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INTRODUCCION
Abreviaturas y
guía de manejo
LIBRO
DE LIBROS
Este es un libro
de libros. Es una ancha y honda mirada hacia los libros leídos y
admirados o, al menos, reconocidos como indispensables en su hora y
circunstancia, durante todo un siglo, buena parte del cual nos hemos
pasado leyendo. Es, más que de investigador, teórico, historiador de la
literatura o crítico, un libro de lector. Bueno, si de crítico, en todo
caso de lector: el crítico no es sino un lector, que ha hecho de la
lectura, a más de pasión y fiesta, oficio y técnica, lo cual no se
contrapone ni a esa pasión ni a esa fiesta.
Y, digámoslo de una vez: este libro viene a saldar mi deuda con los
libros, a los que debo una enorme gran parte de las horas más
deleitosas, incitantes, iluminadas, graves y hondas de mi existencia.
Apenas hace falta decir que ello ha acontecido, salvo ilustres
excepciones de libros de ciencia y de cultura, con los grandes libros de
literatura. De allí que este siglo de libros es, fundamentalmente, un
siglo de libros de literatura.
Pero, pareja con mi pasión por los libros ha corrido
mi pasión por el cine.
Y el
recuento ha dado espacio a esos filmes que, con su peculiar lenguaje y
en el intenso tiempo que dura una película, me deslumbraron o fascinaron
con su alta carga de belleza, emoción, sentidos y visión del mundo.
Y la pintura. No
puedo imaginarme mi siglo de libros y cine sin las artes visuales. He
ejercido por décadas el oficio de crítico de arte, he escrito libros y
monografías sobre arte y artistas, he vivido y vivo rodeado de obras de
arte y me he rendido a las seducciones de un arte que en el siglo ha ido
abriendo caminos a la sensibilidad contemporánea, renovando
inagotablemente sus poderes para enfrentarnos por igual con lo más
ominoso y sombrío que con lo iluminado y bello.
“En cuanto al racismo, yo no sé. Yo no estaba allí. Solo sé lo que
vi en las películas y leí en libros sobre negros”, dice el joven negro
en ese estupendo filme documental que es Las siete vidas de Quincy
Jones. Nació cuando lucha, drama, tragedia y triunfo de la negritud
norteamericana se habían cumplido. Aquello pertenecía ya a la memoria
colectiva. Esa memoria -lo dijo- estaba en películas y libros.
De infinidad de temas y conflictos y aventuras y hazañas y
frustraciones y crímenes y reivindicaciones del siglo que hemos
clausurado pudieran decir lo mismo millones de jóvenes y, conforme el
acontecimiento se sume en el neblinoso y evanescente pasado, hasta
adultos sobrevivientes.
El balance del siglo XX -de lo mejor del siglo: no
de sus aberraciones y desates de insania que llegaron a simas de horror
y estupidez en las cámaras de gas nazis para asesinar miles y miles de
judíos o las bombas atómicas yanquis sobre Hiroshima y Nagasaki- se ha
de hacer de libros y filmes y de arte visual y musical.
Y, si
cambianos el orden del joven negro -filmes y libros-, es porque creemos
-y este libro de libros y filmes lo mostrará- que el registro del libro
ha sido en el siglo más extenso, más rico, más complejo y, por ello
mismo, más hondo que el del cine y cualquiera de las otras artes. La
pintura muestra, en cambio, las cosas de modo más inmediato y plástico;
la música, de modo más sutil e insinuante, y el cine, con la especial
fascinación debida a esa suma de poderes significantes que le dan las
artes visuales, musicales y literarias conjugadas.
DESDE UN MIRADOR LATINOAMERICANO
Una panorámica
como la que vamos a desplegar ante el lector ha de hacerse siempre desde
un mirador, y dependen de la ubicación de ese mirador los horizontes a
que se extienda la observación, así como el conjunto de los planos más
cercanos y más distantes.
