saint-Just.
La debilitada
sans-culotterie vio fracasar su último intento de subversión el 4 de
Radial del año III (23 de mayo de 1795). Fracasó la revolución popular;
la francesa se realizó definitivamente como la revolución burguesa que
siempre fue. El gobierno fuerte que los sans-culottes habían
apoyado para aplastar a la aristocracia los aplastó también a ellos. El
último motín popular fue disuelto por descargas de metralla ordenadas
por el aún obscuro capitán de artillería Napoleón Bonaparte.
Lo que quedaba de la
Revolución era la República. La nueva Constitución burguesa entró en
vigor en 1795 y duraría hasta 1804. Y el Directorio -cinco directores al
frente de la función ejecutiva- duró aun menos. Si se exceptúa a Carnot,
los directores fueron mediocres oportunistas, que mal podían apagar los
rescoldos revolucionarios ni apuntalar el desbarajuste de la hacienda
pública -en 1797 se declaró una bancarrota parcial.
Parte de la crisis
había que cargarla a cuenta del ejército: se tenía en pie de guerra un
millón de hombres. Pero la guerra seguía siendo la gloria mayor de la
Francia revolucionaria. Parte del ejército francés iba a penetrar en
Austria por la Alemania del sur -al mando de los veteranos Pichegru,
Jourdan y Moreau- y la otra cruzaría los Alpes y por Italia caería sobre
Viena -esta confiada al joven Bonaparte-. Los viejos generales
fracasaron, y el joven Napoleón, en campaña fulminante, cruzó los Alpes
y acabó con cinco ejércitos austríacos, y, cuando se acercaba a Viena,
Austria se sometió a las condiciones de ese sorprendente general que
comenzaba a revolucionar la guerra. Por el Tratado de Campo Fornio
(1797) Francia obtuvo los Países Bajos austríacos y las islas jónicas.
Entonces Austria y Cerdeña concertaron la paz con Francia. Inglaterra
quedó sola en la guerra contra la República.
Tras todos los
dramáticos vaivenes tan sumariamente revisados, antes de correr la
primera gran página del período, brevísimo balance: quedaba en el
“haber” una nueva nación francesa, la primera nación moderna de la
historia. La aristocracia del Antiguo Régimen había sido herida en sus
privilegios; se habían erradicado los últimos rezagos de feudalismo y se
había abierto un horizonte de trabajo libre de imposiciones y abusos
para los pequeños productores, campesinos y artesanos. Y, abolido el
viejo sistema económico y social, se habían echado como cimientos de
todos los regímenes modernos libertad política e igualdad social. Cuanto
va a acontecer en América en los siguientes decisivos treinta años se
deriva de este violento y trascendental golpe de timón dado a la
historia por la Revolución Francesa.
LA ÉPOCA DE NAPOLEÓN
La fulgurante campaña
de Italia exaltó la figura de Napoleón. El pueblo contrastaba esos
éxitos con el fracaso del gobierno, y ese gobierno, aunque lo mirase con
recelo, adulaba al héroe que imponía a Europa la grandeza de Francia.
Esa gloria no fue obscurecida ni por la campaña de Egipto, que en lo
militar llegó al borde de la debacle cuando Nelson ganó una batalla
naval en la boca del Nilo y dejó al ejército francés aislado. Napoleón,
de regreso en Francia, fue recibido triunfalmente, como el salvador.
Porque, mientras él armaba un espectáculo imponente en Egipto -arengando
a sus tropas al pie de las pirámides-, lo que conquistara en Italia se
había perdido y el cinturón de repúblicas satélites -la Cisjordania (el
antiguo Ducado de Milán), Liguria (Génova), la Romana (los Estados
Pontificios), la Partenopea (el reino de las Dos Sicilias) y la
Helvética (la confederación suiza)- estaba liquidado. Tales contrastes
construyeron la imagen mesiánica del gran general, que hizo posible el
coup d´Etat del 18 al 19 Brumario (9 a 10 de noviembre) de 1799,
consolidación del triunfo de la burguesía sobre el proletariado. Una
nueva Constitución convertía al victorioso general en Primer Cónsul de
la República Francesa. Comenzaba para Francia -y para Europa- la época
de Napoleón.
Napoleón no rechazó los
grandes ideales de la Revolución: libertad -libertad política- e
igualdad -igualdad social- con abolición de privilegios de aristócratas
y terratenientes y apertura hacia todos de las oportunidades sociales
-él mismo era de modesta extracción pequeño burguesa y se había
encumbrado haciendo de esas oportunidades escalones-, más la
confraternidad -fraguada en patriotismo nacionalista-. Se apoyó en ellos
y los impondría con sus ejércitos a toda Europa.
De 1799 a 1804 Francia
siguió siendo una República y Napoleón, primer cónsul. Pero devoraba
interiormenmte al pequeño general, callado, de ojos grises fríos, una
enorme ambición. Gran organizador, comenzó por afirmar las instituciones
de la Revolución. Exaltó la igualdad, mientras arrinconaba las
libertades acaparando lenta pero implacablemente poderes. Se llegó a un
gobierno central de enorme eficacia. Impuso austeridad en el gasto
público y ordenó las finanzas en torno al Banco de Francia. Promulgó un
gran Código Civil (1804) y lo hizo seguir de uno Penal y otro de
Comercio. Y, para asegurar a todo aquello un futuro, levantó un
estupendo sistema de educación que fue de las escuelas primarias, que
debía sostener cada municipalidad, hasta la Escuela Normal y la
Universidad. Y, como medio y símbolo de unidad con el centro, treinta
magníficas vías salían desde París hasta los confines del territorio
francés.
Estaba todo a punto
para que Napoleón se convirtiese en emperador. El Senado y una
aplastante votación popular lo aprobaron. Y el 18 de mayo de 1804,
Napoleón Bonaparte, en presencia del papa Pío VII, se coronaba -él se
ciñó a sí mismo la corona- Napoleón I, Emperador de los franceses. Su
poder -aunque consultado al pueblo- era ya, y lo sería cada vez más,
mayor que el que hubiese tenido nunca monarca alguno.
Lo que siguió fueron
diez años de guerra que, en la guerra contra Inglaterra, tuvo un cariz
económico: el mar como camino comercial. Esa guerra la perdió Napoleón
cuando la Grande Armée de Francia y España fue derrotada en
Trafalgar. Eso fue el 21 de octubre de 1805. Un día antes Napoleón había
vencido a los austríacos cerca de Ulm, en Württenberg. Tomó Viena y
siguió hacia el norte, a Moravia. Y el 2 de diciembre aplastó a los
ejércitos austríacos y rusos en Austerlitz. Austria se retiró de la
coalición y Francisco II firmó el humillante Tratado de Presburgo.
Retirada Austria de la coalición, Prusia formó una cuarta, con Rusia.
Pero el 14 de octubre de 1806 el anciano duque de Brunswick fue
derrotado en Auerstädt por uno de los generales franceses y Napoleón en
persona derrotaba a los prusianos del príncipe Hohenloke en Jena.
Napoleón entró triunfalmente en Berlín. Decretó entonces el bloqueo
continental contra Inglaterra. Quedaba Rusia. Pero el invierno no era
sazón para iniciar la campaña. Lo hizo en junio, y en Frieland infringió
a los rusos una derrota tan contundente como la de Austerlitz a los
austríacos y la de Jena a los prusianos. El zar Alejandro pidió la paz,
y Napoleón se la concedió en Tilsit, sin exigirle a cambio nada más que
el rechazo del comercio británico. Contra Suecia serían Rusia y
Dinamarca las que combatirían.
Para 1806 Francia se
extendía desde el Po al mar del Norte y de los Pirineos al Rin. Prusia
estaba despojada de la mitad de sus posesiones y habían desaparecido más
de doscientos estados alemanes. Hermanos de Napoleón eran reyes, José
en Nápoles y Luis en Holanda. Y de los países aún no vencidos en la
guerra Napoleón podía contar con la colaboración y sometimiento -España
y Rusia-. Y había algo más hondo que el movimiento de fronteras y
traspaso de posesiones -cosa común a todas las guerras-: a donde
llegaban las banderas francesas llegaba el mensaje de igualdad de la
Revolución. Todos los ciudadanos -ya no meros súbditos- eran iguales
ante la ley.
1808 es el año en que
el poder del Corso alcanza su cumbre. Los años que siguieron fueron de
declive incontenible. El éxito cegaba al estadista y el poder lo
inclinaba a opulencia y despotismo. Y en los frentes el batallar
ininterrumpido producía cansancio. A la mengua del fervor patriótico se
respondía con levas forzadas. De 60.000 enlistados en 1804 se había
pasado a 1.140.000 en 1813. Y la pesada carga que significaba para los
países vencidos alojar a tan grandes ejércitos causaba malestar
creciente, que se iba convirtiendo en rechazo y odio. En Alemania y
España ese odio daba frutos de sentimiento nacionalista.
Y la guerra contra
Inglaterra resultó una empresa superior a las fuerzas y el poder
francés. Fue una curiosa guerra comercial: Napoleón había decretado el
“sistema continental” para el bloqueo comercial. Ningún producto inglés
podía entrar en el continente, se podía apresar a los barcos neutrales
que procediesen de puerto inglés, se quemaría cuanta mercadería inglesa
llegase al continente. Inglaterra respondió con las “orders in council”,
que declaraban presa cualquier barco francés o que comerciase con
Francia. (Y al querer Estados Unidos aprovecharse de esa guerra entre
europeos para dominar el tráfico marítimo, se llegó, en 1812, a la
guerra entre el país americano y su antigua potencia
colonial).
Para exigir de Portugal
el acatamiento del “sistema continental” los ejércitos franceses
atravesaron la Península Ibérica. Pero se quedaron allí. Reinaba a la
sazón Carlos IV, ya achacoso y senil, pero quien mandaba era el favorito
Godoy. Fernando, el heredero, era, a sus veinte años, un mozalbete
engreído y jactancioso, pero débil. Tras el “Motín de Aranjuez”, que
depuso al hasta entonces poderoso Godoy, Carlos abdicó en favor de
Fernando -el 17 de marzo de 1808-, pero Napoleón atrajó al par de
fantoches regios a Bayona, en la frontera, y consiguió que renunciaran a
todos sus derechos al trono. Carlos se retiró a Roma con pensión del
Emperador y a Fernando se le confinó en el castillo de Talleyrand
-estaría allí seis años-. Murat, por expresas instrucciones de Napoleón,
presionó a la Junta de Gobierno de Madrid para que reconociese la doble
abdicación regia. El nuevo monarca sería José, hermano de Napoleón. Pero
el pueblo español tuvo una reacción con que no contaba el prepotente
Emperador: el rechazo del monarca advenedizo -a quien llamó “Pepe
Botellas”- se transformó en ardiente sentimiento nacionalista. El 2 de
mayo Madrid se amotinó. El motín fue ahogado en sangre y ello acabó de
exaltar a las gentes madrileñas. La Junta de Madrid convocó a Cortes a
las diputaciones provinciales, y el 15 de junio se instalaron las Cortes
en Bayona. El 17 de julio se expedía una Constitución que reconocía el
estado de provincias a los dominios de ultramar. El 20 de julio se
posesionó del tronó José Bonaparte. Estallaron entonces insurrecciones
en Gerona y Valencia y el movimiento insurreccional se extendió tanto y
fue tan violento que José debió huir de Madrid y las tropas francesas
se replegaron hacia los Pirineos. Inglaterra pescó al vuelo el provecho
que podía sacar de esa resistencia y, respondiendo al pedido hecho por
las Juntas españolas, envió contingentes militares que desembarcaron en
Lisboa (1808) y La Coruña (1809). A las tres semanas, dominaban Portugal
y amenazaban a España. La cosa pareció tan grave que Napoleón en persona
asumió el mando de los ejércitos franceses en España. Desplegó sus
talentos y el 4 de diciembre tomó Madrid y reinstaló en el trono a José.
La Junta Suprema huyó a Sevilla. Napoleón había expulsado a los
británicos de España y consolidado el dominio francés. Pero debió salir
de la Península a sofocar un levantamiento austríaco y el pueblo español
comenzó una tenaz guerra de guerrillas aprovechándose de su familiaridad
con el terreno y mil complicidades de todas las gentes, al tiempo que
las condiciones precarias de los campesinos y los pueblos misérrimos de
casi toda España hacían imposible la manutención de los grandes
ejércitos imperiales. Y la Junta Suprema, que había huido a Sevilla,
convocó el l5 de abril de ese 1809 a Cortes, dando también
representación a las provincias de América.
La heroica e indomable
resistencia nacional española incitó a la rebeldía en otras regiones de
Europa -y, aunque con fachada de respaldo al Rey preso, en ciudades de
América, comenzando por Quito, que instaló una Junta Soberana el 10 de
agosto de 1809.
Pero la rebelión era
contra el imperialismo napoleónico, no contra las conquistas de la
Revolución sobre abusos del absolutismo. En Prusia, los políticos
llamados a consulta por el rey Federico Guillermo III, a partir de 1807,
reclamaron reformas inspiradas en las francesas de 1789. Y el “Edicto de
emancipación” publicado por el ministro barón Von Stein abolía la
servidumbre y garatizaba el traspaso de la propiedad de la tierra de los
nobles a los campesinos. Pero el gran reformador apuntaba más lejos: a
convertir a Prusia en una monarquía constitucional a la inglesa. Y
Napoleón, que miraba con recelo lo que ocurría en Prusia, forzó la
deposición de Stein.
En 1812, en España,
Wellington, al frente de tropas españolas y británicas, venció en
Salamanca y tomó Madrid. José y los franceses salieron hacia Valencia. Y
las Cortes, reunidas en Cádiz, con presencia por partes casi iguales de
españoles y americanos, aprobaron una Constitución, inspirada en las
ideas liberales de la norteamericana y la francesa revolucionaria.
Consagraba la libertad y la igualdad ante la ley, y radicaba el poder
legislativo en las Cortes. Todo a la luz y con la fuerza del gran
principio de la Revolución: “La soberanía reside esencialmente en la
nación y, por lo mismo, pertenece a esta exclusivamente establecer sus
leyes”.
Los presagios del
derrumbamiento del imperio napoléónico se multiplicaban. Lo precipitó la
campaña de Rusia. La alianza de Tilsit entre Napoleón y el zar Alejandro
se debilitaba conforme el ruso comprendía que para el Emperador no era
sino una pieza de su ajedrez europeo y veía cerrársele las puertas para
su expansión por los países nórdicos y Polonia. Y el “sistema
continental” provocaba tal malestar y protestas populares en la Rusia
agrícola que el Zar se vio forzado a burlarlo. Napoleón decidió entonces
atacar a su antiguo aliado. Reunió un ejército de 600.000 hombres -al
menos la mitad franceses-. El Zar logró convenios con los turcos, y, con
el mariscal Bernardotte de Suecia, puso en armas unos 175.000
hombres.
Ese ejército, mucho
menor y menos equipado y preparado que el francés, no se atrevió a
enfrentarlo y fue retrocediendo. Los franceses penetraron hacia las
profundidades de Rusia sin lograr las batallas decisivas que habría
querido Napoleón. Solo en Borodino, el 7 de septiembre, se enfrentó el
general Kutusof a parte del ejército invasor. Vencieron los franceses,
pero a altísimo costo. Y cuando, una semana después, Napoleón entró
triunfalmente en Moscú, un incendio destruyó la ciudad dejándola
inutilizada como cuartel de invierno. Napoleón la evacuó el 22 de
octubre. Y comenzó entonces a escribirse una de las páginas más trágicas
de la historia del siglo. Una retirada masiva, flagelada por el invierno
ruso y acosada por insistentes ataques, cada vez más envalentonados y
audaces, de las tropas rusas, llegó a convertirse en fuga desastrosa, y,
de no ser por los esfuerzos sobrehumanos del mariscal Ney, se habría
perdido todo. Sin embargo, lo que regresó a Francia fueron los restos
maltrechos del soberbio ejército que había penetrado, ufano y confiado,
en la inmensa Rusia. Atrás quedaba más de medio millón de de cadáveres
de galos y sus aliados.
El Zar pudo elegir
entre una paz ventajosísima para Rusia y el liderazgo de una guerra para
acabar con Napoleón. Engreído por la increíble victoria eligió esto
segundo. Apoyado por Prusia proclamó la libertad de los pueblos de
Europa y cruzó el Niemen el 13 de enero de 1813.
Pero Napoleón, herido
por la catástrofe, volvió a ser el gran líder nacional y el brillante
general. Rehizo la maltrecha Armée, y, al frente de 200.000
hombres, derrotó a rusos, prusianos y aliados en Lutzen y en Bautzen.
Aceptó entonces un armisticio propuesto por el primer ministro austríaco
Metternich -calculador personaje que se le había puesto al frente para
ese gran final de la partida-. Lo aceptó Napoleón, pero solo porque le
daba algo que necesitaba desesperadamente: tiempo. Cuando recibió los
refuerzos que esperaba, rechazó la oferta austríaca -humillante para sus
ambiciones imperiales-. Austria se unió a los aliados. Del 16 al 18 de
octubre, en la llamada “Batalla de las Naciones”, en Leipzig, Napoleón
sufrió la derrota decisiva. El imperio se derrumbó y de los reinos
satélites solo Varsovia y Sajonia permanecieron fieles al Emperador
francés.
Fueron impotentes el
despliegue sobrehumano de energía y los estallidos de genio militar de
Napoleón, que atacaba con rapidez desconcertante en uno y otro frente:
cinco grandes ejércitos avanzaron por cinco direcciones sobre París. La
ciudad, después de tenaz resistencia, se rindió el 31 de marzo de 1814,
y el 14 de abril Napoleón abdicaba en Fontainebleau. Se le concedió,
como último dominio, la isla de Elba.
La Francia
revolucionaria estaba derrotada. Pero no la nueva concepción del poder y
las relaciones sociales de la Revolución. Se restauró la monarquía
borbónica, pero el nuevo rey, el anciano, obeso y mediocre Luis XVIII,
aunque reemplazó el tricolor revolucionario por el blanco flordelisado
borbónico, confirmó en famosa “Carta” al pueblo francés las libertades
individuales conquistadas, al tiempo que instauraba una forma de
monarquía constitucional limitada.
En España, el borbón
Fernando VII volvió al trono. Pero América no estaba ya dispuesta a
regresar a la sujeción de antes de la Revolución.
La gesta napoleónica
tuvo su coda, fugaz, pero brillante y heroica. Linda con la más
imaginativa novela de aventuras la fuga de Elba y vuelta del carismático
general a París, con un avance en el que aun las tropas enviadas a
detenerlo se pasaban a su lado a los clamores de “¡Vive l´Empereur!”,
con el reclutamiento de un nuevo ejército de veteranos de las grandes
campañas y jóvenes idealistas y la lucha desesperada que culminó en
Waterloo, la última gran batalla frente a toda Europa unida en su contra
y decidida a acabarlo para siempre. El último acto de esta tragedia
moderna y burguesa fue el confinio del héroe bajo ensañada custodia
inglesa en la desolada y rocosa Santa Elena.
Con la muerte de
Napoleón cayó el telón sobre toda una era de Europa. La de la Revolución
y la llegada de sus grandes reformas hasta los últimos rincones del
viejo mundo. Restauradas las monarquías por la victoria de las
potencias, lo que nunca se restauró del todo fue el antiguo régimen
social y los viejos conceptos políticos. Todo lo que habían pensado los
más avanzados espíritus del siglo XVIII se había visto realizado. La
libertad individual, la abolición del feudalismo y la servidumbre, el
gobierno democrático y la igualdad social, pero, sobre todo, el concepto
de nación y su adhesión nacionalista a él habían iniciado una nueva era
en el mundo occidental. Nacionalistas decididos fueron Fichte y Humboldt
en Alemania, Alfieri y Foscolo en Italia, el activo líder polaco
Kosciuzsko, el conde Wedel-Jarlsberg en Noruega, Adamantis Korais en
Grecia. Y lo serían en la América hispana Miranda, Bolívar y todos los
gestores de su independencia.
Y por todos lados los
parlamentos cobraban nueva conciencia de su poder. El Riksdag sueco
derrocó a Gustavo IV.
Dos países parecieron
más o menos inmunes a las grandes transformaciones puestas en movimiento
por la Revolución Francesa: Rusia e Inglaterra. Rusia, no obstante el
romántico espíritu reformador del zar Alejandro, se mantuvo anclada en
las viejas instituciones feudales. Un campesinado analfabeto se mostró
reacio a esos cambios “peligrosos” que habían llegado hasta sus tierras
traídos por los ejércitos invasores. Los privilegios de los nobles y el
clero y la intolerancia religiosa parecían connaturales a esos siervos
de la gleva, por completo ajenos al pensamiento progresista de algunos
rusos que tenían abiertas ventanas hacia occidente por encima de las
enanas bardas medievales. En cuanto a Inglaterra, tenía parlamento aun
antes de la Revolución de Francia, no importaba que fuese aristocrático
y excluyente -dominado en el período de las guerras napoleónicas por los
terratenientes tories-. Opiniones ilustradas, sensibles a lo que pasaba
en la Europa continental, habían reclamado ampliación del cuerpo
electoral y abolición de incompatibilidades, en un afán de avanzar hacia
una democracia igualitaria. Pero vino Napoleón y el rechazar cualquiera
de esas novedades que habían culminado con un régimen imperialista
enemigo de Inglaterra se convirtió en empresa nacional. Sin caer en tan
burdo sofisma, en 1809, Jeremias Bentham, en su Cathechisme of
parlamentary reform, defendió el sufragio universal. Pero Pitt
convenció a la nación inglesa de que no necesitaba más de lo que había
logrado la revolución de 1688 y que con ese sistema Inglaterra se había
convertido en la reina de los mares y la nación más rica del mundo. A
quienes mostraban simpatía por las novedades francesas y rechazaban la
guerra contra Francia -como Thomas Paine o Bentham- se los tachaba de
antipatriotas y se los desterraba o apresaba. La victoria final sobre
Napoleón -obra en gran parte de los intereses, el talento militar y el
dinero inglés- se tradujo en un triunfalismo que fortaleció, ya sin
límites, la soberbia británica y la impulsó en su camino de creciente
imperialismo. Inglaterra apoyaría las luchas libertarias americanas pero
solo por cálculo político e intereses económicos. Jamás, en parte alguna
del mundo, actuaría por otras razones, por más que alguna vez, con el
frío cinismo inglés, las esgrimiera. En su estructura interna Gran
Bretaña siguió aferrada a la tradicional estratificación de clases y a
los privilegios de la clase aristocrática terrateniente. Si surgió una
nueva clase de capitalistas industriales, ello no tuvo que ver en
absoluto con los principios revolucionarios de igualdad. Y los
privilegios terratenientes se reforzaron con una “revolución agraria”
que era todo lo contrario de la francesa: mientras en Francia se
procuraba el acceso de todos los campesinos a la propiedad, repartiendo
las grandes fincas, Inglaterra multiplicaba las “leyes de cercado”, que
autorizaban a los terratenientes a apropiarse de tierras comunales y a
expropiar a pequeños agricultores -de 1793 a 1815 se aprobaron cerca de
dos mil leyes de este jaez-. Y se facilitaba la apropiación por los
grandes propietarios de los beneficios del trabajo de los
campesinos.
Y en esa Inglaterra
reaccionaria se había puesto en movimiento otra revolución: máquinas.
Máquinas para hilar y tejer, máquinas de vapor, hornos de fundición...
Todo ello pesó en la derrota de los avezados pero atrasados ejércitos
napoleónicos. Se avistaba una nueva era: la industrial. La construcción
de fábricas, a la vez que movilizaba una producción de mercancías nunca
antes vista, reformulaba las clases sociales: una ascendente burguesía
-la que manejaba esos poderes nuevos y gozaba de sus beneficios- y un
proletariado industrial urbano -que era la fuerza humana que esas
máquinas requerían y que a ellas era esclavizada.
LA CONTRARREVOLUCIÓN DE
METTERNICH
Un nuevo tramo de la
historia del período puede extenderse desde el 1815 al que hemos llegado
hasta 1848. Son años en que la Revolución Francesa pierde presencia
política pero no presencia espiritual en Europa -y en las más inquietas
colonias ultramarinas de las potencias europeas-. Ahora el clima es de
confrontación de ideas y sensibilidades sociales entre los que añoraban
los regímenes anteriores a la gran ruptura revolucionaria -reyes y
cortes, nobles y terratenientes, aristócratas y alto clero- y quienes
estaban resueltos a sostener las conquistas del nuevo orden -lo más
fuerte de la burguesía: banqueros, comerciantes e industriales, y
trabajadores de las urbes y el sector más decidido del campesinado-.
Aquellos, partidarios del absolutismo; estos, liberales.
En los años que
siguieron a la caída de Napoleón la posición absolutista fue la más
fuerte: era la de los victoriosos y se vinculaba con exacerbados
nacionalismos que habían hecho la guerra al imperialismo napoleónico, y
la Iglesia católica -cuyo jefe había sido ofendido por Napoleón hasta el
confinio con visos de encarcelamiento- ponderaba los horrores de las
guerras felizmente superadas y las bondades de la paz. Metternich se
aprovechaba de ese sentimiento y proclamaba: “Lo que los pueblos
europeos necesitan no es libertad, sino paz”.
Este Clemens
Metternich, habilísimo político, que, tras haber jugado con Napoleón y
el zar Alejandro y haber precipitado la caída del emperador francés,
hizo de Austria el baluarte de esa paz que oponía como dique a los
fervores liberales, convocó, para organizar esa nueva Europa que era su
gran proyecto, un Congreso en Viena, para el otoño de 1814. Reunió en la
capital austríaca, con el emperador Francisco I de anfitrión, a los
monarcas de las otras dos potencias victoriosas: Federico Guillermo III
de Prusia y el zar Alejandro de Rusia, más los delegados de la cuarta,
Gran Bretaña -que fueron lord Castelreagh y el gran general de la
victoria, Wellington-. Pero estaban presentes también los reyes de
Dinamarca, Baviera y Wurttenberg, y representantes de España, Suecia y
Portugal. Se quiso dejar fuera de las grandes decisiones a Francia, pero
su representante era tan astuto y hábil como el propio Metternich:
Talleyrand.
A la vuelta de las
fastuosas presentaciones sociales y opulentos banquetes, la paz -que era
el asunto de fondo del Congreso- se ofreció difícil y afloraron
suspicacias y temores. Rusia y Prusia de un lado y Austria y Gran
Bretaña del otro llegaron al borde de la guerra por la cuestión
polaca.
El acta final del
Congreso se firmó pocos días antes de Waterloo, el 9 de junio de 1815.
Tras la caída definitiva del Emperador, el Tratado de París resumió los
términos de esa paz que propugnaba Metternich: volver las fronteras a lo
que habían sido antes de de las guerras napoleónicas -incluidas las de
Francia-. No todo fue como antes, sin embargo: Inglaterra no devolvió
las factorías comerciales francesas y españolas, ni las colonias
holandesas de Ceilán, Africa del sur y la Guyana; se unió a los Países
Bajos austríacos con los holandeses del norte, para hacer un Estado
fuerte, y, para compensar a Austria de la cesión de sus Países Bajos, se
le transfirió la República de Venecia. Prusia cobró también su parte,
pero no se llegó a la unificación, bajo su dominio, de toda Alemania -a
Federico Guillermo le faltaba ambición-. Pero, sin duda, la gran
potencia continental que surgió en este nuevo mapa de Europa fue
Austria.
Todo quedó en el
trazado de fronteras y reparto de posesiones entre las coronas. El
Congreso de Viena y acuerdos posteriores no tocaron punto alguno
decisivo para construir realmente una nueva Europa. Ignoraron los
sentimientos nacionalistas a los que se había debido, en buena parte, la
victoria sobre Napoleón, y no atendieron a los principios de
perturbación futura que quedaron vivos.
Solo el Zar parecía ver
un poco más allá de esa manera diplomática a la antigua de tratar los
grandes problemas de Europa; pero lo miraba más que como geopolítico
como soñador espiritualista. Plasmó sus aspiraciones en una Santa
Alianza -Rusia con Prusia y Austria-, que proclamó solemnemente que esos
Estados iban a guiarse, tanto en su propio gobierno como en las
relaciones internacionales, por los principios “de la Santa Religión”:
justicia, caridad y paz. El pragmático Metternich calificó todo esto de
“palabrería” y el inescrupuloso lord Castlereagh lo vio como “sublime
misticismo y tontería”. Ni la extrema derecha ni la extrema izquierda
entendieron lo que de fecundo podía tener una tal Alianza -a la que
plegaron todos los soberanos de Europa, salvo el Papa, el Sultán y el
príncipe regente de Gran Bretaña-. Los liberales extremosos tacharon esa
Alianza de maniobra para acabar con democracia y justicia
social.
Para 1815 quedaba
planteada la gran partida que se jugaría en Europa -con directas
resonancias en América Latina- en los próximos quince años. Los
contendientes: los gestores de la restauración, partidarios del
absolutismo, al un lado, y al otro, liberales, defensores de los
ideales de la Revolución, que aspiraban a constituciones y democracias,
y, si monarquías, monarquías constitucionales. El juego iba a ser
desigual: a muy corto plazo los partidarios del absolutismo dominarían
todos los gabinetes de Lisboa a San Petersburgo.
El sagaz Metternich vio
con claridad cuál era el juego. Los problemas de límites, que
obsesionaban a las testas coronadas, a él no le preocupaban. Lo
peligroso -para él y los defensores acérrimos del absolutismo- eran los
rescoldos revolucionarios que por todas partes amenazaban con nuevos
incendios. Había que arbitrar los medios para que las vencedoras
potencias absolutistas los apagasen donde fuese y como fuese. La Santa
Alianza no parecía medio eficaz para propósito tan serio. Acaso no
pasaba de fantasía seudomística que solo existía en la calenturienta
cabeza del Zar. Instrumento legal adecuado fue el acta de Troppau, de
1820. Por ese acuerdo los países que hubiesen experimentado cambio de
gobierno por la Revolución con consecuencias que amenazasen a otros
Estados cesaban ipso facto de pertenecer a la Alianza y las
potencias se comprometían a volver a los díscolos al redil, “si fuese
necesario por medio de las armas”.
Metternich hizo de
Austria un baluarte del conservadurismo, protegiéndola de la
infiltración de ideas liberales por rígida censura y sofocando cualquier
brote interno con regimientos extranjeros.
En los vecinos Estados
alemanes el espíritu liberal crecía: la burguesía exigía participar en
el gobierno, el pueblo reclamaba reformas sociales, los patriotas
soñaban con una Alemania unida y grande, intelectuales y universitarios
se manifestaban belicosamente -y esto hasta en Viena-. Metternich debió
convocar a los gobernantes alemanes para reforzar mecanismos de censura,
vigilancia y represión de “las conspiraciones revolucionarias y
asociaciones demagógicas” -el conciliábulo fue en Karlsbad, en
1819.
Los ideales liberales y
nacionalistas de los carbonari italianos se aplastaron con tropas
y policía austríacas, y tropas austríacas acabaron con las
constituciones liberales que se habían impuesto a los reyes de Nápoles
(1820) y el Piamonte (1821). Y la intervención militar de Francia
aplastó, en 1823, la revolución liberal de España y restituyó el poder
absoluto a Fernando VII. Hasta el zar Alejandro renegó de sus ideales
liberales y se alió a Metternich en su celosa custodia del absolutismo.
Y la Santa Alianza acabó por convertirse en ominosa red policíaca con
ramificaciones por toda Europa. En muchas partes, la rebeldía debió
confinarse en sociedades secretas y focos de sentimientos liberales con
fachadas de intelectualidad y arte.
Zona clara en tan
sombrío cuadro son Servia y Grecia, donde los intereses estratégicos de
algunas potencias de la Santa Alianza burlaron su celo policíaco y más
bien animaron movimientos nacionalistas. Aliadas Inglaterra, Rusia y
Francia aplastaron el poder turco en Navarino (1827) y, tras la guerra
ruso-turca (1828-1829), en que el sultán fue derrotado, el Zar obtuvo la
protección de Servia y Grecia. Con todo, en 1830, la Conferencia de
Londres reconocería la independencia de los dos países.
En ninguna otra nación
resulta más interesante asistir a la pugna de los dos grandes
contendores del juego por el futuro europeo que en Francia, la de la
Revolución y el Imperio. Francia tenía su Carta Constitucional y nadie
la rechazaba abiertamente. La ofensiva reaccionaria se hace aquí por
medios más solapados: restricciones a la prensa y censura; tratar de
ampliar el electorado hacia la plebe -un sufragio universal que
liquidaría a la burguesía y los grupos pensantes más críticos-; la
educación entregada al clero; vuelta de las ceremonias regias a su
antiguo esplendor barroco. Contra todo aquello levantaron sus voces los
parlamentarios del centro. Y el período transcurre en un tenso vaivén de
cámaras dominadas por burgueses y cámaras dominadas por nobles,
predominio clerical en la educación y reacción laica. El saldo positivo
de todas aquellas escaramuzas fue el fortalecimiento de la clase media y
el desprestigio de aristócratas del antiguo régimen y recalcitrantes
ultras.
En Inglaterra, mientras
lord Byron completaba su obra poética con el gesto de amor a la libertad
de ir en ayuda de los griegos y morir en Missolungi, el partido de los
radicales, inspirado por el pensamiento de Bentham y opuesto en su
praxis al Tor y al Whig, reclamaba reformas liberales para unas
instituciones lastradas con pesos que venían de la Edad Media
-privilegios políticos de la propiedad inmobiliaria, exclusión de
algunas cartegorías de ciudadanos del ejercicio de los derechos
políticos, sombrías leyes penales-. Tales reclamos dieron frutos: en el
ministerio de Canning, de 1822 a 1827: se reformaron las leyes penales,
se admitió la libertad de las uniones obreras, se dictaron leyes contra
los derechos de caza. Y la libertad -que era el signo de los tiempos- se
aplicó a lo económico: se facilitó el libre cambio, se abolieron muchos
impuestos.
EN ESPAÑA Y AMERICA
En España, vuelto al
trono Fernando VII en 1814, se abolió la Constitución liberal de 1812 y
se disolvieron las Cortes. Se proclamaron los antiguos privilegios de
nobleza y clero, se restableció la Inquisición, se suprimieron las
libertades individuales y se desató feroz represión contra todos los
convictos de liberalismo. Y se puso trabas a la industria y el comercio.
Todo esto dividió irreconciliablemente a la España reaccionaria y a la
liberal. Y en las provincias de ultramar, que habían proclamado
gobiernos autómomos, se afirmó el amor a esa libertad ya saboreada y se
pusieron en movimiento acciones revolucionarias que culminarían en la
independencia de las nuevas repúblicas. La monarquía trataría
inútilmente de frenar esos poderosos movimientos nacionales con el envío
de grandes ejércitos. En la misma España el espíritu revolucionario hubo
de confinarse en sociedades secretas y logias francmasónicas. Este
movimiento soterrado, sordo pero eficaz, provocó en 1819 una sublevación
de las tropas que en Cádiz esperaban su partida hacia América. De allí
la insurrección se extendió a Sevilla, Barcelona, Zaragoza y Asturias.