Estos horizontes del libro de un siglo -y las artes- se han visto
desde un mirador latinoamericano. Ello importa occidental, americano y
del español. Obras orientales no traducidas y peor si en absoluto
desconocidas para los públicos occidentales e hispanoamericanos nunca
han podido verse desde este mirador y no configuran este horizonte.
La panorámica se pretendía universal: apuntó a obras de importancia
o interés universal. Pero, al ser el mirador latinoamericano, el
horizonte se pobló de obras de América Latina, la mayor parte de las
cuales no alcanzaban esa dimensión. Se buscó, entonces, conciliar esa
falta de importancia mundial con la presencia en ámbitos más estrechos,
creando un nuevo espacio de recuento: libros de importancia o interés
para el mundo latinoamericano.
Por supuesto que cuando una obra latinoamericana nos pareció
alzarse en el horizonte del libro del siglo con dimensión mundial se la
registró en la primera parte. Lleva junto a sí la sigla AL -que marca su
origen latinoamericano-, seguida de la abreviatura del país al que
pertenece.
Hemos excluido de este tratamiento la sección
“Literatura infantil y juvenil”. La razón para hacerlo es muy compleja.
Hay obras latinoamericanas -sobre todo en la segunda mitad del siglo-
que, sin la menor duda, ocupan lugar destacado en el concierto mundial;
pero hay muchas otras que, teniendo mérito más que suficiente para ello,
por falta de difusión y otras razones en absoluto literarias, no han
cobrado resonancia mundial.
¿Qué hacer
con ellas?, hemos cavilado. La cosa se ofrecía riesgosa de injusticias.
Dejamos, pues, todas las obras de literatura infantil y juvenil hechas
en América Latina en la parte de las obras latinoamericanas, pensando
siempre en dar una explicación como la que aquí hacemos.
EL MARCO
El marco para la
aparición de los libros y creaciones artísticas de nuestra panorámica es
el acontecer y el vivir mismo de los pueblos en que esas manifestaciones
supremas de lo humano se dan. Y es la historia la encargada de llevar el
registro de tales aconteceres, de buscarles sentido y organizarlos en
conjuntos significantes.
Debíamos, creímos, comenzar cada año por el recuento histórico que
diese a literatura y artes su marco. Lo hemos hecho del modo más rápido,
en visiones a vuelo de pájaro, reduciéndonos a sucesos decisivos. La
vida que florecía en torno a esos sucesos -en las más variadas
relaciones con ellos- se le escapaba a la historia: quedaba registrada
de modo fiel y hondo en el arte; en especial en la literatura.
Aquí también el registro histórico es doble: el mundial y el
latinoamericano. Por aquello ya dicho de la ubicación latinoamericana de
nuestro mirador.
Cosa ardua elegir un puñado de hechos para dibujar un año, si se
piensa que los diarios -acuciosos registradores, día a día, del
acontecer mundial- dan cuenta en cada edición de decenas de
acontecimientos, algunos al parecer dignos de la mayor atención.
Selección de tanta exclusividad solo fue posible por la distancia.
La distancia actúa como cedazo de trama estrecha que deja fuera la paja
de lo de menor peso histórico.
Pero esa criba se ajusta a criterios. Puede, en
efecto, hacerse con especial atención a lo político, a lo social, a lo
económico, a lo cultural.
Prescindiendo de cualquier criterio riguroso y sistemático, nuestra
selección ha sido de hechos y de esos hechos que, a juicio del buen
sentido general, cuentan como claves de la peripecia del mundo en el
siglo.
Quedaron fuera los
hechos fundamentales en los ámbitos privilegiados del libro, las artes
visuales y musicales y los filmes porque ellos eran el objeto de
nuestras indagaciones y valoraciones.