El Rey se vio forzado a jurar la Constitución de 1812 y a convocar a las
Cortes. Resucitó la Constitución de Cádiz -escribiría Rocafuerte- “a la
poderosa voz de Riego y Quiroga”.
Hasta 1822 gobernó el débil monarca de acuerdo con las Cortes y con
ministros liberales, pero en secreto pedía apoyo a su primo, el borbón
francés, y fomentaba la reacción. España, tan tradicional y católica en
sus clases bajas, envenenada por un clero reaccionario, se fue sumiendo
en la anarquía, y la Alianza funcionó: Francia invadió la Península en
1823. El gobierno liberal se refugió en Cádiz, con Fernando como rehén.
Allí fue sitiado por las tropas invasoras. Liberado, el Rey violó las
promesas de magnanimidad que hiciera y desató la más brutal represión.
Ejecutados cientos de liberales, el liberalismo español, quedó casi
aniquilado. Era 1824 y en América se consolidaba la independencia de las
antiguas provincias. Inglaterra, por sus motivos utilitarios, había
apoyado esas luchas. En el Congreso que Metternich había convocado en
Verona en 1822 para afirmar su política de represión contra cuanto
pudiese parecer revolucionario, Inglaterra declaró que, aun sin tener
simpatía por la revolución, reconocía el derecho de las naciones para
instaurar la forma de gobierno que mejor les pareciese y creía que debía
respetarse la libertad de manejar sus asuntos internos. Inglaterra
velaba por su comercio, para el que el intervencionismo de Metternich y
el antiguo sistema mercantil español significaban una traba. Este
pronunciamiento imposibilitó que los ejércitos de Rusia y Francia
pudiesen intervenir en América. Intereses geoestratégicos yankis -con
las infaltables metas comerciales a largo plazo- fueron asimismo los que
decidieron la postura de Estados Unidos frente a los nacientes países de
América Latina. Esta potencia creciente apoyaría su próspero futuro en
una presencia, respetuosa en apariencia, imperialista en el fondo, en
los países del sur del continente. En diciembre de 1823, su presidente
James Monroe, contando con el respaldo del británico Canning, declaraba
ante el Congreso norteamericano la doctrina que llevaría su nombre. Vale
la pena transcribir el pasaje que sería el fundamento del
neocolonialismo norteamericano sobre las nuevas repúblicas americanas
-en el momento presente solo venía a reconocer solemnemente la
independencia que ellas habían logrado y proclamar una vergonzante
tutoría-: “No nos hemos entrometido ni nos entrometeremos en las
colonias y posesiones de ninguna potencia europea, mas en cuanto a los
Gobiernos que han declarado y sostenido su independencia (independencia
que hemos reconocido nosotros con la mayor consideración y por
principios de justicia), toda intromisión de cualquier potencia europea
con el fin de someterlos o de manejar de otro modo su destino, sería
considerada por nosotros como demostración de una actitud no amistosa
hacia Estados Unidos”.
Para ese año la América
española era ya independiente. La larga y dolorosa trayectoria que
culminó en Ayacucho se había iniciado en 1809, precisamente en la ciudad
que es centro de nuestra historia literaria. Quito declaró un gobierno
autónomo el 10 de agosto de ese año. Pero, para 1810, al tiempo que
Quito sucumbía ante las tropas hispanas y los patriotas de 1809 eran
masacrados en las mazmorras del cuartel Real de Lima, la insurrección se
extendía como fuego por regueros de pólvora por toda América. En el
virreinato de la Nueva España -hoy México- el cura Hidalgo -de raza
india- con el grito de Dolores se ponía al frente de millares de
campesinos en sublevación contra el gobierno y los terratenientes
coloniales; en Argentina los patriotas instauraban una Junta local; en
Chile se organizaba una Junta revolucionaria, de la que formaba parte un
militar cuya acción sería más tarde decisiva, O´Higgins; en Venezuela
Francisco Miranda, que había combatido bajo las banderas de Washington
en la guerra de independencia norteamericana y bajo las de Dumoriez en
las guerras de la Revolución Francesa, no cejaba en sus empeños de
sacudir el yugo español e instaurar una república; muy pronto se le
uniría en esos tan generosos como al parecer utópicos empeños el joven
aristócrata caraqueño que libertaría América, Simón Bolívar. De ese 1810
a 1824 corre una historia trágica y heroica. Hidalgo fue juzgado por la
Inquisición y ejecutado en 1811 -y Morelos, que lo reemplazó en la gran
empresa, corrió la misma suerte en 1815-; Miranda fue apresado en 1812 y
murió un año más tarde en una mazmorra de Cádiz; derrocada la Junta
chilena, O´Higgins debió huir a la Argentina; Bolívar, expulsado de
Nueva Granada, se refugió en Haití. Pero vino la larga guerra de la
independencia, dirigida por grandes generales. En 1812, San Martín, que
había guerreado contra Napoleón, liquidó en Buenos Aires la oposición
monárquica y proclamó la República independiente, en 1816. Desde allí
marcharía sobre Chile para apoyar a O´Higgins. Chile fue independiente
en 1818. En 1821 San Martín tomó Lima y proclamó una primera y después
frustrada independencia del Perú. Desde el norte la campaña era
conducida heroica, infatigable y genialmente por Bolívar. Liberó a
Venezuela, a Santafé y a Quito -en la batalla del Pichincha, dirigida
por Sucre, el mejor estratega de sus generales, en 1822- y bajó al Perú,
monárquico atrabiliario, para vencer definitivamente a las huestes
realistas en la batalla de Ayacucho -el 9 de diciembre de 1824-, otra
gran victoria de Sucre.
Entre tanto Paraguay,
el país más insular de la América hispana, había proclamado su
independencia en 1811 y comenzaba su vida autónoma bajo el férreo manejo
de un gran tirano, el primer déspota ilustrado de esta nueva América, el
doctor Francia.
En México, después del
fracaso de los alzamientos de peones de Hidalgo y Morelos, fueron los
colonos españoles -paradójicamente molestos por medidas liberales de la
Corona- los que tomaron el poder en 1821, con el grito de Iguala,
encabezado por Iturbide, que para los patriotas era “pérfido y
prostituido”, y se proclamaron imperio, al mando de Iturbide. Pero en
1823 una revolución más radical acabó con imperio y emperador -Iturbide
fue ejecutado.
Este tiempo americano
asendereado, convulso, agónico y glorioso cubre largo primer tramo del
período en que nos detendremos en la historia literaria de una de esas
patrias americanas. Sigue otro largo período en que estas flamantes
regiones autónomas -los virreinatos, audiencias y capitanías del período
hispánico- tratan de cobrar el ser de auténticas y completas repúblicas
y construyen laboriosamente su institucionalidad, ese mínimo de
ordenamiento jurídico y organización social, económica y política que es
condición para que una república sea.
Ya se verá qué poca
holgura hubo en esos tiempos insurgentes y fundacionales para el
quehacer literario -y artístico-, como no fuese por el empleo de una
retórica al uso, heredada y en gran parte impuesta, para los nuevos
ideales y propósitos. En el caso quiteño un apasionado y brillante
orador en las Cortes de Cádiz y un poeta que cantó pindáricamente la
gloria de Bolívar fueron las figuras mayores.
El caso brasileño fue,
frente al resto de América, singularísimo. En 1807, cuando Napoleón
invadió España y amenazó Portugal, la familia real escapó hacia su
inmensa colonia trasatlántica, Brasil. Se estableció en Río de Janeiro,
donde, en 1816, Juan VI se proclamó “Rey de Portugal, Brasil y los
Algarves” y toreó los fervores revolucionarios que enardecían el mundo y
América tratando a sus súbditos como ciudadanos y alentándolos con
reformas liberales y libre comercio con el exterior. Cuando este don
Juan regresó a un Portugal ya libre del riesgo revolucionario dejó a su
hijo Pedro como regente en Brasil. Pero las noticias que llegaban de
todos los países vecinos -así fuese una vecindad tan alejada
geográficamente- no parecían permitir un Brasil en condición de colonia
de la monarquía lusitana. Quien primero lo entendió fue don Pedro, que
apoyó la rebelión contra la metrópoli y fue coronado Pedro I del Imperio
independiente del Brasil -en 1822- y promulgó una Constitución liberal.
Portugal reconoció la independencia de su gran colonia en 1826. El
imperio constitucional y, al menos en apariencia, liberal duraría hasta
1889.
EL PERÍODO 1830-1848
Pero importa volver la
mirada de esta América revolucionaria a la Europa de Metternich donde
las cosas de la reacción monárquica no iban tampoco bien. Tras las
crisis económicas de los años veinte, y con el equipamiento de ideas de
que les proveía el socialismo de Saint-Simon y los reclamos de Blanqui
-que reclamaba nada menos que un gobierno socialista-, las clases medias
estallan en Francia.
En julio de 1830, el
mismo día en que el rey Carlos X, tras disolver una cámara adversa a su
ultraconservador y tosudo ministro, el príncipe de Polignac -un
atrabiliario emigré-, promulgó cuatro ordenanzas tendientes a
silenciar la prensa y privar del derecho del sufragio a las tres cuartas
partes de los electores ni nobles ni terratenientes -es decir, a esos
burgueses ya encolerizados por los privilegios que se iban devolviendo
sin parar a los aristócratas monárquicos-, tres días de combates
callejeros y barricadas populares -incitadas por periodistas y
panfletarios liberales y burgueses- lo forzaron a abdicar y huir a
Inglaterra. Esas violentas “Jornadas de Julio” acabaron con la
restaurada monarquía. Republicanos radicales -estudiantes y
trabajadores-, que soñaban con volver a la República de la Revolución,
vieron traicionado ese proyecto revolucionario por liberales burgueses
que no aspiraban más que a una fachada de monarquía constitucional que
les permitiera gobernar. Y esa burguesía tenía una mente brillante dando
forma a la conspiración: Thiers.
La Revolución Francesa
había sido empresa de la burguesía -lo hemos visto- y lo fue esta nueva,
que elevó al trono, bajo la bandera tricolor de la Revolución y el
principio de la soberanía del pueblo, a un borbón que había votado por
la decapitación de Luis XVI, había combatido en la filas de la
Revolución y sufrido después destierro por sus ideas liberales. Luis
Felipe, duque de Orleans, era rey y era revolucionario. Como para
contentar al pueblo siempre nostálgico de un rey a la vez que a las
nuevas clases de ciudadanos.
La Revolución de Julio
sacudió Europa. Alarmó a los conservadores y alentó a los liberales. En
Bruselas, ese mismo año, a los dos meses del Julio francés, desde las
barricadas, la exigencia de la dimisión de unos ministros impopulares y
el reclamo de una Cámara que atendiese los clamores ciudadanos, se pasó
a proclamar la independencia de Bélgica. Un mes más tarde, patriotas
polacos proclamaban la independencia de Varsovia. El ejército ruso, tras
larga guerra -enero a septiembre de 1831-, pródiga en “atrocidades” (las
que reprochaban tibiamente Francia e Inglaterra al Zar), aplastó la
sublevación.
También en Inglaterra
resonaron los sucesos de París: manifestaciones, agitación y mitines de
industriales y obreros acabaron, para noviembre de ese mismo 1830, con
el ministerio Wellington. Y, pese a la oposición de las Cámaras, por
turno la de los Comunes y la de los Lores, se decretaría -en 1832- la
ley que acrecentaba en más de trescientos mil el número de electores.
Pero la favorecida fue la burguesía, y los obreros retomaron su lucha
rechazando la política parlamentaria. Surgiría el “Cartismo”, movimiento
cada vez más masivo que, aunque no logró el poder político, consiguió
importantes leyes que humanizaron el trabajo en la despiadada sociedad
del maquinismo -ley de protección al trabajo de los niños (1833), ley
sobre el trabajo de mujeres y niños en las fábricas (1842), ley sobre la
jornada de diez horas (1847)-. La experiencia del Cartismo pesó en el
pensamiento de Stuart Mill, Carlyle, Kingsley.
En Italia, en 1831,
hubo sublevaciones en Módena, Parma, Bolonia, Romania, Marcas y parte de
la Umbría; enarbolado el estandarte tricolor, se establecieron gobiernos
progresistas y se legisló en sentido liberal. Solo la brutal
intervención austríaca sofocaría el proceso. Fugitivos italianos se
unirían con perseguidos polacos en París. Francia acogería a esos
insurrectos exiliados, pero los defraudaría al no apoyarlos en sus
proyectos de volver a sus patrias e imponer por las armas las ideas
nuevas que las armas represoras habían aplastado. Esa frustración alentó
el espíritu de uno de los grandes revolucionarios del tiempo:
Mazzini.
A estas revoluciones
políticas se contraponían las de otros pueblos que comenzaban por la
cultura: Hungría, Bohemia, Croacia, Servia echaban como cimientos de sus
revoluciones nacionales el rescate de las lenguas nacionales y el amor a
historia y tradiciones patrias.
En los años que
siguieron a ese agitado 1830 solo Austria, Rusia y Prusia persistieron
en la aberración de la monarquía de derecho divino y las obsoletas
instituciones económicas, sociales y políticas del “antiguo régimen”.
Para enfrentar posibles amenazas liberales sellaron un tratado secreto
en Berlín, en 1833. En Austria -siempre gobernada por Metternich, desde
1835 detrás de débil heredero de Francisco I- y Prusia, no obstante el
creciente clamor de la clase media y campesinos, no se tentarían
reformas sociales ni políticas hasta 1848.
Para los países de
América Latina, de firme raigambre católica, iba a pesar más que la
noticia de todas estas luchas por las libertades y los ideales de nueva
sociedad que propugnaban, lo que sucedía con la Iglesia. La Iglesia dio
un golpe durísimo a las ideas liberales que profesaban católicos
ilustrados con Lamennais a la cabeza al desautorizarlo con la encíclica
“Mirari”, de 1832, que condenaba las libertades de conciencia, culto e
imprenta y la separación de Iglesia y Estado. Para la Iglesia católica,
según esa proclama, el enemigo de la hora era el liberalismo.
Pero en esa Iglesia que
así se pronunciaba por el partido del absolutismo y conservadurismo se
produce algo insólito: un Papa liberal, Pío IX. Metternich confesaba que
era algo que nunca había entrado en sus cálculos. El obispo Mastai
encarnó ese ideal de pontificado cristiano que había dibujado Gioberti
en su Primato d´Italia. Amnistías, relajamiento de censuras,
apertura hacia quienes habían sido condenados como enemigos se
multiplicaron en el 46 y 47 en Roma, Toscana y Piamonte. Y los regímenes
absolutistas, alarmados, endurecían la represión, mientras Garibaldi
expresaba su anhelo de regresar de América a Italia para combatir por el
Papa liberal. Más tarde el Papa daría un giro hacia el conservadurismo
antiliberal más duro. Pero esa es otra historia.
Con ser todo esto tan
significativo, el paso a una nueva era no estaría marcado por esas
revoluciones sociales y políticas, sino por otra, mecánica. “El vapor
-escribió Pecqueur al comienzo de su Economía social (París,
1839)- es por sí solo una revolución memorable”. La Europa agraria, por
más que hubiese dado el paso de feudal a capitalista y hubiese visto
nacer en las ciudades una clase trabajadora nueva y una próspera
burguesía, seguía siendo de agricultores -terratenientes y campesinos-.
Inglaterra, de pronto, cambió los ritmos de trabajo y hasta los de vida
-se acabarían las cabalgaduras y sillas de posta para las distancias
mayores- con una vertiginosa transformación de los medios de producción
y las técnicas instrumentales: fábricas y factorías iban transformando
-esta fue una revolución rápida pero gradual- los medios de hacer,
producir, movilizarse y, más tarde, comunicarse.
Las máquinas producían
una suerte de fascinación y horror. Confesaba y a la vez denunciaba el
órgano oficial de los cartistas: “Sería muy difícil encontrar
actualmente alguien que osara tratar la cuestión del maquinismo. Diríase
que transpira una especie de terror. Cada cual se da cuenta de que ella
está provocando la mayor de todas las revoluciones al transformar por
completo las relaciones de clases dentro de la sociedad; pero nadie se
atreve a intervenir”. Owen sería el primero en entender la complejidad
del movimiento industrial y en pensar cómo relacionar esta revolución
con la social.
Para ese revolucionario
1830, Inglaterra estaba ya en plena revolución industrial. Producía el
90 por ciento del carbón mundial -y el carbón hizo posibles los
ferrocarriles- , de 1805 a 1840 duplicó la producción de hierro y se
experimentaban modos de abaratar la producción de acero.
Y la transformación
pasaba a la Europa continental -en 1848 se unieron por ferrocarril París
y Viena-. A uno y otro lado, las máquinas y los obreros que ellas
concentraban en las ciudades hacían una sociedad de verdadero
capitalismo, con nuevoas masas de proletariado urbano, reajustes en la
estratificación social y tendencia hacia una democracia liberal.
EL PERÍODO 1845-1860
Hay un hecho que pesa
decisivamente en el primer tramo de este último período del tiempo que
nos ocupa, tramo que Croce caracterizó como el de las Revoluciones
liberales-nacionales, las Revoluciones democrático-sociales y
reacciones, y extendió hasta 1851.
Es la Revolución de 1848 en París. El alcance de esa Revolución lo dijo
Max Beer en su Historia general del socialismo y de las luchas
sociales: “Para los obreros y los revolucionarios es mucho más
importante el estudio de la revolución de 1848 que el de ninguna otra
revolución anterior. Porque a partir de febrero de 1848 sale el
proletariado por primera vez a la escena de la historia con
reivindicaciones propias, y, en primer lugar, la de la toma del Poder
político y económico”
.
Para 1846 la monarquía
burguesa de Luis Felipe y su poderoso y despótico Primer Ministro Guizot
era impopular. Orgías financieras y corrupción de altos funcionarios
fortalecían y engrosaban las filas de la oposición, en las cuales las
voces más populares eran las socialistas de Louis Blanc, que pedía
fábricas corporativas y salarios justos, y Proudhon, que propugnaba la
abolición de la propiedad privada. Todo ese extendido malestar se agravó
con las malas cosechas de los años 45 y 46 y el encarecimiento de la
vida en el 47.
Así se llegó al febrero
del 48. El gobierno prohibió un “banquete monstruo” que la oposición
anunciaba para el 22 -los reformistas, con el acceso a los periódicos
vetado, habían optado por manifestarse en grandes banquetes-. Ello dio
la ocasión para el estallido. Trabajadores y estudiantes, furiosos,
invadieron la Plaza de la Concordia reclamando rectificaciones urgentes.
Guizot ordenó a la Guardia Nacional reprimir el creciente motín, pero la
Guardia, tras choques violentos con el pueblo, acabó por unirse al
reclamo popular a los gritos de “¡Abajo Guizot!”. El impopular Ministro
renunció y acaso la cosa pudo haber comenzado a aquietarse. Pero el
destacamento que protegía el domicilio de Guizot hizo fuego sobre una
ruidosa manifestación y mató a veintitrés, a más de herir a una
treintena. Esto enardeció a la multitud, que cargó en una carreta los
cadáveres y los paseó a la luz de antorchas por las calles de París. El
24 la ciudad amaneció con sus calles cerradas por barricadas. Tras
sangrientos, aunque breves, combates, triunfó la Revolución. Luis Felipe
abdicó en favor de su nieto, el Conde de París, y buscó asilo en
Inglaterra.
Pero los
revolucionarios no querían saber nada de monarquía. Habían fracasado la
legitimista de Carlos X y la seudoliberal de Luis Felipe. El 25 se
proclamó la Segunda República. La pugna por el nuevo poder enfrentó a
las dos corrientes que se lo disputaban desde la gran Revolución:
burguesía y proletariado. Por más que fuese verdad eso que proclamaba
uno de los héroes de La educación sentimental de Flaubert, en el
corazón de esa soberbia pintura de los tumultuosos acontecimientos, con
su estallido de entusiasmo bélico y posterior frenesí destructor de
palacios y salones regios: “Los obreros y la clase media se abrazan”.
Los republicanos burgueses habrían querido constituir un gobierno de
ellos, pero la Revolución la había hecho el pueblo y ello les obligó a
incluir en el gobierno provisional -encabezado por Lamartine, que, a más
de gran poeta, era orador elocuente- a los socialistas Louis Blanc y
Albert -un obrero sin más nombre que esto-. Otro obrero, Marche,
impondría el “derecho al trabajo”, poniéndose junto a Lamartine, pistola
en mano, hasta que lo hubo firmado. La pugna entre las dos tendencias
era tensa. Y el gobierno manipulaba en la sombra frenar las exigencias
socialistas y populares. Cuando el socialista Blanqui reclamó reformas
sociales fundamentales, el gobierno convocó a una Asamblea Nacional,
elegida por sufragio universal. Blanqui vio en ello una maniobra y
organizó una manifestación para derribar al gobierno a los gritos de
“¡Abajo la explotación del hombre por el hombre!”. Pero el gobierno
había convencido a la burguesía y a la Guardia y hasta a sectores
populares moderados de que aquello era comunismo, y el movimiento
fracasó.
En mayo se eligió la
Asamblea Nacional, que se reunió en junio. Uno de sus primeros acuerdos
fue acabar con los “talleres nacionales” de Leblanc y otro retirar los
subsidios a los trabajadores de París. Otra vez las masas, así
provocadas, levantaron barricadas. La Asamblea dio poderes omnímodos al
republicano general Cavaignac. Y este, tras tres días de luchas
sangrientas -las “jornadas de junio”, del 24 al 26-, acabó con la
insurrección proletaria. Se fusiló a los cabecillas y se deportó a 4.000
revolucionarios a colonias penales de ultramar. Louis Blanc debió huir a
Inglaterra y Proudhon fue encarcelado.
Las conquistas de la
Revolución fueron solo las que toleró la burguesía progresista moderada:
Constitución democrática, libertad de prensa, elección de presidente y
legislatura por sufragio universal. Del mejoramiento social, solo vagas
promesas.
El gran beneficiario de
esa democracia liberal iba a ser otro: Luis Napoleón Bonaparte, sobrino
de Napoleón. En las elecciones obtuvo aplastante mayoría -sobre
Cavaignac-: cinco millones y medio de sufragios frente a uno y medio. A
poco de aquello se convertiría en emperador de los franceses.
Pero el 1848 francés
había sacudido Europa. El ferrocaril y el hilo telegráfico habían hecho
correr las nuevas de la ciudad en revolución con inusitada celeridad. Al
febrero parisino siguieron estallidos en todo el continente:
13 de marzo: revuelta
en Viena y fuga de Metternich.
18 de marzo:
amotinamiento en Berlín.
18 a 22 de marzo: los
cinco días de Milán, que obligaron al ejército austríaco a desalojar
Lombardía.
31 de marzo: reunión
del Vorparlament en Francfurt.
13 de abril: formación
del Comité Nacional en Praga.
Con mayor o menor
fortuna, por toda Europa central se implantan transformaciones liberales
en la primavera y verano de ese 1848. Por todos lados se asiste a la
supresión de últimos rezagos feudales, reconocimiento de libertades
individuales, elecciones por sufragio universal, gobiernos
constitucionales, constituciones liberales y ministerios
liberales.
Pero, curiosamente, tan
extensa y al parecer decisiva transformación pronto se vio frenada por
las suspicacias de un campesinado aún mayoritario, a pesar de la
creciente industrialización; por cierta frialdad de la población urbana
y por el permanente recelo de la burguesía republicana frente al
proletariado.
Se voltea la página
revolucionaria y el reverso es reaccionario: ejércitos que marchan sobre
gobiernos liberales, anulación de compromisos liberales. Victorias de la
reacción en el Imperio de los Habsburgo, que influencian a Prusia. Vida
breve de la república de Hungría -sofocada por los ejércitos de Austria
y Rusia-. Patriotas y republicanos polacos aplastados y perseguidos por
Rusia.
Mucho de esto, sin
embargo, iba a cambiar con la aparición en el escenario de la Europa
continental -vacío de conductores tras el mutis de Metternich- de dos
figuras que darían decisivos golpes de timón a la historia de ese
continente en trance de severas transformaciones.
Uno es el nuevo
Napoleón, y su obra, el Segundo Imperio francés.
Curiosa la trayectoria
del personaje. Carbonario en Italia mientras esperaba su hora y hecho
prisionero cuando participó en la insurrección de los Estados
Pontificios, vigilado desde entonces lo mismo por Luis Felipe que por el
Zar; idealizador del Imperio de su tío en Ideas napoleónicas
(1839); conspirador impenitente, expatriado a América en 1836 y
condenado a cadena perpetua en la fortaleza de Ham, donde escribió
Extinción del pauperismo. Había escapado de prisión intuyendo que
era llegada su hora cuando el 48 parisino.
Tras su abrumadora
victoria electoral Luis Napoleón supo que tenía al fin ese poder que tan
larga y activamente había esperado. En 1851 disolvió la Asamblea
burguesa que pretendía restringir el voto de las masas trabajadoras, y a
este “coup d´Etat” siguió un plebiscito en que otra aplastante mayoría
-2.500.000 contra 640.000- le confiaba preparar una nueva Constitución
para la Segunda República. Ese instrumento se promulgó en 1852, y
transformó la República en Imperio: un presidente que extendía el plazo
de su mandato de cuatro a diez años, que era el único con poder de
interpretar la Constitución, con una legislatura subordinada y potestad
de nombrar a todos los funcionarios civiles y las jerarquías militares.
El 2 de diciembre, con el respaldo de un nuevo plebiscito, se proclamó a
Napoleón III Emperador de los franceses. Volvieron las águilas
heráldicas que recordaban a Francia sus días de gloria imperial. La
política económica fue el liberalismo económico y lo social se redujo a
grandes obras públicas que dieron trabajo al proletariado. París
recibió, bajo la batuta del barón Haussmann, amplios bulevares, el
Teatro de la Opera y espléndidos edificios públicos.
Liberal y romántico,
Napoleón III era pacífico, pero usó el poder hacia fuera para acallar
descontentos internos y fortaleció el imperio colonial galo. Pacificó
Argelia en 1857 y la convirtió en la más importante posesión francesa.
Puso las bases de dominios franceses en China e implantó un protectorado
sobre Camboya (1868). Y apoyó una infeliz y desastrosa aventura imperial
en México.
Su gran oportunidad
europea de vengar antiguos agravios y revivir vagos ideales imperiales
le dieron las pretensiones del zar Nicolás sobre el Imperio Otomano. En
unión con Inglaterra y la Cerdeña de Cavour -que es el segundo de
nuestros dos personajes decisivos- las frenó en la guerra de Crimea, que
conoció su página mayor en el sitio de Sebastopol -la única gran base
naval rusa en el mar Negro-. Rusia pidió la paz en 1856 y el Congreso de
Paz reunido en el París de Napoleón consolidó el Imperio Otomano.
Napoleón apoyó a su
aliada Cerdeña frente a Austria. Pero la aventura italiana le obligó a
concesiones con sabor a fracaso y dividió la opinión pública francesa.
Tras breve cenit se ponía el sol de Napoleón III y se levantaba el de
Bismarck.
La otra gran figura del
tiempo fue el conde Camilo de Cavour. Surge en la Cerdeña de Víctor
Manuel II. Es el político que hizo posible que en plena Italia Cerdeña
se constituyera como un Estado nacional y liberal, al que volviesen los
ojos los liberales de toda Italia, acosados por guarniciones austríacas
en Venecia y Lombardía. (Y esa transformación fue acompañada por el
entusiasmo de dramaturgos, poetas y novelistas del risorgimento).
Cavour hizo del viejo Piamonte un país moderno, con sólida vida
institucional, y armó un ejército nacional de admirable disciplina y
organización que le posibilitó a Cerdeña ser aliada de Inglaterra y
Francia “contra el coloso del norte, el peor enemigo de la
civilización”, en genial jugada de ese sabio maestro del ajedrez
geoestratégico que fue Cavour. La guerra de Crimea convulsionó las
relaciones de poder existentes en la Europa de mediados de siglo y
cuarteó el andamiaje conservador, al debilitar a Rusia y frenar -al
menos parcialmente- a Austria. En el Congreso de París que siguió a la
capitulación rusa, Cavour pudo plantear de modo completamente nuevo la
cuestión italiana.
En los planes de Cavour
para unificar todo el norte italiano seguía Austria. El Ministro trabajó
astutamente para ganarse a Francia y enfrentarla a Austria. Y logró, en
un alarde de habilidad, que fuera Austria la que precipitase el
rompimiento. La guerra se declaró en 1859. Francia y Cerdeña aliadas
consiguieron victorias en Magenta y Solferino. Pero entonces, cuando
parecía llegada la hora de cumplir su promesa de “liberar a Italia desde
los Alpes al Adriático”, Napoleón traicionó la causa de su aliado, e
hizo la paz con Austria, dejándole en posesión del Véneto.
Cerdeña ganó, con todo,
Lombardía, incluido Milán. Y, debilitado el poder austríaco -en que se
respaldaban-, los soberanos de Módena, Parma y Toscana debieron abdicar
y fueron reemplazados por gobiernos revolucionarios que proclamaron su
anexión a Cerdeña.
En 1860 los “Camisas
Rojas” del carismático Garibaldi se embarcaban en ayuda de los patriotas
sicilianos. La victoria fue rápida y completa, y convirtió al
infatigable aventurero de causas libertarias en héroe nacional. Cobró
tanto prestigio que asustó a Cavour el peligro de una división italiana
en un norte y un sur. Para conjurarlo se hizo presente en el sur: venció
a las tropas papales y se unió a los garibaldinos en Nápoles. Cavour
proclamó la anexión a Italia de los Estados Pontificios -salvo Roma-,
ese mismo año, y Nápoles y Sicilia se anexaron también al reino de
Cerdeña, foco aglutinador de la Nueva Italia. En 1861 Víctor Manuel II
pasaba de rey de Cerdeña a rey de Italia. Todo el ejemplar proceso había
sido la obra maestra de su gran Ministro. Solo faltaban el Véneto y
Roma, pero ya llegarían, y Roma acabaría por ser proclamada la capital
de Italia.
La unificación de
Italia -el acontecimiento político más importante desde 1815- ejerció
profunda influencia en los liberales alemanes. En 1859 habían asistido
al espectáculo -impensable poco tiempo atrás- de una Austria débil y una
Cerdeña fuerte unificando bajo su dominio a Italia. Prusia -se concluyó-
debía unificar a Alemania. Prusia estaba dominada por un conservadurismo
fuerte, pero para la causa alemana se aprovechó de los fervores
nacionalistas liberales. Guillermo había sucedido al romántico Federico
Guillermo IV, que había enloquecido en 1858. Guillermo era el prototipo
de prusiano, ante todo militar, y a lo militar orientó su acción. Con
Moltkee y van Room comenzó a hacer un ejército. Se opuso a ello el
Parlamento. Salvó el enfrentamiento el político que en 1862 fue nombrado
Primer Ministro, el ultraconservador Otto von Bismarck, que comunicó,
lapidariamente, su política al Parlamento: “Las grandes cuestiones no se
resuelven con discursos y votaciones.. sino con sangre y hierro”. El
siguiente período de Prusia estaría dominado por esta personalidad
decidida hasta la intransigencia y hábil, con habilidad fundada en
penetrante conocimiento de la política europea, cobrada en sus embajadas
en Rusia y Francia.
En el imperio austríaco
la cuestión planteada en el período no era de independencia o unidad
estatal, sino la de la pugna de las nacionalidades en él absorbidas por
obtener su independencia. Allí estaban, cada vez más vivas, las
aspiraciones de lombardos, húngaros, bohemios y croatas, que las guerras
napoleónicas y la exaltación romántica de las nacionalidades habían
exacerbado.
Inglaterra vio las
revoluciones del continente desde un mirador más bien tranquilo. Hubo un
intento de constitucionalismo: cien mil manifestantes presentaron al
Parlamento una petición firmada por muchos millares más, pero el
Parlamento la consideró ilegal. En el 49 lo que se innovaba era el
comercio: se abolía el acta de navegación. Y la Exposición de Londres de
1851 mostraba al mundo la pujanza de esos nuevos comercio e industria,
en los cuales Inglaterra se gloriaba de estar a la cabeza. Y, para
responder a necesidades de industria y comercio, los viejos partidos,
sin tocar sus estructuras, se modernizaban.
Otro poder que plegó a
la reacción fue la Iglesia católica. Se firmaron concordatos -con
Austria- o se pretendieron y rechazaron por exorbitantes en las
pretensiones eclesiásticas -Baden y Würtemburg-. Se promulgó el
Syllabus, que ponía entre los errores del siglo, en primer lugar,
como capital, el liberalismo, y se definió como dogma la infalibilidad
papal. Todo esto, a la par que aumentaba el poder de Roma, apartaba de
la Iglesia a la intelectualidad europea y le restaba influjo espiritual.
Esto se sentiría con más fuerza que en otra parte alguna en las jóvenes
repúblicas de América Latina, tradicionalmente católicas.
Por debajo de todos
estos vaivenes políticos y sin duda más decisivo que ellos estaba el
desarrollo incontenible de la revolución industrial y del régimen
económico y social que propiciaba, el capitalismo. La red de
ferrocarriles iba cubriendo Europa. Alemania tenía para 1848 4.000
millas de caminos de hierro. Berlín estaba unido con Hamburgo, el Rin,
Cracovia, Praga, Suiza. Y los ferrocarriles aceleraban todo el proceso
de industrialización. La producción de carbón pasó en Francia entre 1830
y 1870 de 1.800.000 toneladas a 16.000.0000. Y el hierro de 300.000 a
1.400.000. Y las máquinas de vapor comenzaban a competir con el trabajo
manual en la industria textil. Por todos los ámbitos del trabajo las
máquinas ganaban terreno, en una Europa aún predominantemente agrícola.
Todo el proceso estaba presidido por codicias a menudo faltas del menor
escrúpulo que dejaban a su paso secuelas de miseria -de la que nobles
espíritus como Dickens darían desgarrador testimonio.
EL PERÍODO 1830-1860 EN AMÉRICA
LATINA
Tras las guerras de la
independencia, emancipadas de la sujeción de España y en empeños por
institucionalizar la autonomía a costa de tanto sacrificio económico,
tanta sangre y heroísmo conquistada, las flamantes repúblicas de América
Latina viven un período de pugnas internas por el poder político
-mascarón a menudo de intereses económicos-, que de algún modo
reproducen el gran enfrentamiento europeo del tiempo entre liberalismo y
reacción.
En México, la lucha fue
entre centralistas y federalistas; los centralistas representaban los
intereses de los grandes terratenientes, contrarios al naciente
movimiento campesino, y del alto clero; los federalistas eran un
movimiento de la pequeña burguesía, más algunos terratenientes
progresistas, y propugnaban reformas liberales -con secularización de
los bienes del clero- y autonomía administrativa de las provincias. Tras
convulsos períodos de anarquía, con predominio de una y otra facción, en
1833 se impuso la dictadura de Santa Ana, uno de los más populares
caudillos federales; pero este, ya en el poder, pactó con los grandes
terratenientes.
En 1835 los plantadores
esclavistas del sur de los Estados Unidos que se habían asentado en la
casi despoblada provincia mexicana de Texas se sublevaron contra el
gobierno central. Santa Ana marchó al frente de un ejército a sofocar la
rebelión. Un avance incontenible de las tropas mexicanas, encalló en la
captura de Santa Ana y su indigna orden de retirada. Se proclamó en
Texas la República independiente, y más tarde pidió su incorporación a
los Estados Unidos, cosa que el Congreso norteamericano aceptó en 1845.
Pero el voraz vecino del norte ambicionaba más: anexarse todo Nuevo
México y la Alta California. Así que la guerra que declaró México, al
sentirse despojada de Texas, le dio la oportunidad de cumplir sus
propósitos expansionistas. Santa Ana se puso otra vez al frente del
ejército mexicano. Logró victorias parciales y sufrió desastres mayores.
Y el 15 de septiembre de 1847 el pabellón norteamericano se izó en el
palacio de los virreyes y presidentes. El Tratado de Paz consumó el
despojo de dos quintas partes del territorio mexicano, a cambio de una
compensación de quince millones de pesos.
Santa Ana, que había
dimitido la presidencia, volvió de señor absoluto, con tratamiento de
Alteza Serenísima. Pero el descontento del país mutilado y el rechazo de
la política conservadora encendió una revuelta que fue cobrando fuerza y
que para 1855 incendiaba ya todo el país Planteada de modo ya radical la
lucha entre liberales y conservadores, la insurrección ocupó la capital.
Llegados al poder los liberales implantaron una violenta política
anticlerical, con disolución de órdenes religiosas, expulsión de los
jesuitas e incautación de bienes eclesiásticos. En 1857 se aprobó una
Constitución liberal democrática que establecía el sufragio universal,
prohibía el trabajo forzado y proclamaba las libertades individuales. El
Papa prohibió a los católicos jurar la Constitución. Se eligió
presidente al general Ignacio Confort, pero este se volvió hacia los
conservadores. Se alzó en esta hora, en el lado liberal, la gran figura
de Benito Juárez, que se hizo fuerte en el interior del país y mantuvo
una administración en Veracruz por tres años. El gobierno de Juárez
ratificó las reformas liberales anticlericales: separación de Iglesia y
Estado, establecimiento del matrimonio civil, nacionalización -por ley-
de los bienes del clero y prohibición a la Iglesia de adquirir y
administrar bienes raíces. La reacción conservadora fue violenta y
desembocó en ensañada guerra civil. Triunfó el liberalismo y se afirmó
el liderazgo de Juárez. La guerra civil, llamada de Reforma, terminó en
1861.
Ese mismo 1861 Juárez
suspendió el pago de la deuda externa. Inglaterra, Francia y España
firmaron el Pacto de Londres para enviar una expedición armada en
defensa de sus intereses. Para Napoleón III fue la ocasión de cumplir
su sueño de un Gran Imperio Latino de Ocidente. Fue la ruinosa aventura
colonialista, que convirtió a Maximiliano en Emperador, a la vez que
consolidaba el mando y liderazgo de Juárez, el gran constructor de la
nación mexicana. Ese artificial imperio acabaría en 1867 con el
fusilamiento de Maximiliano.
También en Argentina se
disputaban el poder unitarios y federales; los unitarios eran el partido
de los terratenientes y la burguesía industrial y comercial de la
provincia de Buenos Aires y propugnaban un gobierno centralizado; los
federales representaban a los terratenientes de provincias, para las que
reclamaban mayor autonomía. A fines de los treintas se hicieron del
poder los unitarios. Juan Lavalle, al frente del ejército, venció a
Dorrego y lo fusiló. La política del vencedor produjo agudo descontento
entre las masas populares, lo que aprovechó el caudillo de los federales
Juan Manuel Rosas. Muerto Juan Facundo Quiroga, el inmortalizado por
Sarmiento, Rosas había quedado como caudillo único del federalismo.
Rosas, al frente de sus gauchos, tomó Buenos Aires en 1829 e implantó
una dictadura brutal, que el Congreso legalizó en 1835, otorgándole
plenos poderes.
La política comercial
exterior de Rosas dio lugar a reclamos de Francia, que culminaron en el
bloqueo del litoral argentino. Y con Gran Bretaña tuvo otro conflicto en
torno a las islas Malvinas. Intervino en los conflictos internos de
Uruguay y quiso anexarlo a la Argentina; sitió Montevideo, pero fue
vencido por la intervención francesa e inglesa, que afirmaba defender
intereses de sus súbditos. Y precisamente en Uruguay empezó sus
operaciones contra el dictador Urquiza, gobernador de Entre Ríos, con la
colaboración del propio gobierno uruguayo y del brasileño. La campaña
culminó en la batalla de Caseros (1852), donde Rosas fue derrotado.
Junto con sombrío cuadro de encarcelamientos, deportaciones,
confiscaciones y ejecuciones, su largo período dictatorial dejaba un
saldo material de mejoramiento agrícola, vías de comunicación,
saneamiento de la hacienda pública y afirmaciones de soberanía argentina
frente a las potencias europeas intervencionistas.
Seguirían nuevos
enfrentamientos entre unitarios y federales. El Congreso dominado por
los federales elaboró una nueva Constitución, que se orientó por el
libro de Juan Bautista Alberdi Bases y puntos de partida para la
organización política de la República Argentina y fue declarada Ley
de la Nación en 1853. Buenos Aires se negó a participar en la
Confederación. Buenos Aires y la Confederación convivieron unos años en
paz, pero la guerra mercantil entre el puerto de la provincia rebelde y
Rosario, el de la Confederación, condujeron a la guerra. En ella Urquiza
derrotó al general bonaerense Bartolomé Mitre -intelectual ilustre, que
sería uno de los grandes constructores de la nación argentina-, en 1859.
Con los buenos aficios de Paraguay se buscaron acuerdos, pero,
rechazados por el Congreso los diputados de Buenos Aires, hubo una nueva
guerra, y Urquiza, aunque no vencido militarmente en la acción de Pavón
(1861), abandonó la lucha y Mitre quedó al frente del ejecutivo. El gran
empeño de Mitre y Sarmiento en los años siguientes sería lograr la
unidad del país, con la integración de Buenos Aires.
Uruguay depende en su
historia del período estrechamente de Argentina. Constituida la
República Oriental del Uruguay en 1830, los políticos se polarizaron
también aquí en dos bandos, que, por el color del cintillo de sus
sombreros, se conocieron como “blancos” y “colorados”. Sus pugnas por el
poder se complicaron por la intervención de Rosas y la acción naval de
Francia e Inglaterra. Oribe, “blanco”, derrotado por el “colorado”
Rivera en 1838, puso cerco a Montevideo, que duró de 1843 a 1851.
Urquiza pacificó el país. Pero las divisiones políticas insalvables
condujeron a nuevos enfrentamientos, con secuelas de destierros y
fusilamienos. Y con algo aun más penoso: los repetidos pedidos de los
partidos de intervención extranjera.
En Paraguay, el período
se divide en dos: el primero, hasta la muerte del doctor Francia, en
1840. Culminó el gran tirano una lúcida e ingente obra de construcción
de una nación rodeada por la siempre amenazante presencia de grandes
vecinos, cada uno con sus intereses: Argentina y sus terratenientes y
comerciantes, Brasil y sus plantadores y negreros. Fuerte y cerrado
frente a esos vecinos, el régimen de Francia luchó contra la propiedad
feudal de la tierra, que, fraccionada en pequeñas parcelas, se entregó a
los campesinos por módicos arriendos o se dedicó a estancias ganaderas
estatales. Trabajó este extraño y notable personaje en la educación
popular y en velar porque el pueblo no fuera víctima de la especulación.
Y dejó sentadas firmes bases para el progreso del país.
A la muerte del doctor
Francia, el Congreso Nacional puso al frente del gobierno a Carlos
Antonio López, que abrió el país al exterior, comenzando por los
puertos. En lo interior continuó la política rural del dictador y dio
nuevo impulso a la industria: se crearon astilleros, se comenzó la
extracción de hierro y fabricación de cañones; en 1855 se comenzó a
construir el primer ferrocarril de la América española. Toda esa
prosperidad sería liquidada por una guerra trágica con las potencias
vecinas que se prolongaría de 1865 a 1869 y acabaría con la población
masculina paraguaya sin perdonar ni a los niños.
En Chile, obtenida la
independencia, el libertador O´Higins gobernó hasta 1823 como director
supremo. Quiso establecer un sistema monárquico constitucional y
fracasó, y el propósito de prolongar su gobierno por diez años más le
valió su caída y destierro a Lima. Siguió la dictadura del general Ramón
Freire y el interinazgo de Manuel Blanco, en el que se insinuó la
división beligerante entre Unitarios y Federalistas. Nuevos interinazgos
y renuncias tras cortísimos períodos hasta que en la presidencia del
conservador Ovalle surgió la gran figura de férreo constructor del
ministro Diego Portales, el hombre fuerte de los “pelucones”
conservadores frente a los “pipiolos” liberales. Aplicó la constitución
aristocratizante de Mariano Egaña (de 1833). Ante el peligro que creía
le significaba cierto propósito de confederación de Perú y Bolivia
concebido por Santa Cruz, Chile se movilizó y en una de las diminutas y
turbias acciones iniciales de ese conflicto, Portales, preso en una
guarnición sublevada, fue fusilado (1837). Pero Chile quedaba, gracias a
su visión y energía, con bases sólidas . Manuel Bulnes, vencedor de
Santa Cruz, fue jefe de Estado por dos quinquenios y Manuel Montt, otros
dos. Fueron tres décadas de presidentes reelectos que hicieron de Chile
uno de los países institucionalmente más serios de América. Y fue el
tiempo en que Bello realizó su gran obra educativa, desde la recién
fundada Universidad. Ello fue en el gobierno de Bulnes. En él se
crearon, además, la Escuela Normal para el magisterio y la Quinta Normal
de Agricultura; con Montt la educación primaria fue declarada gratuita.
En Bolivia, nacida a
vida independiente bajo el mando del general de Bolívar Andrés Santa
Cruz, intereses de caudillos modificaban una y otra vez -1819, 1834,
1839, 1843- la sabia constitución que para el naciente país había
redactado Bolívar. (En 1848 se volvió a ella). La misma existencia del
país se veía amenazada por inveterados designios limeños de incorporarla
al Perú Estos designios que con Santa Cruz se disfrazaron con un
proyecto de Confederación fracasaron definitivamente tras el triunfo de
José Ballivián. Ballivián ocupó la presidencia y se sobrepuso a la
turbulencia interna con un gobierno fuerte progresista. Tuvo que
enfrentar otra amenaza externa: la codicia chilena de la costa
salitrera. A Ballivián sucedió Guilarte, a quien destituyeron revueltas
militares. Hasta que se entronizó en el poder el general Belzú y se
sostuvo con un régimen de terror.
En Perú, elegido
presidente otro general de Bolívar, el cuencano La Mar, orientó su
acción contra Colombia, tanto en Bolivia, de la que procuró alejar a
Sucre, como en el sur del Ecuador, al que se pretendió despojar de sus
territorios de Jaén y Mainas, lo cual valió a Lamar duros denuestos de
Bolívar (“esos miserables que ya han violado el suelo de nuestra hija, y
que intentan profanar el suelo de la madre de los héroes”, es decir
Bolivia y Colombia). Esta última aventura acabó con la derrota de
Tarqui, la última victoria del más brillante de los generales de
Bolívar, Sucre. Cayó La Mar, fue desterrado y subió otro general,
Gamarra. En 1834 le sucedió Orbegoso; contra él se alzó Salaverry, que
se declaró Jefe Supremo. Orbegoso resistió y Gamarra maquinaba en
Bolivia, mientras Santa Cruz jugaba con uno y otro, apuntando a crear la
Confederacion del Perú y Bolivia. Santa Cruz derrotó a Gamarra y
Salaverry, y se constituyó Protector de un Perú dividido en dos , el
Norte -Amazonas, Junín, Libertad y Lima- y el Sur -Arequipa, Puno,
Cusco-. Con los dos y Bolivia se haría la Confederación. Ya sabemos que
Chile la rechazó y acabó victorioso. Desterrado Santa Cruz, subió a la
presidencia Gamarra -que había sido parte de la victoria chilena-.
Gamarra murió en el campo de batalla de una Bolivia invadida (1841).
Siguió una guerra civil, de la que saldría un caudillo que dominaría la
vida peruana desde 1845 a 1851 y volvería al poder en 1855 por la fuerza
de las armas, el mariscal Ramón Castilla. La última aventura
expansionista peruana en el período, orquestada por Castilla, sería
contra la República del Ecuador: atacó la costa y el puerto de
Guayaquil, y llegó a perpetrar un inicuo Tratado que el Congreso
ecuatoriano rechazó.
La Gran Colombia, el
sueño integracionista de Bolívar, quedó disuelta en 1831. En la
República llamada de Nueva Granada, una Constitución que limitaba el
poder del presidente no fue óbice para que Francisco de Paula Santander
hiciese un gobierno duro, que aspiró a sentar las bases de una
convivencia basada en las leyes. Sucedió a Santander el moderado José
Ignacio Márquez, que tuvo que afrontar la sublevación de Obando. La
derrota de Obando, tenido por “progresista”, afirmó el poder de los
conservadores. A Márquez sucedieron los regímenes conservadores de
Herrán y el general Tomás Cipriano Mosquera, en los cuales Colombia se
solidificó en legislación y avanzó en instrucción pública. Este período
de orden terminó cuando, divididos los conservadores, subió al poder el
liberal José Hilario López, que unió a medidas netamente liberales, como
la abolición de la esclavitud, sufragio universal, educación gratuita y
obligatoria, cruel persecusión a los conservadores. En 1853 llegó a la
presidencia el caudillo liberal Obando, vuelto del destierro. Faltándole
dos años, un cuartelazo y la reacción civilista lo depusieron. En nuevas
elecciones triunfó Mallarino, un humanista, quien ocupó la presidencia
de 1855 a 1857. Le sucedió otro conservador eminente, Mariano Ospina.
Para entonces Colombia había caído en un gran conflicto por pugnas entre
Estados federales y la Confederación Granadina, creada por el Congreso,
en 1858, como una manera de mantener la unidad nacional. Hubo luchas en
varios Estados -conservadores contra liberales- y una guerra general,
unidos Mosquera y Obando contra la Confederación. Mosquera entraría
triunfante en Bogotá al final de período de Ospina.
Una Venezuela sumida en
la miseria más que otro país cualquiera por las guerras de la
independencia nació a la vida autónoma -separada de la Gran Colombia-
bajo la férula de José Antonio Páez, el cabecilla de los lanceros de los
Llanos, que en este período intentó organizar y construir. A los cuatro
años de gobierno le sucedió un civil, el Dr. Vargas; pero Páez,
constituido en Protector, siguió gobernando e igual aconteció con el
siguiente designado, Soublette. Después lo hizo ya sin títere alguno de
por medio. De 1830 a 1846 mandó Páez, sofocando numerosas revueltas de
un país anarquizado por el militarismo, hasta que en enero de 1847, en
sangriento choque, Monagas, uno de sus lanceros lo derrocó. Se dijo que
la rebelión era contra los “mantuanos” -los cultos, los aristócratas- y
se pensó en una revolución “liberal”; pero se recayó en el sistema
dictatorial personalista de Páez. Este se sublevó en 1848 y 1849, pero
fracasó. Sin embargo, los regímenes militaristas autocráticos tocaban a
su fin y llegaban al escenario las pugnas entre liberales y
conservadores, por el momento aprovechándose o siendo aprovechados por
otros generales. Páez, con todo, ya octogenario, volvería al poder en
1861.
Caso especial, muy
diferente de todos estos países que, de uno u otro modo, vivieron una
misma historia en sus luchas por la independencia, el de ese inmenso
país apartado del resto de sudamérica por su gigantesca geografía, su
condición litoral y la lengua, Brasil. Brasil, que, cuando las guerras
napoleónica, había recibido el implante pintoresco de la monarquía del
glotón, fofo y astuto Juan VI de Portugal, se acercó a independencia y
república al partir el monarca, y quedar en su lugar, como emperador, su
hijo don Pedro, asesorado por el ilustrado José Bonifacio de Andrada e
Silva. Don Pedro se acercó al pueblo y propició un gobierno con visos de
constitucional -Senado y Cámara de Diputados-. Insurrecciones ferozmente
reprimidas y una última en el propio Río de Janeiro forzaron, en 1831,
la salida de don Pedro, mutis elegante que tuvo por pretexto ir a
oponerse a su absolutista hermano en Portugal. Abdicó en su hijo Pedro,
niño de cinco años, a quien guió en el gobierno José Bonifacio. Tras
varias regencias, en 1840, se declaró a Pedro II mayor de edad y comenzó
su gobierno personal. Hubo insurrecciones en provincias que buscaba
constituirse en repúblicas independientes, con sórdidos intereses de
plantadores esclavistas y comerciantes por detrás. Pero, vencidos esos
intentos, el país tendría, a partir de 1850, casi cuarenta años de paz y
de lenta maduración republicana. Y lo fueron de sostenido progreso en
educación, vialidad -ferrocarriles-, agricultura -el café-, industria y
comercio y sostenido desarrollo científico y cultural.
Esta, a grandes trazos,
la convulsa historia de los jóvenes países de América Latina en el
período de su primera construcción como repúblicas. Ese fue el escenario
de unas literaturas nacionales que en esta hora afirmaron su conciencia
de nacionales y de sus autores que, en gran número, participaron de esas
convulsiones políticas y luchas por construir sociedades más justas y
progresistas. Fueron intelectuales y escritores algunos de los más
altivos denunciadores de la barbarie de la dictadura de Rosas, con
Echeverría y su emblemática El matadero y Mármol con su poesía y
su Amalia a la cabeza, y la mejor literatura mexicana defendió e
impulsó la Reforma en México. Muchos escritores -y no solo los
periodistas y panfletistas- fueron políticos y hombres de acción y hasta
rectores de la vida local o nacional -poetas tan ilustres como Olmedo o
Caro- y poemas y otros textos memorables se hicieron en destierros,
comenzando por las grandes piezas de Heredia. Fueron éstas razones
especiales para pintar con algún detalle esta panorámica.
LA FILOSOFÍA ALEMANA
Se inserta en la
circunstancia del período y, a la vez que depende de ella, la ilumina y
desbroza caminos para el pensamiento moderno la filosofía.
La filosofía más
abstracta y especulativa del tiempo habla alemán. Para el gran promotor
del socialismo en Renania Mosen Hess la salvación de la humanidad
dependería de la fusión de la filosofía alemana con el espíritu
revolucionario francés y la práctica social inglesa. Esa era la trilogía
de su Triarquia europea (1841). Y eso, acertado o no, era lo que
se sentía generalmente en el tiempo.
Así como el gran
filósofo de la Ilustración es Kant y su obra es la epifanía de la razón
pura, el filósofo representativo del Romanticismo es Hegel y solo en el
clima y tensión del romanticismo ambiente cobran plenitud de sentido sus
mayores aportes al pensamiento de la hora y más allá. Cada cual es hijo
de su época y lo mismo pasa con la filosofía: resume su época en el
pensamiento, escribiría el propio Hegel en su Filosofía del Derecho.
Hegel es el niño que se
entusiasma con la literatura romántica y a los dieciséis años escribe
una Historia de los Turcos, el que en Tubinga vive un intercambio
frecuente con Hölderlin y Schelling y lee el Emilio de Rousseau.
En esa hora matutina de intenso romanticismo halla la historia de la
conciencia natural elevándose a la libertad -el leitmotivo del tiempo
romántico- a través de un camino de experiencias. Su Fenomenología
del espíritu tendrá parecido carácter evolutivo de la conciencia. La
Fenomenología, obra clave en la trayectoria vital y filósofica de
Hegel, es la novela de la evolución de esa conciencia a través de
experiencias decisivas hacia el absoluto. Se ha señalado, con razón, un
paralelismo de la Fenomenología con esa otra obra clave para
sorprender la evolución del tiempo que es el Wilhelm Meister de
Goethe.
Hegel había llegado a
Jena en 1802, y a partir del invierno de 1806 vivió esa aventura y
confesión -al estilo del Discurso de Descartes- que fue la
Fenomenología. La terminó la noche que precedió a la batalla de
Jena -así lo confió a Schelling.
Esa inmersión en la
historia es rasgo característico de la época. La Revolución, cuyas
noticias e incitaciones habían llegado hasta los más distantes rincones
del continente, y las guerras napoleónicas, que estremecían y provocaban
vaivén de reacciones desde las cortes hasta las masas campesinas,
comprometían de uno u otro modo al hombre europeo del tiempo,
particularmente a los más pensantes e inquietos. En Hegel esa
historización de la vida y el pensamiento europeo alcanza una cima. Para
él el espíritu es historia y el desarrollo del espíritu en que la
filosofía, en esencia, consiste se realiza en tres etapas que coinciden
con momentos de la historia del mundo.
De 1802 a 1807, bajo la
influencia de Napoleón, el filósofo elaboraba diversas filosofías del
espíritu y buscaba el sentido, con los ritmos de su filosofar
dialéctico, a momentos del devenir histórico como la Revolución, el
Terror y las guerras que convulsionaban Europa. Y la Filosofía de la
historia (1822-1823) -afirmación de la Razón en la historia-
sería el testamento de Hegel.
Hegel pone las bases
para la construcción sistemática de su vasto edificio filosófico con la
Lógica, en Nuremberg, de 1812 a 1816, y lo levanta en Berlín con
su Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften (Enciclopedia
de Ciencias Filosóficas) en 1817 y la Philosophie des
Rechts (Filosofía del Derecho) en 1821. Extiende el sistema
a todos los ámbitos del espíritu: Filosofía de la Historia,
Estética, Filosofía de la Religión, en cursos seguidos
devotamenmte por sus discípulos, hasta su muerte, en 1831. A partir del
año siguiente esos discípulos publicarán los diecinueve volúmenes de las
obras completas del maestro.
De uno u otro modo los
tres grandes filósofos alemanes del tiempo construyen sobre la
revolución radical del conocimiento obrada por Kant: Fichte, Hegel y
Schelling. Y entre los tres se entabla -en presencia y a distancia- una
suerte de diálogo, o cordial o tenso, que explica muchos desarrollos de
su pensamiento. Los tres quieren radicalizar y completar el gran
descubrimiento kantiano de la relación entre el conocer y la conciencia.
Para los tres Kant ha sido inconsecuente al dejar una materia amorfa -a
la que da forma el entendimiento-, ese “noumenon” imposible de conocer
en su mismidad. Los tres pondrán en el cimiento de sus edificaciones que
ser es igual a ser pensado. Serán, cada uno a su modo, idealistas, y los
tres tendrán que explicar la naturaleza. Para el yo trascendental de
Fichte, la naturaleza es una sombra; para Schelling, la realidad de la
naturaleza tiene en la evolución del absoluto el mismo lugar que el yo;
en Hegel, el Espíritu, en evolución dialéctica, se extraña a sí mismo
en la naturaleza.
Fichte, nacido en 1762,
fue en 1790 a Leipzig y conoció a Kant. Fue para él iluminación que lo
marcó y señaló rumbos a su tarea filósofica. Al año siguiente entregaba
al maestro su Crítica de la revelación. Más adelante, el joven
filósofo quiso dar mayor rigor y unidad al criticismo kantiano. Kant se
había contentado con el hecho de la conciencia. Fichte quiso
mostrar la razón última de ese hecho. Kant tomó de la experiencia
las formas de la intuición y las categorías; Fichte se propuso
deducirlas de la esencia de la razón. Construyó su sistema a partir del
yo puro -que no debe confundirse con el empírico-, del yo absoluto. Por
un proceso dialéctico -tesis, antítesis, síntesis- buscó deducir todas
las formas y categorías.
También Hegel estudió a
Kant. Y a Fichte. A Fichte lo miró como a adversario. Pero tomó de él el
concepto de evolución por las tríadas dialécticas: le pareció que en el
juego de contrarios -desde el primero y radical del ser y la nada, que
funda el devenir- era donde se hallaba la razón última de cuanto
acontecía con el ser. Pero en Hegel este movimiento triádico será
objetivo -está más cerca de Platón que de Fichte-; refleja los tres
momentos del devenir real: escisión, conciliación y síntesis final. (Sin
escisión la totalidad permanecería cerrada sobre sí misma). A Kant Hegel
le reprochó que hiciese una crítica previa a la metafísica. Ello era
absurdo -le parecía-; era concebir como diferente el conocer del
conocido, y ver el conocimiento como medio inadecuado. Abandonó, pues,
la “timidez del criticismo kantiano” (Enciclopedia de Ciencias
Filosóficas, Introducción).
Schelling fue discípulo
de Fichte en Jena y amigo de Hegel. Pero en 1841 Federico Guillermo IV
lo llamó a Berlín de antídoto para el “veneno del panteísmo hegeliano”.
Y buscó entonces conciliar con el idealismo la religión, acercándose a
Plotino y a Boehme. Un primer Schelling había sugerido la identidad de
espíritu y materia. Hegel rompería con esa concepción de su amigo para
adoptar el movimiento triádico fichteano como camino que le conduciría
del Espíritu a la materia.
De todo este intenso
momento del pensamiento universal -uno de los más intensos de la
historia- lo que más pesaría en el pensar futuro sería lo hegeliano.
Pero, curiosamente, no por sí mismo, sino por una manera de asumirlo que
constituyó la más radical subversión que cabía imaginar.
El sistema de Hegel
-una de las más exactas y complejas arquitecturas filosófico-teológicas
que haya urdido hombre alguno, solo comparable a la Suma Teológica
de Tomás de Aquino
-, parte de la razón absoluta, como Idea, y la sigue en su
desenvolvimiento -necesario, dialéctico- hasta su realización en la
totalidad de la realidad. La naturaleza es ese Logos que se ha
extraviado. “¿Cómo es que Dios se resuelve hacia algo absolutamente
heterogéneo? La Idea divina es precisamente esto: resolverse a poner
desde sí esta otra cosa y a recuperarla luego para su subjetividad y
espíritu”. Y viene el desarrollo del espíritu, a través de las etapas de
espíritu subjetivo, espíritu objetivo y espíritu absoluto -cuyas formas
son arte, religión y filosofía-. El espíritu pensante se determina a sí
mismo como ente lógico e ideal, como extrañamiento en la naturaleza -en
el espacio y tiempo- y como espíritu que llega a sí mismo y al saber de
sí mismo -desarrollo espiritual-histórico independiente de espacio y
tiempo-. Todo esto se anunció y como programó en la Fenomenología del
Espíritu, y ese saber absoluto -meta de la Fenomenología- se
desarrolló como Lógica -ciencia de la idea absoluta-,
Filosofía de la naturaleza -ciencia de la idea fuera de sí- y
Filosofía del Espíritu -ciencia de la idea en su ser-para-sí.
El filosofar de Hegel,
al contrario de lo que suele repetirse como cosa indiscutible, estuvo
siempre imbricado con la vida y la circunstancia histórica (“Pensar la
vida: he aquí la tarea”, es fórmula que presidió la tarea del filósofo).
A ello debió algunos de sus más sugestivos logros, al igual que muchas
de sus más lamentables arbitrariedades conceptuales. He aquí uno de los
tantos casos de la dialéctica aplicada al acontecer histórico o derivada
de él, seguramente con menor fortuna. Antiguo Régimen y Revolución -dijo
Hegel- pueden ser tratados como “conceptos del entendimiento”
contrapuestos, y así son unilaterales y falsos. Deben ser vistos como
necesitados de una síntesis que niegue sus “negatividades” y
conserve lo que tienen de positivo. La superación de la antítesis
Antiguo Régimen-Revolución Francesa fue Napoleón. En esto, claro está,
contó más la experiencia y la reflexión sobre acontecimientos, más o
menos justa, que exigencias de la argumentación.
Ya en las aulas
hegelianas, en más de una forma, se habían dibujado una derecha -tan
conservadora como el maestro-
y una izquierda. Los pensadores más independientes de esa izquierda,
Feuerbach y Marx, piensan que más ajustado a la realidad que deducir
-por procesos lógicos- la naturaleza a partir del espíritu -de uno u
otro modo panteísticamente- es explicar el espíritu a partir de la
naturaleza. Proclaman poner el sistema hegeliano cabeza abajo. De la
gigantesca edificación del maestro toman el método dialéctico y el
pensar histórico. Para Engels el mérito del filósofo era que “por
primera vez presentó todo el mundo natural, histórico y espiritual en
forma de proceso, es decir, de continuo movimiento, cambio,
transformación y desarrollo, y trató de encontrar la relación interna de
este movimiento y desarrollo”.
La Contribución a la
crítica de la filosofía de Hegel (1839) de Feuerbach marcó el
rompimiento con el idealismo hegeliano, y en 1841 su Esencia del
Cristianismo estaba ya en pleno materialismo. Ese pensamiento se
radicalizaría aun más en La esencia de la religión, en 1845,
ambicioso y hondo empeño para explicar la religión sin Dios, a partir de
necesidades y apetencias del hombre. Ni Dios (primera etapa), ni el
demiurgo (segunda), sino el hombre. El hombre uno, sin separación de
alma y cuerpo. (Marx insistiría más tarde en el hombre como ser
histórico-social). Para Engels esta obra hizo saltar el sistema de Hegel
en añicos. “Solo habiendo vivido la fuerza liberadora de este libro
podemos formarnos una idea de ella”, escribió en su Ludwig Feuerbach
y el fin de la filosofía alemana. Y para Marx, Feuerbach “reemplazó
la anterior embriaguez especulativa por una filosofía sensata”.
Para Hegel, en el seno de la
realidad, como principio fundamental de dinamismo, está la negación. “La
contradicción es la raíz de todo movimiento y toda vida”. Lo propio de
la razón científica es calar hasta esa contradicción engendradora de
algo nuevo, por el proceso dialéctico de tesis-antítesis-síntesis. Para
Hegel ese proceso de avance dialéctico parte de la idea, el Espíritu. La
historia son las tres fases de desarrollo del Espíritu absoluto hasta su
forma más elevada, el hombre y sus más altas realizaciones. “En Hegel la
dialéctica está cabeza abajo. Hay que colocarla de pie para, por debajo
de la envoltura mística, descubrir su núcleo racional”, postula Marx
(Así lo escribió en El capital), y ve en el proletariado la
negación del orden existente y en su lucha por el socialismo, la
síntesis. Marx pensó tener en la dialéctica hegeliana el instrumento
para explicar todos los cambios que se habían dado en la historia -en el
pensamiento, el derecho, la religión, las instituciones sociales-. Y
halla que en cada paso de la evolución no es necesario postular espíritu
alguno, que todo dependía de las condiciones materiales de existencia y
ellas, de las fuerzas productivas. Al finalizar este período se habrían
echado los cimientos, con materiales hegelianos usados al revés, del
movimiento político y social que iba a marcar como ningún otro el final
del siglo XIX y casi todo el XX.
Y hay aún otro gran
filósofo en la Alemania del tiempo. Opacado en los medios universitarios
por la presencia imponente de Hegel, pesaría largamente en una dirección
distinta. Es Schopenhauer, cuya obra capital, Welt als Wille und
Vorstellung (El mundo como voluntad y representación)
apareció en 1819 (con un segundo volumen que la completa, en 1844).
También Schopenhauer
parte de Kant. Para él el “noumenon” kantiano es voluntad. El todo es
una voluntad ciega. Con los sentidos y el entendimiento solo podemos
conocer fenómenos del mundo; lo vivimos con la voluntad. La voluntad es
el núcleo de cada individuo y, analógicamente, del todo. La voluntad del
hombre es ciega. Un perpetuo desear. Una voluntad que carece de sentido.
También el mundo. El individuo, sin cuándo ni dónde absolutos, es un
presente que es un continuo caer en el pasado. Mas, a pesar de esto,
todo quiere vivir. Es el impulso a la vida. Pero, asegurada esta vida,
el individuo no sabe qué hacer, quiere huir de una vida que es
aburrimiento. Todo se sume en un perpetuo ciclo trágico.
Para Schopenhauer,
Leibnitz es absurdo con su iluso optimismo; Hegel, gratuito en su
evolución glorificadora de la historia. El radical pesimismo
schopenhaueriano -la forma más radicalmente elaborada del sentimiento
romántico- sintonizaría más con la cosmovisión del hombre que viviría el
siglo y medio siguiente en Europa -en especial, el trágico siglo XX.
Iba a evolucionar
después Schopenhauer y, por influjo hindú, propugnaría que la
multiplicidad en que se manifiesta la voluntad en el espacio y el tiempo
debía volver a la unidad primitiva. Vio en el arte una vía para ello. El
arte llega a las ideas -otra vez en la filosofía de esta hora el peso de
Platón-. El arte arranca la idea del torrente cósmico. “En la Música
nos habla la voluntad del mundo”.
Pero la fuga por el
arte dura poco. La salvación la da la ética. La ética de la compasión,
que nos abre a los demás. El filósofo ve en los demás el camino al Uno,
como el maestro Ehrkard.
Otro gran filósofo que
se une al conjunto de reflexiones de la filosofía alemana del tiempo
empeñada en convertirlo todo en ciencia de la razón es Schleiermacher.
El emplazó sus baterías hacia la religión. La religión, asentó en su
punto de partida, no puede ni demostrarse ni impugnarse teóricamente.
Consiste en una identidad de lo finito e infinito en el sentimiento. La
razón, reflexionando sobre este sentimiento, formula, con ayuda de los
conceptos, diversas doctrinas y así nacen los dogmas de las diversas
religiones. Estos dogmas pueden ser falsos; la religión, no. Y, como
Dios es infinito, la religión, que es presencia suya en nuestro
sentimiento, es infinita, y se manifiesta de infinitas formas: son las
religiones positivas, que tienen igual valor, aunque la más perfecta sea
la cristiana.
Entre 1821 y 1822
Schleiermacher publicó Der Christliche Glaube (La fe cristiana).
La concepción hegeliana del avance dialéctico de la historia en síntesis
siempre tensas de contradicciones (antítesis) de las que brotan nuevas
síntesis había sido un reto incitante para interprertar la persona de
Jesús. Jesús no podía ser sino una “tesis”, que sería contradicha por
una “antítesis”.