Con lo que
sí completamos tan somero marco histórico de cada año fue con las
noticias salientes del mundo de la ciencia y la técnica -que tanto han
pesado en el vivir y convivir de los humanos en todos los tiempos, y más
en este siglo, que fue el del automóvil, la aviación comercial, la
televisión universal, la computadora, satélites y redes de comunicación,
grandes avances de la medicina, la bomba atómica y otras sofisticadas
aberraciones letales y el viaje a la Luna y las estaciones orbitales.
LA NOVELA
Comienza la lista
de los libros de cada año por la novela. No implica ello privilegiar las
novelas sobre obras de otros géneros literarios y aun obras marginales a
la literatura. Sin embargo, bastará una revisión generalísima de estas
cien listas para confirmar el lugar privilegiado que en el mundo del
libro en este siglo ha cobrado la novela.
Vindicaba Eco -llegado al género desde una brillante trayectoria de
semiólogo- para la novela su “poder de captar, crear y expresar la
totalidad del cosmos”. La novela no requiere de referente alguno
exterior para tener validez como tal totalidad, y así todo lo de fuera
puede pasar y perder vigencia y la novela seguir intacta.
Pero esto ocurre también con la lírica y el teatro.Y para nuestras
listas novela, lírica y teatro ocupan el mismo lugar de privilegio. Por
algo son los tres grandes géneros de la poesía, que dijo ese gran
definidor y sistematizador -el mayor que haya tenido el mundo ocidental-
que fue Aristóteles: poesía épica, poesía lírica y poesía dramática.
Con todo, la novela tiene sobre lírica y teatro
ciertos privilegios que le vienen de los días en que era épica formal:
para el mundo griego la Ilíada significaba más que cualquier obra lírica
o dramática. Débense esas prerrogativas de epopeya y novela -la épica
moderna- a la amplitud de los espacios humanos a que el contar se
extiende, lo cual le da especiales posibilidades de configurar
cosmovisiones. A ello se añade que la novela es de acceso más divertido
que la lírica y que no necesita de una puesta en escena como el teatro.
Nunca en el siglo poema alguno o pieza teatral alguna
llegó a públicos tan amplios como ciertas novelas -por supuesto, no
siempre las mejores-, ni -y esto sí es culturalmente decisivo- nunca
obras de lírica o teatro pesaron tanto en la sensibilidad y visión del
mundo como las más importantes novelas del siglo.
En fin, pareció
que se debía comenzar por la novela, y así se hizo.
La parte de la novela tiene una peculiaridad: está dividida en dos,
marcadas como l y 2. En l se han puesto las novelas que hicieron un
significativo aporte al género -en cada caso se dice cuál-. En 2 están
novelas que, sin haber hecho tal aporte, cuentan entre las obras mayores
de la literatura del siglo o, por lo menos, se ofrecen como las de
interés más sólido. (El puro interés, a menudo bastardo o bastardeado y
debido a razones coyunturales o, en los últimos tiempos, manipulado por
eficaces técnicas de mercadeo, no cuenta para nuestras listas. El
“bestseller” apenas tiene lugar aquí). En suma, las que, de los miles y
miles aparecidas cada año, se salvaron del general e implacable
naufragio.
Importa advertir que el estar en l o en 2 no siempre
marca diferencias de calidad.
Hay en 2
novelas que pueden ser, en más de un aspecto, de mayor entidad o calidad
que alguna de l. Sin embargo, por regla general, diría que, de no
haberse publicado tal novela, el género mismo, aun perdiendo un texto de
memorable calidad, no había sufrido detención en su avance en procura de
esos nuevos ámbitos de narrativa y modos de calar en lo humano que
mantienen a la novela abierta, nueva, incitante.
LLAMARA LA ATENCION EN CUENTO Y
LIRICA
Llamará la
atención en cuento el parvo número de obras registradas. No me atrevería
a decir si ello se debe a que realmente son pocos los libros de cuento
realmente grandes, imprescindibles, o si yo mismo soy un muy mal lector
de libros de cuentos. Me ocurre, en efecto, que en ciertos de estos
libros leo un cuento magnífico, y el segundo ya me resulta menos
notable, y el tercero, menos satisfactorio, y el cuarto se me hace
prescindible y el quinto me exige un esfuerzo enorme...