El de Jesús -y el
cristianismo- fue uno de los temas en que más se interesó la izquierda
hegeliana. En 1835 aparece la Leben Jesu (Vida de Jesús)
de David-Federico Straus -con un segundo volumen al año siguiente-, que
sería la obra de mayor influencia de esta corriente y uno de los
factores desencadenantes de la escisión en izquierda y derecha en el
hegelianismo. Trabajando con categorías hegelianas, Straus despliega en
la construcción de sus hipótesis una riqueza de ingenio de que
carecieron generalmente sus sucesores, y apoya las ideas más atrevidas
en textos cuyo sentido literal establece, sagazmente en ocasiones. De
conformidad con el esquema hegeliano, su Jesús de Nazareth es pálido e
irreal y no interesante sino como símbolo del verdadero Cristo, que es
la humanidad. La vida de Jesús son concepciones ideales traducidas en
términos de historia o vestidas con ropajes místicos. Inicia así Straus
una corriente que conocería larga vida, la “desmitologización” del Nuevo
Testamento.
Más radical que la
Vida de Jesús fue Wesen des Christentums (La esencia del
Cristianismo) de Ludwig Feuerbach -ya mencionada párrafos arriba-.
Feuerbach consuma en religión la revolución copernicana del hegelianismo
que Marx haría en otro campo. Abandona el punto de partida hegeliano del
absoluto, como algo sin sentido, y lo reduce todo a lo humano. “La
conciencia de Dios es la autoconciencia del hombre, y el conocimiento de
Dios, el autoconocimiento del hombre”, escribe en Wesen (Cita de
la segunda edición, la de 1849), y resume: “El misterio de la teología
es la antropología”, y la gran tarea para el hombre moderno es la
transformación y disolución de la teología en antropología. El hombre
proyecta fuera de sí su esencia humana, la llama Dios y la adora. De
allí la tarea propuesta, que acabará por lograr la “reducción de la
suprahumana, sobrenatural y antirracional esencia de Dios a la natural,
inmanente e innata esencia del hombre”.
Y en esa misma hora
que marca para décadas la exegesis liberal, Bruno Bauer, teólogo
hegeliano de la derecha, que había atacado la Vida de Jesús y
objetado a Hegel su panteísmo, llega, bajo la influencia de Marx y
materialistas franceses, hasta a negar el núcleo histórico de los
Evangelios y la existencia misma de Jesús de Nazareth. El Cristianismo
era encarnación irracional y fantástica de la “autoconciencia”, que él
ponía en lugar del Espíritu absoluto de Hegel. Su Kritik der
Synoptiken (Crítica de los sinópticos) (1841-1842) -que
motivó que le fuese retirada la autorización para enseñar- puso los
fundamentos de la crítica de las fuentes históricas, que él mismo había
manejado ya en su Crítica de la Historia Evangélica de San Juan,
un año antes.
LA FILOSOFÍA FRANCESA
A principios de siglo
en la Universidad francesa las cátedras de filosofía se mueven entre
eclecticismo y espiritualismo. La figura del espiritualismo es Maine de
Biran (1766-1824), que separó espíritu y materia (Nuevas
consideraciones sobre las relaciones, entre lo físico y lo moral).
Cabeza visible del eclecticismo era Victor Cousin (1792-1867), con una
filosofía de conciliación de Kant con Descartes, Leibnitz y hasta Locke,
buena para no alarmar la sensibilidad francesa.
Más vigoroso fue otro
movimiento que nace en este período y se impone ampliamente después de
la revolución de 1848: el Positivismo. Su fundador, Augusto Compte
(1798-1857), por años secretario de Saint-Simon, publica, entre 1830 y
1842, su Curso de filosofía positiva. La ciencia, sostiene en él,
ha de renunciar a penetrar en la esencia de las cosas; debe limitarse,
modesta y seriamente, a describir lo exterior de los fenómenos, a cómo
ellos se producen. Piensa fuera del ámbito de la filosofía el concepto
de causa: la ciencia trabaja con leyes. “El estudio de los fenómenos
-escribió en El espíritu de la filosofía positiva-, en vez de
llegar a convertirse en absoluto, debe permanecer siempre como un
estudio relativo que depende de nuestra organización y de nuestra
situación”. Y asombra cuanto de este espíritu lúcidamente pragmático
iría presidiendo cada vez más el mundo de las ciencias hasta rematar en
postulados como el principio de indeterminación de Heisemberg, en el
siglo siguiente.
Compte presentaba el
método positivo como tercera fase del desarrollo de la mente humana,
superados los estadios teológico -que aspiraba al conocimiento absoluto
y lo buscaba por fuerzas sobrenaturales- y metafísico -que reemplazaba
las fuerzas sobrenaturales por esencias metafísicas.
En lo social, Compte
propuso una nueva disciplina y hasta la bautizó: Sociología. Dividió su
concepción social en una estática -el estado de equilibrio del organismo
de la sociedad humana- y una dinámica -la transformación social-. Esa
evolución debía tener “el amor como principio, el orden como base y el
progreso como fin” -sintetizó en su Resumen general del positivismo-.
El renacimiento moral era el fundamento del progreso humano.
LA FILOSOFÍA SOCIAL
Fuera de Alemania, la
filosofía deserta de las especulaciones idealistas de Fichte, Hegel y
Schopenhauer para reflexionar sobre los grandes conflictos de la
sociedad de su hora.
Ya a comienzos de siglo
aparecen pensadores de esta laya en la Francia de la Revolución:
Saint-Simon y Fourier, y en Inglaterra, el país donde el capitalismo
había madurado y, por ello mismo, las contradicciones que planteaba como
sistema social eran más flagrantes, Owen. Todos ellos -y algunos otros
menores- son los “socialistas utópicos”, que partían del reconocimiento
del estado de injusticia social que había consagrado el régimen burgués.
Saint-Simon, nacido en
la nobleza, fue partidario de la Revolución y, defensor de la igualdad y
libertad, pidió a la Asamblea la supresión de los privilegios de los
nobles. A la hora de la reacción se convirtió en cabeza del socialismo
utópico. Entre 1817 y 1818 aparecieron cuatro tomos de trabajos suyos
con el título de La industria, o consideraciones políticas, morales y
filosóficas en interés de cuantos se dedican a un trabajo útil e
independiente. Siguieron obras como Sobre el sistema industrial
(1821-1822), Catecismo de los industriales (1825) y Nuevo
cristianismo (1821) -importa advertir para hacerse una idea exacta
de personaje que tanto pesó en su tiempo que fue todo un pensador; para
Engels, fue, con Goethe, “el cerebro más universal de su tiempo”, y en
verdad lució, como Goethe, un talento abierto a anchos horizontes, que
lo mismo trabajó en ciencias que en filosofía.
Cada siglo tiene su
carácter -proclamaba Saint-Simon- y pensaba que el suyo era un tiempo de
gran progreso, relacionado con la aparición del capitalismo; pero este,
creía, es transitorio. Y condenaba al capitalismo y aspiraba a un
régimen mejor, el socialismo, una sociedad en que “trabajarán todos los
hombres”. En ella debería haber una organización planificada de la
producción, con la dirección a cargo de los hombres de ciencia y los
industriales -los artistas podrían incorporarse-. Sostenía que no cabía
más libertad que la que podía proceder de una buena organización del
trabajo. Rechazó soluciones espiritualistas a los problemas sociales e
inauguró la interpretación económica y materialista de la historia
social.
Fourier, en cambio, era
hijo de comerciante y, arruinado este, conoció la miseria. Tras varias
obras, en 1829, hizo la exposición más completa de sus ideas en Nuevo
mundo económico y societario, o descubrimiento del trabajo atractivo y
transformador de la naturaleza distribuido en series según las pasiones.
Cartesiano, proclama
que la nueva teoría social solo puede edificarse sobre la duda
universal, que cuestione radicalmente todos los inveterados prejuicios
de la civilización. Y acusa a los “ilustrados” del siglo anterior de no
haber tenido esa actitud crítica frente al régimen social.
La contemplación de las
calamidades de su tiempo -en que había desembocado una evolución más
discordante que armónica- le ha inspirado la necesidad de una “nueva
ciencia”, el socialismo utópico. Un vicioso sistema industrial ha
entrado en crisis; ha producido un “mundo al revés”, un “mecanismo que
funciona en sentido contrario”. Ante tal desorden opone al capitalismo
un “régimen societario”, en que el trabajo vuelva a ser fuente de placer
al hacer cada cual aquello a lo que está inclinado y puede realizar.
Fourier lo asienta todo sobre el bonheur, concebido como el juego
armónico de pasiones y medios de satisfacerlas: “Le bonheur ... consiste
à avoir beaucoup de passions et beaucoup de moyens de les satisfaire”
(“El placer consiste en tener muchas pasiones y muchos medios de
satisfacerlas”). El falansterio -plasmación inmediata de estas ideas- se
basaría en un trabajo armónico al impulso de las tres “pasiones
distributivas”: innovación, emulación y entusiasmo. Y la distribución de
ganancias se haría con arreglo a tres variables: capital, trabajo y
talento.
A estas empresas
intelectuales en busca de una sociedad mejor, deben añadirse, en
Francia, Quést-ce que la proprieté (1840) de Proudhon y
Organization du travail de Luis Blanc (1840).
Owen, que dirigió a los
veinte años una fábrica textil y trató de mejorar las condiciones de
vida de sus obreros, comprendió al cabo de esa experiencia que la
filantropía no bastaba para cambiar un orden social injusto, en el que
los trabajadores producían incomparablemente más riquezas que antes de
las máquinas y, sin embargo, vivían una existencia infinitamente más
miserable. Tras años de reflexión publica, en 1830, Lecciones sobre
un estado completamente nuevo de la sociedad, y, en 1849, La
revolución en la conciencia y la actividad práctica del género humano, o
el paso futuro de la sinrazón a la razón.
Owen apunta a resolver
las contradicciones engendradas por la revolución industrial. Enfoca su
crítica contra los soportes de la sociedad capitalista: la propiedad
privada, fuente de desigualdades; la división del trabajo, que deforma
al obrero, y la competencia, que ciega y endurece. No reniega de la
revolución industrial, a la que le reconoce haber transformado las
fuerzas productivas como nunca antes, pero busca salvar las diferencias
entre capitalistas y obreros que ella crea y agrava. Y propuso como
solución el socialismo -sus partidarios fueron los primeros en usar la
palabra-, un régimen en que los medios de producción se socializaran. Y
decidió pasar a la acción: organizar colonias que hiciesen realidad esos
ideales socialistas.
Con todo este
pensamiento social en el ambiente francés e inglés, llegaría desde los
campamentos hegelianos y equipado con el poderoso instrumento de la
dialéctica, Marx para dar un andamiaje conceptual más radical y
sistemático a toda esa inquietud e ideas vigentes. A Marx y Engels, el
Congreso de la Liga de Comunistas (1847) -la antigua Liga de los Justos,
cambiada a esta otra faz precisamente por insinuación de Marx- encarga
redactar el programa de la Liga, y ese programa se traduce en los
estatutos. El primero establecía: “El objeto de la Liga es el
derrocamiento de la burguesía, la elevación del proletariado a clase
dominante, la supresión de la antigua sociedad, que descansa sobre la
dominación de clase y la instauración de una sociedad nueva sin clases y
sin propiedad privada”. Se anunciaba así la substancia del Marxismo.
Acabado el Congreso, Marx y Engels volvieron a Bruselas y redactaron el
manifiesto para que se imprimiese en Londres. Apenas había salido de las
prensas cuando estalló en París la Revolución de 1848.
Para los autores del
Manifiesto, el conflicto entre proletarios y capitalistas no era sino
una fase de larga lucha entre clases sociales. La historia iluminaba esa
lucha: cómo una clase lograba la riqueza y luego el poder, solo para ser
derribada por otra, y así en movimiento sujeto a ineluctables leyes -las
de la dialéctica hegeliana-.. En tiempos recientes la lucha de clases
había sido entre los aristócratas terratenientes y los capitalistas de
la clase media. En la actualidad la revolución industrial había
aumentado la riqueza y el poder político de los capitalistas a costa de
los terratenientes. Pero se había presentado entonces en escena la clase
opositora de esa clase capitalista, la clase proletaria, que acabaría
por destruir a la capitalista. Para ello ese proletariado debía cobrar
“conciencia de clase”, y la obligación de los “comunistas científicos”
-muy diferentes de los “socialistas utópicos”- era ayudar a los
proletarios a cobrar esa conciencia e incitarlos a la “lucha de clases”.
Terminaba el Manifiesto con el reclamo revolucionario: “Los proletarios
no tienen que perder más que cadenas, y tienen un mundo que ganar.
¡Proletarios de todos los países, uníos!”
El Manifiesto Comunista
despertó escaso interés en esta hora y apenas si tuvo respuesta. Lo uno
y lo otro ocurriría a partir de 1870 -en 1867 publicaría Marx el primer
tomo de su gran obra teórica: El Capital.
NACIMIENTO DE LA ECONOMÍA POLÍTICA
Mientras en Francia
nacía la Sociología, el pensamiento social inglés, más pragmático y
distanciado de los fervores socialistas de la hora, se empeña en
penetrar lo que ve en la base de toda esa conmoción social, la economía.
En 1818, el banquero David Ricardo publica la obra capital de la
economía (después de Inquiry into the nature and causes of the wealth
of nations de Adam Smith, que era de 1776): Principles of
political economy and taxation, teoría de la renta, el dinero y el
valor en forma de conceptos generales y principios abstractos.
John Stuart Mill, amigo
y discípulo de Ricardo y pensador adscrito al Positivismo, autor de un
Sistema de lógica deductiva e inductiva (1843), teoriza derivando
la vida económica del egoísmo en Principles of Political economy with
some of their applications to social philosophy, en 1848.
Estas elucubraciones
fríamente económicas se templaban con un gran influjo, que venía de muy
atrás, del XVIII - aunque el filósofo muere en 1832-, el de Jeremy
Bentham, quien dedicó su tarea intelectual a reformar los abusos del
derecho inglés y humanizar instituciones deshumanizadas, desde un
principio utilitario -como buen inglés-, pero altruista: la felicidad
máxima para el mayor número posible. La “Escuela de los utilitaristas”
propugnaría la transformación racional de la sociedad sobre un principio
de utilidad, y su influjo se extendería hasta la América Latina. Para
Marx, Bentham era oráculo a la par sensato y pedante, melancólico y
charlatán, de la sensatez burguesa del XIV y, en último término, “genio
de la estupidez burguesa”.
UN FILÓSOFO RUSO
En el extremo de
Europa, un filósofo responde a las inquietudes del pensamiento de este
primer medio siglo: Vissarion Grigorievich Belinski (1811-1848).
Muy joven, miembro de
la Sección de Letras de la Universidad de Moscú, eleva su voz contra la
servidumbre. La condena en su drama Dimitri Kalinin (1830). Nace
a la filosofía bajo el signo de la Ilustración y se aproxima luego al
idealismo alemán de Hegel, Schelling y Feuerbach. Le seduce la idea de
la naturaleza sujeta a proceso de perpetuo cambio con desarrollo
progresivo entendido como proceso complejo y contradictorio, pero
originador siempre de formas nuevas, con avance dialéctico hegeliano.
“Todo lo vivo -veía- se diferencia de lo muerto en que, en su esencia
misma, encierra el principio de contradicción”. Y ese desarrollo alcanza
a lo social y también al conocimiento de la verdad, que se desarrolla
-sostenía- históricamente. En lo social, las transformaciones -hacia el
socialismo- no se lograrían “por las frases dulces y entusiastas de una
Gironda ideal y de alma sentimental, sino por los terroristas, por una
espada de doble filo, como es la palabra y obra de los Robespierre y
Sait-Just”. El último Belinski rechazaba airadamente las conclusiones
reaccionarias de Hegel, que veía como culminación del proceso de la
historia el régimen prusiano.
En 1847 Belinski
escribe una célebre Carta a Gogol, en que somete a demoledora
crítica el régimen autocrático ruso basado en la servidumbre y
reivindica el papel de la literatura para luchar por la liberación del
pueblo. Exalta al pueblo ruso como garante del destino histórico de
Rusia por su sentido común e inteligencia.
EL PENSAMIENTO EN ESTADOS UNIDOS
Y al norte del Nuevo
Mundo, en Estados Unidos de América, el capitalismo se expandía como en
ninguna otra parte del orbe. Llegaban un poco tarde las grandes
innovaciones de la técnica -solo en 1828 se tiende la primera línea
férrea, entre Baltimore y Washington-,. pero, llegadas, crecían con
ritmo frenético: para 1861 la red ferroviaria alcanzaba 48.000
kilómetros.
El pensamiento de los
pocos teóricos de sociedad tan dada a lo económico y material buscaba
legitimar el estado social. Carey en su Pasado, presente y futuro,
de 1848, veía en el capital y salario y en la propiedad agraria fuentes
de armonía y no de antagonismos. Y para Kriegue -director del
“Wolkstribune”, de fachada socialista- los intereses de la burguesía y
el proletariado eran los mismos.
A turbar tamañas
ingenuidades llegaron las ideas de los socialistas utópicos. Adeptos de
Owen, Fourier y Saint-Simon crearon comunas cooperativas: “Nueva
Armonía”, “Brook-farm”, “Icaria”. El propio Owen pasó a Estados Unidos y
organizó una “cooperativa socialista”.
Pero ese régimen tenía
un enorme lastre -y lacra- en la esclavitud, y gentes más críticas y de
ideas sociales avanzadas se convierten en fermento para el
abolicionismo, que vencería en guerra declarada en los años 1861-1865.
Un pensamiento original
importante provino de otros círculos y otras inquietudes. Nació en el
seno de un curiosísimo Club, que se llamó a sí mismo “trascendental”,
creado en Boston por jóvenes afectos a filosofar. Hubo allí de todo
-“barbudos representantes de todas las sectas”, que se dijo en un libro
de Emerson-, pero dominó un pensamiento antieclesiástico -“el púlpito
emite en nuestro tiempo un tono sordo y equivocado”, proclamaba Emerson,
que había sido predicador-, pero también antimaterialista, más moral que
científico, más ecléctico que sistemático. De tal foco de fervores
intelectuales brota, en 1835, Naturaleza de Ralph Waldo Emerson.
Fue ese más un canto a la naturaleza que un empeño filosófico de
penetrar en sus secretos y desembocó casi naturalmente en lo más
romántico de las concepciones schellegelianas de exaltación de lo
espiritual y en el misticismo de Swedenborg.
Emerson redondeó su
pensamiento en dos entregas de Ensayos (1841 y 1844), Hombres
representativos (1850) y La conducta en la vida (1860). De un
vaivén de concepciones, que arranca de Platón y pasa por variadas
estaciones, lo que queda de este pensamiento disperso y libre es ético:
la moral como base del ser. Una moral que fraguó en ascetismo natural y
en rechazo de la voracidad de riquezas de los hombres de negocios; que
exaltó el modesto trabajo de los hombres sencillos. Para el pensador, el
mayor bien era la libertad, y el camino hacia ella, la autoperfección
moral.
Otro miembro del Club
Trascendental que realmente trascendió por su pensamiento fue Henry
David Thoreau (1817-1862). Pesó con su obra Walden o la vida en el
bosque, de 1854. Partió de la idea emersoniana de la autoperfección
moral como camino a la libertad y renovó la protesta contra una sociedad
fundada en el afán de lucro y el egoísmo. Una sociedad así -proclamó- es
incapaz de hacer la felicidad del hombre. Contra esa sociedad propuso
luchar con armas ajenas a ella: pasivas. Negarse a pagar impuestos, a ir
fielmente a la iglesia. Y entregarse a la contemplación de la
naturaleza. El mismo lo hizo retirándose a una cabaña a orillas del
pantano de Walden. Esa experiencia sería recogida en su gran libro.
No hay, en suma, clima
para la filosofía en Estados Unidos. Y las .ciencias progresaron
vigiladas celosamente por una religión que se había constituido en ángel
guardián del establecimiento. Nataniel Bowdid tradujo la Mecánica
celeste de Laplace -editó su traducción entre 1829 y 1839- y se
malquistó con las gentes de iglesia. Años más tarde, las ideas de Darwin
provocarían verdaderos procesos inquisitoriales.
HACIA LA NUEVA HISTORIA
No es Hegel quien
moviliza grandes olas de inquietud intelectual europea del período hacia
la historiografía. Es el tiempo el que incita a reflexionar sobre el
acontecer histórico para iluminarlo -el tiempo torna histórico el
pensamiento lo mismo de Hegel que de Marx-. Porque en los años que
comienzan con la Revolución Francesa, como en ningún otro período del
largo trayecto del viejo continente, la historia irrumpe por todos los
rincones de la vida europea y compromete a todos los estratos sociales.
De una humanidad inmersa en el tumultuoso acontecer histórico, era
natural que quienes habían trepado a miradores de alguna altitud y
gozasen de alguna holgura para instalarse en ellos, tratasen de entender
desde su presente qué era lo que había pasado y estaba pasando. Y al
descubrir en su otear horizontes que aquel había sido un tiempo en que
casi todos los valores tradicionales y convencionales habían sido
sacudidos desde sus mismos cimientos, su reflexión histórica se vio
animada por aires de de novedad y el trabajo se hizo en un clima de
libertad desconocido hasta esa hora de radicales transformaciones
sociales, conquistadas precisamente en nombre de la libertad y bajo sus
banderas.
Ya hemos asistido al
interés de la izquierda hegeliana por reinterpretar la historia de Jesús
y desvelar los orígenes del cristianismo. Del ya nombrado Schleiermacher
se deriva la Escuela Histórica de la Religión -en que militarán Hermann,
Gunkel, Bosset, Weis.
En Francia, los
historiadores son liberales y su tarea no puede entenderse sino dentro
del marco de la Revolución de 1789, consagrada por la Carta de 1840 y
vencedora de la reacción ultrarrealista en 1830. Llegan a la historia
para, de un modo u otro, defender el nuevo estado social, con hegemonia
de la burguesía y libertad. Y son racionalistas, herederos de Voltaire.
Y, arrastrados en el vórtice de acontecimientos que se encadenaban
implacablemente, son deterministas. Las cosas -dijo por ahí Guizot-
sucedieron como debían suceder. Naturaleza y circunstancias lo imponían.
El ecléctico Cousin
inicia en 1828 un célebre curso de historia de la Filosofía,
influenciado por Hegel. Esas lecciones, a las que asiste Thierry, dan
comienzo a la época clásica de la historiografía francesa, que se
inaugura, en 1829, con la Introduction à l´histoire de la philosophie
y la Histoire générale de la philosophie jusqu´à la fin du XVII
siècle.
Francois Guizot
(1787-1874), el mayor de estos historiadores de la nueva escuela
francesa, ve la historia próxima y reciente de Francia como la guerra
del tercer estado contra los dos estamentos privilegiados, el clero y la
nobleza. La Revolución fue el desenlace de esa guerra. Y, en general
-concluye-, la historia toda de Francia ha estado presidida por la lucha
de clases -con ropajes de partidos-. Y en cuanto a la historia inglesa
halla que depende de lo económico y últimamente de la riqueza
industrial. Esos son los hilos conductores de su Historia de la
revolución inglesa (1826, 1854-1856). En su Historia de la
civilización europea (1828) y otras obras tempranas había sostenido
que el espíritu protestante había tomado forma política y se había
convertido en reivindicación de la libertad.
Adolphe Thiers
(1797-1877), que escribió en 1823 una Historia de la Revolución
francesa puramente política -asambleas y partidos; poquísimo de vida
económica, luchas sociales, evolución de las ideas-, apartado del
gobierno, inició en 1855 una Historia del Consulado y del Imperio,
que continuó a partir de 1855, en que a lo político y lo militar, añadió
la historia de las finanzas, pero, sin atender a las ideas y vida
social, acabó en una historia de Napoleón.
Agustín Thierry
(1795-1856), político y periodista, adepto cuando mozo de Saint-Simon,
centró su interés en ese nuevo actor del juego social que era el tercer
estado: Ensayos sobre el tercer estado (1853). Thierry se
interesó, el primero, en las transformaciones artísticas y literarias.
Francois Mignet
(1796-1884) hace una Historia de la revolución francesa (1824),
en que trata de explicarla por la lucha de clases.
También Jules Michelet
(1798-1874) es historiador liberal y racionalista, y es el mayor
hededero de Voltaire: quiere hacer, como él, la historia total: no solo
la política, también de la religión, la ciencia, el arte, la filosofía,
y le hereda su voluntad de filosofar en la historia y hasta la pasión
que llega a lo polémico. Atento a las mayores corrientes del
pensamiento europeo y, en particular, a la filosofía idealista alemana y
a Vico, y romántico, y gran escritor, publicó en 1847 un primer volumen
de su Historia de la Revolución francesa, y, suspendido en sus
funciones en el Colegio de Fancia (1851) por republicano y expulsado de
los archivos nacionales, la terminó retirado en el campo en 1853. Y allí
trabajo su Historia de Francia, que fue la primera que puso en el
centro, como real protagonista, al pueblo de Francia -aunque, como se le
ha reprochado, con razón, no descendió hasta la vida misma de ese
pueblo, con su diversidad, su vida cotidiana, sus condiciones económicas
y sociales.
Contrasta con estas
panorámicas más críticas el pensamiento -soberbiamente escrito- de
Thomas Carlyle (1795-1881), para quien “la historia del mundo es la
biografía de sus grandes hombres”. A esos grandes hombres dedicó su obra
más famosa: Los héroes. El culto a los héroes y lo heroico en la
historia (1841), que cerró con un poderoso Cromwell y un desvaído
Napoleón.
Pero el desconcertante
y enigmático Carlyle también descifró, con soberbia agudeza, las causas
de grandes acontecimientos y se dejó arrebatar por los vientos de la
tumultuosa historia del tiempo para alzarse contra la tiranía de los
estuardos. Y su filosofía de la historia profetizaba hallarse la
humanidad en el paso de la segunda civilización -Cristiandad y Edad
Media- a la tercera -los tiempos modernos.
Se impone completar
este sumario mapa de los historiadores en este momento decisivo para la
historiografía moderna con el conde de Tocqueville y sus dos obras más
importantes: La democracia en América (1835-1840) y El Antiguo
Régimen y la Revolución (1856). En la primera, Tocqueville analiza
las fuerzas que mueven la historia: para explicar las instituciones
democráticas de Estados Unidos de América parte de las condiciones
geográficas, que retaban a la iniciativa de los particulares; de allí
siguió a la situación social, y de allí a lo político y lo moral. Llegó
al “espíritu de la nación”, haciendo historia con mayor ampllitud y
profundidad que los historiadores que le precedieron. La segunda obra,
corta, apretada, sin relato alguno, es el análisis filosófico más
penetrante de la revolución. Solo le faltó la perspectiva revolucionaria
de las masas populares.
Por fin, el
nacionalismo -otro rasgo caracterizador del tiempo-, que despertaba
interés apasionado por los pasados nacionales, también animó tareas
historiográficas. Por muchas partes se pusieron en marcha grandes
empresas de recuperación de las historias medievales, desde sus fuentes.
En 1800, el Parlamento inglés designó una “Comisión de Archivos” para
compilar “crónicas y memoriales de Gran Bretaña e Irlanda en la Edad
Media”. En 1826 aparecía el primer volumen de los Monumenta Germaniae.
Y Francia iniciaba en 1834 la Collection de documents inédits.
Las historias por venir serían cada vez más documentadas y eruditas.
LA CIENCIA RECLAMA UNA FILOSOFÍA
El vértigo de la cada
vez más pujante revolución industrial hinchó las velas de numerosas
empresas científicas que, casi todas, miraban por el rabillo del ojo a
posibles aplicaciones utilitarias -y en su raíz estaban impulsadas por
las necesidades de la producción capitalista y la gran industria.
Química y Física se desarrollan en paralelo con la revolución
industrial, a caza de logros de aplicación directa a la industria. Pero
ello sucede en muchos otros terrenos de la ciencia.
Se trabaja sobre formas
de energía: su transformación: Faraday; la ley de su conservación:
Carnot, Mayer, Helmholtz; sobre la mecánica: Gauss, los hermanos Weber,
Mach, Hertz; en termodinámica: Fourier, Dulang, Carnot, Mayer; en
electrodinámica: Ampère, Ohm, Poison; dan una visión nueva de los
fenómenos eléctricos Faraday, Hertz (Maxwel continuaría las
investigaciones hasta su muerte, en 1879); en Química, se fijan
analíticamente los elementos: Davy, Berzelius; Wöler obtiene, en 1839,
en laboratorio un producto que solo se producía en procesos animales, la
úrea; surge la espectroscopia: Bunsen, Kirchhoff, y la electrólisis:
Clasius y Arrhenius; otros avances decisivos en Química son los de
Liebig; en Fisiología, los de Johannes Muller; en Matemática y Física,
los de Gauss
. Y abrió nuevos horizontes a la Geografía ese gran viajero por América
que fue Alexander von Humboldt.
Todo este fervor
científico pesa en el pensamiento filosófico: las ciencias eran el
camino al saber riguroso, sólido, confirmable. Ello se convirtió en era
axioma que animaba todo un vasto movimiento antirromántico en las tareas
especulativas de la hora. Ya sabemos que este espíritu cuajó en el
Positivismo, que sería el movimiento que dominaría la filosofía europea
desde el final del período que nos ocupa y llegaría a adquirir el status
de concepción del mundo casi hegemónica.
En dar a los nuevos
descubrimientos científicos su trastienda filosófica jugó papel
destacado el inglés Johh Dalton (1766-1844), cuyo Nuevo sistema de la
filosofía química apareció de 1805 a 1810. Para él las partículas
elementales indivisibles eran los átomos y de sus combinaciones brotaban
los elementos químicos. Esto seguramente no era del todo nuevo; su real
aporte, en consonancia con el espíritu científico del tiempo, fue
comprobar la concepción del átomo, ya antigua, con datos experimentales
del análisis químico y, al descubrir en los átomos propiedades químicas
-como el peso atómico y la capacidad de establecer relaciones
combinatorias-, superar el anterior atomismo, que era mecanicista.
El logro, en 1824-1828,
de Friedrich Wöler, por síntesis de inorgánicos, de una composición
orgánica, la úrea pareció borrar ese abismo que la filosofía, desde la
Escolástica hasta Kant, tenía abierto entre naturaleza inorgánica y
orgánica. Claro que los “vitalistas” objetaron que la úrea era un
residuo muerto y no un organismo vivo.
Las ciencias naturales
lograban la fundamental conquista de la célula. En 1837, el biólogo
checo J. Purkine “comunicaba” a la comunidad científica el
descubrimiento de las células nerviosa y ganglionares del cerebro.
Mostraría que la célula no es un espacio vacío cubierto por una
membrana, sino que tenía una substancia primaria, el protoplasma. Funda
la histología científica y abre nuevos horizontes a la interpretación de
lo que es la vida. Un año más tarde, Schleiden descubre la célula
vegetal; y al año siguiente, Theodor Schwann anuncia que también en el
organismo animal la célula es el principal constituyente y que unas
mismas leyes presiden el desarrollo de las células vegetales y animales;
en 1843 Koelliker prueba que el huevo es una célula desarrollable. Y la
bacteriología nace a mitad del siglo, cuando Davaine descubre el
bacillus anthracis.
Los nuevos
conocimientos sobre los fenómenos eléctricos abrieron camino a nuevas
hipótesis sobre su naturaleza e iluminaron las relaciones entre los
fenómenos térmicos y mecánicos. Sadi Carnot publica en 1824
Reflexiones sobre la potencia motriz del fuego y sobre las máquinas
capaces de desarrollar esa potencia. Se daba de baja uno de esos
viejos fluidos imponderables, el “calórico”.
Una revolución aun
mayor iba a operarse en la filosofía de los seres vivos. En 1809, Jean
Baptiste Lamarck (1744-1829) publica su Filosofía zoológica. En
ella rechazaba el fijismo de Linneo, para quien las especies eran
invariables. Lamarck, aun sin los datos que proporcionarían más tarde la
paleontología y la embriología, afirmó que las especies eran mutables,
que había un proceso evolutivo. Y señaló ya causas de esa evolución,
como el medio ambiente. “Las circunstancias externas -afirmó- influyen
sobre la forma y la organización de los animales”. Es lo que Darwin
confirmaría medio siglo más tarde -sin duda cuando hacía el viaje en que
maduraría su hipótesis, en el Beagle, de 1831 a 1836, conocía la obra de
Lamarck-. Y en otra intuición genial entrevió que los organismos poseen
una tendencia interna que los empuja a un fin y que puede generar
órganos nuevos.
Charles Lyell
(1797-1875) llevó el concepto de evolución a la historia de la Tierra en
su Fundamentos de la Geología (1830-1833). Pero para él “la
Tierra no se desarrolla en una dirección determinada, sino de modo
casual e inconexo”.
En el campo de la
Física, Faraday (1791-111867), en trabajos de 1830, demuestra que el
magnetismo se transforma en energía y viceversa y resuelve “el problema
de la identidad de la naturaleza de las electricidades”.
Estos comienzos de
siglo abrían los caminos para la interpretación del mundo en términos de
materia y energía y como un universal proceso de evolución.
LA HORA DEL GUSTO BURGUÉS
Este tiempo, que, de un
modo u otro, gira en torno a la Revolución Francesa y los primeros
empeños europeos por digerir tan violento sacudón a instituciones sobre
las que se había edificado la sociedad del viejo mundo y sus
proyecciones hacia el resto del mundo
,
es, en cultura y arte, período de transición. Los períodos de transición
son especialmente fascinantes porque en ellos todo se siente en trance
de alumbrar otras maneras de ser -frente a otros en los que domina lo
instalado; es decir, ya más o menos quietos-, y son decisivos porque de
la dirección que tome ese tránsito dependerá lo por venir. Son horas de
optar, de poner proa hacia tal o cual deriva, apartándose de otras
posibles.
En arte estos convulsos
años son de intenso tránsito hacia formas nuevas ya anunciadas y hasta
adelantadas significativamente en la segunda mitad del siglo XVIII. En
síntesis simplista cabría decir que se consuma el paso -al que he
dedicado espacio en el capítulo I de mi Literatura en la Audiencia de
Quito, el siglo XVIII- de lo cortesano y aristocrático -el Barroco y
Rococó- a lo burgués. Por una vertiente el naturalismo -Rousseau,
Richardson- y por otra el racionalismo y clasicismo -Lessing, Winkelman-
asedian el arte cortesano y propugnan un arte de la naturaleza y del
hombre común. Al finalizar el siglo, la transformación se ha dado. La
burguesía, en Inglaterra primero y después en toda Europa, ha
conquistado gran parte del poder económico y pugna por hacerse del
cultural.
Sintomático es el paso
de los aristocratizantes y cerrados “salones” del XVIII francés a los
“cénacles” del tiempo romántico, más abiertos y puramente literarios. Y
algo más, decisivo: al haberse roto la uniformidad de gusto, plasmada en
una retórica generalmente acatada, ha nacido la discusión y los
“cénacles” se animan de intensas y esclarecedoras discusiones, a las que
se añade, como salsa que lo sazona todo, la política. El “cénacle”
reunido en torno a Victor Hugo en Notre-Dame-des-Champs convoca a Dumas,
Musset y Balzac, Vigni, Deschamps y Saint-Beuve, junto a pintores como
Delacroix, Deveria y Boulanger y el escultor David d´Angers. Y el
cenáculo se torna aun más liberal en torno a Théophile Gautier y Nerval.
Y nacen los centros de bohemia. Y, al volverse la Restauración más
conservadora y represiva, apoyada por una burguesía arribista, contra
esa burguesía se volvieron los odios de los artistas y creció el
desprecio del ideal burgués de vida convencional y domesticada,
traducido en un gusto que los artistas más críticos juzgaban detestable.
“A los ojos de los burgueses -escribió Stendhal en La cartuja de
Parma- la caricatura cumple las veces de belleza”. De esa repulsa a
la mediocre y utilitaria existencia burguesa surgiría el ideal de “el
arte por el arte”. Eso es, en su momento más auténtico, con Gauthier,
Stendhal y Merimée. Solo más tarde el rechazo a lo burgués daría en
renuncia a la actividad social y política y encerramiento en torres de
marfil. Esa fue otra manera de vivir “el arte por el arte”.
Ilustra ese paso de lo
aristocrático a lo burgués, de modo especialmente sugestivo, Mozart
cuando rompe con la dependencia de un patrono, el Arzobispo de
Salzburgo, y crea para públicos cada vez más universales y cada vez más
burgueses. (Por supuesto, el tránsito, en la enjundia misma de la
música, sería del barroco cortesano y eclesiástico a maneras
románticas).
Y en los dominios del
libro, lo que advirtiéramos ya en la panorámica del siglo XVIII, alcanza
dimensiones espectaculares: el acceso del burgués al libro revoluciona
lo que era ya naciente industria. Entre 1817 y 1824 solo Touquet, el
famoso editor, vendió, de un solo autor, un millón setecientos mil
volúmenes. Y, por supuesto, no se trataba de alguna obra cortesana o
religiosa: era Voltaire. Es decir, de la Ilustración, que cobraba nueva
vigencia con la burguesía -la reacción romántica contra la Ilustración
se nutrirá precisamente de esta renovada presencia-. El ideal del
burgués no es ya el gentilhombre sino el hombre ilustrado a lo Voltaire,
alto ejemplar de burgués, sin que importen su hábitos de cortesano
advenedizo y oportunista.
Ese creciente público
burgués imponía modos de circular y contenidos que congeniasen con tales
modos al libro. Se multiplican las novelas por entregas -los folletines-
y los mayores periódicos se disputan los títulos de mayor atracción
popular. La Presse entrega obras de Balzac, una por año, entre
1837 y 1847. Le Siècle alcanza un éxito enorme con Los
tres mosqueteros de Dumas. El Journal de Débat se acerca a
ese éxito con otro clásico del folletón burgués, entre sentimental y
bizarro, dramático y edificante, rico de tipos desde los bajos fondos de
la delincuencia parisina hasta la más refinada aristocracia, Los
misterios de París de Eugenio Sue. También en este campo se consuma
en el tiempo una transición: a la literatura como producto de consumo
masivo y, por ello, materia de industria y comercio. Los periódicos
venden por sus folletines y tratan de apropiarse, con ofertas
tentadoras, de los autores de éxito. El Constitutionnel paga a
Eugenio Sue cien mil francos por su El judío errante. Han
cambiado radicalmente las estructuras de la producción literaria: ha
desaparecido el mecenazgo; ahora el único “mecenas” es el editor; un
“mecenas” filisteo, que no hace sino invertir y, como buen negociante,
lo hace con preciso cálculo de las utilidades futuras.
En el teatro, el
burgués reclama presencia y voz en la escena. Se impone el drama
burgués. Hasta esta hora de dominio de la sensibilidad y el gusto de una
nueva clase parecía connatural que los seres sobre los que se abatía el
destino ciego, demiurgo de lo trágico, fuesen grandes -reyes, nobles,
guerreros-. Apenas si la comedia había atendido al burgués mediano -eso
fue Moliere-. Ahora están los tiempos maduros como para que Lessing
denuncie el carácter clasista de la tragedia clásica. La Revolución fue
la última tragedia al antiguo estilo, y cortadas las cabezas empelucadas
que cortó -algunas de soberbia altivez, como de tragedia clásica, hasta
en la guillotina- quedaban las tablas listas para la nueva clase.
Pero hubo algo más
profundo en la transformación que el período consuma. Porque volverán a
escena héroes trágicos -los que convoca Schiller- pero habrá cambiado el
ser mismo de lo trágico: ya no los arrolla un Hado ciego e
incomprensible, sino una necesidad histórica. Y lo que alienta en esos
héroes no es ya un severo hieratismo clásico sino el aliento romántico.
Lo que ocurre con el teatro alemán de este tiempo de giro hacia lo
romántico puede resumirse -en su manifestación más ilustre- en el paso
de Schiller de su clásico Don Carlos al romántico Guilermo
Tell -que es de 1804-. Los bandidos, muy temprano, de 1781,
fue el anuncio adelantado del héroe romántico y se convirtió en
verdadero manifiesto de sentimientos románticos, que le valió al poeta
dramaturgo persecución, cárcel y destierro.
Importa repetirlo: en
esto, como en todos los hechos de literatura y arte, no hay corte, salto
radical. El drama burgués ha tenido ya un importante teórico en el
XVIII: Diderot -con sus De la poésie dramatique y Entretiens
sur le Fils naturel- apostaba a un naturalismo condicionado
fuertemente por factores sociales y anunciaba héroes degradados sin nada
de destinos trágicos. Todo sujeto a leyes naturales. Un drama doméstico.
Todo esto se cumple en el tiempo en que nos hemos situado. Fruto aunque
un poco tardío de la Revolución serían el vaudeville y el
melodrama. Eso que buscaba el burgués que llenaba las salas: diversión y
emociones con lo reconocible de su cotidianidad. El arte dramático deja
de habitar la corte -donde tenía que hacerlo cortesanamente- y se ha
pasado con su atrezzo a la ciudad -que es el reino de la burguesía.
La novela, que era ya
desde hacía mucho una épica desmontada de heroicas cabalgaduras para
andanzas del hombre medio -así vistiese sedas cortesanas-, asume
definitivamente su condición de épica burguesa. Furetiere había llamado,
en un temprano 1666, a su novela Roman bourgeois, y a la novela
cortesana la ha purgado de preciosismo, en el siglo XVIII, la picaresca
-el Gil Blas lo mismo que El diablo cojuelo-. Personajes
sin más heroicidad que arreglárselas del modo más ingenioso para
sobrevivir a los riesgos de cada día. Ya no interesan reyes ni príncipes
de destinos singulares -buscarán refugio en los cuentos de hadas, que
los Grimm recogen en el tiempo-. Interesa el hombre común y su vida
ordinaria. Filón al parecer tan mediocre beneficiará en monumental
galería de ordinarieces Balzac en su Comedia humana. Y también lo
interior -que seducirá especialmente a la novela romántica- anclará en
lo cotidiano: sin nada de altas y yertas moralidades, propias de clases
o grupos ilustres; la psicología -gran aporte del XVIII- ahondará en
vidas individuales extraídas del montón de la vida social. Estas nuevas
maneras de interiorización de lo novelesco llegarán hasta la novela
autobiográfica, punto más alto del paso de afuera hacia adentro y de la
instalación del sujeto narrante en el objeto, como objeto narrado.
Goethe proclamará que sus obras no son sino “fragmentos de una gran
confesión” y su Werther será el triunfo del más desenfadado
subjetivismo. Con ello la relación autor-público -mucho más viva ahora-
romperá últimos restos de linderos y hará del lector confidente.
EL ALIENTO ROMÁNTICO
En el período la
burguesía se apodera de los grandes instrumentos de la cultura: es la
que lee los libros, llena los teatros, ve los cuadros y los adquiere.
Pero el arte está agitado por un aliento poderoso que traspasará aun sus
más burguesas manifestaciones. Es lo romántico.
La tensión entre lo
romántico y lo burgués produce las más sugestivas paradojas del período.
La primera y una de las más interesantes se da en Inglaterra. Es en
Inglaterra donde en el XVIII la burguesía conquista gran parte del poder
económico y ha pugnado por hacerse con el político, a impulsos de una
revolución industrial en incontenible avance, que instaura
definitivamente el capitalismo. Y es en esa Inglaterra donde aparece el
primer romanticismo, mientras en la Francia revolucionaria -y la
Revolución fue una manera política de romanticismo- se prolongaba
largamente la tradición clásica del antiguo régimen. Con inalterable
empaque clásico pintaba David ese gesto de desmelenado romanticismo que
fue la coronación de Napoleón, arrebatando la corona de manos del Papa
para ceñírsela él mismo.
En Inglaterra
el romanticismo había ido creciendo obscura y vitalmente, y al alborear
el XIX estaba maduro. Esa madurez se reveló estupendamente en 1798 en
las Baladas líricas de Coleridge y Wordsworth. De los fríos y
solemnes asuntos neoclásicos se había pasado a sentimientos místicos
-Coleridge- y asuntos de la Naturaleza al parecer simples -Wordsworth-.
Desde ese comienzo iluminado y fundador los dos poetas se lanzaron a un
romanticismo libre y poderoso. “The ancien mariner” y “Kubla Khan” de
Coleridge y pinturas de la naturaleza de tanta plenitud como “The
prelude” y “The excursion” de Wordsworth. Vendrían, ya en pleno
romanticismo europeo -acicateado por la ceñuda reacción conservadora
orquestada por Metternich-, Shelley, Byron y Keats; Shelley y Byron
románticos hasta en sus motivos. El héroe y las pasiones románticas -las
más ilustres, el amor a la libertad y la rebeldía contra la tiranía-
corren del Prometeo encadenado (1818-19) de Shelley al Don
Juan (1819-24) de Byron -que fundió sátira de la sociedad inglesa
con epopeya tensa de ironías-. Y Byron iría más lejos: hasta convertir
su vida en el más entusiasta poema romántico y morir luchando en favor
del nacionalismo griego.
Todavía más tenso de
contradicciones y enredado en paradojas es el otro nacimiento temprano y
vigoroso del Romanticismo, el alemán del Sturm und drang,
estallido juvenil que para alguno (Korff) fue en lo espiritual lo que en
el campo político-social sería la Revolución Francesa.
El Sturm und drang
anuncia el Romanticismo muy tempranamente: el Ugolino de von
Gerstenberg, en 1768; los trabajos de juventud de Herder; el Leonore
de Bürger, en 1774. El movimiento fue juvenilmente romántico con su
“optimismo de la naturaleza” (Wilpert) y su proclamación de la
Naturaleza como gran maestra de una vida plenamente humana y el gran
demiurgo del arte; con su arremetida contra tabús sociales y cualquier
forma de tiranía; con la vuelta a formas primitivas y populares de
poesía (Las Volkslieder -Canciones populares- de Herder) y
a la obra de los bardos antiguos (Gedicht eines Skalden -Poema
de un escaldo- de Gerstenberg); por la primacía dada a emoción y
pasión sobre razón y racionalismo -para Herder la lírica debía ser
expresión vivencial y Haman profesó contagiosa atracción hacia lo
irracional, impregnado de profunda religiosidad, al tiempo que rechazaba
cualquier teoría, como lo más nocivo en arte- y por un sentimentalismo
que corre a la par con el culto a la fuerza. Ya sin teorías ni
preceptos, la gran norma del arte debía ser el genio. “El arte
característico es el del genio creador” -proclamaba Goethe, y Haman en
su Hechos memorables de Sócrates para los momentos de aburrimiento
del público por un amante del aburrimiento (1759) decía que Homero
desconocía las reglas del arte y Shakespeare los principios críticos;
pero tenían el genio. Dejadas a un lado preceptivas y toda suerte de
prescripciones limitantes quedaba como única norma y guía la naturaleza.
La naturaleza debía inspirar al artista. Toda ella y no solo la tenida
por bella. Esta renovada pasión por la naturaleza se tradujo en nuevos y
dinámicos conceptos del hombre y la naturaleza misma. Y se los halló
como en ningún otro en el genio más libre y rico de humanidad,
Shakespeare. “El torrente de aquel genio se apoderó de él, arrastrándole
a océanos sin límites, en cuya inmensidad no tardó en perderse”,
escribió de su héroe Goethe en ese libro de suma de búsquedas formativas
de un espíritu romántico que es su Wilhelm Meister, y poco más
adelante, en ese mismo libro III de la primera parte de la novela: “No
recuerdo que un libro, un hombre, una circunstancia cualquiera de la
vida, haya producido en mí impresión tan intensa como la de esas obras
preciosas (...) ¡Si parecen la obra de un genio celestial que se ha
dignado acercarse a los hombres para enseñarles de la manera más dulce a
conocerse entre sí! No son poemas. Cree uno ver abierto ante sus ojos el
libro inmenso del destino, a través del cual ruge el huracán de la vida
más agitada volviendo violentamente las hojas”. De allí un verdadero
culto al gran dramaturgo inglés. Shakespeare y el teatro isabelino “no
tuvieron miedo alguno a desnudar totalmente la naturaleza” -proclamaba
Lenz, y toda la hondura de ese desnudar la naturaleza humana brilló
en.los apasionados análisis del Hamlet que hace el Wilhelm
goethiano: “Creía estudiarle bien aprendiendo de memoria los pasajes
principales, los monólogos y las situaciones donde la energía del alma,
la elevación de pensamiento y la pasión se desbordan, donde el corazón
conmovido se exhala en frases patéticas. Creía penetrarme del espíritu
del papel abismándome en el piélago de una melancolía profunda, e
intentando perseguir, bajo esta impresión, mi modelo por entre el
piélago de sus extravagancias e irregularidades” (Primera parte, libro
IV, III).
Los jóvenes del
Sturm und Drang, seducidos por lo irracional, rechazaron la
Ilustración e impulsaron a la intelectualidad alemana hacia un
espiritualismo despreciador de la realidad empírica, sin entender que
racionalismo y empirismo eran aliados naturales de una clase media
progresista (como lo ha señalado Hauser en su Historia social de la
literatura y el arte). Es decir que el movimiento, de raíz burguesa,
hirió en su raíz lo burgués, y un movimiento de recio aire
revolucionario acabó sirviendo a los conservadorismos que iban a sofocar
la Revolución. La paradoja se convierte en Goethe en simple abjuración.
De su adscripción temprana al Sturm und Drang, juvenilmente
romántica -que floreció en esa obra emblemática del movimiento que es
el Werther-, pasaría a ser grave fiscal de todo misticismo y un
enamorado del orden, para quien el arte se convierte en empeño por
“preservarse del poder destructor del conjunto”. En el invernadero
cortesano de Weimar profesará un intelectualismo aristocrático, aunque
sin renunciar a su vocación de artista burgués como hombre de oficio. Y,
aunque llegaría a denunciar el Romanticismo como enfermedad, toda su
soberbia existencia estaría marcada por el juvenil ideal romántico del
genio como titán rebelde, creador sobrehumano, señor de sabidurías
misteriosas, liberado de exigencias limitantes de la razón, la teoría y
los convencionalismos. Goethe se yergue como la más alta y compleja
paradoja de este período presidido por las perplejidades de las horas
de transición. Pero a Goethe hay que volver. Sobre todo a su Fausto.
EN LA FRANCIA DE LA REVOLUCIÓN
De las que el lugar
común tiene por frialdades alemanas soplan hacia Europa, cálidos, los
primeros vientos románticos. “Sepa Ud. -escribía Herder en calenturiento
ejercicio adivinatorio- que, cuanto más salvaje -o sea, cuanto más vivaz
y más libre en su acción- es un pueblo ... tanto más salvajes, o sea
tanto más vivaces, libres, sensibles y líricamente efectivas deben ser
sus canciones, ¡si es que estas existen!”
Y no menos apasionados y briosos los vientos románticos que al
continente llegaban de la sesuda y calculadora Inglaterra.
En cambio, en la
Francia revolucionaria el Romanticismo surge lento y tarde -acaso la
primera novedad importante del romanticismo poético francés sean las
quejumbrosas y sentimentales, y aún demasiado clásicas en la forma,
Meditaciones poéticas de Lamartine, que son de 1820-. Esto se ofrece
tanto más extraño cuanto que el pensador que impulsó la vida europea
hacia lo romántico fue Rousseau, el exaltado profeta de la Naturaleza,
la libertad y el pueblo. Y el gesto romántico fundamental que inaugura
el XIX, la gran Revolución, no fue sino la ejecución virulenta y radical
de ese principio fundador de todo romanticismo político de que la
soberanía radica en el pueblo.
El arte de la
Revolución no fue romántico, pero la Revolución abrió el camino hacia el
Romanticismo. Ese camino ancho era la libertad. No ya solo la libertad
del genio, que habían proclamado el prerromanticismo inglés y el
Sturm und Drang alemán: ahora la de todo artista. La expresión
individual no tiene que sujetarse a reglas; el arte deja de ser un
ejercicio normado por una sociedad que impone principios y gustos. Desde
el Romanticismo será la expresión del hombre solitario, propia y única.
El drama latente en la
misma entraña de un Romanticismo que rompía con la autoridad se vivió en
el seno de la Francia revolucionaria. Allí la gran amenaza para la
ruptura del orden establecido se dibujó como la caída en lo sin orden
alguno, que en política sería anarquía. En artes, el rechazo a árbitros
del gusto -cortes y cortesanías, con sus voceros, los preceptistas a lo
Boileau- podía dar en otra suerte de anarquía; ese “buen gusto” había
sido, aunque a menudo artificial y limitante, norma que preservaba de
desequilibrios y excesos. Ahora, ¿cuáles debían ser cauces y límites
para esa poesía como “quelque chose d´enorme et sauvage” que había
exaltado Diderot en su De la poèsie dramatique?
Pero el arte ha
mostrado hasta en las horas del mayor desenfreno y la más radical
iconoclastia apego a ciertos rigores y sujeción a direcciones y
requerimientos. No exteriores e impuestos, sino como el sometimiento del
árbol a las posibilidades de su misma naturaleza de tal árbol. Y en este
nuevo ordenamiento -que los teóricos bien podrían recoger en una nueva
retórica- se llega a fenómenos tan altamente sugestivos como el
menosprecio de la simplicidad y claridad de los planteos novelescos y el
casi caótico ser y actuar de los “héroes” en las novelas de Stendhal, lo
uno y lo otro sabiamente intencionados.
Y también en Francia el
Romanticismo tiene un cariz de reacción contra la Ilustración, su fe en
la razón y su optimismo racional. El Terror y los horrores y desolación
de las guerras napoleónicas asestaron duros golpes a esa fe y optimismo,
y, por uno de esos movimientos pendulares de la sensibilidad histórica,
se fue de la razón al sentimiento y la pasión, y se iría de la serenidad
clásica a formas más dramáticas y hasta convulsas de expresión de lo
humano.
Y la Revolución tiene
otro importante rubro de aportes a la concepción contemporánea del arte.
Con ella se proclama nítidamente que el arte no es “mero adorno de la
estructura social” sino “una parte de sus fundamentos”. No es pasatiempo
de una aristocracia ociosa o sibarita, sino incitación a la construcción
de la sociedad, exaltación de valores revolucionarios. Así lo
proclamaría Francois Benoit en L´Art francais sous la Révolution el
l´Empire, en 1897.
El peso de la Francia
revolucionaria en la deriva del gusto y la sensibilidad literaria y
artística europea hacia el Romanticismo tiene una hora de clara
divisoria del período: 1830. El comienzo de la monarquía de Julio. “¡De
ahora en adelante gobernarán los banqueros!”, denunciaba Lafitte. Esa
era la nueva aristocracia: los grandes banqueros. Y las masas ya sabían
cuál era el adversario al que debían disputarle el poder. El socialismo
-decía Hegel- comenzaba su evolución de utopía a ciencia.
Y entonces en Francia
los escritores dan el paso largo a la política -gesto netamente
romántico inaugurado con brioso aire de aventura por lord Byron- y se
meten de lleno en el acontecer político -Lamartine es elegido diputado
en 1833 y participa en el gobierno provisional de la República en 1848,
año en que Victor Hugo es diputado-. De 1830 a 1848, una politización
creciente de la vida se traducirá en la tendencia política de la
literatura. Realizarán ya por completo este nuevo tipo de hombre de
letras inmerso en el tráfago político escritores de la Monarquía de
Julio: Guizot, Thiers, Michelet.
Pero la lucha más
importante tenía que librarse en terreno de las artes. “El día de hoy
existe el antiguo régimen literario como el antiguo régimen político. El
siglo pasado pesa enteramente sobre el actual” -denunciaba Victor Hugo
en el famoso Prefacio del Cromwell.
Estrenó Victor Hugo esa
pieza en 1827, sin éxito, y se presentó con ella en pleno ejercicio de
romanticismo: el tema histórico, el empaque del héroe y todo un juego de
nuevas libertades. Fue, con todo, el Hernani, dos años más
tarde, el gran gesto de su profesión romántica. El estreno acabó en una
verdadera batalla y los tumultos acompañaron las cuarenta y cinco
representaciones en el Teatro Francés.
Pero lo decisivo -que
daba su contenido a gestos y prácticas- era un texto teórico: el prólogo
del Cromwell, verdadero manifiesto del arte romántico, de enorme
influjo en toda una promoción de jóvenes artistas necesitados de
poéticas. “Este prólogo brillaba ante nuestros ojos como las Tablas de
la Ley en el Sinaí”, confesaría Gautier.Vale la pena seguir, aunque sea
sumariamente, ese pensamiento anunciador de la gran novedad.
La especie ha crecido
-dice Victor Hugo en juvenil ejercicio de filosofía de la historia- como
un humano. La niñez fue la edad primitiva, en plena maravilla y su arte
es el himno, la plegaria. El poema de estos tiempos primitivos es el
Génesis. En la adolescencia nacen los reinos y las guerras. La religión
toma forma, los ritos regulan la plegaria, el dogma viene a encuadrar el
culto. La poesía se vuelve épica: Homero. Y la historia es epopeya:
“Herodoto es un Homero”. Y lo es la tragedia: “Lo que cantaban los
rapsodas, los actores lo declamaban; eso es todo”. ¿Y qué es el coro
sino “el poeta completando su epopeya”? Y llega el Cristianismo, la
religión verdadera, y con él un sentimiento nuevo: la melancolía.
He aquí un sesgo
absolutamente romántico. Fundiendo tiempos -con irresponsable brío
juvenil- se relacionan con esta nueva edad -cristiana- los
“acontecimientos encaminados a arruinar la antigua Europa, y reedificar”
allí una religión nueva y sociedad nueva. Y una nueva poesía. El
cristianismo trae a la poesía la verdad. En lo bello existe lo feo, lo
grotesco, como el revés de lo sublime -detrás de esta nueva imagen de lo
bello estaba ese genio al que los románticos rendían culto, Shakespeare,
con su rica complejidad rayana en toda suerte de paradojas-. Surge una
forma nueva: lo grotesco, la comedia. Y el grotesco lleva a Hugo a lo
que le parece la gran novedad del arte moderno: “De la unión fecunda del
tipo grotesco con el tipo sublime nace el genio moderno”. Llega a
afirmar: “Lo grotesco es, según nosotros, la fuente más rica que la
naturaleza puede abrir al arte”. Y ese hallazgo lo vuelve al Dante y
Rubens. Y a la Edad Media -que tanto seducía a los románticos-. Lo
grotesco salta el umbral de la poesía moderna con los “tres Homeros
bufones: Ariosto, en Italia; Cervantes, en España; Rabelais, en
Francia”. El equilibrio y la fusión llegan con el drama: Shakespeare.
“El drama es la poesía completa”. Enarbolando la figura grande del
dramaturgo isabelino destroza la doctrina de las unidades -barrotes de
una jaula- y vapulea a todos esos preceptistas mediocres que han cercado
y hasta mutilado a los grandes creadores. Invita a arrollar teorías,
poéticas y sistemas. Libertad para la naturaleza. Pero a lo grande. “Lo
común es el defecto de los poeta cortos de vista y de aliento exiguo”. Y
propugna el verso como dique poderoso contra la irrupción de lo común.
LA NOVELA EN TRANSICIÓN
“La poesía de nuestro
tiempo es el drama” -proclama el Victor Hugo del Prefacio del
Cromwell. Y se equivoca: la poesía de su tiempo no era el drama; era
la novela. Porque eran tiempos situados en el agitado unirse en un mismo
gran caudal de corrientes románticas con el incontenible fluir burgués.
La novela venía siendo
el género del tiempo desde atrás. Cabe decir que desde Richardson con
los antihéroes de su Pamela (1740) y Clarissa (1748),
domésticas, sumidas en la condición burguesa, sin relieve alguno de esos
que buscaría el prerromanticismo, pero con una carga de sensiblerías y
sentimentalismo amoroso digna del peor gusto romántico -para Walpole
estas novelas eran sosas historias de desgracias-. El cuadro temprano se
completó con un anti-Richardson: Fielding ridiculizó Pamela en su
Joseph Andrews, y Clarissa, en su magistral Tom
Jones, que volvió la novela a su cauce grande de épica anti-épica
-abierto por el Quijote-, compleja de vida, sabrosa de humor,
cotidiana en personajes y sucesos, pero sutil e intensa en los modos de
hacer de ese cotidiano empresa novelesca.
Con piezas a lo
Pamela y Clarissa, dignas precursoras de la mediocridad
lacrimosa de las actuales telenovelas, contrastó, ya desde finales del
XVIII, el gusto prerromántico por lo bizarro, que cristalizó en novelas
góticas con voluptuosidad por lo tenebroso y macabro. Las mayores
creaciones desbordarían los límites del género cargando sus tenebrosas
historias de sentidos. En 1897 Bram Stoker creará, en territorios de lo
bizarro, su alucinante Drácula, pero ya en 1817, Mary
Wollstone-Craft Shelley -el apellido del gran poeta romántico, que fuera
su esposo y de quien editara póstumamente sus obras- logra, entre lo
maravilloso y lo mórbido, entre el horror y expansiones líricas, su
El doctor Frankenstein, que rebasa los territorios de lo macabro
para dar en los del mito, una versión en la era de las ciencias del mito
de Prometeo. Otras novelas buscaban en lo histórico escenarios para el
horror, al estilo de El castillo de Otranto.
Y precisamente en los
dominios ingleses de la novela de terror seudohistórica aparece la
figura innovadora que inaugura el XIX de la novela: Walter Scott. Inicia
la novela naturalista romántica, con enorme éxito y vasta influencia.
Devuelve el prestigio de literatura a una novela que, cómplice de
públicos fáciles, había caído en fácil sensacionalismo y efectismos de
baja ley. Walter Scott toma materiales históricos y funda la novela
histórica, restituyendo a aconteceres del pasado vida -que el novelista
torna intensa- y dándoles densidad social. Y es tan novelista que, por
más que sea él mismo conservador declarado, logra dar de la sociedad una
visión progresista -lo destacó con justeza Lukács-; fue el “ardid del
arte”, que dijo Engels.
Y Victor Hugo aportaría
a esta nueva novela histórica su Nuestra Señora de París, con un
pie en lo medieval y otro en ese grotesco que había exaltado en el
Prefacio del Cromwell, y el gran fresco de Los miserables.
Lo histórico personal
anima la semiautobiográfica Adolfo, que publica Benjamín Constant
en plena era napoleónica (1807). Y las dos novelas de Mme. de Staël
-madre superiora del Círculo de Coppet, ese salón que fue crisol
filosófico y literario de la ideología romántica europea-, Delphine
(1802) y Corinne (1807), tienen fuerte sustrato
autobiográfico. Y las cartas del Oberman, del hosco y solitario
Étienne Pivert de Sénancour (1770-1846), que al comienzo de la novela
tenían un destinatario acababan por reducirse a fragmentos de un diario
íntimo.
Y la novela histórica
logra otra cumbre en Italia: I promessi sposi (Los novios)
(1827), de Manzoni, historia de amor y lucha contra los abusos de los
grandes en un tiempo revivido con realismo sobrio y rico.
Otra veta romántica de
novela fue la aventura. Insufló nuevo brío narrativo y rica carga de
humanidad a los folletones franceses al uso Alejandro Dumas, el de
Los tres mosqueteros y toda la serie que continuó con las peripecias
de los cuatro inseparables espadachines.
La aventura es uno de
los dos mayores aportes románticos a la narrativa moderna. Cooper, el
norteamericano, arranca en plena aventura en su Pilot -en 1823-,
al que siguieron sus Pioneers y los celebrados
Leather-stocking tales, sobre los indios del gran país, hasta
culminar en la famosísima El último de los mohicanos.
Y hay una manera de
aventura que, ya más de una vez anunciada, cobra su madurez en el clima
romántico del tiempo, fundiendo el brío romántico de la aventura con las
racionalidades de la detectio: la novela policíaca o detectivesca
(cuando se inventa esa curiosa especie que es el detective). De Poe, que
en 1841 publica su The Murders in the Rue Morgue, a The Woman
in White de Wilkie Collins, en 1860 -cerrando el período de nuestra
panorámica-, corre esta hora de maduración de este producto que fue -y
siempre lo sería- netamente inglés. La dama de blanco comenzó a
aparecer el mismo día -29 de noviembre de 1859-, como folletón, en
Inglaterra, en la revista de Dickens All the Year Round, y
en los Estados Unidos en el Harper´s Magazine, y conoció uno de
los mayores éxitos que hubiese tenido folletón alguno (Gladstone anuló
importante compromiso para leer uno de los episodios). Con técnica
innovadora -narración que avanza a través de varios narradores
testimoniales- y personajes memorables -en especial Marion Halcombe y
ese villano gordo, sibarita, lúcido y fríamente inescrupuloso que es el
italiano conde Fosco-, es el delito que se quiere desvelar y los pasos
por los que se avanza hacia ese desvelamiento lo que sostiene tenso el
interés a través de sus casi ochocientas páginas.
El otro gran aporte
romántico a la narrativa de este período decisivo para la novela moderna
y contemporánea es lo fantástico. Este es el tiempo en que con matriz
romántica tensa de extrañezas y sombrías maravillas se funda el cuento
moderno. Es la gran empresa de Hoffman, en Alemania, y Edgar Allan Poe,
en Estados Unidos de Norteamérica. El alucinante Hoffman no rebasa el
primer tramo del período -muere en 1822-; las Historias
extraordinarias de Poe, sí -acabaron de publicarse en el 65.
Pero son otros dos
novelistas los que dan a la novela su giro de timón certero en esta hora
de transiciones decisivas, y su peso en el arte de narrar moderno será
fuerte y largo. Y, sintomáticamente, los dos aparecen en Francia:
Stendhal (1783-1842) y Balzac (1799-1850). Los dos, poniendo distancia
con las más calenturientas exaltaciones románticas -a Stendhal las
novelas de terror le parecían un galimatías-, son piezas claves en la
fundación del realismo -que en ellos muestra que puede ser más romántico
que el propio romanticismo-. En Stendhal, demasiado lúcido y calculador
de medios y efectos como para entregarse sin más a los fervores
románticos, los excesos de sus héroes, lo folletinesco de sus tramas y
lo desconcertante de su visión de lo humano enraízan en limos
románticos. Y Balzac, aunque se ofrece adscrito a un prosaísmo burgués
muy poco romántico, se rinde a una fascinación por París que delata
entre sus nutrientes esas obscuras savias románticas que alimentan
Los misterios de París de Sue.
Balzac hace una larga,
morosa y apasionada crónica de la sociedad francesa de 1816 a 1848; es
decir, desde que la aristocracia restauró su poder, traicionada, al
menos en lo formal, la Revolución. Amigo de la buena sociedad, la
Iglesia y el trono, burgués convicto él mismo, muestra, por sus poderes
de novelista, esa “buena sociedad” como condenada a la extinción y,
precisamente por pintar esa sociedad burguesa y monárquica desde dentro,
que era donde habitaba muy a su sabor, su crítica es más certera y su
ironía más amarga. Fue el mayor triunfo del realismo en el arte. Y fue
manifestación de eso que Hegel llamó “la astucia de la razón”, que
consiste en hacer que se muevan en favor de ella las pasiones de los
hombres. Y hubo otra victoria desconcertante: escribía para un público
burgués, el más bajo, el afecto a folletines, a efectismo y colorines, y
por ello su estilo luce a menudo falto de gusto, confuso, enfático;
pero esas negaciones estéticas fueron compensadas con una vida bullente,
y esos mismos defectos se convirtieron en significantes de esa enorme
crónica de un tiempo que fueron las noventa y siete novelas de su enorme
Comedia humana.
También Stendhal es el
cronista de su tiempo desde un mirador burgués. Pero, menos amplio en la
extensión de su horizonte social, es más agudo en su diagnóstico de
tipos claves para entender lo que en esa hora pasaba en esa Europa que
aún no salía de su asombro por lo que habían sido la gran Revolución y
Napoleón. Cala en el burgués en lucha por ganarse un puesto en la
sociedad desde su marginación y desarraigo -eso es el Julian Sorel de
Rojo y negro-; persigue, con fino dejo burlesco, los empeños del
aristócrata aburguesado por ponerse a tono con lo heroico de la hora
napoleónica -el Fabricio de La cartuja de Parma y su ilusoria
participación en Waterloo-. Y también Stendhal, a pesar de cierta
admiración -nunca desprovista de ironía- por los excesos casi románticos
de sus héroes -¿anti-héroes?-, los pone bajo la lupa de implacable
crítica social. Y establece ese efecto de distanciamiento que será
fundamental para el divorcio de la novela realista de la romántica. Ese
distanciamiento permitirá que el realismo de Stendhal se aproveche de la
alta carga de tensión romántica de sus materiales novelescos -los
excesos del héroe de Rojo y negro; el aire de aventura con brío
folletinesco que no pide favor ni a lo más vibrante de Dumas o Sue y la
exaltada historia de amor con dejos melodramáticos de La cartuja de
Parma, el culto al individualismo y el pesimismo-. Pero en la
alquimia del novelar, a todos esos materiales, este gran revolucionario
del género impone su marca: la complejidad, que se convierte en la
manera más directa de calar en las complejidades y antinomias de la
conciencia del hombre moderno. Y lo hace con una lucidez siempre alerta.
Más allá de su aire de románticas historias de amor la Cartuja es
un verdadero laboratorio para seguir los sutiles movimientos de la
pasión amorosa -que fue siempre el asunto que más intrigó al novelista-,
y los espléndidos cuadros de la vida de esa corte diminuta de Parma,
gracias a breves y sonreídos comentarios personales, incitan al lector a
no perder la dimensión de crítica social en su lectura. “En una obra
literaria -escribió Stendhal en su novela-, la política es, como un
pistoletazo en medio de un concierto, cosa grosera, pero a la cual no se
puede negar atención”.
“Con Stendhal y Balzac
-ha escrito Hauser, el historiador mayor de lo social en la novela del
período- la novela social se convierte en la novela moderna por
excelencia”.