Que no se debe la escasez a este ser mal lector de
cuentos -y apasionado lector de novelas y seducido lector de lírica y
deslumbrado lector de teatro- lo mostraría, creo, el que sean tan pocos
los autores de la literatura moderna y contemporánea que se han ganado
un lugar de privilegio con solo cuentos.
Poe,
Maupassant, Katherine Mansfield, O´Henry, Bret Harte, Lovecraft,
Bradbury, Borges (aunque es también un admirable lírico)... En América
Latina Horacio Quiroga -cuya fama debe más a sus cuentos que a sus
novelas-, José de la Cuadra...
En lírica acaso
llame la atención los contados libros que llevan comentario. En general,
la política fue reducir los comentarios -de novela, teatro, lírica- a un
mínimo, porque aun así este libro amenazaba cobrar ese volumen que
aterra a editores e intimida al lector medio. En el caso de la lírica,
el simple haber dado lugar a un libro en listas tan cortas es de por sí
comentario: trátase, le decimos al lector, de obra de enorme
importancia, con ese peso en la sensibilidad y cosmovisión del tiempo
que las grandes obras líricas tienen. Las aquí mencionadas son obras
eminentes entre decenas y decenas que se quedaron fuera. El porqué y
cómo son así de excelentes e importantes es cosa que críticos e
historiadores literarios dilucidan en trabajos a menudo largos,
laboriosos -de mayor complejidad en casos que la obra lírica misma-, tan
diversos como los principios de poética y métodos de análisis literario
que manejan.
En cuanto a tratar de ilustrar el libro lírico con algún
resumen de su contenido nos pareció, a más de prosaico e irrelevante,
casi irreverente hacia la lírica, recinto sacro en que solo se llega al
mensaje en la fórmula verbal de extraño poder significante, intocable,
intraducible -¡cuántas veces y con cuánta razón la Academia sueca, al
otorgar el Nobel a un poeta, insistió en que la grandeza de sus textos
solo estaba patente a quienes los leían en la propia lengua en que se
escribieron!
En suma, que poner
el libro lírico en esa lista -en muchos años brevísima- equivale a
decir: esto es poesía. Y es el mayor encomio que de tal libro pudiera
hacerse.
Con todo, en el espacio algo más extenso que damos al Nobel de cada
año hemos comentado la obra de muchos de los mayores líricos del siglo.
LA PROSA
Dedicamos un
apartado a la prosa -distinguimos novela de prosa, aunque es obvio que
la novela está escrita en prosa-. Entiéndese prosa artística. Esa prosa
que, más allá de trasmitir contenidos, tiene valor literario, calidades
que trasmiten esos contenidos del modo más intenso, visceral y
fascinante, propio de la literatura.
El concepto
ni es nuevo ni, menos, propio. Cuando no existía novela, porque la épica
era poesía -en Grecia, en la hora del nacimiento de los géneros-, junto
a las obras de Homero y Hesíodo; de Sófocles, Esquilo y Eurípides; de
Safo, Píndaro y los otros líricos, contaban, para todo aquello para lo
que cuenta la literatura, las de Platón, Demóstenes y Esquines,
Herodoto, Tucídides y Jenofonte.
En el siglo XX,
muy pronto reconoce ese papel que pueden cobrar obras de prosa
expositiva el premio Nobel concedido al autor de esa Historia de Roma
que apasiona más que muchas novelas, el gran Mommsen.
La categoría literaria me parece indiscutible e
indispensable -¿quién podría negarles a Platero y yo de Juan
Ramón Jiménez, El coloso de Marusi de Henry Miller o Tierra
de los hombres de Antoine de Saint-Exupery su condición de
literatura, de alta y bella, de penetrante literatura?-. Otra cosa es
que el dar con esas obras en que la pura prosa alcanza altas cotas de
plenitud expresiva sea arduo.
Añaden
dificultad a la empresa de búsqueda lo abierto y falto de fronteras del
territorio en que la prosa se mueve.
LIBROS DE IMPORTANCIA
Un buen lector de
literatura es un buen lector sin más. Y es espíritu alerta a otros
territorios del libro.
Le interesan
y seducen y apasionan libros que, sin ser novelas ni lírica o teatro, ni
obras de prosa especialmente artística, abren horizontes a veces
deslumbradores a lo humano, sacuden conciencias, ilustran o perturban
radicalmente ideas vigentes -piénsese, por dar un solo nombre, uno de
los más ilustres del siglo, en libros de Freud como La interpretación
de los sueños o El malestar de la cultura.
A tales libros se
dedica el apartado final, bajo el título -acaso no tan feliz- de OBRAS
NO LITERARIAS DE IMPORTANCIA. El membrete es cosa de menor monta. Lo que
importa es pensar que se trata de momentos de plenitud intelectual, de
hitos decisivos para la inteligencia y conquista del mundo, y que se
escribieron sin intención ni voluntad artística. Tal falta de intención
y voluntad, al menos predominante, es lo único que implica ese “no
literarias”, porque en no pocos casos esos libros lucen finas calidades
expresivas. A tal punto que se da con libros que bien pudieran -y
debieran- constar en los dos apartados: como prosa artística y como
obras de importancia universal.
En cuanto a esa importancia y a esas obras importantes, hay que
advertir que esta selección se hace desde un peculiar mirador, y que,
por más que parezca muy amplio el horizonte de la búsqueda, los libros
en esta parte señalados son los que el autor de esta selección ha podido
en el curso de su inquieta existencia estudiar o leer.
EL CINE
Y la penúltima
palabra preliminar para el cine.
Al dibujar el horizonte de cultura del siglo, junto
a los libros debía estar el cine.
El cine es
el arte del siglo. La única forma de arte que añadió a los que
recibieron su forma y alcanzaron plenitud en el mundo griego el hombre
contemporáneo.
El cine, en sus
horas embrionarias, apenas participó de la literatura; pero creció y se
extendió del ingenuo cortometraje, o humorístico o semidocumental, a
piezas de envergadura y cobró mucho de narración y teatro. Se aproximó a
la novela -cuando no la utilizó- en urdir argumentos y narrarlos, en
caracterizar personajes y ponerlos a dialogar.
Y se situó
en las vecindades del teatro a la hora de montar escenarios; sacar a
escena personajes; tensar conflictos dramáticos; construir dramas,
tragedias o comedias, y, por supuesto, utilizar el diálogo como
instrumento privilegiado para llevar la acción y construir y desarrollar
personajes.
Esta estrecha
vecindad entre el cine y la literatura ha dado lugar a innumerables
formas de relación, entre las cuales la más importante parece la versión
cinematográfica de obras literarias.
Tan frecuente y a veces tan sugestivo pasar de las fonteras de la
letra a las de la imagen ha conducido a un uso generalmente impertinente
y a menudo desorientador: hay quienes parecerían tener como la suprema
recomendación de una obra literaria que haya sido llevada al cine. Y,
claro, como que les pica la lengua para mencionarlo. Nuestro rechazo a
la aberración se manifiesta en que nunca hemos caído en ello.
¿Qué puede significar para una gran novela policial -una de esas
obras maestras que revolucionaron el género, sacándolo de sus elegantes
laberintos intelectuales a la sordidez de la sociedad contemporánea-,
como The big sleep (El largo adiós) de Raymond Chandler,
que se haya convertido en una gran película de la mano de Howard Hawks
-en l946, con Humpery Bogart y Lauren Bacall-, y que haya vuelto a
filmarse, sin la grandeza de ese clásico, en la película de Michael
Winner, en el 78? Ni lo uno ni lo otro cuentan en absoluto para el libro
y sus buenos lectores. Otra cosa es que un lector apasionado de Chandler
disfrutará de un modo especial del filme de Hawks y tendrá más claves
para entenderlo.