Pero hay el aporte
inglés a esa afirmación del realismo novelesco, que es el gesto decisivo
de este período de transición. Resulta enormemente sugestivo hallar
empaque realista en caracterización y análisis de las pasiones en las
novelas de intenso clima romántico que escribieron en una reclusión como
de monasterio y la desolada atmósfera de las landas de Yorkshire las
hermanas Bronte, Charlotte (1816-1855) Jane Eyre y Emily
(1818-1846) la apasionada y fascinante Cumbres borrascosas -las
dos novelas de 1847-. El romanticismo se había templado de serenidades y
la pasión se había visto forzada a correr subterránea -por ello menos a
la vista y más eficaz- en una novela magistral en sus análisis de
atracciones y recelos de una pareja de representantes de dos clases de
una sociedad hecha de prejuicios: Orgullo y prejuicio de Jane
Austen. Y la gravedad británica rescata también pasiones para otros
análisis en un rico marco social, en novela a la que ni el humor salva
de ser desolado cuadro de la vida mundana inglesa: La feria de las
vanidades (1848) de Thackeray.
Caso aparte, que
resume, de modo entre pintoresco y ejemplar, el espíritu del tiempo
romántico es el de George Eliot -nacida Mary Ann Evans-, cuya extensa
peripecia vital -1819-1880- discure por amplio registro de cuantos retos
podían ofrecer a la mujer las nuevas libertades. Figura brillante en los
círculos literarios de Londres, traductora de filósofos alemanes,
directora de la Revista de Westminster, ufana en provocativos
atuendos masculinos y olímpica despreciadora de todas las hipocresías de
las sociedades conservadoras del tiempo -sus casi legendarios amoríos
con artistas y escritores no eran sino una manera de provocar a los
círculos sociales en los que se movía-, ejercitó sus talentos de
narradora, más bien tardíamente, en novelas de hermosa pintura de la
campiña inglesa y finos análisis de personajes comunes: El molino
junto al Floss, Silas Marner (1857-1861) y Middlemarch
(1872).
Y la revolución
industrial inglesa tiene su novelista, gran animador en esta marcha del
género hacia el realismo: Charles Dickens. Magistral en el manejo de lo
cómico -que se afirmaba como vacuna antirromántica de la nueva novela-
en su Papeles del Club Pickwick (1836-1837), inaugura variados
registros de realismo, todos con fuerte carga romántica de pasion y
emoción para desnudar crueldades de una sociedad entregada al frenesí
del nuevo capitalismo y seguir -compasivamente- a héroes inermes o a
personajes enfrentados a la realidad social. Sus grandes novelas
constituyen uno de los testimonios más ricos de humanidad y tensos de
vida de todo este período: Las aventuras de Oliver Twist (1838),
Las aventuras de Nicolas Nickleby (1838-1839), Vida y
aventuras de Martin Chuzzlewit (1843) -de dura crítica del
materialismo norteamericano- y, sobre todo, su casi autobiográfica
David Coperfield (1849). Pero hay mucho más en el extenso e intenso
horizonte novelesco de Dickens, como la poesía de lo cotidiano de El
grillo del hogar, el brioso aire de aventura histórica de
Historia de dos ciudades (1859) -en tiempos de la Revolución
Francesa- y la presencia de lo espectral -esos fantasmas tan ingleses-
en un nostálgico clima navideño en esa pequeña obra maestra, de grave
lección moral, que es su Canción de navidad.
Y Rusia también aporta
a la gran transformación de lo novelesco en el período. A la culminación
del romanticismo ruso con Eugenio Oneguin (1823-1833), novela en
verso, y la crónica dramática Boris Godunov (1831) de Pushkin, el
poeta nacional, siguen las grandes fechas del paso al realismo:
Lermontov hiere con fino estoque de ironía el romanticismo de su
antihéroe en Un héroe de nuestro tiempo (1840) y, maduro ya el
clima para el realismo, Gogol escribe su magistral Las almas muertas
(1842), deliciosa por un humor crítico desenfadado que arruga todos
los engolamientos clásicos y burla cualquier espectativa romántica.
Insistiría en esa burla realista de seudohéroes Goncharov con su
Oblomov (1858).
Fijado el período en
los años 1800-1860, se impone cerrarlo con una novela que significa el
triunfo definitivo del realismo en la novela, por su lúcida voluntad
antirromántica y antimelodramática y por esa morosa, impiadosa y casi
sádica disección del fracaso de las ensoñaciones románticas de la
heroína ahogadas por el prosaísmo de la sociedad burguesa: Madame
Bovary (1857) de Gustave Flaubert. Y con obras tempranas que
anunciaban la presencia en el horizonte de la novela del XIX de su
figura cumbre, que llevaría esa novela ya seducida por la interioridad a
los más hondos abismos del espíritu humano: Dostoievski, que publica en
1846 Las pobres gentes y en 1862 Recuerdos de la casa de los
muertos.
¡Qué soberbio horizonte
el de la novela del período! Lo certero de las direcciones asumidas, lo
sustancioso de los nuevos materiales y el dominio de los territorios en
que la novela iba a apropiarse de todas las fascinantes perplejidades de
vidas individuales inmersas en la perturbadora complejidad de una vida
social a la que la Revolución había puesto en marcha acelerada hacia la
modernidad, no deja duda de que la novela fue el gran género del tiempo
y que iba a serlo largamente, no obstante ese papel privilegiado que, al
menos para círculos selectos, mantendría la lírica, intensa y abierta a
lo nuevo en período de tan sostenida convulsión transformadora.
LA LÍRICA ROMÁNTICA
En contraposición a la
novela -que vivía, lo hemos visto, uno de los más largos pasos en su
evolución hacia el realismo-, la lírica del período fue romántica. Un
poderoso hálito romántico la traspasa y toda suerte de exaltaciones la
engrandecen y, a la vez, limitan.
El héroe y las pasiones
románticas y la rebeldía contra lo establecido y las tiranías corren del
Prometeo encadenado (1818-1819) de Shelley al Don Juan
(1819-1824) de Byron. La actitud romántica es de febril entrega a la
vida y la obra, fundidas en un solo apasionado movimiento afectivo.
Tiempla esa actitud primaria, proclive al exceso subjetivista, la
ironía. La ironía es, básicamente, distanciamiento. El Don Juan
fue epopeya apasionada, de exasperado subjetivismo, pero templó esos
desates la ironía. Inaugura la sátira de la sociedad en el corazón mismo
del torrente emotivo.
Y esa ironía logró
estupendos aciertos de humor cáustico en otro gran lírico, Heine -que,
educado en el clima afrancesado de las guerras napoleónicas, en la
Renania, se instaló en París en 1831-. Su extenso poema Atta Troll
(1843), un oso que danza sin gracia, es una sátira de Alemania. Pero
el Heine lírico de los Lieder, de fino e intenso romanticismo,
prefirió para sus juegos irónicos -deliciosos, mordaces, penetrantes- la
prosa: sus agudísimas observaciones de Imágenes de viaje.
Y en Rusia, el mayor
lírico romántico, Puchkin, acataba el magisterio de Voltaire en su
Ruslán y Ludmila (1820), irónico y heroico-cómico.
Con la lírica romántica
la naturaleza se instala con todos sus poderes en la poesía.El misterio
de los bosques y el encanto de las soledades, la belleza de luna,
estrellas, flores y aves seducen desde los versos de Ludwig Tieck, y la
noche fascinó mística y panteísticamente al Novalis de los Himnos de
la noche.
En Inglaterra, en la
región de los lagos del noroeste, viven juntos y junto a la naturaleza
los “lakistas”: Wordsworth, Coleridge, Southey, y la naturaleza marca de
variados y extraños modos su obra. La de Wordsworth tiene mucho de
meditación en ese que los románticos veían como impresionante templo
entre pagano y teísta.
A las claridades
clásicas y los brillantes retorcimientos barrocos los líricos románticos
prefieren lo obscuro. En la naturaleza se sumen en lo obscuro, hasta dar
en sus misterios, que gustan sentirlos sombríos; la historia reciente
-por más que tantos héroes y hazañas se dieron en ese tiempo agitado por
grandes luchas sociales y batallas como nunca se habían visto- les
parece falta de enigma y atmósfera, y se vuelven a la leyenda, a
materiales que llegaban del medievo sin más iluminaciones que sombrías
livideces -los Schlegel habían inaugurado los tiempos prerrománticos con
sus estudios medievales-. El suebo Uhland buscó en la leyenda materia
para muchas de las Canciones, Baladas y Romanzas (1815), que lo
hicieron popular. Heine recuperó el romanticismo de leyendas medievales.
Tegner -el mayor romántico de Suecia- nutrió de leyendas escandinavas su
obra maestra, La saga de Frithiof (1825) y en un clima medieval
flotan las Baladas de Victor Hugo.
En ese clima de
fascinación por lo irracional y misterioso, el espíritu de los poetas,
antes naturalista, racionalista y crítico, se vuelve a lo religioso. El
adelantado del romanticismo francés, Chateaubriand, hacía la apología
del Catolicismo en su Genio del Cristianismo (1802), impensable
en los tiempos dominados por Voltaire y la Enciclopedia. Y volvería a
estas exaltaciones de lo religioso en Los mártires (1809),
vigoroso poema en prosa.
La historia del
presente era, sin embargo, demasiado poderosa en el tiempo como para que
los ardientes espíritus románticos no se arrojasen a nadar en sus
turbulencias. En 1821 muere el héroe -o anti-héroe o villano- que había
trastornado la rancia historia europea de cortes, ciudades y campos de
batalla, y Manzoni le dedica su oda El cinco de mayo. El poema,
el mejor de cuantos inspiró la desaparición de Napoleón, fue un
acontecimiento europeo y Goethe la tradujo al alemán. Pero era solo el
punto culminante de toda una producción histórica en una hora en que los
acontecimientos no toleraban que nadie se quedase al margen de la
torrentosa corriente de la historia. Y una variante de esa voluntad de
hacer historia fue en poesía el nacionalismo. Ruckert canta en sus
Sonetos acorazados (1814) la guerra alemana de liberación y el ruso
Jukowski dirige la Epístola al Zar victorioso, en 1813. Y en la
América hispana, un poeta dedica su mayor poema a cantar las hazañas del
héroe de la independencia: Olmedo y su Canto a Bolívar, que será
objeto de especial atención en la parte V de la Historia general y
crítica de la literatura ecuatoriana, que esta panorámica introduce.
Frente a la historia y
la naturaleza, el poeta romántico se siente un visionario -profeta, en
el sentido más enjundioso del término-. “Soy el eco sonoro de mi siglo”,
había dicho Victor Hugo. Pero el Moisés de Alfred de Vigny es
mucho más: baja del Sinaí con dos haces de luz -signo del iluminado y
marcado- sobre su frente.
Pero hay en esta hora
lírica algo que desborda todos estos asuntos y posturas: el yo. Por
primera vez en la ya larga peripecia literaria del mundo el yo del poeta
se pone en el centro de la obra y con tal peso gravitacional que atrae
todo hacia sí y de sí lo irradia. A tal punto que la persona del poeta y
su aventura vital se confunden y la andanza del poeta-héroe llega a
desplazar de la atención y memoria del lector a la obra. Eso es lord
Byron desde La peregrinación de Childe Harold (1812-1817), que
sigue al héroe -el propio yo del poeta- en su viaje por España, Italia,
Grecia, el Rin y Suiza, hasta el Don Juan, que es, en rigor,
canto del poeta a sí mismo con héroes que son réplicas sin suerte del
propio Byron. El último poema del romántico Lord fue su gesto heroico de
luchar y morir por una causa nacional, en Grecia.
Y Shelley, cuando pinta
cuadros de la realidad, no hace sino transparentar el yo, con sus ideas
generosas, su cálida emoción ante la naturaleza, su exquisita
sensibilidad para la belleza y su simpatía para con la humanidad, que es
con lo que damos en cada uno de sus perfectos y armoniosos poemas.
Y las Memorias de
ultratumba (1848) de Chateubriand fueron, ya casi sin pretexto
alguno, en todo, hasta en la pintura grande de ruinas, desiertos y
selvas vírgenes, autobiografía.
Desnudamientos de un yo
religioso, meditabundo y algo triste fueron las Meditaciones poéticas
de Lamartine, y canto a sus sueños, sus dolores y pesimista
desesperación son los Canti , los únicos poemas que Leopardi
publicó en vida, poco antes de morir, en 1836.
En lo formal, ese
subjetivismo desmelenado y esa irrupción del propio yo sobre la obra se
tradujeron a menudo -no en los mayores líricos- en arbitrariedades,
excentricidades, sentimientos crudos y a flor de piel, improvisación y
fragmentarismo. Contra ello se alzaría la figura poderosa, de árbitro,
de Goethe.Y en Francia, a partir de 1850, la reacción contra
subjetivismo y abundancia romántica sería un empeño de rigor en la
expresión y contención en los sentimientos, que alumbraría, para 1865,
el Parnasianismo. Todo eso ocurre ya en los Esmaltes y camafeos
(1852) de Théophile Gautier, llegado hasta allá desde un romanticismo
fantasioso y pintoresco.
Pero es otra obra la
que inaugura, al final del período, el gran cambio de rumbo de la lírica
desde lo romántico hacia la poesía moderna: Las flores del
mal de Charles Baudelaire (1821-1867), que salió a la venta el 25
de junio de 1857 -dedicada “au poète impeccable, au perfait magicien des
Lettres francaises” Théophile Gautier- y pronto se vio rodeada de
farisaico escándalo que culminó en la condena por la justicia de seis
poemas. Las flores del mal clausuran las poéticas románticas al
instalar la poesía en un nuevo realismo; pero, a la vez, llevan a su
punto más alto los más penetrantes postulados del Romanticismo. En lo
bello existe lo feo, lo grotesco -había sentado Victor Hugo en el
programático Prefacio del Cromwell, y había proclamado que “De la
unión fecunda del tipo grotesco con el tipo sublime nace el genio
moderno”. Toda aquella fecunda intuición no se había cumplido en lírica
hasta la aparición de este libro decisivo. En los poemas baudelerianos
por primera vez la poesía toma su materia de lo al parecer feo y hasta
sórdido, pero para hacer esas calas que son atributo propio de la lírica
y llegar a esencias que revelan claves de lo humano. Y esas claves, que
cristalizan a menudo en punzantes símbolos, nos enfrentan a una desolada
condición humana. No son ya los dolores y nostalgias “literarias” en que
se complacía la poesía romántica: se ha ahondado hasta la roca dura de
lo esencial del existente humano. De allí lo que le dijera al poeta el
viejo Hugo, desde su trono de vate oficial consagrado: “Ha creado usted
un estremecimiento nuevo”.
LOS DOS GENIOS DEL PERÍODO: GOETHE
Un horizonte de este
primer largo tramo del período, por rápido que sea, queda incompleto si
no se dibuja en él una figura descomunal, que aparece dislocada de
corrientes y tendencias dominantes, pero influyente, decisiva desde su
olímpica individualidad: Goethe.
En su Götz von
Berlichingen Goethe consagró la admiración del Sturm und Drang
por el drama shakespiriano. De allí, con giro de neto cariz
romántico, pasó del héroe viril y fuerte, al sentimental y débil en
Die Leiden des jungen Werthers (Las tribulaciones del joven
Werther) -solo un año más tarde-. Tras un paréntesis de rendimiento
a seducciones clásicas -la hora de su viaje por Italia y las Elegías
romanas (1790-1795)- volvió a las perplejidades subjetivas de raíz
romántica en su Wilhelm Meisters Lehrjahre (Literalmente Los
años de aprendizaje de Wilhelm Meister) -cuyo primer fragmento
apareció en 1796, aunque en esta obra, como en su Fausto,
trabajaría toda su vida: a los ocho libros de los Años de aprendizaje
seguiría, entre 1821 y 1829, la segunda parte, con los tres de los
Wanderjahre (Años de viaje), para completar esa vasta suma
de búsquedas, experiencias y hallazgos formativos de que el gran hombre
vivió siempre obsedido-. Para la hora de la Revolución estaba -junto con
Schiller- en el invernadero cortesano de Weimar, esa Atenas rococó que
giraba en torno del liberal Carlos Augusto -donde la audiencia ordinaria
del poeta eran media docena de nobles y curiales-. Allí, desempeñando
las más diversas funciones burocráticas hasta convertirse en Primer
Ministro del liliputiense reino, trabaja su obra maestra, el Fausto
en una primer parte, que se publica en 1807. Entretanto avizoraba
desde alto y hierático mirador las andanzas europeas por el campo de la
política y los de batalla, de esas huestes que avanzaban con las ideas
de la Revolución en sus mochilas y enarbolando el tricolor republicano.
Asiste después a la reacción monárquica -que nunca pudo aspirar a
restaurar el simple estado de cosas anterior al cataclismo- y el sordo
leudar de nuevas inquietudes transformadoras, curioso clima para la
morosa maduración de una segunda parte de su obra magna, que se compone
de 1825 a 1832. Demolidos en ese tiempo de incontenible deriva hacia
radicales novedades tantos fundamentos de lo que había sido Europa, este
genio -una de las figuras que en arte y cultura dominan el tiempo- tentó
cantar la totalidad del grande y trágico destino humano a través de un
juego hondo y denso de símbolos. Y dio a la humanidad -al menos en su
forma definitiva- uno de sus tipos fundamentales. Don Quijote, el
anterior, fue el del caminar del hombre por la superficie terrestre -con
la inmensa planicie de la Mancha como escenario simbólico de toda
andanza humana-. Fausto, el nuevo, tiene ante sí abismos demoníacos y es
rescatado de ellos por coros angélicos que llegan para arrebatar su
espíritu inmortal a lo alto.
El paso, largo, de la
primera parte del Fausto a la segunda, es de
género, espíritu, aliento y voluntad de enfrentar lo humano. El primer
Fausto es teatro; el segundo, juego fantástico y simbólico, que
del teatro solo conserva la forma exterior; el primer Fausto arde
de pasiones y entusiasmos -románticos-; el segundo es construcción de
ideas; el primero se hizo con espíritu y aliento personales, subjetivos;
el segundo quiso levantarse a reflexión de valor universal, según la
concepción goethiana de literatura universal, y tuvo la voluntad de
abarcarlo todo, en empresa descomunal, conclusiva de una existencia que
fue siempre de reflexión honda sobre lo humano, y de lograr la síntesis
de esos extremos que por décadas lo desgarraron: el espíritu germánico
-manera peculiar de lo humano- y el mundo griego -expresión de ideal
belleza y lograda plenitud.
Presenta Goethe su
Fausto -el suyo, porque el mito venía de muy atrás- como el siervo del
Señor. Para Mefistófeles, lo impulsa “el hervor a lo lejos” y “pide a
los cielos sus más bellos astros y a la tierra todo placer supremo” (I,
II, en el Cielo). Reconoce el Señor que lo sirve de modo errado pero
“pronto -ofrece- le conduciré yo a la claridad”. Y hay una apuesta entre
el bien y el mal sobre la suerte de ese humano. El contraste de este
planteo con el Fausto de Marlowe, dominado por la predestinación
protestante, significa un paso decisivo hacia el hombre moderno. Los
empeños del hombre fáustico por dominar el mundo ya no están
irremediablemente condenados. Y el paso del hombre medieval al moderno y
postmoderno es el paso de magia a pura humanidad. Hacia el final del
acto V, Fausto, acosado por la Zozobra, se duele: “Si pudiera apartar de
mi camino la magia”. Quiere volver al ideal de naturaleza, caminar “su
día terrenal” “sin preocuparse de arrumacos de espíritus”.
El Fausto goethiano es
epopeya de liberaciones -no en vano crece y madura en esos tiempos
convulsos por los vientos de libertad que había desencadenado la
Revolución-. “Dejémonos de fábulas. Dejémonos de dioses antiguos” (III,
III). Deshechas fábulas y supersticiones, quedan lo solar - “los sacros
rayos de vida del sol”, que dice Proteo (II, II)-, eros -“reine, pues,
Eros, que a todo dio principio (II, IV)- y la mujer. Toda la escena I
del acto III está llena de la belleza -trágica belleza- de Helena, la
mujer con su poder de seducción universal; la belleza, ante la cual todo
parece opaco y vacuo. Fausto y Helena tienen un hijo, Euforión. Euforión
encarna el amor a lo difícil y riesgoso y, al querer volar, nuevo
Icaro, muere. Se hunde en un “reino hondo, obscuro”, y el lamento y
canto fúnebre tienen notas que evocan a lord Byron, ese Euforión de los
tiempos románticos. El héroe romántico muere, y de Helena a Fausto solo
le quedan vestiduras transformadas en halo que lo eleva: el don poético
o la poesía misma. Tras abismos infernales y desenfrenos del caprípedo
Dionisos, el hombre moderno halla la acción. “Todo es la acción; nada la
gloria” (IV, I). Un frenesí de acción arrolla las serenas existencias de
los viejos Filemón y Baucis, símbolos de arcaicas virtudes. Y llega la
hora del supremo balance. “No tiene otra cosa -resume Fausto su haber-
que ambicionar y hacer cosas y volver a desear”. La muerte lo sorprende
ciego, en plena tarea de robar tierras al mar para que las habite una
humanidad feliz. Y es salvado: ese es el fallo de la apuesta del
Prólogo. Construir salva. Fausto ha sido salvado porque, como cantan los
coros angélicos, puede brindársele salvación al que lucha con denuedo y
se afana en la vida. “Al que procura siempre esforzarse, a ese podemos
salvarlo”.
Este el hilo conductor
principal, la línea maestra de la rica y compleja arquitectura. Pero el
Fausto II no es obra que lo subordine todo a una sola línea. Es
vasta suma de inquietudes de todo orden -estético, filosófico y hasta
político, económico y científico-, que parte de la vida cortesana, donde
Mefistófeles, en papel de bufón, opone a las lamentaciones de Ministros
y mariscal del Emperador todas las riquezas que puede sacar de la tierra
a la luz del día -“el poder de la Naturaleza y el genio del hombre” (I,
II)- y Fausto trata de ennoblecer -con poesía- las vacuas diversiones
cortesanas y se carga de penetrantes reflexiones mefistofélicas y
fáusticas un carnavalesco juego de figuras que llegan de antiguas
mitologías, sobre todo clásicas, en un clima de desenfadado romanticismo
-la “espeluznante fiesta de esta noche”, que se dice (II, III)-, clima
anunciado por la noche de Walpurgis de la primera parte -que fue
intermedio, al gusto del tiempo y con modelo romántico, al estilo de
El gato con botas de Tieck.
En medio de esa suma de
inquietudes, reflejo de un tiempo que, como los de las grandes
transiciones, es de balance, acopio de lo válido y establecimiento del
nuevo proyecto humano, surge Fausto como emblema del hombre occidental,
ese que Spengler llamó “hombre fáustico” por su afán de tenerlo todo y
su indoblegable aspiración a dominar el mundo y la materia. El hombre
que, ya sin magia, con sus solas fuerzas, había empezado esa empresa
prometedora de las mayores maravillas materiales y mundanas que era la
revolución industrial.
OTRO ARTE, OTRO GENIO
Otro genio que domina
las artes del período es Beethoven. La única empresa comparable al
Fausto de Goethe -y la riquísima totalidad de sus decisivas empresas
literarias- son las nueve sinfonías de Beethoven -y el conjunto de su
obra, aun más decisiva que la goethiana.
En la música acaso más
que en arte alguna se consuma el tránsito de barroco y neoclásico a las
formas nuevas de la modernidad, a través de la transición romántica. Ya
en vida de Bach la nueva generación se había burlado de su forma fugada,
emocionalmente homogénea y discreta y formalmente secuencial. Ahora, al
calor del nuevo sentimiento que lo agita todo por todos lados, se busca
una forma dramatizada, propia para apasionar a esos públicos que habían
visto como la Revolución sacudía hasta sus cimientos el antiguo régimen
y habían vivido en todo lo que tenían de carga de pasión y de heroísmo y
grandeza y miseria y horror las guerras napoleónicas.
En pleno fervor
napoleónico -1803-1804-, acogiendo insinuaciones de Bernardotte, compone
el genio de Bonn su Tercera Sinfonía -“Sinfonía Grande intitolata
Bonaparte”-, que cantaba al nuevo héroe de la historia, al que Beethoven
veía como quien iba a transformar los fervores libertarios de la
revolución popular en un orden político republicano europeo. En ejemplar
gesto romántico, al conocer que Napoleón se había proclamado emperador,
el compositor tachó la dedicatoria y desgarró la página en que ella
estaba. “¡No es más que un hombre vulgar! -cuenta Ries
que había exclamado-, ¡Sólo satisfará su ambición y como tantos otros
hollará los derechos del hombre para ser un tirano!”.
¡Cuánto hay en esta
sinfonía, titulada por su autor “Sinfonía Heroica”, que hace de la
música expresión nueva y poderosa de emociones y pasiones! Síncopas
anhelantes, tensos diálogos entre los grupos instrumentales, bruscas
interrupciones del tutti de la orquesta sobre dinámicas frase del
grupos, disloques rítmicos, y todo agitado por brío heroico o traspasado
de grave emoción!
La marcha fúnebre fue
cortejo funerario que va de lo desolador y sombrío a lo grave. Expresó
con impresionante belleza y hondura el asombro humano ante esa muerte
que había asolado los campos de Europa. Y el retornar insistente al tema
inicial deja la impresión de un dolor que volvía una y otra vez hasta
ser abrumador.
A ese vibrante y
desolador canto a cuanto de heroico y trágico tenían los tiempos siguió
-interrumpida por la tierna efusión de la Cuarta, escrita de un solo
vuelo- la composición, apasionada, intensa, de la Quinta Sinfonía -que
se estrenó, junto con la Sexta, en Viena, el 22 de diciembre de 1808-.
De la emoción histórica con sus vaivenes de lo heroico a lo fúnebre, de
lo vibrante a lo nostálgico, todo agitado por ritmos y tempos que
respondían al devenir de los acontecimientos, se pasa al
enfrentamiento con lo más dramático del destino individual. ¿Por qué la
Sinfonía abrió el impetuoso allegro inicial con esas cuatro notas
-que vuelven una y otra vez insistentes, obsesivas-?, preguntó Schindler
al compositor. Y él le respondió: “So pocht das Schicksal an die Pforte”
(“Así llama el Destino a la puerta”). Esa llamada está en la base del
primer movimiento con sus apariciones y desapariciones, fraguando en
ritmos agitados y breves remansos nostálgicos, explosiones de rebelde
pasión, pasajes dialogados y ecos extraños, hasta el turbulento final.
Sigue el andante
que esa casi enfermiza sensibilidad romántica que fue Hoffmann lo sintió
“dulce como una voz del más puro espíritu, que colma el corazón de
consuelo y esperanza”. Cabría añadir la tristeza y los aires casi
marciales que parecerían combatirla. Y la pureza de esos temas que
cantan clarinetes y fagotes, y violas y violoncelos o flauta, clarinete
y fagot.
El tema inicial del
allegro en forma de scherzo que es el tercer movimiento surge
de perturbadoras profundidades -dadas en la gravedad de las cuerdas-. Es
el tiempo de indecisiones y esperas sobre las que estalla brioso
fortísimo que avanza hasta un pasaje fugado y diálogos expectantes de
varios grupos orquestales y la preparación del vibrante final con la
repetición, tristísima, del scherzo.
Sin cortes estalla el
allegro con un tema triunfal, y pronto ocurre el scherzo,
de tono melancólico. Y lo vibrante y casi marcial, con algo de glorioso,
arrebata el final.
Berlioz sintió la
sinfonía como algo que emparentaba extrañamente con el final del
Fausto: “Es el canto gigantesco de victoria en que el alma del
músico, libre ya de los sufrimientos terrenales, se lanza radiante a los
cielos”.
Pero la expresión
suprema del triunfo de lo humano sobre el destino y la gran exaltación
de la vida iba a ser otra gran sinfonía, que Beethoven escribe entre
1816 y 1824, la última de sus sinfonías, la Novena.
Un primer movimiento se
abre como esperanzada búsqueda, y la búsqueda avanza por anhelantes
juegos sonoros y rítmicos. El ritmo se aviva en el segundo movimiento -Molto
vivace - Presto - Molto vivace-, incansable en su
avance pautado por golpes de timbales. Hasta un canto que recuerda lo
más luminoso de la Sexta Sinfonía, la Pastoral.
Siguió el Adagio
molto e cantabile de forma lied, de contenida emoción y ritmo
que da en andantes moderados o pasajes lentos que crean un clima de casi
impaciente expectativa.
Hasta que irrumpe el
último movimiento con gran fanfarria instrumental cortada por dramático
recitativo de violoncelos y contrabajos; se interrumpe el recitativo con
el recuerdo de temas de los movimientos anteriores, siempre cortado por
el recitativo de los bajos, y las maderas abocetan el tema del “Himno a
la alegría” muy en lo profundo. Desde allí crece en los bajos y se
enriquece en diálogos instrumentales hasta un tutti brioso. Y
entonces el barítono invita a la alegría y el coro lo secunda. Y el
himno adquiere ricas sonoridades con voces solistas, respuestas del coro
y vibrantes acompañamientos instrumentales. Pausa y un Andante
maestoso y el canto del tenor más vibrante y la orquesta que parece
competir en ese exaltado alzarse a lo alto, pero debe remansarse, y el
himno estalla finalmente en jubiloso crescendo. Unos pocos compases
guían a voces e instrumentos en graves invocaciones finales a la
alegría, casi religiosas, pero solo para volver al ritmo exaltado. Y
entonces sí la orquesta se lanza, junto a las voces, para culminar
dionisíacamente este gran canto a la victoria final de lo humano.
Pero Beethoven no
compuso sólo sus nueve sinfonías. Esas obras fueron momentos cumbres de
su relación con la sociedad del tiempo; pero su revolución del arte
musical avanzó en amplios frentes en jornadas de menor vuelo
instrumental pero ricas de admirables logros. Y su arte fue en esas
entregas madurando soberbiamente. Así en la larga serie de sonatas para
piano que en las últimas -ya solo disfrutadas a cabalidad por melómanos
refinados y lúcidos e interpretadas por verdaderos virtuosos- logra en
el teclado efectos de sonoridades orquestales, brillantes y hondos.
La recepción de las
grandes obras de Beethoven fue tan apasionada como su composición.
Hoffmann, que había logrado en el cuento las piezas románticas más
intensas y casi alucinantes, saludaba así al genio de Bonn: “La música
de Beethoven nos abre el imperio de lo colosal e inmenso”. Los críticos
tenderían a purgarse de ese peso de emociones y de tan total rendimiento
al sentimiento, refugiándose en análisis formales del lenguaje, la
estructura y los medios sonoros; pero las gentes románticas se sumían
gustosas en ese cosmos fascinante y sentían, aunque seguramente no tan
exaltadamente como el autor de los Cuentos fantásticos, que
“lampos ardientes traspasan la noche profunda de este imperio y
percibimos las sombras de los gigantes que se elevan y se bajan, nos
envuelven más y más y aniquilan todo en nosotros, y no solamente el
dolor del infinito deseo en el cual el placer que aparece aquí y allá en
notas de alegría, pronto se ensombrece y desaparece, dejándonos
solamente en aquel dolor que se consume de amor, de esperanza, de
alegría, y, sin destruirnos, quiere hacernos explotar el pecho en un
acorde unánime de todas las pasiones”.
Eran los sentimientos
del burgués medio y bajo que ha ido perdiendo desde mediados del siglo
anterior el optimismo y ha anclado en nostalgias -por la naturaleza, por
el pasado histórico, por una sociedad feliz- y temores. El arte de
Bethoven se instalaba en esas nostalgias y tristezas y miedos, para
ahondar en ellos y purgarlos y elevarlos. Lo que hizo Goethe en el final
de su Fausto aunque ello nos sepa, tras todas las frustraciones
vividas por el héroe, a un Deus ex machina.
OTRO GENIAL INNOVADOR
Pero tan fascinante
período histórico tiene más de arte musical. Está, ¡no faltaba más!,
Chopin, que lleva a plenitud rítmica y sonora varias líneas de
romanticismo. y están Karl von Weber, que se inspiró en la tradición y
el folclor alemanes (“El cazador furtivo”, 1821); Franz Schubert,
virtuoso del piano, cuya forma musical preferida fue el lied
nacional, y Glimka (1804-1857), que trae al horizonte sonoro del tiempo
música rusa de raíz folclórica.
Lo que sucede en el
arte visual es altamente sugestivo.
El clasicismo francés
del período revolucionario coincidía con el romanticismo en conferir a
la vida que nutría el arte una dimensión trágica heroica. Esos extremos,
al parecer irreconciliables, explican lo mismo al Géricault de “La balsa
de la Medusa” que a Delacroix, el pintor de la historia.
Delacroix, en su
Journal, muestra poca simpatía por Hugo y Musset; confiesa que
Gautier le repele y que Balzac lo pone nervioso, y Beethoven le parece
“demasiado romántico” -sospecho que ese era un modo de decir que lo
turbaba y aplastaba-. Admira, no obstante, al más romántico de los
románticos, Chopin, el de los scherzos, los preludios y los nocturnos;
pero también el Chopin heroico de las polonesas y el nacional de las
mazurcas.
Tampoco David, el gran
pintor que domina el período napoleónico, es simplemente clásico:
también en su interior laten tensiones. Se inscribe en un clasicismo de
rechazo a lo cortesano del rococó; su clasicismo, el del período
revolucionario, es de sólida raíz burguesa, plasma el ideal republicano
de la burguesía progresista; lo hace en la matriz del mundo grecorromano
como una manera de saltar por encima de lo monárquico y clerical. “El
juramento de los Horacios”, de 1785, significa el primer triunfo de este
nuevo estilo monumental y heroico. Pero esa matriz clásica se violenta
en escenas de subido romanticismo como “El juramento del juego de
pelota” o “El asesinato de Marat”, mientras él mismo era arrastrado por
el vórtice revolucionario y votaba la ejecución del Rey o profesaba el
más ferviente jacobinismo.
Ingres (1780-1867), el
seguidor más ilustre de David, se mantuvo en pleno clasicismo, seducido
por la mitología grecorromana, y condescendiendo con lo revolucionario
mitigado, como los propios tiempos posnapoleónicos.
El clasicismo del
período revolucionario resulta el fenómeno más curioso del período. Como
que la Revolución buscaba purgar hasta los cursis refinamientos
cortesanos y veía en el arte clásico de Winckelman en el Panteón y la
Place de la Concorde algo más severo. Y el propio Napoleón, que tantas
cosas impuso a su arrollador paso por la historia, sentía cierta
fascinación por lo romano, que se tradujo desde las águilas imperiales
hasta los muebles “estilo imperio”. A Fontaine, autor de la clásica
Malmaison y del arco del carrousel, lo designó “primer arquitecto de
Francia”. Y admiraba al clásico Houdon, escultor mayor del tiempo. Y la
Francia imperial alentaba otro clasicismo: el del italiano Canova y el
danés Thorwaldsen.
Cuando el triunfo de la
reacción, el clasicismo se afirmó sobre todo en el retrato de
celebridades y poderosos. El inglés Lawrence recorría el continente
retratando a los políticos más reaccionarios. Los retratistas clásicos
dotaban a sus retratados de una serenidad y nobleza que a menudo
distaban de poseer.