Cuando una obra literaria es grande, es, ante todo, literatura. Y
en este siglo, acaso para evitar promiscuidades fronterizas, las obras
mayores de la literatura se han situado en terrenos donde la imagen
hecha -el cine trabaja con imágenes hechas; el lector hace sus propias
imágenes- resulta absolutamente impotente frente a las imágenes que el
lector -cada lector- hace a partir de la palabra; de una palabra
ireemplazable.
¿Cabe en algún espíritu crítico imaginar siquiera una versión
fílmica de Los campesinos, En busca del tiempo perdido
-toda la obra; no, como se ha hecho, un pequeñìsimo episodio-, Ulises,
Las olas, El hombre sin atributos, La muerte de
Virgilio, José y sus hermanos (la cuatrilogía), Doctor
Faustus, Gran sertón veredas, Paradiso o Cien años de
soledad?
Obras menos vastas en su construcción de mundos o menos
encaprichadas en su sondeo de las posibilidades expresivas y artísticas
del lenguaje, pero de gran belleza y especial hondura, han tentado a
grandes maestros del cine y han dado ser a filmes memorables. Entre
decenas de títulos, se me vienen El gran Meaulnes, El diario
de un cura rural de Bresson, El joven Törless de Schlöndorf,
Muerte en Venecia de Visconti y Odisea del espacio 2001 de
Kubrick. Señalar, en casos así de ilustres, la gran obra de que partió
el filme puede ser relevante para el filme; no para el libro. Son casos
en que hemos creído que valía la pena mencionar el libro, sin que ello
signifique negar en absoluto la autonomía de la obra de arte que es la
película.
Y por supuesto asistimos al fenomeno de obras mediocres -que no
tienen lugar en nuestras listas- que se transforman en películas que sí
lo tienen. Dos mediocres novelas de Stephen King -que no pasa de ser un
fenómeno de consumismo- dan el argumento, personajes y hasta
construcción para El resplandor de Stanley Kubrick y Carrie
de Brian de Palma. Mantenidos argumento, personajes y construcción,
lo que era utilitaria realización literaria se convierte en brillante
realización de imágenes.
Caso diferente es el de escritores que hacen guiones para filmes y
esos textos son obras de importancia literaria. Así Jacques Prevert, con
los guiones de Le jour se leve y Les enfants du paradis;
los admirables guiones de Harold Pinter para El sirviente y El
mensajero de Losey o el de Yuri Naguibin para Dersu Uzala de
Akira Kurosawa. Y hay hasta el escritor que salta las fronteras entre la
literatura y el cine, como el Passolini de Teorema y Mamma
Roma.
Pero nuestra labor -por razones en este prólogo más de una vez
apuntadas- no se extiende a análisis de esta laya: es de recuento
crítico y criba estricta. En el cine lo que el lector hallará serán las
menciones de los filmes memorables de cada año -los más importantes del
siglo con algún brevísimo comentario- y acaso algún hecho decisivo para
el desarrollo de este arte, que constituye uno de los fenómenos
culturales más fascinantes del siglo. Como fanático del cine, que ha
vivido a caza de esos grandes filmes que alguna vez debían verse, estos
apartados dedicados al cine, a más de piezas esenciales de esta
panorámica del arte del siglo, son homenaje entrañable a esas películas
que me deslumbraron desde la mágica penumbra de las salas de cine -y,
desde hace algún tiempo, también frente a la pantalla de televisión- y
pertenecen a mi patrimonio de humanidad y belleza. Sin duda cada
cinéfilo aportará algún nuevo título; pero de los que están aquí apenas
se sentirá tentado a retirar ninguno.
LA ULTIMA DECADA
Las listas de la
última década han de verse como incompletas. Falta aún información que
procesar y libros que leer. En medio del impresionante desate de
información que sumerge al mundo -un nuevo millón de páginas entran cada
día a la red-, las noticias de los libros realmente grandes, importantes
al menos, son escasas, dispersas y en muchas y extensas áreas
inexistentes. Y lo que llega a nuestras librerías rara vez va más allá
de los “bestsellers” o los libros de moda.
No cabe
duda: no son estos buenos tiempos para el libro realmente grande. Ni el
Ulises ni La muerte de Virgilio -por dar dos casos
ilustres, entre tantos otros que pudieran traerse-habrían tenido editor
en los superficiales y precipitados tiempos que vivimos, y, de tenerlo,
la nueva de su publicación apenas habría rebasado diminutos círculos
herméticos.
A COMPLETARLO
Pocas veces como
en este libro tendrá razón de ser la invitación a que el lector lo
complete. Para cada gran lector o amante del cine y las otras artes
habrá sin duda algún libro, obra de arte -visual o músical-o filme que
le dejó huella, que permanece en su memoria como recuerdo de horas
deleitosas, acaso fascinantes; que siente que lo marcó, le abrió nuevos
horizontes de pensamiento o aguzó de algún modo su sensibilidad para lo
humano, y que, por alguna de las muchas razones que cabe pensar para
ello, no está en nuestras listas. En especial, por lo dicho en el
párrafo anterior, si es de la última década. Debería incluirlo. Al
hacerlo convertirá este libro en su siglo de libros. Y de artes. Y de
cine.(Y al dar este libro en el flexible medio de internet, pediríamos a
ese lector hacernos llegar ese título que echó de menos en estos
listados).
Alangasí, en el Valle de los Chillos, 2000.
AGRADECIMIENTOS
Para la sección LITERATURA
INFANTIL, en la parte latinoamericana, debo agradecer al gran
especialista Antonio Orlando Rodríguez, querido amigo cuyas
apreciaciones críticas comparto plenamente, por sus listados
concienzudos y de amplio horizonte; especialmente las publicadas en
Puertas a la lectura, San José, Costa Rica, Unesco, 1993.
Me ha sido de especial utilidad
para compulsar listas latinoamericanas el Panorama
histórico-literario de nuestra América. T. I 1900-1943; T. II 1944-1970,
La Habana, Casa de las Américas, 1982.
Para la novela latinoamericana de
1967 a esta parte, estoy en deuda con las publicaciones del Centro de
Estudios Latinoamericanos “Rómulo Gallegos”, Premio Internacional de
Novela “Rómulo Gallegos”, que me han sido facilitadas por mediación de
mi querido antiguo alumno y permanente amigo, el embajador Marcelo
Fernández de Córdoba, y de la Universidad de Comillas, España.
Mis lecturas deben mucho a las
bibliotecas de la Facultad de Filosofía “San Gregorio”, Quito, y de la
Universidad de Comillas, España.
Un
agradecimiento especial a librerías de París, Madrid, Buenos Aires, Sao
Paulo, La Paz (Amigos del Libro), Bogotá y Medellín, Santiago de Chile,
Lima, Asunción. Y en Quito a Libri Mundi, Científica (la de Enma
Chiriboga), Española, Cima, Mister Book. A las largas horas pasadas en
ellas debo el haber ido completando mi biblioteca de los libros del
siglo. En Quito también, sobre todo para la última década, a la
biblioteca del Centro Cultural Benjamín Carrión.Y para revistas de
ciencia, a la biblioteca de la Universidad Católica de Quito.
Y a Círculo de Lectores, cuyas revistas de España,
Francia y Portugal me pusieron en la pista de numerosos libros.
Y a
Círculo de Lectores, Ecuador, que con noticias y libros ha retribuido
mis tareas de asesor literario.
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