Rompió ese
convencionalismo herido de falsedad en su raíz un genial innovador del
arte. Goya hizo del retrato visión personalísima y crítica del
personaje. Presentó a cortesanos fatuos y llegó al alarde, inconcebible
antes de estos tiempos que sometieron a implacable revisión todos los
valores al uso, de pintar a la familia real española como un conjunto de
estólidos cretinos. Y a la mujer la pintó con el erotismo intenso del
desnudo. Su Maja fue el retrato más revolucionario que hubiese hecho
artista alguno hasta entonces.
Pero Goya innovó mucho
más. Innovó la visión de lo histórico. Lejos de la hierática
monumentalidad grecorromana de las solemnes telas de Delacroix y David,
hizo crónica desgarrada, espeluznante de los horrores de la guerra, y
sumió el más alto gesto del heroísmo popular en dramático juego de luces
y sombras en su impresionante tela de los fusilamientos de mayo.
Y hacia el final de su
apasionada existencia anunció los nuevos caminos del arte, que solo en
el siglo XX se afirmarían como estilo y escuela, en el Expresionismo.
Con elementales y sabios efectos visuales evocó sombríos aquelarres y
gesticulantes esperpentos. El esperpento sería la expresión más
inmisericordemente penetrante de una España a la que solo había
rescatado de vacuidades, pintoresquismo y espejismos la heroica
resistencia popular a las tropas napoleónicas.
El alma ibérica no
tenía holgura para detenerse en el paisaje. El austero de la meseta la
intimidaba y los bucólicos de vegas y ribazos le debían parecer
femeniles. El nuevo y apasionado interés por la naturaleza, tan propio
del Romanticismo, halló sus intérpretes visuales en Inglaterra: el
paisaje de Constable y Turner hacía en el arte visual lo que Wordsworth
en lírica. Turner fue más lejos. Sin importar los motivos paisajísticos
-más o menos románticos- logró en sus formas y colores, en sus ritmos y
atmósferas, esa libertad en que el Romanticismo, en esencia, consistía.
Sus acuarelas son torbellinos atmosféricos de luces, colores y
nebulosidades que calaban en lo más hondo y obscuro de la naturaleza.
IBEROAMÉRICA: EL PENSAMIENTO
También en Iberoamérica
el período que nos ocupa, que fue, lo hemos visto, de revolucionaria
transformación política, es, al menos en los casos más alertas, de
decisivas transiciones en pensamiento y literatura.
Salen de la espesa
crisálida escolástica e inauguran primeros aleteos de pensamiento
americano, apoyado en las ciencia y abierto a más anchos horizontes
-aunque sin aproximarse siquiera a los más altos y hondos con que hemos
dado en nuestra panorámica del tiempo-, en Colombia, Camilo Torres -que
avisoraba la importancia de América para la economía mundial-, Francisco
Antonio Zea, José de Caldas -autor del “ilustrado” Semanario de la
Nueva Granada (1808-1809)-, Antonio Nariño -que tradujo la
Declaración de los Derechos del hombre- y el pedagogo José Félix
Restrepo; en Perú, Manuel Lorenzo de Vidaurre -autor de las Cartas
americanas políticas y morales (1823)-; en Cuba, Tomás Romay; en
Chile, Juan Egaña. Todos ellos -y el quiteño Espejo, desaparecido
prematuramente
- son más bien los últimos del siglo XVIII, pero abren el XIX -que es lo
propio de las transiciones-. Del “fin del siglo que acabó, llamado el de
las luces”, hablaría el mexicano José Mariano Acosta Enríquez, curioso
personaje que tentó algo como novela en su pintoresco Sueño de sueños
-viaje americano alegórico con Cervantes, Quevedo y Torres
Villarroel.
El momento en que ese
tránsito nos hace sentir ya en los nuevos tiempos es el del proceso de
independencia, que se inaugura con ese gran Congreso de voces americanas
libres y altivas, impensable solo unos años atrás, que son las Cortes de
Cádiz -en las que habremos de detenernos en el curso de nuestra historia
literaria del período en el Ecuador por el papel protagónico que en
ellas le cupo al quiteño Mejía-, y con los levantamientos
insurreccionales que, como reguero de pólvora, recorren la América
hispana en los años 1809 y 1810. Con esos sucesos definitorios entra en
el horizonte de la inquietud americana esa concreción de los ideales
libertarios de la Revolución que es el liberalismo -la gran conquista
del siglo XIX- y esa voluntad de progreso material que impulsaron en la
Europa de la revolución industrial ciencia, técnica y pensamiento
filosófico y social.
Importa atender a que
esa apertura a libertades y liberalismo que fue el eco en América de la
Revolución Francesa y la gesta napoleónica europea se truncó
abruptamente con la reacción absolutista que siguió a la derrota de los
ejércitos franceses. Volvió la Inquisición, y mucho del pensamiento y la
creación literaria americana debió recatarse en la clandestinidad.
Ilustra tales avatares
el caso de quien inaugura la novela en la literatura latinoamericana, el
mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi. De espíritu liberal, en la
hora de la apertura escribió prosas en que defendía la razón y la
libertad frente a las caducas instituciones censoras de la Corona,
encabezadas por la ominosa Inquisición. Con la reacción, la censura
prohibió esos artículos, y a ello precisamente debemos su novela El
periquillo sarniento, publicada en 1816 -en tres volúmenes; el
cuarto fue prohibido y sólo apareció póstumo-. En la trayectoria de su
pícaro, generosa de toda suerte de reflexiones y comentarios, se volcó
el impaciente reformador que era este pensador mexicano.
En el período se pasa
de las impaciencias revolucionarias alumbradoras de la América libre con
que esos patriotas soñaban a la hora de la construcción, cuando,
liberada ya América y con todos sus países autónomos, se impuso
construir el nuevo orden. La figura cumbre de estos empeños
constructores fue Andrés Bello, a partir de 1829, por el período clave
de 1829 a 1865 -año de su muerte-. Los años de 1810 a 1829 habían sido
de soledad y desierto, de fecundas meditaciones e infatigables lecturas,
en Londres, a donde había ido como asesor de Bolívar y López Meléndez,
delegados de la junta revolucionaria de Caracas, y allá lo dejó Bolívar.
Chile se lo trae a América tras esos largos años de destierro londinense
y en Santiago cumple su enorme obra de construcción de la nueva América
en ámbitos decisivos. A Bello se impone volver porque, además, es figura
literaria clave del período.
El pensamiento
iberoamericano del período está marcado profundamente por la Revolución
Francesa. Los espíritus más cultos, curiosos e inquietos seguían, en un
primer momento desde la clandestinidad, los acontecimientos franceses.
Y, al llegar el oleaje revolucionario francés a España, se produce ese
acontecimiento decisivo para la maduración de ese pensamiento y, más
aún, para su autovaloración que son las Cortes de Cádiz, donde
intelectuales de América hacen oír sus voces, que se muestran maduras y
altivas. Con las guerras de emancipación ese pensamiento va a cobrar
nueva personalidad y mayor conciencia nacional. La campaña de Bolívar y
su acción política estaban animadas por un pensamiento lúcido y
vigoroso.
Y surgen empresas de
pensamiento que echan a andar por caminos distintos de los escolásticos
dominantes en el período hispánico.
En Cuba, Félix Varela y
Morales (1787-1853), que, por defender la independencia de la isla y
haber presentado un proyecto en Cortes, fue condenado a muerte por
Fernando VII y debió emigrar a los Estados Unidos, donde murió,
introduce el estudio de la filosofía moderna, con énfasis en Descartes.
En teoría del conocimiento parte de las cosas concretas y singulares y
rechaza el apriorismo kantiano (Ensayo sobre la doctrina kantiana).
En psicología defendía que las funciones vitales no dependen del alma
sino son producidas por el organismo vivo. El hombre siente con el
cuerpo, no con el alma. En política sostenía que la libertad es el
principio del bien social, y en Derecho, seguía la teoría del derecho
natural.
Y en la misma Cuba,
José de la Luz y Caballero (1800-1862), insigne viajero por América y
Europa, proclamaba que el conocimiento filosófico debía arrancar por las
ciencias: “Empezar por la física o, en general, por las ciencias
naturales es empezar por el principio. Antes de ser ideólogo, el hombre
ha de ser naturalista”. De los filósofos europeos, seguía a Locke.
Conoció de primera mano la filosofía de Kant y Hegel, y rechazó las dos.
Y combatió el escepticismo de Cousin, entonces de moda en Cuba.
En Argentina se destaca
el pensamiento de Esteban Echeverría (1805-1851). Para él “la filosofía
es la razón; estudia las leyes necesarias que gobiernan el mundo físico
y moral y también el universo”, y extiende su ámbito a “toda clase de
manifestaciones de la vida”. En el conocimiento, se le impone que el
hombre no es sino una máquina cuyo funcionamiento es determinado por los
sentidos. En sociología, piensa que la sociedad está sujeta a un proceso
de desarrollo, y para el mecanismo evolutivo sigue a Saint-Simon y su
fin de la explotación de los trabajadores y la miseria del proletariado.
Y, atento a la realidad nacional, urgía la necesidad de alcanzar la
prosperidad por el desarrollo de la industria. Esa riqueza debía
aprovecharse en democracia. Y en Argentina -pensaba- sería imposible
llegar a democracia sin revolución. Revolución era “la sustitución
completa del viejo régimen social o la transformación completa del
régimen interno y externo de la sociedad”.
En Colombia, José
Eusebio Caro estudia el utilitarismo cuando universitario en San
Bartolomé; pero en 1840 lo impugna en Sobre el principio utilitario
enseñado como teoría usual en nuestros colegios y sobre la relación que
hay entre la doctrina y las costumbres.
Y en Bello pesa también
Bentham y su utilitarismo -en su período londinense, Bello descifró sus
manuscritos por encargo de James Mill-; pero también acogió ideas de
Stuart Mill. Ya fuera de los límites que nos hemos impuesto, en 1881,
póstuma -Bello había muerto en 1865- se publicó su Filosofía del
entendimiento. En ella se mostraría conocedor libre y crítico de
Kant y los filósofos ingleses, y, según Menéndez Pelayo, “audaz
disidente de la escuela escocesa”. Para Bello, el gran constructor, “el
objeto de la Filosofía es el conocimiento del espíritu humano y la
acertada dirección de sus actos”. Al primer gran asunto dedicó su
Filosofía del entendimiento, en que estudió la Psicología Mental y
la Lógica; pensó tratar la segunda en una Filosofía Moral,
compuesta de Psicología Moral y Etica. Nunca llegó a escribirla.
Y en el período
comienza a madurar el pensamiento de Juan Bautista Alberdi (1810-1884),
en Argentina. Lee a Locke, Condillac, Holbach, Helvecio; emigrado en
Montevideo, se aproxima a las ideas de Saint-Simon. Para cuando es
derribada la dictadura de Rosas, Alberdi se convierte en el ideólogo del
movimiento que guiará la marcha de la gran nación en una dirección
influida por las teorías de Adam Smith y el Positivismo.
Y, en general, en toda
América, incluido el Brasil, se extienden y cobran peso Empirismo y
Positivismo. Pasada la divisoria del medio siglo, el Positivismo se
convertirá en una de las doctrinas filosóficas más aceptadas. Esa
corriente y otras de alguna novedad en Iberoamérica buscaban ganarle
espacios a la vieja escolástica y dar su armazón ideológica a la lucha
contra los restos del feudalismo y al impulso al desarrollo económico y
progreso material de la sociedad. El pensamiento tenderá de modo
particular a interesarse en problemas sociales y destacará el papel que
le corresponde a la instrucción en el camino hacia el progreso.
LA LITERATURA
La literatura
iberoamericana del período recibe influjos europeos -síntoma del
cosmopolitismo propiciado por unas fronteras abiertas hacia el mundo al
romperse la dependencia excluviva de lo hispano-. De Chateaubriand se
contagiarán el sentimentalismo de Paul et Virginia, el
primitivismo y lo idílico de Atala, la melancolía de Rene.
Este influjo se haría sentir más conforme los gustos derivasen hacia el
romanticismo. Se lee y se traduce a Victor Hugo -Bello lo tradujo-. De
lo inglés cuentan Walter Scott, Byron, Young, Ossian. La influencia de
Lord Byron es marcada en Echeverría -que regresa de Europa en 1830-. Y
Bello traduce a Byron. De Alemania, atrae Schiller y se siente el peso
de Goethe -el Goethe del Werther, de modo especial.
Y se mira también a
España. A Espronceda, primero; a Zorrilla y Larra, después. En Cuba,
dijo Menéndez Pelayo, “por muchos años ha dominado un zorrillismo
reprensible”.
Y en la línea neoclásica es perceptible la presencia de los poetas del
XVIII: Gaspar de Jovellanos, Meléndez Valdés, Nicasio Alvarez
Cienfuegos, Manuel José Quintana y Nicasio Gallego.
Pero todo esto,
importante y todo para valorar la producción, en especial lírica, del
período, cuenta menos. Mucho más importante es el americanismo que se
afirma en la literatura del tiempo. Obrada -o en trance de lograrse- la
independencia política, los empeños de los escritores con mayor fuste
intelectual se orientaron a la independencia del pensamiento y a hallar
la “expresión de América”.
Arrancan tan decisivas
empresas en torno a los primeros veintes y acaso deba ponerse la fecha
inicial en 1823, en que Bello escribe su Alocución a la poesía,
en vísperas de la consumación de la gesta libertaria en Junín y
Ayacucho. “Tiempo es -decía a la musa- que dejes ya la culta Europa”, y
se daba a una apasionada exaltación de lo americano, tierras y gentes.
Anhelo y profecía era su sueño de “algún Marón americano” -por Publio
Virgilio Marón, el cantor de otra tierra (Geórgicas) y sus gestas
(Eneida).
Y el hondureño José
Cecilio del Valle proclamaba por el mismo tiempo: “La América será desde
hoy mi ocupación exclusiva. América de día cuando escriba; América de
noche cuando piense. El estudio más digno de un americano es América”.
El período es, en
Iberoamérica también, de transición. Y, en lo literario, la transición
es hacia el romanticismo. Trátase, al menos en un largo primer tramo, de
anuncios y realizaciones inaugurales que muchos estudiosos califican de
prerromanticismo. En casos como el ecuatoriano -en que nos detendremos
largamente en la siguiente parte de nuestra Historia general y
crítica de la literatura ecuatoriana- el romanticismo marcará
claramente el período siguiente -con aceptaciones y rechazos, pero todo
en torno a lo romántico-, y en este apenas se anuncia lo romántico
en las letras, pues en la vida por supuesto que por todo este continente
enfervorizado con la libertad se siente un irresistible hálito
romántico. Como anotó certeramente Arturo Torres Rioseco, “Todo
favorecía al Romanticismo. Los hechos políticos y la anarquía, formaban
héroes byronianos, la pasión tropical se alimentaba de romanticismo”.
El primer romántico
decidido e importante se manifiesta en Argentina, después de haber
bebido tragos largos de byronianismo y otras maneras de romanticismo en
Europa: Esteban Echeverría (1805-1851), con Elvira o la novia del
plata (1832) y La cautiva (1837).
Caro en Colombia y
Heredia en Cuba, sin renunciar a lo clásico, sientan bases para lo
romántico.
Lo romántico se anuncia
y comienza a realizarse en la exaltación de la libertad -esas desmesuras
románticas que alientan en la entraña misma del gran epinicio neoclásico
que es el Canto a Bolívar de Olmedo- y alardes de enfervorizado
patriotismo; en el gusto por la historia y, en especial, por historias
locales; en la fascinación por el pasado nacional indígena, por vidas y
hechos y mundo de aztecas, mayas o incas; en la atención que se da a
costumbres y tradiciones locales y en como se saborea lo propio; en la
emoción ante la tierra -con La cautiva salta a la literatura
americana la pampa- y, por supuesto, como primer motor de todo, en el
sentimiento vivo, libre, apasionado con que se viven y dicen las cosas.
En lo formal, en los
comienzos del siglo se prefiere una versificación amplia y libre -la
holgura de la silva, el verso suelto, el romance endecasílabo-, que
propiciaba en lírica una emancipación como la que en todo orden
estrenaba América. Esa falta de medidas, contención y rigores derivó
demasiado frecuentemente en amplificación casi oratoria y hasta en
garrulería. Se movió esta lírica entre lo noble y lo solemne, en un
extremo, y lo pomposo e hinchado, en el otro. Y todo lo que nació
demasiado fácilmente fue fácilmente barrido por el tiempo, ante cuyo
oleaje solo se sostiene lo sólido y de peso.
LA LÍRICA
Un primer pelotón de
poetas madura en medio del fragor de las guerras de la independencia, y
su poesía está animada por las exaltadas pasiones de la hora. Algunos de
esos vates luchan en esas campañas desde muy temprano y no falta quien
entrega su vida por la causa. Son figuras heroicas a menudo mucho más
interesantes por sus vidas que por los versos que en circunstancias
tales apenas pudieron granar y madurar.
El arequipeño Mariano
Melgar (1790-1815) se incorporó al movimiento rebelde del Cusco que en
1841 encabezó el indio Mateo García Pumaccahua, estuvo entre los
insurrectos de Arequipa y fue ejecutado en 1815. Fervoroso por las cosas
de América recogió e imitó yaravíes indios, y, sentimental, anticipó el
Romanticismo. De su parva obra acaso lo mejor sean sus elegías para
Silvia.
El rioplatense -nacido
en Montevideo- Bartolomé Hidalgo (1788-1822), combatiente de las luchas
de la independencia -desde que en 1806 aparece enlistado en el Batallón
de Partidarios de Montevideo y en 1811 el Triunvirato de Buenos Aires lo
declara “Benemérito de la Patria”-. Poeta americano, autor de poesías
gauchescas en metro octosilábico y romances de sabor popular. Todo ese
sabor y gracia puestos al servicio de su pasión libertaria americana
permanecen vivos en el “DIALOGO PATRIOTICO INTERESANTE entre Jacinto
Chano, capataz de una estancia en las islas del Tordillo, y el gaucho de
la Guardia del Monte”. En la misma onda está la Relación que hace el
mismo gaucho al mismo Chano de las fiestas de Mayo de Buenos Aires de
1822.
Juan Cruz Varela
(1794-1839), nacido en Buenos Aires y formado en Córdoba, tiene un
primer período heroico de enfervorizadas poesías patrióticas -que
comienza en 1818-. Canta a los pioneros de mayo del 10,
Los grandes héroes de la Patria mía,
los ilustres varones,
que el primer grito levantar osaron
e impusieron a todas las naciones,
cuando en Mayo de diez hasta el
abismo
se hundiera el trono vil del
despotismo.
Esas serían siempre sus
grandes constantes: cantar la libertad y execrar la tiranía -cantará,
entre otras libertades, la de imprenta.
Participa después
activamente en política, unido con entusiasmo a la gestión de su amigo
Rivadavia. Y hace poesía política, que culmina con sus invectivas contra
Rosas y la exaltación de “El 25 de Mayo de 1832 en Buenos Aires”. Para
esas etapas finales se sitúa en las vecindades de Quintana y Cienfuegos.
No menos enfervorizado
por la causa de la libertad y entregado a quehaceres políticos es el
santafesino José Fernández Madrid, que presidió el Triunvirato de 1816,
fue desterrado a España y tras el triunfo de Bolívar fue nombrado agente
en Francia y Ministro Plenipotenciario en Inglaterra, donde murió. Dejó
el poeta odas de feroz diatriba antiespañola y un canto elegíaco a la
prisión y muerte de Atahualpa. Su obra poética interesó a Olmedo y
Bello. El guayaquileño hallaba mérito a sus versos pero les reprochaba
falta de lima. Y es que los poetas de este bloque o no tenían o no se
daban holgura para ese trabajo más concienzudo de escritura.
Eso vino en un después
que más que cronológico -coexisten unos y otros poetas y poemas- es de
clima espiritual y tensión lírica. En ese después aparecen las tres
grandes cumbres poéticas del período, que son Andrés Bello, con la
Alocución a la poesía y A la agricultura; José Joaquín de
Olmedo, con el Canto a Bolívar y Al vencedor de Miñarica,
y José María Heredia con En el Teocali de Cholula y Niágara.
BELLO
Los dos grandes poemas
de Bello son un canto general a América, a sus gestas y a su naturaleza.
Ya la Alocución a la poesía se presentó como “fragmentos de un
poema titulado América”. Acaso el gran poema nunca se completó. Al menos
la Alocución nunca se decidió Bello a completarla y más
bien más tarde hizo otro poema. Los dos poemas constituyen sus “Silvas
americanas”.
Abrió el poeta su
Alocución conminando a la “Divina Poesía” a dejar la “culta Europa”,
“que la nativa rustiquez desama” y volar al gran escenario del Nuevo
Mundo. Aquello sería un volver a “la infancia de la gente humana”. En
Europa, “región de luz y de miseria”, la Filosofía ha usurpado a la
poesía el culto. Y esa Europa sin poesía le merece al americano juicio
durísimo. La llega a ver al borde de “la antigua noche de barbarie y
crimen”. Pide a la poesía ir adonde la tierra “viste aún su pintoresco
traje”. Y pasa en su canto a hacer el elogio de ciudades y regiones de
esta nueva tierra, remontándose alguna vez hasta héroes primitivos y
teogonías. Y anuncia el tiempo en que “algún marón americano” cantará
mieses y rebaños. Pero la América que canta es una tierra sumida en los
horrores de la guerra, pródiga en gestas libertarias. El poeta evoca de
una en una ciudades y sus mártires, exaltando una libertad ensangrentada
pero “cada vez más brava / más indomable”. Especialmente noble y bello
el elogio de Miranda. Y de Bolívar, que cierra tan glorioso desfile,
confía que no le compete enumerar sus victorias pues su grata patria a
más docta pluma había confiado el encargo. Introduce así el Canto a
Bolívar de Olmedo, que Bello sabía estaba terminándose, si no
terminado.
A los tres años de la
Alocución vio la luz el poema La agricultura en la zona
tórrida. Se abrió el canto con saludo a la fecunda zona de vario
clima, y, con el apóstrofe anafórico de Tú, se exaltaron los ricos
productos de la feraz zona. La caña, la almendra, los nopales y su
carmín, el vino de la agave, el café (“arbusto sabeo”), la palma, el
ananás, la yuca con su blanco pan, la patata, el algodón y su “vellón de
nieve”, el maíz “jefe altanero / de la espigada tribu”. En el banano
extiéndese el elogio a varios versos: el más bello presente del ecuador
feliz que rinde premio opimo con escasa industria. Contrasta tanta
fertilidad de la zona con su indolente habitador, e invita, con ecos de
Virgilio y Horacio, a volver al campo, sobre todo a aquellos a quienes
fortuna hizo señores “de tan dichosa tierra” y la han abandonado a manos
mercenarias para sumirse en el “ciego tumulto” “de míseras ciudades”, en
banderías, lujos y vicios. De allí, ¿saldrá la juventud “orgullo de la
patria, y esperanza”? Culminó esta invitación a volver a las virtudes
campesinas con versos que recogen las nostalgias de Horacio en célebre
oda
.
No así trató la triunfadora Roma
las artes de la paz y de la guerra,
antes fió las riendas del estado
a la mano robusta
que tostó el sol y encalleció el
arado.
Canta Bello, el
constructor, nostálgico, esa “casta viril de rústicos soldados, enseñada
/ a remover las glebas con sabélica azada” del latino
.
Insiste larga y
apasionadamente en el motivo clave de exaltar “la suerte campesina”, el
aura de la montaña, donde está lo verdadero. La vuelta al campo logrará
cerrar las “hondas heridas de la guerra”. E imagina, con viva
hipotiposis, la febril vuelta de las gentes a la faena agrícola. Y a
Dios le ruega que propicie ese trabajo para que su libertad “bendecida
de ti se arraigue y medre”. Le pide enviar al ángel de la paz a esas
erizadas soledades que antes fueron campos cultivados, florecientes
ciudades. La gran exortación final es a la paz que aliente al soldado,
convertido en ciudadano, a volver a la faena en la nave, el taller, el
cortijo. A esas jóvenes naciones, de cabezas orladas de “tempranos
laureles” conmina
honrad el campo, honrad la simple
vida
del labrador y su frugal llaneza.
Eso asegurará morada a
la libertad y la ley. Eso dará nueva fama a los hijos de los vencedores
en los Andes, Boyacá, Maipo, Junín y Apurima.
Leído el poema se ve
qué poca razón tienen los que lo leyeron como pintura detallista de la
naturaleza americana -llegando a invocar el influjo de Humboldt!-. No:
es un poema político en su última enjundia: la pintura opulenta -lírica,
en modo alguno naturalista- de la feracidad de la zona ecuatorial no es
sino introducción ufana al mensaje central que se dice repetidas veces,
con alta pasión de constructor: lo único que reconstruirá esta América
destrozada por las guerras es la vuelta al campo, a las fecundas tareas
agrícolas y nobles virtudes campesinas. Eso fue lo que cantó este nuevo
Marón, así como el latino, Publio Virgilio Marón, que con sus
Geórgicas invitó a los latinos enviciados por el guerrear y sus
fáciles botines a volver al agro.
“La poesía agrícola de
Bello -escribió Menéndez Pelayo- nació, como la de Virgilio, del amor
simultáneo a la naturaleza y a los grandes poetas de otros tiempos; en
su varia y complicadísima urdimbre han entrado hilos de innumerables
telas y, sin embargo, el color de la trama parece uno”
.
El color parece uno y
es americano. Este es el punto neurálgico para el entendimiento y
valoración de estos poemas, sobre todo del segundo, que se diría
realización del gran proyecto -poético- enunciado en la Alocución:
que la poesía venga a América. La matriz formal es clásica; pero
contenidos y pasión fueron americanos, y se tradujeron formalmente en
léxico, pinturas, ritmos. Funcionó aquí eso del vino nuevo en odres
viejos. Porque esos odres eran fuertes y probados, buenos para añejar
vinos nuevos. Bello, humanista de ferviente admiración por la herencia
literaria griega y latina y buen catador de lo mejor de las literaturas
europeas del tiempo -inglesa, francesa, española- no cree que la novedad
deba extenderse a fraguar nuevas matrices estróficas -ninguna de esas
literaturas europeas trabajaba sobre matrices por completo nuevas-. No
cree que la novedad deba -ni pueda- llegar a la forma. La primera y
esencial forma de todo pensamiento y sentimiento, que es el lenguaje,
era española, y Bello rechazó -por ilusos- empeños de independencia
idiomática -sin importarle que ello le valiese ser tachado de
reaccionario-. La versificación que asumió fue una probada, enraizada en
el pasado clásico, y la asumió con esas libertades que permite el seguro
oficio. La novedad vendría de la materia de los cantos y, sobre todo, de
la alta pasión americana con que el exilado -han de recordarse las
fechas de los cantos: 1823 y 1826, y el año del regreso de Bello a
América: 1830- vivía en su poesía las noticias e imágenes de su América
y exortaba a los americanos a la nueva felicidad y grandeza.
Produjo poca poesía
Bello y nada comparable a las “Silvas americanas”: “El incendio de la
Compañía”, “canto elegíaco”, en 1841; “El proscrito”, poema baironiano,
que no pasó del canto quinto. Y algunas traducciones de Victor Hugo,
entra las que se destaca la de “La oración por todos”, que por sus
libertades más parece una imitación, y con tal denominación se publicó
en El crepúsculo de Santiago de Chile, en 1843.
HEREDIA
Contrasta con la alta
pasión revestida de clásicas sonoridades de Bello la pasión romántica de
Heredia.
José María Heredia,
nacido en Santiago de Cuba en 1803, viaja tempranamente con su padre
-funcionario judicial español- por Florida, Santo Domingo y Venezuela.
En 1817 se instala en La Habana, e inicia, al tiempo que estudios de
Leyes, su carrera literaria por los inevitables poemas amorosos y en
teatro con piezas como Eduardo IV, o el usurpador demente (1819).
Lee fervorosamente Chateaubriand, se siente atraído por Cienfuegos, el
excesivo y desmesurado don Nicasio Alvarez Cienfuegos, contemplador
apasionado de la naturaleza (“La primavera”). Tras breve paso por
México, regresa a Cuba y se convierte en revolucionario, a la vez que
prueba fortuna por todos lados. “El torbellino revolucionario -cuenta el
propio poeta- me ha hecho recorrer en poco tiempo una vasta carrera, y
con más o menos fortuna he sido abogado, soldado,viajero, profesor de
lenguas, diplomático, magistrado, historiador y poeta, a los veinticinco
años”. Los niveles alcanzados por esa juvenil pasión revolucionaria
quedan a la vista en estos versos tremendos:
De
traidores y viles tiranos
Respetamos clementes la vida
Cuando
un poco de sangre vertida
Libertad
nos brindaba y honor.
Era 1823, un año
después de la oda A los habitantes de Anahuac, de incitación
directa y fuerte contra Iturbide: “¡Oh mejicanos! / ¿Cómo sufrís tan
oprobioso yugo?”, “Jurad en los altares de la Patria / ser libres o
morir”.
Este patriotismo era
del más exaltado aliento romántico. Pero sus grandes poemas buscaron
otros cauces.
En el Teocalli de Cholula
-compuesto en 1820, fecha tempranísima para algo romántico en español-
es un espléndido canto a la puesta del sol en la tierra que habitaban
los aztecas, tierra que pinta con emocionado énfasis. Tras el sereno y
luminoso ocaso cubre al poeta la sombra del Popocatepetl. Y entonces
desciende sobre él “un largo sueño / de glorias engolfadas y perdidas /
en la profunda noche de los tiempos”.
La primera imagen es
grande pero sombría: los reyes aztecas, déspotas salvajes, en medio del
estupor del pueblo esclavo, presiden sangrientos sacrificios. Dan el
clima a la cruel ceremonia orgullo, vil superstición y tiranía. Resume
en la estrofa penúltima todo ese horror con cuadro plástico y patético y
en la última se vuelve a la pirámide para decirle que más vale que yazca
yerma “y la superstición a quien serviste / en el abismo del infierno
duerma”. Y le pide ser lección saludable a los nietos futuros. “Sé
ejemplo ignominioso / de la demencia y del furor humano” -dicen los dos
últimos versos.
El poema, a
contracorriente de la naciente tendencia a glorificar el pasado
indígena, es el sacudimiento de horror ante el menosprecio de la vida
por razones de culto. Es, por contraste, un canto a la vida y a la
libertad.
Cuatro años más tarde
hizo Niágara, exaltación de lo descomunal de la naturaleza
americana y apasionada confesión de las meditaciones que el prodigio
natural le inspiraba.
Los primeros versos nos
presentan al poeta con el “alma estremecida y agitada”, ardiente de
inspiración, en luz tras largo tiempo de tinieblas. Ello ha obrado el
Niágara con su “sublime terror”. Apenas cabía introducción más romántica
a un poema. Y la materia es de las que más sedujeron a los románticos
-la naturaleza en lo descomunal- y seduciría a los románticos americanos
-la naturaleza virgen, misteriosa, inmensa de América-. Y, frente al
“torrente prodigioso” de trueno aterrador y circundado de tinieblas, el
poeta se confiesa digno de contemplarlo, precisamente por su espíritu
romántico: “ansié por lo terrífico y sublime”.
Sigue la espléndida
pintura de la catarata en su “férvida corriente”, mil olas, espuma y
fragor, iris y nube de vapores. Pero no es la fría y distanciada pintura
que impondría el Parnasianismo: ese correr y abalanzarse se ven “como el
destino irresistible y ciego” y el alma se confunde “en vagos
pensamientos”. La nostalgia le recuerda las palmas que nacen del sol “en
las llanuras de mi ardiente patria”. Acá nada delicado y muelle y por
eso “el alma libre, generosa, fuerte” “el mezquino deleite menosprecia”.
De allí, con la invocación “¡Dios, Dios de la verdad!”, se vuelve contra
monstruos que, blasfemando su nombre, sembraron “error y fanatismo
impío” e inundaron los campos de sangre y llanto. Y execra también de
“mentidos filósofos” que osaban ultrajarlo. Son dos casos de esa miseria
humana que ha empujado al poeta a buscar a Dios en “sublime soledad”. Y
ahora siente su “profunda voz”. También los exaltados sentimientos
religiosos eran rasgo romántico. De toda esa grandeza, la del formidable
fenómeno de la naturaleza y de su Autor, de ese correr incansable “como
el largo torrente de los siglos”, se vuelve a su juventud agostada por
dolor, soledad y desamor. Ello le sume en nostalgia de una mujer que lo
amase. Pero él está “desterrado, / sin patria, sin amores”. La estrofa
final es el gesto del “débil cantor” que quiere durar. Que esos versos
lleven a algún viajero a “dar un suspiro a la memoria mía”, y él, al
escuchar los ecos de su fama, “alce en las nubes la radiosa frente”.
El revolucionario,
perseguido, debió huir a los Estados Unidos en ese 1823. Entonces visitó
las cataratas del Niágara. En 1824, en una carta, dio la clave del
hermoso y hondo poema: “Me parecía ver en aquel torrente la imagen de
mis pasiones y de las borrascas de mi vida”.
Apenas cabe pensar más intensa confesión de romanticismo.
Esas dos memorables
piezas y un puñado más fueron los grandes poemas de Heredia. Aquellos
que compuso sobrecogido por la grandeza de la naturaleza; sumido en
nostalgias de la patria lejana, tibia y solar; arrebatado por exaltadas
pasiones contra tiranías y ciegas aberraciones de humanos. Lo que
escribió lejos del calor de estas altas pasiones le salió -en severas
palabras de Martí- “como poesía de juez, difícil y perezosa”.
BATRES Y CARO
En una segunda fila de
poetas hallamos dos importantes figuras: el guatemalteco José Batres
Montúfar y el colombiano José Eusebio Caro.
Batres se sitúa de
lleno en el período: nacido en 1809 vivió hasta 1844. De él dijo
Menéndez Pelayo que “ni a Heredia, ni a Bello, ni a Olmedo, se les hace
injuria con poner cerca de sus nombres” el del guatemalteco.
Poeta de acentos
románticos, se rindió a la seducción de la naturaleza, selva y desiertos
(“esos desiertos callados y obscuros”), naturaleza que sintió
románticamente (“Parece el desierto coloso dormido”); pero debe su fama
a tres cuentos en versos alegres y picantes que tituló, acaso
lúdicamente, Tradiciones de Guatemala. En esas historias contadas
en octavas reales, picarescas, entre irónicas y sarcásticas, se rió de
la hipocresía reinante en su entorno social, a la vez que abría ventanas
hacia vida y usos de esas gentes -sin que falten breves pero
intencionadas alusiones a la política del tiempo, que Batres ve como
lances de una comedia de enredos-. “Don Pablo” pinta al buen ciudadano
de chocolate, devociones y el resto “rascándose la panza”, y a Pablo, el
“héroe”, cuyo amorío con la esposa de uno de esos apoltronados burgueses
frustra una doña Luisa que exige “castigo suficiente” para el adúltero.
Don Pablo, recluido en un convento, recibe sombría admonición de un
fraile que lo enfrenta a desnuda calavera:
-Esta
que miras calavera agora,
Pablo,
mujer fue un tiempo muy hermosa.
Pero el alegre
mujeriego se aplica así el tan usado expediente para provocar
contemptus mundi:
-Con que
ha dispuesto la fortuna avara
hacer de
tanto hechizo y embeleso
que a
los otros la carne les tocara
¡Y a mí
tan solo me tocara el hueso!
Y la risa irónica, casi
burlesca, se extrema en tragicómico final con la cornisa caída en
terremoto, que mata al joven Pablo y a otros muertos un poco grotescos.
“Las falsas
apariencias” es otra historia a lo Bocaccio: el marido halla a la esposa
en el lecho con un caballero, y los dos reclaman que no es lo que
parece. La pelea entre el el marido y el amante acaba en la cojera de
aquel. Las reflexiones finales del marido cornudo son sostenido juego de
hilarantes equívocos, desde el burlesco comienzo:
No digo
yo que siempre que estén juntos
un mozo
y una joven en un lecho
se
ocupen solo en discutir asuntos
de
historia, de moral o de derecho.
En la tercera
“tradición”, “El reloj”, el caballero, para no verse sorprendido en
plena aventura con la mujer casada por el celoso marido, se esconde bajo
la cama, y allí le repica un reloj de sonería, pieza curiosa, única en
la ciudad, que se ha negado a vender por más que tantos lo solicitasen.
En trance tan apurado, no halla más arbitrio que poner el artefacto en
manos de la esposa y ello lo entrega al marido ponderando haberlo
adquirido por solo doscientos pesos. Y en el diálogo, la pícara dama se
complace en rimar gruesos “cariños” que endilga al marido enfurecido:
“cabeza de chorlito”, bestia, idiota, animal. “Eres Cornelio mío, un
animal”.
Y la dama para acabar
de consumar la burla y el engaño cede a los requerimientos del marido
... con el amante bajo la cama.
A la mañana siguiente
todos conocían el suceso y acuciosos preguntaban a Cornelio la hora y
ponderaban las virtudes del reloj...
Estos fueron los
deliciosos poemas de picaresca criolla que merecieron a Pepe Batres -así
lo llamaban en su Guatemala- el elogio de Rubén Darío, de “príncipe de
los conteurs en verso”.
José Eusebio Caro
(1817-1853) cae también de lleno en el período que nos ocupa. Había
leído este colombiano cultísimo a los líricos ingleses y especialmente a
Byron, pero su expresión es personalísima, innovadora en técnicas
versificatorias.
Si se lo tachó alguna vez de rudo, áspero e inarmónico, debióse ello
precisamente a innovaciones del sistema prosódico vigente -dactílico-,
que le pareció demasiado fácil. En su poesía ha podido hablarse de
“verso de estricto corte, de ajustada medida, de tan calculado ritmo”
que lo acerca a la exactitud matemática.
Poeta que, acaso por
ello, podía parecer de corteza “áspera y dura” -que dijo Menéndez
Pelayo-, era ardiente en su entraña. Su poema “La libertad y el
socialismo”, de tema árido, estuvo animado por la alta pasión del
republicano contra la tiranía de José Hilario López -y es poema de la
última madurez de Caro: 1851-. El intenso sentimiento del poeta
presagiaba por esas tierras tan afectas a lo clásico el romanticismo y
lo iniciaba. Las cuarenta y cinco estrofas de Lara son
completamente románticas, por sus pasiones violentas y trágicas y el
nostálgico fondo paisajista. El mayor crítico español de la poesía del
tiempo admiró “la extraña y selvática grandeza de la poesía de Caro”.
Pero la nota que Caro aporta al coro lírico del tiempo es de peso de
pensamiento. La suya es una poesía densa de ideas. Un poeta filósofo
tituló Rafael Maya el ensayo que le dedicó en 1945. De sus largas y
fervorosas lecturas de clásicos le quedó esa “gravidez intelectual”, que
dijo Maya, y Pombo sentenció: “El siempre piensa y dice. Tosco o
bello cada verso de Caro es una idea”.
Y hay otra voz que,
aunque reclamada por España -pues allá logró madurez y fama- es, por
raíces y comienzos -y por otras obscuras razones-, americana, cubana:
Gertrudis Gómez de Avellaneda.
La poetisa -nacida en
1814; en España desde 1836- es buena representante de esta condición de
tránsito que para la primera parte del período hemos destacado una y
otra vez. Educada en las frialdades neoclásicas de Menéndez Valdés y la
altisonante elocuencia de Quintana, por sus altas y fogosas pasiones,
que lo mismo la exaltaban a deliquios de gozo que la sumían en simas de
melancolía, fue romántica por los años 40, los de los primeros versos, y
no perdió ese aliento por más que la abrumasen exigencias académicas
-que se delatan en el pulimiento a que sometió sus obras de edición en
edición (1841, 1850, 1869-71) buscando perfección formal-. La fuente de
ese calor romántico, como lo señaló Valera en famoso estudio crítico,
fue el amor, pasión que llegó casi a hundirse en abismos de
desesperación y de allí saltó a lo religioso, sin parar hasta el
misticismo de los años finales. Pero eso, como se ha dicho ya, en
España. La Avellaneda hizo, además de su lírica, teatro, entre la
tragedia clásica y el drama romántico: Alfonso Muni (1841), con
un tercer acto arrollado por misterio y terror; Saul; Baltasar
(1858), que la crítica comparada ha aproximado al Sardanápalo
de Lord Byron. Y escribió una novela, Sab (1841), amasada de
recuerdos cubanos, con la esclavitud por tema.
Los otros poetas del
período oscilan entre el neoclasicismo al que los inclinaban estudios y
lecturas españolas y el romanticismo que flotaba en el ambiente e
incitaba cada vez más. Así el colombiano José María Gruesso
(17779-1835), romántico por la seducción de Young y Cadalso -los
apasionados poemas amorosos a Filis-, pero formalmente neoclásico. Y, en
la misma Colombia, donde tanto pesaba el humanismo con sus sólidas
raíces neoclásicas, Luis Vargas Tejada (1802-1829), romántico en la vida
de revolucionario total y clásico en parte de su obra. Y, sin salir de
Colombia, Julio Arboleda (1817-1862), romántico en su poema épico
Gonzalo de Oyón -leyenda de asunto colonial, en el Valle del Cauca-,
que nunca se acabó por la muerte trágica de su autor. Romántico se
ofrece Arboleda por la efusión autobiográfica, el misterioso escenario,
el paisaje y la naturaleza plasmados en cuadros de gran belleza
-comparte con Bello y Echeverría la gloria de haber introducido el
paisaje nativo en la literatura americana.
En México José Joaquín
Pesado (1801-1861) es neoclásico, descriptivo, buen traductor -lo mismo
de poesía nahuatl que de Manzoni y Lamartine-. Pero es prerromántico
Ignacio Rodríguez Galván (1816-1842), autor de La profecía de
Guatimoc.
En Cuba José Jacinto
Milanés y Fuentes (1814-1863) pulsó cuerdas románticas en los años que
precedieron a su locura -1835 a 1843-, y escribió teatro, en la línea
tan romántica de la vuelta al teatro del siglo de oro español: El
conde Alarcos (1838).
Puerto Rico aporta al
cuadro del período El Gíbaro (1849) de Manuel A. Alonso, versos
-y prosas- de raíz popular que rescatan costumbres y lengua de la
jibaría.
En Argentina se yergue
una voz neoclásica que por su altura se acerca a los grandes del
período: Juan Cruz Varela (1794-1839), de quien ya nos hemos ocupado y
solo resta añadir que escribió, además, tragedias -Dido, 1823;
Argia, 1824- y un sainete -A río revuelto, ganancia de pescadores.
LOS BRASILEÑOS
Brasil recibía el
influjo europeo -romántico- a través de Portugal. Pero sus poetas más
abiertos a las novedades del viejo mundo leían a Byron y Lamartine, y
esos grandes románticos los sacaban un tanto de su formación clásica.
Los primeros síntomas prerrománticos aparecen en José Bonifacio de
Andrada e Silva, en Almeida Garret y Ferdinad Denis. Pero es José
Domingos Gonçalves de Magalhaes (1811-1882), que imprimió sus primeras
poesías en Río de Janeiro en 1832 y sus Suspiros poéticos, en
París, en 1836, el primero en darse a la novedad romántica, como
experiencia total del poeta, ser privilegiado, y el descubrimiento de la
naturaleza como templo misterioso de un nuevo culto poético. Otros
acentuarían el subjetivismo y el predominio de la fantasía, y, sobre
todo, esa libertad que tanto había exaltado Victor Hugo
Pero el mayor poeta
brasileño del período es Antonio Gonçalves Dias (1823-1864). Profesor de
Derecho en Coimbra y de latín e historia patria en el Colegio Pedro II,
autor de teatro y de estudios etnográficos y lingüísticos, debe su
gloria mayor a su poesía, rica de asuntos y segura de procedimientos
expresivos, aventura romántica que conjuga libertad con seguro dominio
del lenguaje - “reduzindo à linguagem harmoniosa e cadente o pensamento
que me vem de improviso”, como dijera él mismo en el prólogo a la
primera edición de sus Primeiros Cantos-. La suya es una poesía
rica de cauces: sentido religioso panteísta frente a la naturaleza,
experiencia sentimental amorosa casi autobiográfica, indianismo, ideas y
visiones de raíz medieval.
LA NOVELA
En novela el tránsito
hacia lo romántico se da en dos novelas que aparecen, muy vecinas en las
fechas, traspuesta la mitad del período.
Novela de tránsito es
La novia del hereje (1840) del argentino Vicente Fidel López
(1815-1903). Ese temprano derivar hacia el Romanticismo se razonó con
gran lucidez teórica en una Carta-prólogo escrita a más de cuatro
décadas de la novela. Allí se da cuenta del peso de la historia para un
novelar romántico. En la novela misma anunciaron ese romanticismo que se
venteaba en el aire el tono y la atmósfera; las figuras históricas y los
personajes de ficción; idilios, pasiones e intrigas; los cuadros
costumbristas.
Y en 1839 había
aparecido una primera parte de Cecilia Valdez o la loma del Angel
del cubano Cirilo Villaverde (1812-1894), románticamente folletinesca,
tremendista en su trama amorosa -los amores entre la mulata Cecilia y el
señorito Leonardo, que no saben que son hermanos-. (Una edición
definitiva de la novela debería esperar hasta 1882).
Caso especialmente
sugestivo es el del ya nombrado Esteban Echeverría (1805-1851), que se
nutre en Francia de lecturas románticas -Lamartine, Dumas, Hugo y los
románticos alemanes- y trasplanta ese romanticismo en Elvira o la
novia del Plata -de 1823- y hace que la joven literatura rioplatense
abra los ojos a lo local -paisaje, costumbres, historia- con La
Cautiva. La gente joven de esa inquieta hora argentina saludó el
poema como fundador de “la literatura nacional” -más tarde, en torno al
acatado magisterio de su autor, se constituiría la Joven Argentina,
grupo caracterizador de toda una generación-. Pero Echeverría era mucho
más prosista que poeta y en la prosa produjo la primera obra maestra
realmente argentina: el cuento largo El matadero (1838).
El cuento arranca en
pleno espíritu romántico -el gran leimotivo de la lucha contra la
tiranía- y por su tono exaltado es romántico hasta el final; pero la
morosidad de las sórdidas pinturas -sobre todo del matadero-, el brío de
las escenas tumultuosas y lo bizarro de otras y el diálogo enraizado en
hablas populares, sincopado y recio, lo hacen precursor del más vigoroso
realismo americano y hasta del expresionismo.
El cuento todo
es una gran metáfora: el matadero -sórdido y sangriento-, metáfora de la
dictadura de Rosas, y está traspasado de crítica desde los volterianos
comentarios a la prohibición eclesiástica de la carne en cuaresma y la
burla de los predicadores que echaban la culpa de las lluvias
torrenciales a los “unitarios impíos” -todo con cáustico humor negro-.
Tiene esa crítica de la sevicia de los federales su clímax en la tortura
y muerte del joven unitario perpetrada por los del matadero, “foco de la
federación”.
El clima romántico y
todas las pasiones que a su calor medraban dan las primeras obras
maestras netamente -acaso, mejor, apasionadamente- americanas que
cierran el período. Una fue -lo acabamos de ver El matadero-;
otra, la mayor del tiempo, es el Facundo de Sarmiento
(1811-1888), titulada Civilización y barbarie: vida de Juan Facundo
Quiroga, que apareció en 1845. Novela o ensayo o evocación histórica
-a Sarmiento encasillamientos preceptivos y retóricos le traían sin
cuidado-, lo que sea, se ha escrito a impulsos de una gran pasión y de
una poderosa y rica voluntad literaria. Lo que explica la estupenda
creación es la fascinación -netamente romántica- por el héroe bárbaro.
En el escenario de la
pampa argentina -agudamente interpretada-, la vida turbulenta y bárbara
del “Tigre de los Llanos” se convierte, a pesar del autor, por fuerza de
la creación literaria, en epopeya de la barbarie. Estupendos cuadros de
la vida gaucha -montoneras y campañas-, personajes vigorosos y análisis
hondos del alma argentina son las claves de la obra maestra.
La tormentosa historia
argentina, con actores de cuño romántico, que alcanza su clímax en la
brutal dictadura de Rosas, nutrió tres decisivas empresas de aliento
romántico que, por fuerza de sus poderes narrativos, abrieron anchos
caminos al realismo americano. Dos de ellas son, claro, El matadero
y Facundo. La tercera es Amalia de José Mármol
(1817-1871), que se hizo entre 1851 y 1855.
Mármol escribió sus
primeros versos en el calabozo al que lo había echado la dictadura de
Rosas y sus Cantos del peregrino proclamaron, desde el título y
el epígrafe, su admiración por ese brioso espécimen de romanticismo que
fue el Childe Harold´s Pilgrimage de Byron. Pero su novela
estaría en el punto de giro de romanticismo a realismo.
Amalia pagó
tributo al romanticismo ambiente en su condición de folletín de
aventuras truculentas y el sentimental romance que florece en el corazón
de toda esa truculencia; pero el brío narrativo -de raíz romántica, sin
duda- desbordó esa condición y logró una novela política que por su
efecto de distanciamiento puede leerse como novela histórica (para serlo
rigurosamente faltaba real distancia de los sucesos, en buena parte casi
autobiográficos). Una historia de persecución política -Belgrano,
sobreviviente de una degollina perpetrada por la “Mazorca”, fuerza
represiva del dictador- se entrelaza con otra de amor -entre Belgrano y
Amalia, que lo ha acogido y esconde-, y acaba con el asesinato del
perseguido. “Con algo menos de discursos y digresiones -he escrito
-, con algo más de rigor en la composición y de exigencia en el estilo,
con menos sentimentalismo, habría sido una obra maestra. Pero es una
obra que interesa y apasiona todavía. Y lo es porque respira pasión. La
pasión política alienta en pasajes de tenso dramatismo y en cuadros
sombríos casi alucinantes”. Y destaqué personajes, hasta la muy
interesante comparsa. “Todas esas figuras presentadas sin mayor
consistencia ni sutileza psicológica, pero con vigor”. “Todo, en suma,
forma parte del apasionado alegato político que envuelve y traspasa la
romántica historia de amor”.
Pero la figura mayor de
la novela americana en la primera parte del período es el ya nombrado
José Joaquín Fernández de Lizardi -bautizado en la ciudad de México en
1776 y muerto allí mismo en 1827-, que inició en 1816 la edición de
El Periquillo Sarniento, novela a la que siguieron Noches tristes
y día alegre (1818), La Quijotita y su prima (1819) y Don
Catrín de la Fachenda (que vio la luz en 1832, póstuma, pero se
había terminado para 1825).
El Periquillo
Sarniento es, en rigor, la primera novela de América. Pedro
Sarmiento -pintoresco personaje a quien apodaron “Periquillo Sarniento”
por los verdes y amarillos chillones de su traje y su cara granujienta-,
sintiendo próximo su fin deja escritos para sus hijos “los nada raros
sucesos de mi vida”, como lección “para que os sepáis guardar y precaver
de muchos de los peligros que amenazan y aun lastiman al hombre, en el
discurso de sus días”. El hilo del relato será esa autobiografía y le
permitirá hilvanar toda suerte de comentarios sobre educación,
costumbres y gobierno -y allí es el incansable publicista crítico que
fue Lizardi quien habla-. Pero la historia avanza y va completando un
gran fresco de la vida mexicana en convento, universidad, cárcel,
prostíbulo, hospital y buque, cada ambiente y medio con un peculiar
lenguaje, que va del vulgarismo al latinajo. Esa vida que es coto de
caza reservado a la novela y en que aquí por primera vez se incursionó.
Noches tristes y día
alegre le pareció a Agusín Yáñez “una de las más expresivas
introducciones del romanticismo hispanoamericano en su doble aspecto
indígena y de trasplantación”.
Y si La Quijotita y su prima no pudo alzar vuelo novelístico de
tanto lastre moralizante como tuvo, Don Catrín de la Fachenda
volvió al brío narrativo del Periquillo y fue aun más picante en
su crítica socarrona de los “catrines” -fingidores de apariencias-,
militares y más fauna de mundanerías fatuas.
Manifestación del gusto
romántico por el sabor local y por lo pintoresco y hasta bizarro -que en
El matadero se realizó estupendamente y tuvo logros sabrosos de
crítica social en El Periquillo Sarniento-, son los cuadros de
costumbres que empiezan a darse por todos lados, en una vasta y varia
empresa americana de descubrimiento de lo propio. Los de Jotabeche (José
Joquín Vallejo, 1811-1858), en Chile; Los San Lunes de Fidel del
mexicano Guillermo Prieto; en Venezuela, Daniel Mendoza (1823-1867), con
memorable pintura del campesino que visita la ciudad, y los Cuadros
de costumbres de Salomé Jil, en Guatemala. Y la misma primera novela
de Manuel Payno (1810-1894), El fistol del diablo (1845-1846),
tiene mucho de sostenido cuadro de costumbres.
Otro cauce romántico
para relato y novela era lo histórico. Corrió por él muy tempranamente,
en 1826, Jicoténcal, seguramente de autor mexicano; pero empeños
sostenidos solo se dieron a partir de 1845. Siéntese en toda esa
producción -menor, sin cosa que exija mención- la fiebre del folletín
francés a lo Dumas, Victor Hugo o Eugenio Sue. En México el género hizo
fortuna y nutrió las arcas de astutas casas editoriales.
Pero en esta hora la
novela romántica más interesante llega del Brasil. Joaquim Manuel de
Macedo (1820-1882), poeta y dramaturgo, a más -caso típico del tiempo-
de catedrático, diputado y periodista, marca una fecha clave en la
novela brasileña con A Moreninha (1844), a la que siguieron, en
serie de fecundidad y facilidad asombrosas, O Moço Loiro (1845),
Os Dois Amores (1848), Rosa (1849), Vicentina
(1853), O Forasteiro (1856) y los cuentos de Os Romances da
Semana (1861) -la serie seguiría más allá del período al que
atendemos-. Folletinescas en sus peripecias, pobres de estilo y
mediocres de ideas, son sabrosas por su realismo familiar e interesantes
por sus tipos humanos, lo uno y lo otro fruto de fina observación.
En 1857 apareció O
Guarani. Su autor, José Martiniano de Alencar (1829-1877), quería
hacer vida novelesca una vigorosa poética: un amplio programa de
literatura nacional basada en tradiciones indígenas y en la pintura de
la propia naturaleza, todo ello aquilatado por una exigente conciencia
estética. A partir de allí, hasta el 64, Alencar publicaría sus novelas
más célebres: A viuvinha (1860), Lucíola (1862), la
primera parte de As minas de prata (1862), Diva (1864)...
Escritor seguro y rico, Alencar convoca, en un marco natural pintado con
gran economía, a personajes agudamente captados, al tiempo que desnuda
vida individual y social. El empeño analítico alcanza puntos muy altos
en Lucíola y Senhora (1875); la visión de la sociedad, en
O Gaúcho (1870) y O Sertanejo (1875).
Y se apartó del
romanticismo en boga Manuel Antonio de Almeida (1831-1861) con su
única novela, aparecida como folletín periodístico entre 1852 y 1853,
Memórias de um Sargento de Milicias, de humorismo fresco -con
dejos de ironía-, estilo coloquial y realismo que recuerda la vieja
picaresca.
EL TEATRO
En una América liberada
de la tutela española aumentan las representaciones teatrales. Se ven
las tablas como púlpito moderno para prédicas morales y políticas. “Yo
considero el teatro únicamente como una escuela pública -proclamaba el
prócer chileno Camilo Henríquez-. La musa dramática es un gran
instrumento en manos de la política”. Y, como lo ha señalado Anderson
Imbert, “el teatro, en el Río de la Plata, era entonces “Una escuela
práctica de moral”.
Púlpito laico, escuela y barricada. El granadino Luis Vargas Tejada, de
breve e intensa vida (1802-1829), escribe dos monólogos contra Bolívar:
Catón en Utica y La madre de Pausanias. Ha de recordarse
que fue uno de los conspiradores del 28 y murió, acaso asesinado, cuando
huía a Venezuela.
La forma sigue siendo
neoclásica, pero los temas y los personajes son americanos: Lautaro
de Camilo Henríquez, Tupac Amaru de Luis Ambrosio Morante,
Atala y Guatimoc de José Fernández Madrid, Xicontencatl de
José María Moreno, Sugamuxi de Luis Vargas Tejada.
En el primer tramo del
período, de anuncios y primeros estremecimientos románticos, el teatro
fue uno de los espacios más románticos de la joven literatura nueva de
América. Primer fruto de romanticismo influido por Victor Hugo es
Pedro de Castilla, escrito en Cuba en 1836 por el dominicano Javier
Foxá (1816-c. 1865). Romántico es el drama en verso El Conde de
Alarcos (1838) del cubano José Jacinto Milanés y Fuentes. Y es
romántico el odio a los tiranos que Juan Cruz Varela disfrazó con galas
de antigüedad clásica en su Argia. Y en México fue teatro
romántico en verso el Herman o la vuelta del cruzado (1842) de
Fernando Calderón (1809-1845), que en la comedia A ninguna de las
tres criticó excesos románticos.
Ya al voltear la mitad
del período se siente que el teatro busca cauces más realistas. Lo hace
en teatro satírico el peruano Felipe Pardo y Aliaga (1806-1868),
recalcitrante monárquico, en La jeta (1834). Y Manuel Ascensio
Segura (1805-1871) funda el teatro criollo peruano con piezas como El
sargento Canuto (1839). Y en Brasil, Luis Carlos Martins Penna
(1815-1848) lleva a escena sabrosos cuadros de vida cotidiana.
Pero el aliento
romántico sopla en la escena y busca cauces como lo histórico, aunque
sin mayores logros. Muy poco feliz, por ejemplo, el drama histórico del
mexicano Ignacio Ramírez (1818-1879).
LA PROSA
Hubo teatro en el
período, pero este es renglón en el que el saldo para la literatura
americana resulta escuálido. Es mucho más sólido y rico en la prosa.
Este fue tiempo en que rotos diques y aduanas florecieron publicaciones
de toda índole, ofreciendo espacios antes impensables a la crítica
social más cáustica y a las más ingeniosas formas de ironía y burla,
todo lo cual aportó nuevas y a menudo deliciosas calidades a la
expresión literaria en prosa de agudos gacetilleros y briosos
polemistas.
Cabe recordar un par de
fechas muy tempranas decisivas para esta nueva prosa: en 1806 Miranda
introduce en Caracas una imprenta ambulante, la primera en Venezuela,
para imprimir esas proclamas que quemaría el verdugo. Y las Cortes de
Cádiz, que fueron estupenda tribuna hispanoamericana para briosos
oradores -entre los que se destacó más que cualquier otro americano el
quiteño Mejía Lequerica, a quien dedicaremos capítulo especial en
nuestra Historia de la Literatura Ecuatoriana-,
decretaron en 1811 la libertad de imprenta.
El bullir de imprentas
que siguió a la temprana de Miranda y un inusitado multiplicarse de
gacetillas que propició el decreto de las Cortes dieron tribuna a
escritores impacientes de propósitos patrióticos. En las páginas del
Diario de México publica Andrés Quintana hasta sus versos
revolucionarios. Y en muchas partes -Cuba, por ejemplo- esa libertad
decretada por la gran asamblea gaditana abrió camino a la poesía
popular, con coplas y décimas de desenfadado ingenio.
De esa recién estrenada
libertad se aprovechó Fernández de Lizardi para propagar ideas
liberales. Saludó la abolición de la Inquisición, propugnó una reforma
social que suprimiese privilegios, denunció la ignorancia popular y
responsabilizó de ella a la Iglesia.
Triunfó, como lo hemos
repasado ya, la reacción absolutista en España y volvió la Inquisición.
Los artículos de Lizardi fueron censurados. Habría que esperar la
independencia para poder escribir otra vez con libertad. Y, sin
libertad, la prosa creció raquítica.
Debía madurar la nueva
prosa americana, y estas maduraciones se toman su tiempo -tiempo que a
veces se mide por generaciones-. En el período siguiente nos aguardan
prosistas de otra talla, con Montalvo a la cabeza. Pero en esta hora,
que en prosa es más de afirmación que de transiciones, hay ya figuras
fundacionales. La mayor, sin duda, Bello.
Bello ejerce un
magisterio americano cada vez más acatado -en Chile se llegó a hablar
de una verdadera dictadura intelectual, paralela a la política de
Portales- y lo ejerce por sus escritos. En julio de 1826 imprime, en
Londres, con García del Río, el Prospecto de una de sus dos
grandes revistas panhispánicas, el Repertorio Americano, y allí,
aunque sin firma, ni falta que hacía, está ya su prosa de cauce ancho,
tono sereno, recatada pasión, rigor extremo y generoso contenido. Esa
prosa que, al decir de Menéndez Pelayo, “no es brillante ni muy
trabajada, pero es modelo de sensatez, de cordura y de caudalosa
doctrina”.
Ya en Chile, afirmado
Portales como poderoso Ministro, puso a Bello al frente de la sección de
noticias extranjeras y de la de Letras y Ciencias de El Araucano,
y le dio así su primera tribuna americana. Más tarde, la tribuna grande
fue la Universidad, desde cuando, en la apertura oficial de la
Universidad de Chile -otra gran empresa de Bello-, el 17 de septiembre
de 1843, el discurso inaugural fue estupendo manifiesto sobre lo que
debía ser la Universidad en esta América nueva, en laborioso trance de
construirse.
Vendrían después las
grandes obras doctrinales: Principios de Derecho Internacional,
la Gramática de la lengua castellana dedicada al uso de los
americanos -escrita en exacta y castiza prosa-, la Filosofía del
entendimiento. ¡Cuánto se podría sorprender de prosa artística en
obras tan económicas, rigurosas y serias! Como en la Filosofía,
eso del universo físico como “un gran vacío poblado de apariencias
vanas”. Bello, el poeta y el prosista, fue ese varón memorable,
educador de toda la América española, “comparable -como escribió
bellamente Menéndez Pelayo- a aquellos patriarcas de los pueblos
primitivos, que el mito clásico nos presenta, a la vez filósofos y
poetas, atrayendo a los hombres con el halago de la armonía, para
reducirlos a cultura y vida social, al mismo tiempo que levantaban los
muros de las ciudades y escribían en tablas imperecederas los sagrados
preceptos de la ley”.
El movimiento de la
independencia americana fue empresa intelectual antes, durante y después
de las guerras libertarias y nadie lo muestra con más peso de ideas y
más fuerza expresiva que el mayor actor de la gesta, Bolívar.
Bolívar fue hombre de
letras. Arganil, enemigo declarado del prócer, llegó a decir: “Bolívar,
dedicado a cultivar la literatura hubiera podido destronar a todos los
oradores y poetas de su tiempo”. Pero, en medio del tráfago de las
campañas, fue orador y escritor de rica vena y variado registro. “Habla
elocuentemente de todas las materias” y “escribe de un modo que hace
impresión, pero su estilo está viciado por una afectación de grandeza
que desagrada” -fue el juicio que estampó Miller en sus Memorias.
En el estilo de Bolívar hallamos la imagen -de desmesura a veces rayana
en hipérbole- sirviendo a altas y decisivas ideas; antítesis y
paradojas, que traslucían la complejidad de un pensamiento enfrentado a
situaciones tensas de contradicciones; frases lapidarias que condensaban
ideas largamente sentidas y variados modos de intensificación de la
prosa, usados con seguro instinto, en especial cuando esa prosa estaba
agitada por la cólera, que va de la cáustica ironía a la burla y la
palabra dura. Esto dice a Santander del Congreso de Panamá y Venezuela,
en carta de julio de 1826:
Vírgenes
y santos, ángeles y querubines serán los ciudadanos de este nuevo
paraíso. ¡Bravo! ¡bravísimo! Pues que marchen esas legiones de Milton a
parar el trote de la insurrección de Páez, y que, puesto que con los
principios y no con los hombres se gobierna, para nada necesitan ni de
Ud. ni de mí. A este punto he querido yo llegar de esta célebre
tragedia, repetida mil veces en los siglos y siempre nueva para los
ciegos y estúpidos que no sienten hasta que no están heridos ¡Qué
conductores!.
Echeverría, que
en El matadero intensificó con tanta fuerza su prosa para la
denuncia política, escribió también lúcidos ensayos filosóficos y fue
inteligente prosista de ideas en las Palabras simbólicas,
conocidas después como El dogma socialista.
Pero la figura mayor de
la prosa por esos lares es Sarmiento. Ya se ha dicho que su Facundo
no es, en rigor, novela -al menos para lo que en ese tiempo cabía
tener por tal-, y tiene mucho de ensayo. En lo uno y lo otro el gran
argentino se muestra formidable prosista. Lució otras finas calidades de
prosa en Viajes (1845-1847), el libro que siguió al Facundo:
cartas imaginativas, penetrantes de observación -paisajes y costumbres
de Francia, España, Africa, Italia, Estados Unidos-, chispeantes de
humor, ricas de imágenes y metáforas.Vendrían después otras dos obras de
intencionada escritura y las consabidas calidades: Recuerdos de
provincia (1850) y Mi defensa (1850).
Y en Argentina, de
entre el bullir de escritores que floreció en la hora que siguió a la
Joven Argentina y la Asociación de Mayo -fundada en 1838 en torno a
Echeverría-, hay que destacar a Bartolomé Mitre (1821-1906), que, aunque
tentó la poesía de asunto criollista en Santos Vega (1938), se
afirmó como gran historiador. Pero hay que mencionar también las
Memorias del general José María Paz y los artículos de costumbres
Juan Bautista Alberdi, firmados por Figarillo -en clara alusión a
Larra-, a la vez que sus Cartas quillotanas de virulenta polémica
contra Sarmiento.
Por otros lados se
destaca la prosa del hondureño José Cecilio del Valle (1780-1834), buen
pintor de la naturaleza, y del colombiano Francisco Antonio Ulloa
(nacido en 1783).
Signo de esos tiempos
de fervores libertarios y recuperación de lo nacional fueron importantes
empresas históricas que, cuando estuvieron servidas por los poderes de
la prosa -como en el caso ya dicho de Mitre-, cuajaron en importantes
obras literarias que inauguraron uno de los renglones más ricos de la
literatura del XIX. Asistimos al nacimiento de las primeras grandes
historias nacionales de nuevo cuño: Historia de la República
Argentina de Vicente Fidel López y el Resumen de la historia de
Venezuela de Baralt (tres volúmenes que vieron la luz en París entre
1841 y 1843). Y la Biografía de José Félix Ribas del venezolano
Juan Vicente González (1811-1866), de apasionada escritura que fragua en
recias estampas históricas, inicia larga serie decimonónica de textos
que, un poco detrás del Facundo, hacen pie en un motivo histórico
para despegar hacia alturas de ensayo, polémica, diatriba y otras
vigorosas maneras de prosa literaria.
Sea la última figura de
esta elemental galería de prosistas un personaje que con sus viajes por
toda América, sus empresas de publicista, sus polémicas por uno y otro
lado y sus escritos de la más diversa índole y notables calidades domina
la última parte del período: el guatemalteco Antonio José de Irisarri
(1786-1868).
Entre 1846 y 1847
publica, como folletón en el periódico bogotano El Cristiano errante,
una novela política del mismo nombre. Autobiográfica, picaresca,
costumbrista. En 1863 edita, en Nueva York, otra novela política:
Historia del perínclito Epaminondas del Cauca. Pero el genio del
inquieto escritor era el del polemista: mordaz, cáustico, satírico.
Escribió unas Poesías satíricas y burlescas (1867), que perduran
por eso, por sátira y burla. Y sus fábulas son sátiras. Vivió
escribiendo -en periódicos propios y ajenos- y peleándose,
literariamente, con medio mundo. A Quito llegó este ilustre trotamundos
americano en 1844 y fundó el periódico La Concordia que utilizó
para favorecer la causa del general Flores. Siempre al servicio del
generoso mecenas imprimió en Bogotá, en 1846, su Historia crítica del
asesinato cometido en la persona del Gran Mariscal de Ayacucho. Y
ocupa destacado lugar en la literatura ecuatoriana del tiempo la agria,
pero erudita y brillante, polémica que sostuvo con otro gran polemista,
el fraile cuencano Vicente Solano.
Y, claro, en tales
empresas de andarse a las greñas en toda suerte de materias y con todas
las armas que cultura y literatura podían ofrecer a quijotes y
camorristas,
Irisarri no es una isla. Es ingente la falange de periodistas,
articulistas y gacetilleros que nutren un increíble bullir de periódicos
y gacetas y revistillas de toda facha y empaque -algunas nacidas solo
para ofrecer tribuna a una de esas a veces tan apasionadas y agrias
disputas-. En tales espacios la prosa polémica americana comienza a
cobrar en este período enorme peso e incitantes calidades -que
madurarían en varios sentidos en los períodos siguientes, hasta dar en
alardes de tanto poder literario como Las Catilinarias de
Montalvo-. “El diario es -proclamaba Sarmiento en 1841- la voz que
resuena siempre, la palabra viva y mordaz, el pregón alto y sonoro”.
Y del diario separábanse, como hijuelas, libelo y pasquín. Que, cuando
estaban inspirados por visiones lúcidas y sentimientos generosos, al
tiempo que quemaban, iluminaban y sacudían rutinas e inercias. En 1844,
el chileno Francisco Bilbao (1823-1865) irrumpe con el violento libelo
La sociedad chilena, que, al decir de Henríquez Ureña, “cayó como
una bomba sobre la modorra mental de las familias privilegiadas y la
empingorotada cerrazón de los políticos gobernantes”.
A mucho de todo esto habremos de acercarnos, para el caso ecuatoriano,
en nuestra Historia literaria.
Y como introducción al
tiempo ecuatoriano del período y su literatura esto, que siempre resulta
corto, parece casi demasiado.
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